Sus ojos tardaban en abrirse, le costaba despertar y salir de su lugar cómodo, la cama. El brillo del sol entraba por la ventana al igual que el canto de las aves. Se estiró por última vez y se levantó, como en cada mañana, para hacer su deber: las tareas del hogar.
Pero para su sorpresa, ya todo estaba limpio y ordenado. Lo único que le quedaba era hacer su cuarto y bañarse. Al terminar y al salir, notó una silueta entrar a la habitación de la abuela. No prestó mucha atención y se dirigió a su habitación a cambiarse.
—Pequeña, ven a desayunar —se escuchó desde la cocina.
—Ya voy, abuela —respondió mientras terminaba de vestirse.
Salió hacia la cocina. El olor a chocolate caliente recién hecho llenaba la sala.
—Ten, pequeña —dijo la abuela con una sonrisa mientras le acercaba la taza—. Con cuidado que está caliente.
Ella sonrió y asintió con la cabeza mientras sujetaba la taza con ambas manos.
—Gracias, abuela —dijo mientras daba un sorbo y sus ojos recorrían cada rincón de la cocina.
—Pequeña, ¿qué ocurre? —preguntó la mujer algo confundida.
—Abuela... —dejó la taza y se dirigió hacia ella—. Dime, abuelita... —apoyando sus manos en los hombros de la abuela—. ¿Dónde las escondiste?
—Ohh, pequeña —dijo entre risa—. Hoy no pude hacerte las galletas. Lo lamento.
—No, abuela, eso no —respondió con una sonrisa amable—. ¿La tarta de fruta? ¿Me guardaste?
—Ohh, eso —pronunció rápido mientras rascaba su nuca. Estaba terminando de acomodar las cosas dentro de la cocina—. No, lo lamento. No había más ingredientes.
Ella, con un gesto de tristeza que apenas se notaba, pegó media vuelta y se dirigió a su asiento para terminar el desayuno.
—Está bien, no importa —dijo con una sonrisa—. ¿Quieres que te ayude con tu cuarto? —preguntó.
—¡No! —respondió alzando un poco la voz.
Ella, sorprendida, se quedó helada y con la vista quieta. Sus manos rápidamente soltaron la taza.
—E-está bien, abuela. Solo quería ayudar —la voz se quebraba y sus manos lentamente le temblaban. Era la primera vez que su abuela reaccionaba de esa forma.
—Lo lamento, pequeña... Lo que quería decir es que, si te parece bien, ¿por qué no vas a recoger los ingredientes? ¿Qué dices? puedo hacerte otra tarta.
—¿Qué? ¿Yo? ¿De verdad? —preguntó sorprendida tratando de aguantar su emoción.
—Sí, pequeña, tú. El lugar no está tan lejos, así que podrás ir —dijo con una sonrisa nerviosa—. Espera. Dame un momento —mencionó mientras que de un estante sacaba algo—. Aquí está. Ten, lleva esto —dejándole a su lado una canasta de mimbre.
—Oh, muchas gracias —respondió con una sonrisa—. Terminé de desayunar, así que voy a traer los ingredientes —mencionó con una sonrisa.
—Espera. Quédate un segundo, no te muevas, falta algo —dijo mientras se dirigía a su habitación. Al salir, traía entre brazos una tela color roja.
—¿Qué es eso, abuela? —preguntó algo confundida.
—Es para ti —mencionó abriendo la gran tela que llevaba—. Es una caperuza, te protegerá del sol y la lluvia, llévala —dijo mientras, de frente, le ayudaba a ponérsela.
—Muchas gracias, abuela —respondió para luego abrazarla. —es suave y calentita.
—Ya... ya, quédate quieta —al terminar de acomodarla, ató el cordón que tenía en el cuello y la miró fijamente—. Por nada en el mundo quiero que te desvíes del camino. ¿Oíste? Vas, recoges los ingredientes y vuelves. Nada más que eso.
Ella tenía preguntas en ese momento, pero solo asintió con la cabeza. Temía que si preguntaba algo no la dejaría ir. Así que solo estuvo de acuerdo.
—Entiendo, abuela, no te preocupes... pero —hizo una breve pausa desviando la vista y continuó—. ¿Él... me acompañará?
La abuela alzó una ceja, se cruzó de brazos, cambió su expresión y respondió:
—¿Por qué? ¿Quieres que te acompañe? ¿Quieres ir con él?
—No, no —respondió con una sonrisa—. Era curiosidad... Me voy, abuela —le dio un beso en la mejilla y partió.
—Así que no había más ingredientes, ¿eh? —se escuchó detrás de la mujer mientras unos brazos fuertes y firmes rodeaban su cadera—. Tuve que levantarme al notar que no volvías. La cama sin ti estaba vacía.
—¿Estás loco? ¿Quieres que te descubra? Tienes que esperar. Sabes que tienes que esperar —mencionó apartándose.
—Sí, sí, lo sé. No estés así. Tranquila. Estuvo deliciosa la tarta. —dijo mientras dejaba notar una sonrisa pícara. —Al igual que tú.
—Bueno, bueno. Basta. —respondió algo sonrojada—. Ve a buscar tus cosas y vete.
—¿Por qué? Tu nieta ya no está aquí, así que podríamos divertirnos un poco más. Sabes que cuando se distrae, se toma su tiempo. Así que, ¿quién sabe? Quizás podríamos tener unas cuantas horas. ¿Qué dices?
Al escuchar esas palabras, se acercó a él y con una mirada fría dijo:
—Dices algo que ya sé. Es mi nieta, no la tuya. La conozco perfectamente, de punta a punta. Sé cada rincón de ella... —cruzada de brazos se acercó más a él, haciendo que su espalda chocara con la pared—. ¿O qué? Dime... ¿acaso quieres conocerla más? ¿Quieres saber a la perfección cómo es?
Las preguntas sonaron firmes y provocadoras.
—Oh, por favor... Vamos, ¿en serio? ¿Otra vez? Sabes que ante mis ojos es una mocosa más. Y que tú eres la única —acariciándole el rostro.
—Espero que tus palabras sean verdad. De lo contrario —sacó el cuchillo que tenía guardado, el cual usó para pelar algunas frutas, y se lo acercó al cuello—. Sabes de lo que soy capaz de hacer. Y no sólo podría usar este cuchillo para acabar contigo.
—Ohh... sabes perfectamente cómo me pones —la sujetó del brazo, aquel con el cual tenía el cuchillo, y la volteó. Con su mano izquierda sujetaba el brazo vacío de ella, colocándolo lentamente en su espalda, y con la otra agarró con firmeza la mano que sujetaba el cuchillo y fue acercándolo con lentitud al cuello. Él estaba aún contra la pared y ella estaba delante de él, de espalda, indefensa—. Sé lo que eres capaz de hacer —susurró en su oído mientras lamía su oreja—. Al igual que sabes de lo que soy capaz de hacer —con un gesto firme alzó su mano y el cuchillo apretaba la garganta de la mujer—. Ahora dime, cariño. Si te deshaces de mí, ¿quién te dará esa energía que tanto deseas?