El campamento de las dríadas parecía suspendido entre la noche y el amanecer. Una luz verde y dorada flotaba entre los árboles, suave como polvo de hadas. Las tiendas estaban hechas de lino claro, ramas vivas y flores que brillaban tenuemente con magia natural, y el aire olía a hierbas frescas, tierra húmeda y savia dulce.
Zynara descansaba sobre un lecho de musgo y pétalos curativos, envuelta en una manta ligera. Seguía pálida, todavía débil, pero sus ojos ya no tenían aquel brillo apagado que tanto había aterrorizado a Kaelira.
Kaelira permanecía a su lado, sentada sobre una raíz gruesa del gran roble, sosteniendo su mano con una firmeza casi desesperada.
Como si temiera que, al soltarla, todo volviera a romperse.
Liraeth terminó de preparar una infusión en un pequeño cuenco de madera. El líquido tenía un tono plateado, con diminutas hojas flotando en la superficie. Se la acercó a Zynara con cuidado.
—Bien, pequeña. Esto es lo que haremos —dijo con calma profesional—. Beberás una infusión como esta todas las mañanas; te prepararé suficiente hierba seca para varias semanas. Nada de comidas pesadas por ahora. Mucho reposo. Y nada de esfuerzos: no cargues peso, no camines distancias largas, no te agotes.
Zynara la miró como si recibiera una sentencia.
—¿Nada de esfuerzos? Soy una súcubo. No soy de cristal.
—Ahora mismo eres una súcubo cuyo cuerpo está sosteniendo algo sin precedentes —respondió Liraeth, sin inmutarse—. Tu cuerpo es pequeño, Zynara. He visto súcubos que te sacan una cabeza entera y ni ellas cargarían esto con facilidad. Este embarazo no es común.
La súcubo hizo un puchero, pero esta vez no replicó.
Zynara bajó la mirada hacia su vientre, todavía plano. Su cola se movió débilmente bajo la manta, en un gesto nervioso que intentó disimular sin éxito.
—Todavía suena raro... —murmuró—. Embarazo.
Kaelira apretó con suavidad su mano. Zynara fingió no notarlo, pero no la soltó.
Liraeth la observó unos segundos en silencio. Luego, con una curiosidad tranquila, preguntó:
—Hay algo que necesito entender. ¿Cómo llegaste hasta aquí?
Zynara alzó la vista.
—¿Aquí?
—Estas son las Tierras Malditas del Antiguo Señor Dragón. El primer gran azote del mundo. Incluso siglos después de su caída, estos bosques conservan restos de oscuridad, corrupción y magia rota. Nadie viene por voluntad propia. Ni comerciantes, ni cazadores, ni aventureros sensatos. —Hizo una pausa, y su voz se volvió más afilada por la extrañeza—. Y sin embargo aquí estás tú. Sola. Una súcubo, sin guía, sin protección, atravesando un lugar que drena hasta a los míos.
Zynara parpadeó. Luego volvió a mirar alrededor, como si de pronto el bosque hubiera cambiado de forma.
—¿Tierras... malditas? ¿Señor Dragón?
Liraeth frunció apenas el ceño.
—¿No lo sabías?
—¡Claro que no! —protestó Zynara, incorporándose un poco antes de marearse y volver a recostarse—. Yo solo sentí un poder enorme. Algo denso, caliente, reprimido... como un deseo enterrado durante años. Era tan fuerte que parecía llamarme desde muy lejos.
Kaelira apartó la mirada. Zynara la señaló con un dedo acusador.
—Pensé que sería una presa fácil. Una humana solitaria, llena de energía, abandonada en medio del bosque. Perfecta para que una gran súcubo como yo se alimentara y demostrara su superioridad.
Liraeth arqueó una ceja.
—¿Y cómo terminó eso?
Zynara se hundió un poco más en la manta.
—No estamos hablando de eso.
—Perdiste —dijo Kaelira.
—¡No perdí! —replicó Zynara, roja hasta las orejas—. Fue una retirada estratégica con consecuencias imprevistas.
Liraeth se cubrió la boca con una mano, intentando no reír.
—Ya veo.
La dríada miró a Kaelira. Había complicidad en sus ojos, pero también una tristeza antigua. La misma tristeza de quienes habían sobrevivido a una guerra y reconocían, en otro rostro, las ruinas que quedaban después.
