El claro donde acamparon no era seguro. La niebla seguía siendo densa, pero al menos aquí, entre las ruinas de lo que alguna vez fue una estructura más grande, podían ver la isla de las sombras en la distancia. No estaba cerca. Pero estaba ahí.
Nadie hablaba. El cansancio del viaje, la tensión de la niebla, las voces que aún resonaban en la cabeza de Hiro, Natsuki y Nexo... todo pesaba.
Fue Ember quien rompió el silencio.
—Bueno —dijo, sentada sobre una roca, sus espadas apoyadas a su lado—. ¿Qué tonterías les dijeron esas voces?
Todos la miraron. Algunos con incomodidad, otros con alivio. Porque alguien tenía que preguntarlo.
Hiro fue el primero en responder.
—Miku me dijo que nunca iba a ser suficiente para proteger a nadie.
No miró a Miku mientras lo decía. Mantuvo la vista fija en el suelo. Pero ella lo miró a él. Y en sus ojos no había sorpresa. Solo tristeza.
—Nunca diría eso —dijo Miku, en voz baja.
—Lo sé —respondió Hiro—. Pero tal vez no era mentira.
Natsuki suspiró. Pasó una mano por su rostro, como si quisiera borrar el recuerdo.
—Sora me dijo que solo me usa para no estar sola.
Sora, que estaba sentada a su lado, apretó los puños. No dijo nada. Pero sus nudillos estaban blancos.
Nexo fue el último. Su voz sonó más ronca de lo habitual.
—8-bit me dijo que la creé para sentirme importante, no porque la necesitara.
8-bit flotaba cerca de él. No se movió. No parpadeó. Solo lo miró.
El silencio volvió a instalarse. Hasta que Miku se levantó. Caminó hacia Hiro. No dijo nada. Solo lo abrazó.
Él no se resistió. Sus brazos rodearon su espalda y la sostuvieron.
Sora y 8-bit se miraron. Luego, juntas, se acercaron a Natsuki y Nexo. Las dos los fundieron en un abrazo que no era solo de consuelo. Era de reafirmación.
Nira observaba desde su lugar, apoyada en una columna caída. Ember también. Zera procesaba en silencio. Kurenai se quedó atrás, pero no apartó la mirada.
Nadie dijo "no fue tu culpa". Porque no era el momento.
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Más tarde, cuando el grupo se dispersó para descansar un poco antes de continuar, Nexo se apartó. Caminó hasta el borde del claro, donde la niebla era más densa y nadie podía oírlo.
8-bit lo siguió.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Nexo no respondió de inmediato. Se quedó mirando la niebla, como si pudiera ver a través de ella.
—Lo que dijiste antes —dijo al fin—. ¿Lo decías en serio?
—¿Qué cosa? —preguntó 8-bit.
Nexo se giró hacia ella. Por primera vez, sus ojos no tenían la certeza del programador que todo lo documenta.
—Que soy... que eres mi hija.
8-bit guardó silencio. Flotó un poco más cerca. Cuando habló, su voz era más baja de lo habitual.
—Tú me creaste. Me educaste. Me diste un cuerpo. Eso es... es como un nacimiento. Como una crianza. Técnicamente, eres mi padre.
Nexo inclinó la cabeza. Se llevó una mano al rostro. No era tristeza. Era emoción. Y soltó una risa nerviosa.
—Yo... siempre lo pensé —dijo, y su voz se quebró—. Pero nunca tuve el valor de decírtelo.
—Solo lo dije una vez sin pensarlo (la vez que ambos grupos se encontraron). Nunca tuve el valor de preguntarte —respondió 8-bit, con una sonrisa pequeña.
Se quedaron en silencio. Luego, Nexo se agachó y la abrazó. Ella se apoyó en él, sus pequeños brazos rodeando su cuello.
—Pero eso si me ayudó a despertar. Aunque… por ahora —dijo Nexo, con la voz aún temblorosa— no me digas asi delante de los demás.
8-bit asintió contra su hombro.
—Está bien. Yo tampoco quiero que me miren raro.
No se soltaron. No hicieron falta más palabras.
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La niebla se agitó sin previo aviso.
No fue un viento. No fue un temblor. Fue algo más. Como si el aire mismo se hubiera tensado.
Las rocas comenzaron a caer. Pequeñas al principio. Luego más grandes. No era un bombardeo masivo como el del pueblo. Era un aviso.
