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Voces del Culto

Relatos breves nacidos en la comunidad

Tengo miedo, tuve miedo… siempre tendré miedo. De vivir, o intentar hacerlo, en el sitio donde la inconsciencia se aplaude y la novedad aterra. De intentarlo, de esforzarme, herirme, y no lograrlo. De lograrlo y no alegrarme, no satisfacerme, de nunca saber qué lo hará. De alegrarme sin haberlo logrado siquiera. Y solo ser otro ladrillo en la pared. De dar el primer paso, buscando aquello que sé que no encontraré ni en los confines más extensos de los polos. De intentar algo nuevo, de pedir ese préstamo, y otra vez, verme obligado a usar el reloj como moneda de cambio. De coincidir, y que solo sea un segundo, tan fugaz como desalmado. Un segundo que después continúe; que se transforme en minutos, horas, días fuera de la rutina, años que se esfumaron en un parpadeo… vidas enteras, que pasan frente a mi espejo. Tengo miedo, tuve miedo y siempre tendré miedo... A nunca intentarlo, y nunca saber si seré feliz. —Dema. Aún recuerdo cuando escribí esas palabras. El trazo de la tinta contra el papel. Y como la carta crujía en cada coma, resistiéndose a ser manchada. Pero ahora, el pasado era solo una fantasía. El prestamista tomó mi muñeca y, con un giro de llave, detuvo el segundero que latía bajo mi piel. —El miedo no paga intereses —sentenció con voz ronca, mientras extraía mi última década. Me dejó allí, sobre el mostrador de cristal, esperando que, algún día, un coleccionista comprara mi tiempo usado.

— Dema21

No respondí los trece chats que tenía abiertos, ni tampoco acudí al llamado de esos cuatro teléfonos, tan sucios como de costumbre, ya que nadie pasaba ni un solo dedo por ese sucio escritorio relleno de papeles y tareas sin completar. A menos que Cristina vuelva de sus vacaciones. Vaya, quién lo diría. Esa simple mujer podía sola con esos dos mocosos causantes de esta guerra civil llamada “¡Cinco minutos más!”. Cualquier madre entendería a qué me refiero, por supuesto. En fin, lo mínimo que podía hacer era recoger los restos cadavéricos de frutas esparcidas por toda la habitación, ya que en cualquier momento echar hasta incluso raíces. Y qué decir de esas harapientas pero descomunales montañas de ropa sucia. Parece que alguien no supo lavar la ropa de pequeño, ¿verdad? ¡Vamos! No me mires así. Sabes que tu apariencia esquelética pondría de pelos de punta a cualquiera. Ah, por cierto, ¿cuándo dijeron que falleciste? …

— Geographix

«El Verdadero Valor del Arte» Érase una vez un renombrado artista. Se suicidó. En su honor construyeron un estupendo instituto. Las notas de los alumnos subieron, y sus padres estallaron en alegría. Señalaban que la muerte del artista había sido lo mejor que le había pasado a la ciudad. Por lo tanto, más artistas se mataron en extrañas circunstancias. Al final el país se quedó sin ellos. La gente sonreía. Pues, a ojos de todos, las buenas notas, escritas en sangre de arte, habían traído verdaderos trabajos de renombre: en los cuales no se recuerda a nadie.

— Zaaz

Auto percepción Muchos predican una percepción o claman por una filosofía que, al final del día, quizá nunca llegue a alcanzarse. Existen excepciones; sin embargo, ser una de ellas o no, realmente no es lo importante. Todos podemos afirmar algo con convicción y defender una idea con palabras. Pero cuando llegue un verdadero punto de inflexión, cuando debas sostener aquello en lo que crees… ¿realmente podrás continuar? Yo no soy una excepción a esa regla. Y aun así, al final, pude demostrarme a mí mismo que el dolor puede ser más cruel de lo que aparenta. Moldea a las personas de maneras que ni ellas mismas creerían posibles. Sin embargo, la verdadera importancia siempre recaerá en el desenlace de la historia. Está bien no poder seguir tus propios principios al comienzo; porque, como cualquiera puede comprender, nadie es perfecto. Y si eres capaz de ayudar a otros, perdonarlos y apoyarlos, entonces, cuando llegue el momento de la verdad, incluso si fallas, también debes aprender a perdonarte a ti mismo y seguir adelante. Porque al final, quizá logres cumplir aquello que incluso tú llegaste a pensar que habías perdido… o que fallaste en alcanzar por no haber seguido tu propio consejo. Después de todo, incluso la persona más feliz del mundo puede llorar de desesperación, recuperarse… y volver a sonreír. A veces, solo hace falta resistir un poco más.