—Así que fuiste atraída por ella —dijo al fin.
Zynara cruzó los brazos, avergonzada.
—Por su aura. No por ella.
—Por supuesto.
—Y vine por venganza.
—Naturalmente.
—No por preocupación, ni cariño, ni nada ridículo de ese tipo.
Kaelira le acarició los nudillos con el pulgar. Zynara se quedó callada.
Liraeth sonrió con suavidad.
—Entonces debo agradecerte, aunque hayas venido por razones tan terribles.
La súcubo levantó una ceja.
—¿Agradecerme?
—Kaelira ha vivido muchos años sola. Demasiados. Cargando un peso que casi nadie podría entender. Después de la guerra muchos celebraron su nombre, pero pocos se preguntaron qué quedaba de ella cuando terminaban las canciones.
Kaelira bajó la mirada. Zynara la observó de reojo.
—Verte aquí, a su lado, incluso sin saber el peligro de estas tierras, significa más de lo que imaginas. Has traído luz a alguien que creyó que ya no tenía derecho a una familia.
El silencio que siguió fue suave, pero profundo.
Zynara abrió la boca para responder con alguna burla, alguna queja, alguna excusa orgullosa.
No le salió nada.
Sus mejillas se encendieron.
—No es para tanto... —murmuró al fin—. Solo vine a vengarme. Lo del embarazo fue un accidente.
—Un accidente bastante decidido —dijo Liraeth.
—¡No ayudes!
Kaelira sonrió, cansada y feliz.
Liraeth se acercó entonces al lecho. Se arrodilló junto a Zynara y colocó ambas manos sobre su vientre con extrema delicadeza.
—Respira hondo, pequeña.
Zynara obedeció.
Una luz verde nació bajo las palmas de la dríada. Era cálida, viva, distinta a cualquier magia que Zynara hubiera sentido antes. No invadía, no dominaba. Solo rodeaba, como si el bosque entero inclinara sus ramas para protegerla.
Liraeth cerró los ojos. Su voz se volvió más baja, más solemne.
—Que este embarazo sea bendecido por el Bosque Eterno. Que la vida que crece dentro de ti sea sana y fuerte. Que encuentre refugio en tus brazos, guía en tu corazón y amor en quienes la esperan.
Kaelira contuvo la respiración. Zynara llevó una mano temblorosa sobre la de Liraeth.
La luz brilló con más intensidad durante un instante. Zynara sintió un calor dulce en el vientre. Las náuseas se calmaron, la presión en su pecho cedió, y hasta ese miedo torpe y nuevo que no quería admitir pareció dormirse bajo la caricia verde.
Cuando la magia se desvaneció, sus ojos estaban húmedos.
—G-gracias... —murmuró.
Fue una palabra pequeña. Pero sincera.
Liraeth se levantó y miró a Kaelira con una sonrisa nostálgica.
—Cuídala bien, vieja amiga. Esta súcubo tuya es más valiente de lo que parece.
Kaelira asintió.
—Lo haré.
—Y tú —añadió Liraeth, mirando a Zynara—, nada de fingir que puedes con todo.
Zynara frunció el ceño.
—Soy una súcubo poderosa.
—Eres una súcubo embarazada.
—Poderosamente embarazada.
Kaelira no pudo evitar reír.
Después de recibir las hierbas, las indicaciones y una pequeña bolsa con remedios secos, prepararon el regreso. Kaelira envolvió mejor a Zynara en la manta y la tomó en brazos con cuidado. La súcubo no protestó. Solo escondió el rostro contra su hombro.
Pero cuando ya estaban por abandonar el campamento, murmuró en voz baja, solo para ella:
—No creas que esto significa que renuncié a mi venganza.
Kaelira inclinó la cabeza y besó con ternura uno de sus cuernos.
—Claro que no, mi gran súcubo.
Zynara se estremeció, roja como una flor de sangre.
—Idiota heroína...
Kaelira sonrió y empezó a caminar de vuelta al bosque, sosteniéndola contra su pecho.
Detrás de ellas, bajo la sombra del gran roble, Liraeth las vio marcharse. Las Tierras Malditas seguían siendo peligrosas y el bosque aún guardaba viejas heridas. Pero por primera vez en muchos años, entre aquellas raíces oscuras, algo nuevo había empezado a crecer.