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Capítulo 8: El precio de la gloria (Parte 1)

La Odisea de los elementos (libro 1: adventure of kenji) · por nicoltesla · 15 de agosto de 2026

El sol nació sobre el horizonte con una fuerza abrasadora, tiñendo el cielo de un rojo vivo sobre la colosal arena del Torneo Bicentenario. Las gradas estaban completamente abarrotadas; miles de espectadores de toda la isla gritaban, aplaudían y agitaban estandartes, impacientes por presenciar a los ocho mejores guerreros de la región en combate abierto.

 

En el área de espera, Kenji observaba de reojo a sus rivales, todos emanando un aura imponente. A unos metros de allí, Tsuruhime le dedicó una breve mirada con un guiño imperceptible, lo que hizo que a Kenji se le volviera a erizar la piel.

 

De pronto, un cuerno de batalla resonó en todo el recinto, imponiendo un silencio casi sagrado. El anunciador oficial subió al palco central y abrió un enorme pergamino sellado.

 

-¡Damas y caballeros! ¡Guerreros de nuestra gran isla! -gritó con voz atronadora-. ¡Llegó el momento que todos estaban esperando! Los emparejamientos oficiales para la primera ronda del Torneo Bicentenario han sido dictaminados por el Consejo Supremo. ¡A continuación, la tabla de combates!

 

El anunciador alzó las manos y, con un destello de energía, la lista quedó fijada para todos los presentes:

 

Primer combate: Jin (El relámpago poderoso) vs. Hayate (La ventisca helada)

 

Segundo combate: Kenji (El guerrero de las llamas) vs. Katsuro (El maestro del Aikido)

 

Tercer combate: Tsuruhime (La domadora del viento) vs. Mizuki (La doncella del agua)

 

Cuarto combate: Kazuki (El fantasma de las sombras) vs. Bruno (El titán de la roca)

 

El rugido de la multitud volvió a hacer retumbar las paredes de piedra de la arena.

 

-¡Sin más preámbulos! -anunció el anunciador-. ¡Le pedimos a los primeros combatientes que salgan a la arena! ¡Jin, el relámpago poderoso, contra Hayate, la ventisca helada! ¡Que dé inicio el primer combate!

 

Jin dio un salto desde la zona de espera y aterrizó en el centro del terreno con la ligereza de una pluma. Su postura era inquieta, veloz, cargada de una energía contenida lista para estallar.

 

Del otro lado, Hayate caminó con pasos lentos y firmes. A cada pisada, la hierba de la arena se cubría de una capa de escarcha blanca. Su mirada era helada, calculadora y distante, como una tormenta invernal a punto de desatarse.

 

En el centro del coliseo, el gyoji oficial dio un paso al frente. A diferencia de las rondas clasificatorias anteriores, este combate requería la presencia y el juicio riguroso de un gyoji certificado para regir un enfrentamiento oficial del torneo principal. El experto árbitro alzó el abanico tradicional para verificar que ambos contendientes estuvieran listos.

 

-¿Listos los competidores? -preguntó el gyoji con voz firme, observando a ambos guerreros de la isla.

 

Jin asintió con una sonrisa confiada. Hayate solo respondió con un parpadeo frío y silencioso, exhalando un suspiro que se convirtió en vaho.

 

-Espero que no te congeles demasiado rápido, Hayate -dijo Jin, dando un paso al frente mientras el suelo debajo de él empezaba a chamuscarse.

 

Hayate ni siquiera se inmutó. Extendió una mano descubierta y una fina brisa helada comenzó a girar a su alrededor.

 

-Intenta no parpadear, Jin. Porque cuando lo hagas, la batalla habrá terminado.

 

En los palcos superiores, Kenji y Daichi observaban desde la barandilla.

 

-Presta mucha atención, Kenji -dijo Daichi con voz seria, perdiendo por completo la actitud graciosa de la noche anterior-. La velocidad del rayo contra el dominio de área del hielo. El primer error de cualquiera de los dos será el último.

