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Capítulo 7: Los Elegidos y una Promesa al Viento

La Odisea de los elementos (libro 1: adventure of kenji) · por nicoltesla · 15 de agosto de 2026

El eco de los combates por fin se había extinguido en la arena. En el centro del patio principal, bañado por la luz anaranjada del ocaso, el anunciador oficial alzó los brazos. Su voz resonó con una autoridad que exigía absoluto silencio.

 

-¡Guerreros y espectadores, presten atención! -exclamó a todo pulmón-. ¡Las rondas clasificatorias han llegado a su fin! Felicidades a aquellos cuyo valor y destreza los han hecho merecedores de avanzar. Con esto, declaramos oficialmente inaugurado el Torneo Bicentenario. ¡Vayan, descansen y prepárense para la verdadera batalla!

 

A medida que la multitud comenzaba a dispersarse y la tensión del día se disolvía, Kenji buscó a su maestro entre la gente. Cuando por fin divisó a Daichi, corrió hacia él con una sonrisa que no podía ocultar.

 

-¡Maestro, lo logré! -dijo Kenji, con los ojos brillando de emoción-. ¡Le estoy ganando la apuesta!

 

Daichi lo miró por un segundo antes de que sus ojos se cristalizaran. Con un dramatismo digno de una obra teatral, se llevó una mano al pecho y dejó escapar un suspiro desgarrador.

 

-Ay... -gimió el maestro, fingiendo una voz temblorosa-. Maldita sea, falta tan poco para que te ganes el derecho a irte y dejarme aquí sumido en mi amarga soledad. Lejos de ti yo voy a estar. Ahora, ¿quién diablos me va a aguantar?

 

Kenji soltó una pequeña risa, acostumbrado a las exageraciones de su mentor.

 

-No cantare victoria todavía, maestro. Aún falta lo más difícil. Por cierto... ¿logró averiguar quiénes son los que pasaron a la siguiente fase?

 

Daichi dejó de lado su actuación al instante. Se cruzó de brazos y su semblante se volvió completamente serio, adoptando su verdadera postura de maestro.

-No será un camino fácil, muchacho. Los ocho clasificados son lo mejor de lo mejor. Escucha bien: estás tú, 

 

Kenji, el guerrero de las llamas;

 

Tsuruhime, la domadora del viento;

 

Bruno, el titán de la roca;

 

Kazuki, el fantasma de las sombras; 

 

Hayate, la ventisca helada; 

 

Mizuki, la doncella del agua; 

 

Jin, el relámpago poderoso;

 

y finalmente, Katsuro, el maestro del aikido, un purista marcial que no necesita ningún elemento para romperte los huesos. Ten mucho cuidado con cada uno de ellos.

 

-Lo tendré, maestro. Se lo prometo.

 

-Bien. Iré a buscar algo de beber y a descansar un rato -dijo Daichi, dándole una palmada en el hombro

-. Nos vemos más tarde en el campamento. No te metas en problemas.

 

-Descuide. Solo iré a ver el mar un rato.

 

La brisa salada del océano era justo lo que Kenji necesitaba. Caminaba por la orilla de la playa, dejando que el rítmico sonido de las olas calmara la adrenalina que aún corría por sus venas. Estaba tan inmerso en sus pensamientos que casi no notó la silueta femenina que contemplaba el horizonte a unos metros de distancia.

 

-Vaya manera de terminar un día tan largo, ¿no crees? -dijo una voz suave a sus espaldas.

 

Kenji se detuvo de golpe. Al girarse, se encontró con Tsuruhime. La luz del atardecer iluminaba su rostro, dándole un aura casi irreal.

 

-Ah... hola, Tsuruhime -respondió él, llevándose una mano a la nuca, repentinamente nervioso-. Sí, la verdad es que fue un día bastante pesado.

 

Ella dio un par de pasos hacia él, cruzándose de brazos mientras dejaba escapar un suspiro de frustración.

 

-Ni me lo digas. Me tocó enfrentarme a cada tipo hoy... Muchos de ellos ni siquiera saben lo que es el honor. Parecía que solo querían faltarme al respeto o burlarse. Son insoportables. ¿Y tú? ¿Qué haces buscando paz a estas horas?

 

-Solo necesitaba despejar un poco la mente -Kenji desvió la mirada hacia el agua, sintiendo que el corazón le latía un poco más rápido de lo normal-. Oye... hablando de los combates, de verdad doy gracias de que no nos haya tocado enfrentarnos en estas clasificatorias.