— Mani

Quiero sentarme en el sillón Siempre solía sentarme en aquel sillón. Me gustaba. Era agradable... Ese sillón siempre me escuchaba. Nunca hablaba, nunca me respondía a nada. Pero me daba comodidad. Cuando me sentaba me hacía sentir seguro... Y lo amaba por ello. Le pedí una historia. Una historia que me conmoviera. Pero no lo hizo, pues no podía hablarme. No poseía cuerdas vocales. Tampoco memorias. Ni tenía adentro suyo una sola alma. —Mamá… —llamé a mi amada madre, esperando una respuesta que me convenciera. —Vámonos —ordenó mi madre, agarrándome fuertemente de la mano y tirándome con fuerza al suelo. —¡No mami, no me quiero ir! —Le chillé, sollozando, en el suelo. —Ese sillón… Lo detesto —tuteó, observando al sillón con una ira que imponía rabia. Le lanzó un escupitajo, dañando los sentimientos inexistentes del sillón. —¡Mamá, no! ¡Por favor, al señor sillón no! —Le grité, pataleando en el suelo. Mi madre, al escuchar tal berrinche, me agarró del pelo y me estrelló contra las almohadillas del sillón, dejándome inerte en el lugar. No morí, seguía respirando. El sillón me cuidaba. Me protegía, me daba la vida. Lo abracé lo más que pude con mis débiles y delgados brazos. El sillón no me iba a abrazar. Tampoco me iba a consolar ni a decirme que todo iba a estar bien. Pero él me entendía. Era el único. Me acomodé y me dormí en él. No juzgaba, tampoco mentía. Ni podía traicionarme. El único ruido que emitía era un zumbido rítmico.

— sambante

El peso del latido ajeno Una lágrima de miles, otra maldita mañana despertando con el sabor de su sangre en mi garganta y sus gritos vibrando bajo mi piel. Siento el dolor de su carne desgarrándose, el crujido de sus alas rompiéndose una a una solo para que las flechas no me encontraran a mí. Él dio su vida por mi fragilidad, y ahora cada vez que respiro, siento que le estoy robando el aire que debería pertenecerle. Me arrastro sobre su lomo golpeando las escamas frías hasta que mis nudillos sangran, gritando al vacío que no es justo, que yo no valgo este sacrificio. Le reclamo a su silencio por haberme elegido, por ser tan estúpido como para cambiar su eternidad por mis años insignificantes. Recuerdo su ojo dorado apagándose, esa mirada final de paz que me destroza los huesos porque yo solo siento una rabia que me quema. No quiero ese calor en mi pecho; es un fuego que no me pertenece. Le suplico a quien sea que me devuelva a la oscuridad de la que me sacó, que se lleve su regalo y me deje morir con él, porque estar viva mientras él ya no existe no es un milagro, es una tortura. Me muero a su costado, mendigando un latido que ya no existe, prisionera de una deuda que no puedo pagar y de un amor que me salvó para condenarme a la soledad más absoluta.

— Ce-elyra

—Bien, aquí está el mapa. Mata al dragón que vive en ese lugar y podrás cobrar la recompensa, señor... —Cale, el Desollador. —Ok... No quiero preguntar de qué está hecha la funda de esa Claymore. Pero bueno, buena suerte. —Antes de irme, quiero preguntar, ¿cómo es que alguien como tú, sin sangre noble, pudo amasar tan grande fortuna? —Que los señores feudales hagan su fortuna por pura suerte y herencia no quiere decir que esa sea la única forma. Yo soy de esos... ¿``Burgueses´´? Creo que así les dicen. Siempre consigo que el negocio salga redondo para jamás salir perdiendo. —Yo prefiero ganar el botín como los guerreros, cosechando gloria a mi nombre en el proceso, pero a cada quién lo suyo. Hasta pronto. —Adiós —siguió con la mirada al hombre hasta que abandonó el lugar—. Sí, ya hace mucho aprendí que el verdadero negocio en esto de las misiones es tomarlas primero, y después darles el mapa a otros para que las cumplan por mí. Bendita sea la comisión del intermediario.

