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El misterio de la semilla, parte 1

Zynara, la gran súcubo · por karatewil · 02 de agosto de 2026

 

Zynara llevaba tres semanas enferma.

Al principio se negó a llamarlo enfermedad. Para ella esa palabra era casi una ofensa. Las súcubos no caían en cama por un simple malestar, no palidecían como humanas frágiles ni se quedaban sin aliento después de cruzar una habitación. Pero los mareos no cedían. Llegaban por la mañana, violentos y repentinos, y la doblaban sobre sí misma hasta que el olor de la comida le revolvía el estómago. Sus pechos dolían con una sensibilidad desconocida, y hasta su cola, normalmente inquieta y expresiva, se arrastraba por el suelo como si hubiera perdido la voluntad.

—No es nada... —murmuró una mañana, con la voz quebrada entre arcadas, mientras Kaelira le sostenía el cabello—. Debe ser tu comida horrible. Eso es todo.

Kaelira no sonrió.

Durante días había intentado creerle. Había aceptado las excusas, los pucheros, las quejas teatrales y esa terquedad orgullosa con la que Zynara rechazaba cualquier señal de debilidad. Pero el cuerpo de la pequeña súcubo decía otra cosa. Cada día estaba más pálida, comía menos, y sus ojos brillaban con menos fuerza. Y Kaelira, que había enfrentado dragones, ejércitos y monstruos nacidos de la oscuridad, empezó a sentir un miedo mucho más cruel que todos ellos.

El miedo de no saber qué hacer.

Esa noche, Zynara intentó levantarse de la cama. No llegó a dar dos pasos. Sus piernas cedieron.

—¡Zynara!

Kaelira se lanzó hacia ella y la atrapó antes de que golpeara el suelo. La sostuvo contra su pecho, sintiendo aquel cuerpo demasiado caliente, demasiado ligero, demasiado quieto. Por un instante el mundo entero desapareció.

Solo existía Zynara.

Su respiración débil, su rostro sin color, sus dedos aferrándose apenas a la ropa de Kaelira.

—Ya basta —dijo Kaelira, con una voz tan baja que parecía un juramento—. No voy a perderte por tu orgullo.

No esperó respuesta. La envolvió en una manta, la tomó en brazos y salió de la casa antes de que el miedo pudiera paralizarla. Afuera el bosque estaba oscuro, las ramas enredadas sobre el camino como garras negras, y el aire frío de la noche le golpeaba el rostro con cada paso. El pueblo más cercano quedaba a varias horas.

Kaelira corrió.

Corrió hasta que sus pulmones ardieron, hasta que las raíces le rasgaron las botas, hasta que el sudor le bajó por la espalda y los músculos empezaron a protestar. Saltó riachuelos, apartó ramas, cruzó pendientes de barro sin soltar ni una sola vez a la súcubos que temblaba contra su pecho.

—Resiste —gruñó entre dientes—. Por favor, resiste.

Cuando el primer resplandor del amanecer tiñó el cielo, las afueras del pueblo aparecieron entre la neblina. Kaelira apenas podía mantenerse en pie. Sus piernas temblaban con cada paso, pero siguió avanzando hasta que vio el campamento: varias tiendas verdes alzadas junto al camino, rodeadas de faroles, hierbas secas y pequeños altares de madera viva. Un grupo de dríadas con túnicas claras atendía a viajeros y enfermos bajo la sombra de un gran roble.

Entre ellas, una figura alta levantó la mirada. Sus ojos se abrieron de golpe.

—¿Kaelira...? —susurró la dríada—. ¿La Hija del Dragón?

—Liraeth...

La líder de las dríadas se quedó inmóvil un segundo. Habían luchado juntas años atrás, durante la guerra contra el Señor de las Sombras. Liraeth... había visto a Kaelira cubierta de sangre, rodeada de fuego y ruinas, sosteniendo una espada como si el mundo entero dependiera de su brazo. Nunca la había visto así.

De rodillas. Desesperada. Con una súcubos inconsciente entre los brazos.

—Por favor... —jadeó Kaelira, bajando la cabeza—. Mi compañera está enferma. No sé qué tiene. No sé cómo salvarla.

Liraeth no hizo preguntas.

—Tráela aquí.

Las dríadas prepararon un lecho bajo el roble. Extendieron mantas limpias, encendieron braseros con hierbas dulces y colocaron cuencos de agua alrededor de Zynara. Liraeth se arrodilló junto a ella y puso ambas manos sobre su vientre. Una luz verde, suave como el brote de una hoja nueva, nació entre sus dedos.

Kaelira permaneció a un lado, rígida, con los puños cerrados. Quería preguntar, quería exigir respuestas, quería tomar a Zynara y huir de cualquier destino que intentara arrebatársela. Pero no podía hacer nada.

Solo esperar.

Y aquella espera fue más terrible que cualquier batalla.