 

El gyoji bajó el abanico con un movimiento seco.

 

-¡Hajime! -gritó.

 

En una fracción de segundo, la estática estalló bajo los pies de Jin. El suelo de piedra se agrietó y, antes de que el parpadeo de un ojo fuera posible, el joven ya se había proyectado hacia adelante envuelto en arcos de electricidad azul. Su puño, cargado con toda la velocidad de su elemento, apuntaba directamente al pecho de Hayate.

 

-¡Demasiado lento! -bramó Jin, surcando el aire.

 

Pero Hayate no retrocedió. Con una calma pasmosa, golpeó el suelo con la palma abierta. Una capa de hielo espeso brotó de inmediato a su alrededor, formando un muro cristalino y puntiagudo que interceptó el golpe en seco. El impacto sacudió la arena con un estruendo metálico, levantando una densa nube de polvo y esquirlas congeladas.

 

-¿Eso es todo lo que tienes, rayo de pacotilla? -respondió Hayate desde el otro lado del muro, con la voz gélida y tranquila.

 

Antes de que Jin pudiera reaccionar o cambiar de trayectoria, el hielo comenzó a ramificarse a una velocidad alarmante por el suelo, trepando por sus tobillos como serpientes blancas y pesadas.

 

-¡Maldición...! -exclamó Jin, sintiendo cómo el frío paralizaba la circulación en sus piernas. Trató de descargar una chispa para fundir el hielo, pero la escarcha ya había cubierto sus extremidades, restándole movilidad.

 

Desde las gradas superiores, Kenji se inclinó hacia adelante con los ojos abiertos de par en par, sintiendo una profunda decepción al ver la facilidad con la que el combate se estaba decidiendo.

 

-¿En serio este tipo es tan débil...? -pensó Kenji, frunciendo el ceño con incredulidad mientras observaba desde arriba-. Hasta Raijin dio mucho más pelea en las clasificatorias... Este güey cayó rapidísimo.

 

Abajo, en la arena, Hayate se deslizó con absoluta elegancia sobre la superficie congelada, apareciendo justo frente a Jin antes de que este pudiera liberar su tren inferior. Con un movimiento fluido y letal, Hayate giró el cuerpo y conectó una patada directa al costado de su rival, coronada por una estela de aire ártico.

 

El golpe mandó a Jin a volar varios metros hacia atrás. Cayó pesadamente sobre la escarcha, deslizándose hasta detenerse a pocos centímetros de la orilla de la plataforma. Respiraba con dificultad, con escarcha comenzando a formarse en las solapas de su ropa.

 

Jin apretó los dientes, intentando apoyar las manos para levantarse, pero un sudor frío le recorría la frente. Al intentar canalizar su energía, una punzada de dolor le recorrió el brazo. Alzó la vista con frustración y soltó una risa seca, sin aliento.

 

-Tks... vaya que... calas hondo, estúpido hielo... -escupió, con la voz entrecortada por el esfuerzo y el frío extremo.

 

Hayate caminó hacia él sin prisa, con el aliento convirtiéndose en vapor frente a su rostro inexpresivo. Se detuvo a un par de pasos, cruzándose de brazos mientras miraba a su oponente vencido.

 

-La velocidad sin estrategia es solo ruido, Jin -respondió Hayate con absoluta seriedad, sin rastro de burla, solo el reconocimiento frío de la victoria-. Quédate en el suelo. El combate terminó.

 

El gyoji corrió hacia el centro del terreno, flanqueado por las miradas expectantes de todo el coliseo. Al ver que Jin no lograba ponerse de pie y que el frío lo había neutralizado por completo, cruzó los brazos con decisión y alzó el abanico en dirección a Hayate.

 

-¡Fuera de combate! -sentenció el gyoji, marcando la victoria-. ¡El ganador del primer combate es Hayate!

