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Capítulo 3: Unos Ojos Nuevos

Ya No Es Solo Un Cuento Para Niños: Caperucita · por neo0_0 · 19 de julio de 2026

Por primera vez disfrutaba el camino por el bosque, no estaba siendo escoltada sino que caminaba sola, tranquila y libre. Era la primera vez que podía admirar el paisaje con tranquilidad. Los árboles y las aves que se posaban en ellos le parecían aún más hermosos. Ese día, sería el más feliz de todos. O al menos así lo pensó.

Su mirada recorría las nubes que se movían por el cielo, sus manos acariciaban las flores al pasar y sus pies la guiaban casi instintivamente. Había recorrido el mismo lugar por dos años y no era necesario que mirara por donde caminaba.

Cuando las flores dejaron de tocar sus manos y las nubes en el cielo desaparecieron, dejando ver solo un azul intenso y el brillo del sol, su cuerpo frenó.

—¿Qué es esto? —se preguntó algo confundida.

No fue ella quien guiaba su cuerpo como siempre lo hacía, esta vez, su cuerpo la guió hasta donde su mente quería. —Debo prestar más atención. Por aquí no hay ingredientes.

Se giró dejando una sonrisa detrás y volvió al camino permitido. A unos cuantos pasos un manzano gigante dejaba caer sus frutos. —Qué conveniente —comentó sonriendo.

La canasta estaba casi llena. —Supongo que esto es suficiente —se puso de pie recogiendo una última manzana y partió, antes de hacerlo por completo fijó su mirada en aquel camino, ese al cual nunca se le permitió pisar. —Quizás y solo quizás, pueda recorrerte en mis sueños, sería hermoso que aunque sea allí pueda ver qué hay más allá—. Retrocedió unos pocos pasos y algo la detuvo, era un sonido. Un tintineo, constante que se repetía a cada segundo, era extrañamente relajante. Miró a su alrededor y una sensación extraña junto a un sentimiento desconocido la recorrió desde su estómago hasta su cabeza. Su respiración comenzó a acelerarse, su corazón latía con más fuerza y más rápido.

—¿Qué, qué es esto? —se preguntó mientras trataba de calmarse. Retrocedió otro paso y desde un arbusto notó movimientos, asustada quedó inmóvil tratando de reducir el sonido de su corazón, como si su vida en ese instante dependiera de ello, sus ojos se habían posado en aquello que de un brinco salió de su escondite. Un pequeño conejo blanco, tierno y esponjoso. —Pufff —soltó en un suspiro —Casi me da algo por una hermosura como tú —comentó sonriendo, mientras tocaba su pecho y trataba de calmarse. El pequeño conejo posó por un momento los ojos en ella y saltando con dificultad se adentró hacia el camino que estaba delante. Y justo en el instante que pisó aquella línea invisible que la separaba de aquel sendero prohibido, el tintineo que había oído antes, de repente se presentó y esta vez más fuerte. Ella notó por un breve momento que del abdomen de aquel pequeño caía sangre, no era mucha pero se preocupó. —Espera —mencionó estirando su brazo, como si pudiera llegar a él, pero era tarde, el conejo ya se estaba alejando. Estaba nerviosa, preocupada, pero sobre todo, estaba asustada. ¿Qué pasaría si decidía cruzar ese camino, aquel el cual jamás había pisado? ¿Y si su abuela se enteraba de eso, cuál sería su reacción y qué diría luego de advertirle que no se desviara del camino? Lo más importante para ella en ese momento fue pensar... ¿Qué pasaría con ese conejo si no era curado rápidamente? Solo el hecho de pensar en que algo malo podría sucederle le causó angustia.

Antes de que pudiera decidir qué hacer, notó que su cuerpo ya la guiaba. Por primera vez en la vida, había desobedecido a su abuela. Su cuerpo reaccionó mucho más rápido que su mente, como si estuviera siendo guiado por un impulso.

Mientras caminaba con un nudo en la garganta por haber desobedecido, pudo notar las pequeñas gotas de sangre que el pequeño conejo había dejado. Angustiada se apresuró, no quería pensar en lo peor así que con sus ojos buscó cualquier otra cosa que pudiera distraerla, como las aves que volaban por encima de los árboles, o las ramas tiradas debajo de ellos y desparramadas por todas partes. En el camino, justo detrás de un gran árbol, notó la silueta de una persona sentada de espaldas. —¿No conoce los peligros del bosque? —se preguntó.

Al no saber de quién se trataba decidió tomar otro camino para evitar pasar por allí, pero un segundo antes de voltear, aquel conejo se dejó ver una vez más, salió saltando detrás del mismo árbol, lo hacía con normalidad y la sangre ya no caía.

—Qué alivio, pequeñín, estás bien —dijo con un tono alegre mientras suspiraba.

El conejo la miró por un momento y solo por un breve instante sus ojos brillaron intensamente, aunque por estar lejos no pudo distinguir el color, luego volteó la mirada a la persona que estaba sentada, sentía curiosidad por saber qué hacía allí, pero solo decidió regresar al camino permitido. —¿Qué fue eso? —se preguntó confundida — ¿Me tendrá miedo?

El tintineo ya no se oía y la sensación junto con ese sentimiento extraño se habían calmado.

—Le tiene miedo a los desconocidos —mencionó la persona sin voltear. Su voz era distinta a las que escuchaba con frecuencia. Su tono era algo grave pero no asustaba.

—¿Miedo? Jamás le haría daño —mencionó.

Justo en ese momento, aquella persona que estaba a unos metros se puso de pie y con esas últimas palabras los ojos de ambos se encontraron.

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