 

Tsuruhime ladeó la cabeza. Una sonrisa juguetona, cargada de picardía, se dibujó en sus labios mientras acortaba la distancia entre los dos.

 

-¿Ah, sí? ¿Por qué lo dices? -preguntó, arqueando una ceja-. ¿Acaso te dan miedo mis técnicas de viento?

 

El orgullo de Kenji reaccionó antes que su timidez. Frunció el ceño, cerró el puño y, en un instante, una pequeña pero intensa chispa de fuego cobró vida sobre sus nudillos.

 

-¡Por supuesto que no es miedo! -protestó, aunque su voz sonó menos firme de lo que hubiera deseado.

Tsuruhime ni siquiera se inmutó. Su sonrisa se ensanchó y, con un sutil y elegante movimiento de su mano, invocó una ráfaga de aire tan precisa que apagó la llama de Kenji en un parpadeo. Lo miró fijamente a los ojos, dejando a Kenji completamente desarmado.

 

-Dime la verdad, Kenji... -murmuró ella de pronto, cambiando el tono de la conversación-. ¿Tienes novia?

 

La pregunta cayó como un balde de agua fría. Kenji dio un paso atrás, abriendo los ojos de par en par.

 

-¿Q-qué? ¡No! No, claro que no... ¿Por qué me preguntas algo así de la nada?

 

-Curiosidad -respondió ella, encogiéndose de hombros con naturalidad, acercándose lo suficiente para que él pudiera percibir el suave aroma de su cabello-. Te noto muy nervioso. ¿Alguna vez has salido con alguien? Da la impresión de que soy la primera chica con la que hablas así.

 

Kenji tragó saliva. No tenía sentido mentir.

 

-Bueno... la verdad es que sí. Eres la primera. He pasado los últimos diez años entrenando aislado en lo más profundo de las montañas con mi maestro. Él era mi única compañía en el mundo. De hecho, ni siquiera sabía que existían más sobrevivientes de Villa del Sol hasta hace muy poco... No he tenido contacto con el mundo exterior.

 

La expresión de Tsuruhime se suavizó. La burla desapareció de sus ojos, dando paso a una genuina ternura al escuchar su historia.

 

-Diez años en las montañas... Vaya, eso explica por qué te pones del color de tu propio fuego cada vez que te hablo -dijo con una risita suave y cristalina-. Entonces, dímelo con total sinceridad, Kenji... ¿Te parezco bonita?

 

El mundo de Kenji se detuvo. Sintió que la sangre le hervía en el rostro y su mente se quedó completamente en blanco. Comenzó a retroceder torpemente.

 

-Y-yo... este... bueno, es que... ¡Y-ya se me hizo tarde! ¡Me tengo que ir! -balbuceó, dando media vuelta con la clara intención de salir huyendo.

 

-Espera, Kenji.

 

La firmeza en su voz lo congeló en el lugar. Kenji se quedó inmóvil, con los hombros tensos, sin atreverse a mirarla. Escuchó los pasos de Tsuruhime acercándose por la arena hasta que ella se paró a su lado. Al mirarla de reojo, notó que lo observaba con una sinceridad que le cortó el aliento.

 

-Si salimos victoriosos de todo esto... ¿Aceptarías tener una cita conmigo cuando termine el torneo?

Kenji parpadeó, incrédulo. El silencio se prolongó por unos segundos mientras él intentaba procesar si había escuchado bien.

 

-¿Una cita...? ¿Conmigo? -preguntó, con un hilo de voz-. ¿Lo dices en serio?

 

-Claro que sí, tontuelo -respondió ella, regalándole la sonrisa más hermosa que él había visto jamás-. ¿O qué? ¿Acaso tienes planeado morir en la arena mañana?

 

Kenji sacudió la cabeza con fuerza, recuperando un poco de su convicción.

 

-¡No! Lo dudo mucho, Tsuruhime... ¡De verdad que lo dudo!

 

-Me alegra escuchar eso -dijo ella, guiñándole un ojo-. Entonces, es una promesa. Nos vemos mañana en los combates. Descansa.

 

-A-adiós, Tsuruhime.

 

Kenji soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo mientras la veía alejarse por la playa. Pensó que su corazón por fin podría volver a latir a un ritmo normal.