Liraeth cerró los ojos. La luz de sus manos se hundió lentamente en el cuerpo de Zynara, recorriéndola como raíces invisibles. Primero su pecho, luego su vientre, luego algo más profundo, más pequeño, casi imposible de percibir. La expresión de la dríada cambió: la preocupación dio paso a la sorpresa, y la sorpresa, poco a poco, a una comprensión silenciosa.

Kaelira sintió que la sangre se le helaba.

—Dime qué tiene —pidió, con la voz rota—. Lo que sea. Solo dímelo.

Liraeth abrió los ojos. Durante unos segundos no habló. Luego miró a Kaelira con una ternura extraña, casi triste.

—No está enferma.

Kaelira dejó de respirar.

—Entonces... ¿Qué le pasa?

Liraeth bajó la mirada hacia Zynara. Sus dedos, todavía iluminados, reposaban con delicadeza sobre el vientre de la súcubos.

—Está embarazada.

El silencio cayó sobre ellas como una campana.

Kaelira no entendió la palabra al principio. O quizá sí la entendió, pero su mente se negó a aceptarla. Aquello no podía pertenecerles. No a ellas. No a una ex heroína marcada por secretos imposibles. No a una súcubo que vino a cazar y no a quedarse.

Zynara abrió los ojos lentamente.

—¿Em... embarazada? —susurró.

Su voz sonó pequeña. Perdida.

Liraeth asintió.

—Sí.

Zynara parpadeó varias veces. Luego miró a Kaelira, confundida, como si necesitara que ella negara el mundo entero.

—Pero eso no es posible... Las súcubos no... no así. A menos que...

La frase murió en sus labios.

Liraeth no apartó la mirada de Kaelira. Como sanadora no necesitaba que nadie le explicara nada. La magia natural le había mostrado lo suficiente: aquel embarazo no tenía el rastro de los pactos demoníacos ni de la energía corrupta de una súcubo. Había sido concebido de forma física, sin atajos ni hechizos.

—Entiendo —dijo en voz baja.

Kaelira se tensó. El viejo instinto de defensa regresó de inmediato. Su espalda se enderezó, sus ojos se endurecieron. Durante años había ocultado aquella verdad bajo armaduras, silencios y medias respuestas. Había sobrevivido porque nadie miraba demasiado de cerca.

Y ahora Liraeth lo sabía. O al menos sabía lo suficiente.

La dríada se acercó y le puso una mano sobre el hombro.

—Tienes un secreto muy grande, vieja amiga —dijo con calma—. Uno que explicaría muchas cosas.

Kaelira no respondió. No podía.

Liraeth sonrió apenas.

—Pero seguirá siendo tuyo. Como lo fueron todos los secretos que guardé en el campo de batalla.

Los ojos de Kaelira temblaron.

—¿No vas a juzgarme?

—No soy quién para juzgar la forma en que el destino decide reparar lo que la guerra rompió —respondió Liraeth—. Si la vida encontró un camino en ustedes dos, no seré yo quien lo maldiga.

Zynara, todavía débil, llevó una mano a su vientre. Sus dedos se posaron allí con torpeza, como si temiera tocar una ilusión y romperla.

—Voy a tener... —tragó saliva—. ¿Voy a tener un hijo tuyo?

Kaelira se arrodilló junto a ella. Tomó su mano entre las suyas y la besó con una ternura que no tenía nada de heroica, nada de legendaria. Era solo amor. Cansado, tembloroso, verdadero.

—Parece que sí —dijo, y una sonrisa le quebró el rostro—. Nuestro hijo.

Zynara la miró fijamente. Durante un segundo pareció a punto de llorar. Luego hizo un puchero enorme.

—Esto es tu culpa... idiota heroína...

Kaelira soltó una risa baja, agotada.

—Lo sé.

—Ahora sí que no podré vengarme nunca...

Liraeth, que ya preparaba una infusión para estabilizar el embarazo, dejó escapar una risa suave.

—Parece que la gran súcubo ha sido completamente conquistada.

Zynara se sonrojó hasta la punta de los cuernos.

—Cállate...

Intentó cubrirse el rostro con la manta, pero Kaelira se inclinó sobre ella y la abrazó con cuidado. Zynara dejó de resistirse. Escondió la cara contra su pecho, temblando entre la vergüenza, el miedo y una felicidad tan grande que no sabía dónde ponerla.

—Solo... quédate conmigo —murmuró.

Kaelira cerró los ojos y la sostuvo con fuerza. Por primera vez en tres semanas, el miedo empezó a aflojar sus garras.

—No pienso soltarte jamás.

Bajo la sombra del roble, mientras el amanecer encendía las hojas con luz dorada, Liraeth miró el pequeño vientre de Zynara.

Allí, donde todos habrían esperado una maldición, algo había germinado.

Y estaba vivo.

 

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