— SupCalamite

¿Cómo tú o cómo yo? "Solo tú escoges que te compone" Dobles ¿Qué es verdad y qué mentira? Crecer es entender lo fácil que es olvidar, reemplazar y parchar. La Memoria, en muchos casos, actúa como un mueble; algún mejor cuidado que otras, pero siempre con ajustes. Recuerdo mis días de aventura: junto a mi hermano, logré conectar nuestro pueblo al camino dragontino. Un recuerdo duro y pesado como el roble; los aniversarios con mi bella esposa son como el abedul, flexibles, pero resistentes. Aunque vergonzoso quizás los regalo o el orden exacto se pierde, pero nunca el loco tamborear de mi corazón al verla. Luego están los recuerdos mundanos, como el pino: fáciles de reemplazar y acoplar a lo que necesito. Quizás no fui el mejor de mi clase, pero estoy seguro de que, al menos una vez tuve la mejor nota... O quizás esa historia realmente no la viví, y la escuché de un amigo. Aun pienso en esa criatura: rígida, con algunas astillas y una parodia de mi rostro pintado en madera. —Es él, él robo mi identidad —dijo esa burda copia... Ahora estoy encerrado en este sin sentido, y desde rejas puedo verlo, desde mi celda; una esposa, dos pequeños, familiares, de rostros pintados y cuerda como tendón. Ellos son las copias... ¿o en verdad lo soy yo?, ¿Son ellos las copias, o la parodia de vida soy yo mismo? La mente es como la madera; se puede correr con facilidad si las condiciones los permiten. Y entre más lo pienso, ellos son más reales que yo.

— Éléonore

Recuerdo del monstruo Yo, aquél conocedor de la muerte, aquél que volvió a la vida, aquél que trae desesperación al mundo y miedo al hombre. El que una vez dormía por el día y era tenido por la noche, aquél que era el villano de cada cuento para hacer dormir a los niños, aquél que acechaba en cada armario. Ahora, con el paso de las eras el mundo cambió, los humanos cambiaron y con ello los miedos. Ahora, con el cansancio y el sudor en la frente, yo tengo miedo, yo soy el que quiere dormir seguro para volver a despertar, ahora solo quiero morir en paz.

— STERVEN

La libreta Siempre llevo una libreta en el bolsillo de la chaqueta. No tiene nada especial: una tapa negra, las esquinas gastadas y hojas amarillentas por el uso. A menudo la gente cree que soy escritor. Me preguntan si estoy trabajando en una novela o si anoto ideas para algún relato. Yo suelo sonreír y asentir, es más fácil que decir la verdad. Escribo nombres, los anoto cuando alguien llama mi atención. Después observo, descubro sus costumbres, los caminos que recorren cada día, los lugares donde se sienten seguros. La mayoría me aburren pronto. Otros consiguen ocupar varias páginas. Aquella mañana desayunaba en mi cafetería habitual cuando la camarera vio la libreta asomando del bolsillo. —¿Puedo verla? —preguntó. Parecía divertida, convencida de que encontraría borradores o poemas, se la entregué. La observé pasar las páginas una a una. Al principio sonreía., luego dejó de hacerlo. Finalmente levantó la vista. —¿Por qué todos estos nombres están tachados? No respondí, recuperé la libreta y busqué la última página en blanco. Durante unos segundos, el único sonido fue el roce del bolígrafo sobre el papel, cuando terminé, giré la libreta hacia ella. Leí cómo sus ojos recorrían lentamente las letras de su propio nombre, entonces comprendió por qué ninguno de los otros volvería a necesitar el suyo.

— Saucer

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Eran Mineri

Escritora de lo fantástico. Dándole fuerte al traumantasy desde 2002.

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Creando historias que me hubiera gustado leer.

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Cambia del mundo lo que está a tu alcance.

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Escritor del silencio y la culpa, buscando luces nacidas de las sombras.

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Escritor extravagante, que le gusta el humor.

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Escribo romance histórico donde el amor florece sin traicionar la verdad de su tiempo.

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Escritora e ilustradora de universos. Si no estoy, es porque disocié a otro universo. Y si no, estoy viajando.

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Escribo para crear historias; programo para crear soluciones que las conviertan en una realidad.

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