Sin embargo, apenas dio un paso, una repentina y veloz corriente de aire lo envolvió. En una fracción de segundo, Tsuruhime utilizó su elemento para deslizarse frente a él. Antes de que Kenji pudiera emitir sonido alguno, ella se inclinó hacia adelante y le dejó un suave y cálido beso en la mejilla.

 

-Ahora sí... muy buenas noches, Kenji.

 

Tsuruhime se marchó, desvaneciéndose en la distancia con la misma gracia que el viento.

Kenji seguía inmerso en su estupor, con los dedos aún rozando la piel de su mejilla y la mirada perdida en la inmensidad de la noche, justo en la dirección por donde ella había desaparecido. El rítmico susurro de las olas era lo único que envolvía la playa, hasta que una figura emergió de imprevisto entre las sombras de las rocas. Era su maestro Daichi.

 

-¡Oh, Kenji, bésame, bésame! ¡Eres todo un rompecorazones! -exclamó el maestro, imitando una voz exageradamente melodramática mientras se llevaba ambas manos al pecho

-. Ay, amiguito... hacen muy bonita pareja, pero si te haces su novio, ya no vas a soñar conmigo, y eso me rompe mi corazón.

 

Kenji frunció el ceño de inmediato. El rojo de su rostro, que apenas comenzaba a ceder, volvió con el doble de intensidad por la vergüenza y la pura indignación de haber sido observado.

 

-¡Maldito viejo! -le reclamó a viva voz, apretando los puños con exasperación-. ¿Cuánto tiempo lleva ahí escondido espiándonos?

 

Sin embargo, antes de que pudiera articular una sola queja más, el semblante de Daichi cambió de forma drástica. La burla se esfumó de su rostro en una fracción de segundo, dando paso a una seriedad implacable.

 

-Oye, una cosa más -le advirtió el maestro, clavando su mirada en él con un tono firme y severo-. No quiero que, en dado caso de que ustedes dos pasen a la siguiente ronda y les toque enfrentarse en la arena, te dejes ganar.

 

Sintiendo el peso de la advertencia de su mentor, Kenji se cruzó de brazos. Irguió la postura, aferrándose al temple y al orgullo forjados en sus años de duro entrenamiento, y le sostuvo la mirada.

 

-Por favor, maestro, soy un guerrero -respondió con total convicción-. Esto es independiente al torneo. Obviamente, no la voy a dejar ganar.

 

Pero en lo más recóndito de su mente, mientras el eco de sus propias palabras chocaba con el dulce y cálido recuerdo del beso que aún latía en su mejilla, el joven guerrero tragó saliva y pensó:*"Eso creo..."*

 

El silencio se prolongó por unos segundos, y justo cuando parecía que la tensión se apoderaría del momento, Daichi soltó un suspiro resignado, relajando la postura.

 

-Bueno... vámonos a dormir, Kenji.

Kenji parpadeó, sacudiéndose la sorpresa de su advertencia y mirándolo con extrañeza.

 

-¿Qué? ¿No iba a salir a beber?

 

Daichi desvió la mirada hacia la inmensidad oscura del mar, rascándose la mejilla con un gesto desinteresado y evasivo.

 

-Eh... sinceramente, no me gustaria dejarte solo en estos momentos.

 

Kenji entrecerró los ojos. Conocía a su maestro mejor que a sí mismo, y sabía leer perfectamente a través de sus excusas baratas.

 

-No tiene dinero, ¿verdad?

 

Daichi dejó caer los hombros, completamente derrotado por la cruda y vergonzosa realidad de su bolsillo.

 

-No... mejor vámonos a dormir.

 

Kenji soltó una pequeña carcajada, negando con la cabeza ante el cinismo de maestro.

 

-Okay, maestro. Típico de usted.

 

-No puedo evitarlo, amiguito -respondió Daichi, encogiéndose de hombros antes de girarse hacia él con un repentino brillo de esperanza en los ojos-. Oye... ¿me prestas dinero?

 

-¡Imagínese usted! -replicó Kenji de inmediato, abriendo los brazos en señal de protesta-. ¿Qué dinero voy a tener yo?

 

El maestro soltó un bufido y, rendido, le dio una palmada en la espalda que casi lo hizo trastabillar en la arena.

 

-Ya, pues, ya. A dormirse, amiguito. Mañana será el gran día. Un nuevo día.

 

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