 

Mientras los asistentes retiraban a Jin de la plataforma, Kenji se quedó mirando la escena con una mueca de decepción, mirando de reojo a Daichi.

 

-¿En serio todos los guerreros del rayo son tan débiles? -preguntó Kenji con frustración-. Hasta Raijin dio más pelea en las clasificatorias... Este tipo cayó rapidísimo.

 

Daichi soltó un suspiro, cruzándose de brazos mientras negaba con la cabeza.

 

-No es que Jin fuera débil, Kenji. Es que te tocó ver su peor cara frente a un monstruo -respondió el maestro con seriedad-. Hayate domina el hielo a un nivel extraordinario; es capaz de congelar el ambiente hasta alcanzar el quinto grado bajo cero en segundos. Si te tocara enfrentarte a él en este momento, no tendrías la menor oportunidad. Así que más te vale rogarle a los dioses para que tu camino se cruce con el de Tsuruhime antes que con el de ese helado sujeto.

 

Kenji abrió los ojos de par en par, sintiendo un leve escalofrío recorrer su columna.

 

-¿Ay, maestro... tanto así? -balbuceó, tragando saliva.

 

-Así de simple -remató Daichi con una sonrisa socarrona, dándole una palmada en la espalda-. De cualquier forma, más vale que te vayas concentrando. Ya anunciaron los combates y tu momento llegó: te vas a enfrentar ante el mismísimo maestro del Aikido.

 

Kenji apretó los puños, exhalando profundamente para calmar los nervios antes de asentir con determinación.

 

-De acuerdo, maestro. No voy a guardarme nada; daré todo de mí en esa arena.

 

-Yo sé que sí, Kenji -respondió Daichi, mirándolo con orgullo y una chispa de confianza en los ojos-. Sal ahí afuera y demuéstrale a todos quién va a ser el verdadero campeón del torneo.

 

-Y antes de irte, ¿quieres un toque de hachís? -preguntó Daichi con total naturalidad, sacando una pequeña pipa de entre sus ropas.

 

-Sí -respondió Kenji de manera normal y seria, aceptando la pipa sin vacilar.

 

Después de dar una calada profunda para calmar los nervios y despejar la mente, Kenji le devolvió el objeto a su maestro mientras escuchaba cómo el anunciador volvía a rugir en el exterior. Ya era hora; el llamado para el segundo combate resonaba con fuerza en todo el recinto. Con el cuerpo templado y la mirada fija en la entrada de la arena, Kenji se puso en marcha hacia su destino.

 

El segundo combate estaba por comenzar. En el centro de la colosal arena, la tensión se cortaba con un cuchillo mientras el gyoji observaba a los dos contendientes situados cara a cara.

 

Frente a Kenji se encontraba Katsuro, el veterano maestro del Aikido, con una postura imperturbable y una sonrisa enigmática.

 

-Saludos, Kenji. He visto todos tus combates -dijo Katsuro con calma, manteniendo la mirada fija en su joven rival.

 

-No puedo decir lo mismo -respondió Kenji con un poco de soberbia, cruzándose de brazos y mirándolo desde lo alto.

 

Katsuro parpadeó, levemente divertido por la actitud del muchacho, antes de inclinar un poco la cabeza con aparente humildad.

 

-¿Le puedo pedir un favor?

 

-¿Un favor? -repitió Kenji, frunciendo el ceño con desconfianza.

 

-No seas tan duro conmigo. No tengo habilidades extraordinarias como los demás...

 

Kenji soltó una carcajada seca e incrédula, entrecerrando los ojos con molestia.

 

-¿Me estás pidiendo que no dé lo mejor de mí? Oye, pero si tú estás aquí. No manejas ninguna habilidad mística, pero llegaste entre los ocho mejores de la región, ¿y piensas que voy a tener piedad contigo solo por eso?

 

Katsuro dejó escapar una suave risa, y de inmediato su postura cambió por completo; la falsa vulnerabilidad se desvaneció, revelando una presencia afilada y peligrosa.

