Al mediodía el claro olía a hierba hervida.
Zynara estaba sentada en el lecho de musgo con la manta hasta el pecho y un cuenco de madera entre las manos. Dentro había un líquido gris con hojas diminutas flotando. Lo olía. Lo dejaba. Lo volvía a oler.
Kaelira seguía sentada en la misma raíz.
—Todas las mañanas una de estas —dijo Liraeth—. Te dejo hierba seca para seis semanas y te enseño la medida antes de que se vayan. Nada de comida pesada, nada de cargar peso, nada de caminatas largas. Y duerme cuando el cuerpo te lo pida, no cuando te quede bien.
—Soy una súcubo. No soy de cristal.
—Eres una súcubo pequeña sosteniendo algo que no ha sostenido ninguna. —Liraeth ató el cordel de la bolsa de hierbas con dos vueltas y un nudo—. He visto súcubos que te sacan una cabeza. Ninguna de ellas cargaría esto con facilidad.
Zynara bebió. Puso una cara espantosa y siguió bebiendo.
Bajó la mirada hacia el vientre, que seguía plano, y volvió a subirla enseguida.
—Suena raro —dijo—. La palabra.
Kaelira le apretó la mano. Zynara no se dio por enterada y tampoco la soltó.
Liraeth se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y el mortero en el regazo.
—Hay algo que no entiendo. ¿Cómo llegaste hasta aquí?
—¿Hasta dónde?
—Hasta aquí. —Empezó a machacar—. Estas son las Tierras del Antiguo Señor Dragón. No entra nadie. Ni comerciantes, ni cazadores, ni aventureros con dos dedos de frente. El suelo todavía tiene la magia rota de entonces. A los míos nos deja secos en cuatro días.
Zynara miró alrededor. Los árboles eran los mismos que un minuto antes.
—¿Malditas? ¿De un dragón?
—¿No lo sabías?
—¡Claro que no! —Se incorporó, se mareó y volvió a recostarse—. Yo olí algo. Desde muy lejos. Algo grande, caliente, encerrado, que llevaba años sin abrirse. Se olía hasta el otro lado del mapa.
Kaelira miró hacia el brasero.
Zynara la señaló con el dedo sin volverse.
—Pensé que sería presa fácil. Una humana sola, llena hasta arriba, tirada en mitad del bosque. Perfecta para que una gran súcubo como yo se alimentara y demostrara su superioridad.
—¿Y cómo acabó eso? —preguntó Liraeth.
—No estamos hablando de eso.
—Perdió —dijo Kaelira.
—¡No perdí! Fue una retirada estratégica con consecuencias imprevistas.
Liraeth se tapó la boca con el dorso de la muñeca verde. Le duró un rato.
—Ya veo.
—Vine por venganza —dijo Zynara—. Por el aura. No por ella.
—Naturalmente.
—Y no me quedé por preocupación, ni por cariño, ni por ninguna ridiculez de ese tipo.
Kaelira le pasó el pulgar por los nudillos. Zynara se calló.
Liraeth dejó el mortero.
—Cuando terminó la guerra le ofrecimos tierra en el bosque bueno. Casa, pozo, vecinos que la habrían defendido. —Se sacudió el polvo de hierba de la falda—. Dijo que no quería nada que hubiera que cuidar. Y se vino a vivir aquí.
Kaelira no levantó la cabeza.
Zynara abrió la boca. Tenía preparada alguna cosa. No le salió.
—No es para tanto —dijo al final, muy bajo—. Solo vine a vengarme. Lo del embarazo fue un accidente.
—Un accidente muy trabajado.
—¡No ayudes!
Liraeth se arrodilló junto al lecho y se frotó las manos hasta calentárselas.
—Respira hondo, pequeña.
Le apoyó las palmas sobre la manta, sin apartarla esta vez. La luz verde no entró: se quedó encima, extendiéndose despacio hasta el borde del musgo.
—Que el Bosque Eterno la reciba —dijo Liraeth—. Que crezca sana. Que encuentre techo, comida y quien la espere.
Arriba, las ramas del roble bajaron un poco. No hubo viento. Cayeron dos hojas, después ninguna más, y el brasero se apagó solo.
Zynara tenía los ojos abiertos y no miraba a nada. Debajo de la manta, la cola dejó de moverse.
—Gracias —dijo.
Fue una palabra pequeña y le costó las dos sílabas.
Liraeth se levantó y le puso a Kaelira la bolsa de hierbas en las manos.
—Cuídala bien.
—Sí.
—Y tú, nada de fingir que puedes con todo.
—Soy una súcubo poderosa.
—Eres una súcubo embarazada.
—Poderosamente embarazada.
Kaelira se rio con la boca cerrada.
Le acomodó la manta hasta la barbilla, la levantó en brazos y se la colocó contra el pecho. Zynara no protestó. Escondió la cara en su hombro y se quedó así hasta el borde del claro.
Entonces habló contra la tela, para nadie más.
—Que conste que no he renunciado a mi venganza.
Kaelira agachó la cabeza y le besó la base de un cuerno.
—Claro que no. Mi gran súcubo.
—Idiota heroína.
Liraeth las vio irse hasta que las ramas se cerraron detrás.
Volvió al roble. Recogió los cuencos, apiló las mantas y se agachó a levantar el musgo del lecho para airearlo.
En el hueco que había dejado el cuerpo habían salido brotes blancos. Alrededor, en todo el claro, la tierra estaba igual que siempre.
Liraeth barrió hojas secas con el canto del pie hasta cubrirlos.