Miku reaccionó antes que nadie. Una roca del tamaño de su cabeza se acercaba directamente a Hiro. No la esquivó. La agarró con la mano y la pulverizó con un puño sónico. Hiro no supo que pasó.
Sora cortó tres de un solo tajo. Su espada brilló de dorado en la niebla, y las rocas cayeron partidas a sus pies.
8-bit disparó a las que caían cerca de los que aún estaban recuperándose. Sus rayos de plasma impactaron con precisión quirúrgica.
Cuando terminó, las tres estaban jadeando. No por el esfuerzo. Por la rabia contenida.
Ember las observaba desde su lugar.
—Nunca las había visto así —murmuró.
Nira asintió.
—No es solo rabia. Es dolor.
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El grupo intentó buscar una forma de cruzar a la isla. No había puentes. No había barcas. Solo el vacío.
Zera, Miku, Nira y 8-bit podían volar, pero llevar a los demás era un riesgo.
—Si las hermanas nos atacan en el aire —dijo Hiro— no tenemos dónde caer. La probabilidad de perder a alguien es demasiado alta.
—Entonces buscamos otra forma —respondió Natsuki.
Pasaron horas. No encontraron nada.
Mientras caminaban, Hikari habló. No era una conversación, era una historia.
—El hell-breaker podía romper cualquier cosa —dijo, su lanza descansando sobre su hombro—. Escudos. Muros. Montañas. El guardián que lo portaba... Kaelor... era el más fuerte. Pero no solo por el martillo. Era porque él nunca dudaba.
Kurenai caminaba cerca, escuchando.
—¿Y cómo se usa? —preguntó.
—No se usa —respondió Hikari—. Se empuña. Es diferente. El arma te elige. Y si te elige, nunca te suelta.
Kurenai no dijo nada. Pero sus ojos se quedaron fijos en la distancia.
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Hikari se detuvo. Miró hacia atrás, hacia donde habían dejado el pueblo.
—Esto fue un templo —dijo, señalando las ruinas a su alrededor—. De los guardianes. Antes de que cayeran, venían aquí a entrenar. A prepararse.
Nadie preguntó cómo lo sabía. Era evidente en su voz. Lo había oído de los ancianos, de los pocos que quedaban. Lo había imaginado mil veces mientras entrenaba sola.
—Ahora solo quedan piedras —murmuró.
Nadie respondió.
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Fue entonces cuando Nira, Ember y Kurenai se quedaron estáticas.
Natsuki lo notó primero.
—¿Nira?
No respondió.
Nira sacó su espada. Ember también. Kurenai desplegó sus garras.
—No otra vez —murmuró Hiro.
Nira cargó contra Natsuki. Él esquivó el primer corte por poco. El segundo lo obligó a desenfundar su espada. El metal resonó en la niebla.
Hiro quiso ayudar, pero Kurenai estaba sobre él. Una ráfaga de arañazos. No dio tiempo de activar el escudo. Los recibió con los brazos. Las chispas volaron con cada golpe.
Nexo corrió hacia Ember para prevenir. Pero ya era tarde. Lo recibió una patada que lo hizo retroceder varios metros. Ella levantó sus espadas y fue hacia Sora.
Zera no dudó. Su cadena se extendió y envolvió las piernas de Ember. Cayó. Miku, 8-bit, Sora y Hikari la inmovilizaron.
—¡Sujetenla! —gritó Miku.
Nexo y Zera tomaron el lugar de las que no tenían fuerza para sostenerla.
Miku se giró y fue hacia Kurenai. Un golpe sónico la separó de Hiro. Él aprovechó y la atrapó con los brazos. Ella forcejeó, pero la contuvo.
8-bit y Sora derribaron a Nira con un impacto conjunto. Cayó boca abajo, su espada escapándose de su mano y Hikari aprovechó para inmovilizarla.
Las tres estaban atrapadas. Forcejearon, pero no se soltaron. Hasta que, de repente, se calmaron.
Parpadearon. Miraron sus manos. Vieron sus armas. Vieron a sus compañeros sujetándolas.
—¿Qué...? —dijo Nira, soltando su espada.
—Volviste —respondió Natsuki.
Ember se quedó en silencio. Kurenai también.
Nira habló primero. Su voz era baja.
—Vi a Natsuki. En el suelo. Quiet estaba sobre él. No... no se movía.
Ember respiró hondo.
—Vi a Nexo. Tres sombras lo estaban estrangulando.
Kurenai no miró a nadie.
—Vi a 8-bit, a Miku y a Sora. Foolish las estaba aplastando.