 

-Parece que mis jugarretas no sirvieron para intimidarte -dijo el veterano, abriendo los brazos con soltura-. Bien, me presento formalmente: yo soy Katsuro, el maestro del Aikido. Así que prepárate para perder.

 

Kenji esbozó una sonrisa cargada de absoluta arrogancia, encendiendo una chispa de energía en sus manos.

 

-¿Perder yo? Antes prefiero que me trague la tierra... o que me llamara como tú.

 

El gyoji bajó el abanico con un movimiento seco y cortante.

 

-¡Hajime! -gritó, dando inicio al segundo combate.

 

El combate comenzó con una explosión de velocidad. Kenji se proyectó hacia adelante envuelto en llamas, decidido a acabar rápido con el veterano. Se lanzó con un puñetazo directo, confiado en que la fuerza bruta y su elemento harían pedazos la defensa de Katsuro en un par de segundos.

 

Sin embargo, con una tranquilidad pasmosa y un movimiento milimétrico, Katsuro giró sobre su propio eje, tomó el brazo de Kenji y utilizó la misma inercia del golpe para estamparlo contra el suelo de piedra con una técnica de proyección impecable.

 

-¡Increíble! ¡El maestro del Aikido redirige el ataque con una facilidad asombrosa! -gritó el anunciador desde el palco.

 

Kenji rodó por el suelo, incorporándose de inmediato mientras se sobaba el hombro con incredulidad. Volvió a la carga una y otra vez, lanzando patadas encendidas y golpes frontales cargados de fuego. Pero cada intento era respondido de la misma manera: Katsuro parecía leer cada fibra de su movimiento, desviando los ataques, usando el peso y el impulso de Kenji en su contra, y devolviéndolo al suelo sin aparente esfuerzo físico, simplemente dominando el arte del equilibrio y la redirección.

 

En las gradas superiores, los murmullos comenzaron a multiplicarse.

 

-Pero qué... -murmuró Daichi, inclinándose sobre la barandilla con los ojos abiertos de par en par-. Ese viejo lo está humillando puramente con técnica...

 

Abajo, en la arena, Kenji jadeaba, cubierto de polvo y frustrado, sintiendo que sus llamas no servían de nada frente a un muro viviente que ni siquiera necesitaba poderes para neutralizarlo. Pero de pronto, mientras Katsuro lo esperaba con una postura calmada y abierta, algo dentro de Kenji cambió.

 

Miró al anciano y, por un instante, vio reflejado en él a su propio maestro: un hombre sin elementos, sin rayos, sin hielo ni dones sobrenaturales, sobreviviendo y destacando en un mundo de monstruos gracias al esfuerzo puro y al dominio de su arte. Una extraña y profunda empatía lo recorrió de golpe. No podía seguir intentando calcinar a alguien que peleaba con la misma pureza y desventaja con la que su propio mentor lo había entrenado toda la vida.

 

-Tks... -susurró Kenji, soltando un suspiro pesado.

 

Ante la atónita mirada de todo el coliseo, Kenji detuvo su avance y apagó por completo las llamas que cubrían sus puños y su cuerpo. El fuego se desvaneció en una bocanada de humo, dejándolo expuesto, desarmado de su elemento principal.

 

En las gradas, el silencio se apoderó de los espectadores por un segundo, antes de convertirse en un estallido de gritos de confusión.

 

-¡¿Qué está haciendo?! -exclamó Daichi desde arriba, incorporándose de golpe y agarrándose la cabeza con incredulidad-. ¡¿Se volvió loco?! ¡Apagó el fuego!

 

Hasta en la esquina opuesta, Hayate y los demás contendientes se quedaron mudos, sin comprender la osadía del joven guerrero.

 

Abajo, el mismísimo Katsuro bajó las manos, frunciendo el ceño por primera vez en todo el combate, extrañado ante la decisión de su rival.

