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El misterio de la semilla, parte 1

Zynara, la gran súcubo · por karatewil · 02 de agosto de 2026

 

El cubo llevaba tres semanas junto a la cama.

Kaelira lo vaciaba al amanecer, lo enjuagaba en el arroyo y lo devolvía al mismo sitio, a un palmo del borde del colchón. Esa mañana lo necesitó antes de que hubiera luz.

Le sujetó el pelo con una mano. Con la otra le apartó los cuernos de la cara. Zynara se dobló sobre el cubo, escupió, esperó, volvió a doblarse. La cola le colgaba fuera de la cama con la punta quieta contra el suelo.

—No es nada. —Se limpió la boca con el dorso de la muñeca—. Cocinas horrible. Eso es todo.

Kaelira le puso la palma en la frente. La dejó ahí bastante después de saber si tenía fiebre.

—Anoche no cenaste.

—Por eso mismo.

Sacó el cubo. Cuando volvió, Zynara se había dormido con la boca abierta.

El lunes le hizo un agujero nuevo al cinturón. El jueves tuvo que hacer otro.

Zynara seguía levantándose a mediodía. Cruzaba la habitación hasta la ventana, se apoyaba en el marco y se quedaba mirando el bosque con los brazos cruzados; cuando Kaelira pasaba por detrás soltaba el marco y bajaba los brazos. Después volvía a la cama por su propio pie. Cada día tardaba un poco más en llegar.

El plato de la mesa cambiaba de comida y no de cantidad.

La noche del jueves quiso ir sola hasta la puerta. Dio dos pasos. La rodilla no aguantó el tercero.

Kaelira la agarró antes del suelo. El cuerpo pesaba menos que la semana anterior y quemaba a través de la ropa, y los dedos de Zynara se cerraron sobre la camisa sin fuerza para arrugarla.

—Ya está —dijo Kaelira.

Zynara movió la cabeza. Puede que fuera un no.

La envolvió en la manta de lana, se la acomodó contra el pecho y salió sin cerrar la puerta. En el escalón, la mano derecha se le cerró en el aire a la altura de la cadera, donde no había nada colgado desde hacía años. La abrió y sujetó mejor a Zynara.

El pueblo quedaba a seis horas por el camino. Kaelira no tomó el camino.

Bajó la ladera de barro clavando los talones, cruzó el arroyo por donde no había piedras y siguió recto entre los troncos. Las ramas le abrieron la cara en tres sitios. Una raíz le arrancó media suela de la bota izquierda y corrió con la suela colgando hasta que se desprendió sola. El aire le entraba como lija.

Cada cierto tiempo se paraba, ponía dos dedos bajo la mandíbula de Zynara y esperaba.

Después seguía corriendo.

Lo primero fue un ruido de piedra contra piedra, repetido, paciente, en algún punto de la niebla. Después el humo. Después las tiendas: lino claro tendido entre ramas que todavía tenían hojas, faroles ya apagados, cuencos boca abajo sobre una tabla.

El ruido de piedra se detuvo.

Una dríada alta se enderezó junto al mortero. Tenía las manos verdes hasta la muñeca y las uñas negras de tierra. Miró el bulto de la manta, después la cara de Kaelira, y dejó caer la mano de la piedra.

—¿Kaelira?

—Liraeth.

Liraeth cruzó el claro dando órdenes hacia atrás sin volverse: agua, el lecho del roble, el brasero grande.

—Está enferma —dijo Kaelira—. No sé qué tiene.

Se arrodilló para entregarla y no la soltó. Liraeth tuvo que abrirle los dedos uno por uno.

Tendieron mantas bajo el roble y encendieron hierba dulce en un brasero de barro. Liraeth le apartó la manta hasta la cintura y le puso las dos manos sobre el vientre.

Kaelira se quedó de pie, tres pasos atrás, con las botas rotas y el barro secándosele en las piernas.

Nació una luz verde bajo las palmas de Liraeth. Bajó por la ropa, por la piel, y se quedó quieta. Liraeth movió los pulgares un dedo hacia abajo. La luz cambió un instante —algo más caliente, del color del hierro cuando todavía sirve— y volvió al verde.

Liraeth no dijo nada de eso.

Al otro lado del claro alguien vació un caldero. Una dríada joven pasó con hierba seca en el delantal, vio la cara de Liraeth y siguió andando más despacio.

—Dímelo —dijo Kaelira.

Liraeth apartó las manos y se limpió el verde de los dedos en la túnica, sin prisa, aunque ya no le quedaba nada que limpiar.

—No está enferma.

Kaelira esperó.

—Está embarazada.

En la rama de encima, algo pequeño se movió entre las hojas y volvió a quedarse quieto.

Zynara abrió los ojos.

—¿Emba...

No terminó. Buscó a Kaelira con la mirada y se quedó ahí, como quien espera que le desmientan algo.

—Eso no se puede —dijo—. Las súcubos no. No así. A menos que...

Cerró la boca.

Liraeth se levantó, fue hasta el barreño y se lavó las manos. Tardó más de lo que se tarda en lavarse las manos. Cuando volvió, Kaelira tenía la derecha cerrada otra vez sobre nada.

—Tienes un secreto muy grande, vieja amiga —dijo Liraeth—. Y seguirá siendo tuyo.

—¿Así, sin más?

—Durante la guerra te vi hacer cosas peores que esta y tampoco dije nada.

Zynara se llevó una mano al vientre. Los dedos se posaron sin apoyarse del todo, como se toca una cosa recién pintada.

—¿Voy a tener un hijo tuyo?

Kaelira se arrodilló a su lado. Le tomó la mano, se la llevó a la boca y la besó en los nudillos.

—Eso parece.

Zynara la miró un rato largo. Después le tembló la barbilla y frunció la cara entera.

—Esto es culpa tuya. Idiota heroína.

—Lo sé.

—Ahora ya no voy a poder vengarme nunca.

—Lo sé.

Zynara escondió la cara contra su cuello.

Debajo de la manta, la punta de la cola se despegó del suelo por primera vez en tres semanas y se enroscó en la muñeca de Kaelira.

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