El sofá crujía cada vez que Zynara cambiaba de postura, y llevaba media hora crujiendo.
Kaelira lo había reforzado en primavera: dos tablones nuevos por debajo, cuero clavado al armazón, tres mantas dobladas encima. Fue después de que Zynara declarara que aquella trampa mortal para campesinos le hundía la espalda. Ahora aguantaba sin ceder. Seguía crujiendo.
—Esto es humillante.
De la cocina no contestó nadie.
Zynara se empujó con los codos. Llegó a medio camino, el peso le cambió de sitio y volvió a caer sobre los cojines. La cola dio un golpe seco contra el respaldo.
Kaelira entró con la palangana entre las manos. El agua se movió de un lado al otro del borde y no se derramó. Traía la toalla al hombro y el frasco de Liraeth sujeto con dos dedos.
Dejó la palangana en el suelo y se arrodilló delante del sofá.
—¿Qué haces?
—Cuidarte.
—No necesito que me cuides.
Le levantó un pie por el talón.
—Claro que no.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
—Soy una súcubo poderosa.
—La más poderosa.
—Podría arrasar aldeas enteras si quisiera.
—Sin duda.
Metió la toalla en el agua, la escurrió y empezó por el empeine. El tobillo estaba hinchado hasta borrarle el hueso. Apretó con el pulgar y la piel cedió como cuero mojado, y tardó en volver a su sitio.
Zynara abrió la boca. La cerró.
En la cocina, el cubo llevaba dos meses vacío.
Kaelira destapó el frasco, se calentó el ungüento entre las palmas y volvió al tobillo. La punta de la cola, que había estado marcando el ritmo contra el brazo del sofá, se detuvo a mitad de un golpe y se quedó ahí.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—Esa. La de heroína sacrificada cuidando a una criatura indefensa.
—No eres indefensa.
—Exacto.
—Eres insoportable.
Zynara le dio con la cola en el hombro.
—Retíralo.
—No.
—Soy tu esposa y estoy embarazada.
—Por eso no te miento.
A Zynara se le escapó una risa. Se tapó la boca con la mano y miró por la ventana hasta que se le pasó.
Kaelira le cambió de pie.
Zynara le puso una mano en el antebrazo, sin apretar, y la fue subiendo. Por debajo del codo había una costura vieja, mal cerrada, con la piel más clara a los lados. Otra en el hombro, corta y limpia, de las que hace alguien que sabe coser. Se paró en cada una lo que tardaba en pasarles el pulgar por encima.
La cola subió por el otro lado y le rozó la mandíbula, la cicatriz de encima de la ceja, la boca.
—¿Cómo es posible?
—¿El qué?
—Tú.
Kaelira siguió con el pie.
—La Hija del Dragón —dijo Zynara—. La mujer de las canciones. Y estás de rodillas en tu propia casa, lavándome los pies.
—Ya no soy eso.
—Sí lo eres.
—Una parte.
Terminó de secar, dobló la toalla sobre el borde de la palangana y le dejó la mano en la rodilla.
—Ahora soy la que refuerza sofás.
Zynara bajó la mirada hacia el vientre. Puso las dos manos sobre la tela y las dejó ahí, sin decidirse a apoyarlas del todo.
—No sé hacer esto.
Kaelira se sentó a su lado y le metió un cojín en la espalda baja. Zynara puso cara de fastidio y se dejó mover.
—Me canso. Me hincho. Me enfado por tonterías. El otro día lloré porque la sopa olía raro. No puedo dormir de lado por si aplasto algo. Me entra hambre y después náuseas. —Cerró los dedos sobre la manta—. Y todos esperan que esté contenta, porque esto es un milagro.
Afuera, algo se soltó de una rama y bajó dando en las hojas hasta llegar al suelo.
—Y tengo miedo.
Kaelira tardó en contestar.
—Puedes tener las dos cosas.
—Las súcubos no somos así.
—Tú sí.
—Eso no ayuda.
—Me gusta cómo eres.
—Tampoco ayuda.
—Ayuda bastante.
—Idiota.
Kaelira le puso la mano abierta sobre el vientre, sin presionar.
—Pronto serás madre.
—No lo digas tan serio.
—Es serio.
—Por eso mismo.
Kaelira se quedó mirando su propia mano.
—Yo no sé qué voy a ser.
—¿Cómo que no sabes?
—Madre. Padre. Otra cosa. No hay palabra.
La derecha se le cerró sobre el muslo, a la altura de la cadera, y se volvió a abrir.
—En la guerra me pusieron cuatro títulos. Hija del Dragón. Salvadora del Norte. Espada del Amanecer. Azote de los demonios. —Movió la barbilla hacia el vientre—. Para esto no me dieron ninguno.
Zynara la miró un rato largo.
—Papá Kaelira.
—No.
—Papá Kaelira.
—Zynara.
—Está bien. —Le puso la mano encima de la suya—. Solo Kaelira.
—¿Solo?
—Ya es bastante insoportable que se te dé bien lo de los pies, lo de los cojines y lo de matar señores oscuros. No necesitas otro título.
—De acuerdo.
—Y la culpable de todo esto.
—Eso también.
—Tú me dejaste así. Redonda, sensible y dependiente de cojines. Es una ofensa contra mi dignidad demoníaca.
Kaelira le extendió la manta sobre las piernas y le remetió el borde por debajo del pie bueno.
—Me acuerdo de quién lo pidió. Y de cuántas veces.
Zynara se quedó quieta. El rubor le subió del cuello a la punta de los cuernos.
—¡Kaelira!
—¿Sí?
—¡No puedes decir eso con esa cara!
—¿Qué cara?
—¡Esa!
Kaelira le besó la frente.
—Perdón, mi gran súcubo.
—No lo sientes.
—Ni un poco.
Zynara intentó empujarla con la cola y acabó con la cara escondida contra su hombro. Kaelira la rodeó por la espalda y la dejó estar.
El fuego bajó a brasas. La ventana se puso azul y después negra.
Debajo de la manta, la cola se soltó del sofá y se le enroscó a Kaelira en la cintura.
En la camisa, a la altura del hombro, apareció una mancha oscura y se fue haciendo más grande. Kaelira no la nombró.
—No te vayas.
—No.
—Aunque me ponga insoportable.
—Ya lo eres.
—Kaelira.
—Y sigo aquí.
Zynara respiró contra su cuello un buen rato antes de volver a hablar.
—La gran súcubo no necesita ayuda.
—Lo sé.
—De vez en cuando puede aceptarla.
Kaelira la sostuvo hasta que la respiración le cambió y el brazo empezó a dormírsele.
La leña estaba a dos pasos.
No se movió.