 

Kenji adoptó entonces una postura de combate puramente física, bajando el centro de gravedad y extendiendo los brazos con una sonrisa desafiante pero respetuosa.

 

-Si me vas a ganar, viejo... va a ser con mis propios puños, sin trucos de fuego -desafió Kenji, mientras la multitud entera enmudecía ante lo que presenciaban sus ojos.

 

Kenji arremetió de frente, confiando únicamente en sus puños y en el entrenamiento físico de Daichi, sin una sola chispa de fuego que lo respaldara. Katsuro entrecerró los ojos, analizando la nueva postura del muchacho.

 

-¿Sin llamas? Qué osado... -susurró el veterano con una sonrisa de respeto.

 

Kenji lanzó un jab rápido al rostro, pero Katsuro, con su maestría impecable, desvió el impacto con el antebrazo, giró con fluidez y aprovechó la fuerza del joven para proyectarlo nuevamente contra el suelo con un estruendo seco.

 

-¡Otra vez! ¡El maestro del Aikido vuelve a derribarlo con una facilidad insultante! -gritó el anunciador, mientras la multitud vitoreaba la técnica perfecta del anciano.

 

Kenji rodó por la gravilla, se puso de pie de un salto con los nudillos raspados y volvió a lanzarse. Lo intentó por izquierda, luego con una patada baja, cambiando los ángulos de ataque una y otra vez para evitar el punto ciego de las llaves. Pero cada intento terminaba igual: Katsuro parecía anticiparse a cada fibra de su cuerpo, usando los principios del Aikido para desequilibrarlo y estamparlo contra la piedra. El cuerpo de Kenji comenzó a acumular el castigo de cada caída.

 

En las gradas, Daichi apretaba los puños con fuerza, mordiéndose los labios.

 

-Maldición, Kenji... Estás jugando su juego... -pensó el maestro, conteniendo el aliento.

 

Abajo, Kenji se incorporó con dificultad, jadeando pesadamente, con el polvo pegado al sudor de su frente. Miró al veterano, quien apenas respiraba con agitaciones menores, manteniendo una postura perfecta. El joven comprendió una verdad aplastante: por mucho que lo intentara a nivel físico, el dominio del arte suave por parte de Katsuro era absoluto; si seguía peleando así, terminaría destrozado sin importar cuánta voluntad pusiera.

 

Katsuro detuvo sus movimientos por un instante, observando la determinación feroz en los ojos del muchacho. En el fondo de su alma, el anciano sintió una profunda conexión con ese orgullo indomable. No quería ganar una pelea de voluntades puras usando solo la sumisión del Aikido contra alguien que había renunciado a su propia ventaja por respeto.

 

Con un suspiro profundo, Katsuro bajó las manos y adoptó una postura de combate diferente, firme, equilibrada y agresiva, propia del combate cuerpo a cuerpo tradicional.

 

-Tienes agallas, muchacho -dijo Katsuro con una sonrisa franca, luciendo un brillo inusual en la mirada-. Si decidiste pelear con tus propios puños, entonces te responderé de la misma manera. ¡Demuestra todo lo que tienes!

 

La multitud en las gradas estalló en gritos de asombro absoluto.

 

-¡¿El maestro de Aikido... renunció al Aikido?! -exclamó Daichi con los ojos desorbitados, incapaz de dar crédito a lo que veían sus ojos.

 

Abajo, el combate se transformó en un violento intercambio de golpes a corta distancia. Sin las llaves y proyecciones para salvarlo, Katsuro demostró que su poder físico y su técnica de combate estricta eran aterradores, tan poderosos y pulidos que cada intercambio de puños hacía temblar el suelo. Intercambiaban golpes a una velocidad vertiginosa: un derechazo de Katsuro mandó a Kenji a retroceder tambaleándose, y la respuesta del joven con un gancho al costado hizo que el veterano apretara los dientes con fuerza. Estaban absolutamente a la par, un choque brutal de fuerza pura, experiencia y resistencia donde la balanza se negaba a inclinarse.

