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Capítulo 1: La Mirada

Ya No Es Solo Un Cuento Para Niños: Caperucita · por neo0_0 · 18 de julio de 2026

Era el último día de clases en la semana, y como de costumbre, estaba siendo acompañada de regreso por ese conocido.

Al bajar del autobús y cruzar la calle, sus miradas se encontraron. Fue breve, pero más extenso que lo habitual. De camino por el bosque, sus ojos volvieron a cruzarse en algunas ocasiones, como si fuera accidental.

La brisa del viento los recorría con suavidad a ambos y el sol aún estaba alto, iluminando sus pasos. La cabaña de la abuela quedaba lejos de la parada del autobús.

Llegaron a un punto donde el camino se dividía en dos y a pesar de que existían muchos, había un sendero en particular que llamaba siempre su atención, pero nunca se habían apartado de la ruta, porque así fue como le ordenaron. Siempre, las idas y vueltas eran por el mismo lugar.

—Disculpa— logró pronunciar esa palabra antes de tropezar con la raíz sobresaliente de un árbol. La caída fue rápida pero no tan fuerte.

Él, que iba delante, a unos cuantos pasos, la escuchó y se detuvo volteando para ayudarla.

—¿Te encuentras bien? —preguntóini extendiendo su mano, sin modificar su expresión. Serio, con la mirada vacía, como si su rostro fuera solo una simple roca.

—Sí, gracias —respondió tratando de ponerse de pie algo apenada. Le dolía.

No solo era el raspón de su pie lo que le incomodaba, sino aquella sensación de ambas manos tocándose. Fue causa de la incomodidad del momento, que el tacto de aquellas manos fuertes se sintieran frías. Después de dos años sintiendo la presencia del otro sin que hubiera ningún diálogo, decidir hablar y que el contacto se hiciera presente era nuevo.

—Estás lastimada... no es grave, pero deberías curarte al llegar —mencionó mientras soltaba el agarre y seguía caminando.

—Eso haré, gracias —dijo secando el sudor de sus dedos. Estaba nerviosa, incómoda, y tenía una sensación distinta que no sabía identificar.

—¿Qué era lo que ibas a preguntar? —soltó sin dudar.

—No, no es nada —respondió algo avergonzada.

El resto del camino lo hicieron sin preguntas, sin agradecimientos ni descuidos. Solo en silencio.

Al llegar a la cabaña, la abuela se encontraba sentada junto a la chimenea. Las llamas eran pequeñas, pero calentaban toda la sala. Ese día él no se fue, se quedó. Entró pidiendo permiso y se sentó frente al fuego, en otro sillón.

—Ponte hielo y cúrate —dijo él sin apartar la vista de las llamas.

—Sí... eso haré —respondió ella aún avergonzada. Esa caída le resultó demasiado ridícula.

Luego de voltear y antes de que pudiera irse, detrás de ella se escuchó:

—¿Por qué deberías ponerte hielo y curarte? ¿Qué sucedió? — preguntó seria y preocupada.

—Oh, abuela, —su voz era tan dulce que solo con pronunciar unas pocas palabras parecía un susurro llevado por el viento— no es nada. Solo no vi el camino y tropecé —respondió con una sonrisa.

—Pequeña —dijo levantándose y yendo hacia ella—. Debes tener cuidado. Sabes que no me gusta cuando te lastimas. ¿Lo sabes... verdad? —hizo un breve silencio con los ojos puestos en ella y siguió— Ve a curarte y hazlo con cuidado.

La voz de la mujer parecía sonar con lentitud en ocasiones, como si arrastrara las palabras para poder llegar cálidas al oído.

—Sí abuela, lo sé. Lo lamento...

—Espera —dijo la mujer sonriendo—. ¿No me saludas? ¿No me extrañaste?

Ella se acercó con una sonrisa y la abrazó.

—Claro que sí, abuela. Sabes que siempre te extraño —y un beso dejó en su mejilla.

—Ya... está bien. La próxima debes tener más cuidado —respondió apartándose del abrazo—.

Luego, salió de la sala para dirigirse al baño a curarse, y al voltear, tenía los ojos de su abuela aún mirándola, esa mirada que en ocasiones la confundía era la misma que transmitía cariño. Y por un instante, los ojos de él la miraron por última vez ese día.

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