 

Pero el cuerpo humano tiene un límite, y Kenji, tras recibir una brutal combinación en el pecho, sintió que las piernas le temblaban. Katsuro, aprovechando el momento, preparó un golpe definitivo, directo al mentón, cargado con toda la experiencia de sus años de lucha.

 

En ese segundo crítico, acorralado al borde de la derrota y con la energía al límite, algo antiguo y latente dentro de las profundidades de Kenji se desgarró.

 

Una energía densa, abrumadora y primordial -una ínfima, casi imperceptible fracción del Puño Umbral- brotó desde lo más profundo de su ser, sin fuego, sin elementos visibles, solo una presión oscura y absoluta que se concentró en sus nudillos en una décima de segundo.

 

Antes de que Katsuro pudiera conectar su golpe, Kenji descargó su puño hacia adelante.

 

El impacto no fue solo físico; fue un trueno sordo que sacudió la atmósfera del coliseo entero. La onda expansiva de aquella pequeña fracción del Puño Umbral atravesó la defensa de Katsuro como si fuera papel, disipando su energía por completo y mandando a volar al veterano maestro por los aires.

 

Katsuro cruzó la arena a toda velocidad, cayendo estrepitosamente y deslizándose hasta estrellarse contra el muro perimetral del coliseo, donde quedó inmóvil, con los ojos abiertos de par en par, totalmente privado de fuerzas.

 

El silencio sepulcral que invadió las gradas duró un segundo antes de romperse en un estallido masivo de incredulidad y gritos ensordecedores. El gyoji, temblando ligeramente por la presión residual que aún flotaba en el ambiente, corrió hacia el cuerpo de Katsuro, revisó su estado y, con el rostro pálido, alzó el abanico hacia el vencedor.

 

-¡Fuera de combate! -sentenció el gyoji con la voz entrecortada-. ¡El ganador del segundo combate es Kenji!

 

Abajo, en la arena, Kenji respiraba con dificultad, tratando de asimilar lo que acababa de hacer. Mientras Katsuro yacía inmóvil junto al muro, Daichi saltó la valla de los palcos superiores con una sonrisa de oreja a oreja, corriendo hacia su alumno.

 

-¡Lo lograste, maldito lunático! -gritó Daichi, llegando a su lado con una profunda reverencia y un orgullo inmenso en los ojos, viendo la hazaña histórica que acababa de protagonizar-. ¡Ese fue un combate legendario!

 

A pocos metros de allí, Tsuruhime se acercó caminando con pasos suaves y una sonrisa radiante. Sus ojos lo miraban con muchísimo más amor y complicidad que antes, destilando una ternura cálida.

 

-Estuviste increíble, Kenji -dijo Tsuruhime con voz dulce, inclinándose ligeramente para darle un tierno beso en la mejilla.

 

Al instante, Kenji sintió que las mejillas se le prendían de un rojo intenso, volviéndose a sonrojar hasta las orejas y quedándose mudo de la pena, apenas atinando a sonreír con torpeza.

 

-Gra... gracias, Tsuruhime... -balbuceó el joven, intentando recuperar la compostura.

 

-Mucho éxito en lo que sigue, ve a darlo todo -le dijo ella con una sonrisa de apoyo, antes de darle un cálido abrazo de despedida mientras se alistaba para su propio enfrentamiento-. Yo tengo que ir a la arena para el tercer combate. ¡Nos vemos luego!

 

Kenji alcanzó a asentir con una sonrisa sincera, deseándole suerte. Pero apenas Tsuruhime se separó y comenzó a caminar hacia el terreno de combate, el cuerpo de Kenji le falló por completo. El desgaste extremo y el esfuerzo de haber liberado aquella fracción del Puño Umbral le cobraron factura de golpe. Las piernas se le doblaron y Kenji se desplomó de frente sobre la piedra, quedando totalmente inconsciente.

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