Miku se arrodilló frente a ella.
—No pasó —dijo, en voz baja.
—Lo sé —respondió Kurenai—. Pero vi que pasaba.
Hiro habló. Su voz era fría, pero no distante. Era la voz de alguien que ya no podía ocultar su furia.
—Vespera.
Natsuki asintió.
—Vespera.
Nexo cerró los puños.
—Vespera.
Ember levantó la vista.
—Cuando la tenga delante, va a desear estar muerta.
—No vas a llegar sola —dijo Kurenai.
Ember la miró.
—Lo sé. Por eso vamos todos.
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La isla de las sombras se acercó. No porque el grupo hubiera avanzado, literalmente se movió. Porque las hermanas la movieron.
Hikari fue la primera en notarlo.
—Nos están esperando.
Natsuki desenfundó su espada.
—Entonces no las hagamos esperar más.
La isla llegó a la orilla en la que estaban, saltaron. No había vuelta atrás.
Cuando pasaron a la otra orilla caminaron 1 minuto hacia las escaleras. Subieron y al final la vieron.
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Vespera estaba sentada en un trono de piedra negra. Las hermanas estaban a sus costados, firmes, sus ojos fijos en el grupo que llegaba.
—Llegaron —dijo Vespera, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Me estaban haciendo esperar.
Ember apretó sus espadas.
—¿Qué querés?
—Hablar —respondió Vespera, como si fuera lo más natural del mundo.
Natsuki no bajó la guardia.
—No vinimos a hablar.
—Lo sé —dijo Vespera, levantándose lentamente—. Pero yo sí.
Caminó hacia ellos. No tenía prisa. No tenía miedo.
—Ellas no son mis sirvientas —dijo, señalando a Foolish y Quiet con un gesto que rozaba el desprecio—. Son mis compañeras. Yo les di lo que ustedes no pudieron: un hogar.
Hiro cortó el aire con su voz.
—Mentira.
Vespera no se inmutó.
—¿Mentira? Yo las encontré cuando estaban solas. Cuando estaban muertas de hambre. Cuando ustedes ya las habían olvidado.
Kurenai dio un paso al frente.
—No las olvidamos. Las encerramos porque no sabíamos qué más hacer.
Foolish habló, y su voz temblaba de odio.
—No sabían. Nadie sabe nunca nada.
8-bit flotó hacia adelante.
—No había opción. El exterior era peligroso para ustedes.
Quiet la miró. Su voz era baja, pero cortaba como una hoja.
—¿Y ustedes? ¿No eran peligrosos?
El silencio se hizo denso.
Nira habló.
—Lo éramos. Por eso nos fuimos.
Vespera observó el intercambio. Su sonrisa se ensanchó.
—Qué conmovedor. Pero ya hablaron demasiado.
Levantó una mano. La niebla se espesó. Las hermanas no se quedaron atrás, hicieron volar el techo de la estructura en pedazos. Los escombros iluminados en verde eléctrico comenzaron a girar, formando un torbellino a su alrededor.
—Ahora —dijo, con los ojos brillando—. Bailemos.
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El caos comenzó.
Vespera distorsionaba la vista. Algunos veían niebla. Otros veían enemigos donde solo había compañeros.
Hikari y Zera fueron las únicas que no cayeron en las ilusiones. Zera por su naturaleza puramente artificial. Hikari por años de pelear sola.
—¡No miren sus caras! —gritó Zera—. ¡Miren sus armas! ¡Las armas no mienten!
Las hermanas lanzaban rocas. Afiladas. Pesadas. El grupo se dispersaba, se reagrupaba, volvía a dispersarse.
Miku y Nira lograron salir del torbellino. Cada una impactó contra una hermana. Las hicieron caer.
Pero las hermanas se levantaron. Las tiraron con telekinesis.
Natsuki y Nexo intentaron razonar.
—¡No tienen que hacer esto! —gritó Natsuki.
—¡Podemos ayudarlas! —añadió Nexo.
No escucharon.
8-bit y Kurenai también intentaron.
—¡No somos sus enemigos! —dijo 8-bit.
—¡Solo queremos ayudarles! —gritó Kurenai.
Vespera las empujó con una onda expansiva de neblina y sombra.
—¡Cállense!
Foolish abrió un agujero bajo los pies de Kurenai y 8-bit. 8-bit intentó volar, pero una roca la golpeó.
Natsuki, Hikari y Sora intentaron atraparlas. No llegaron.
Vespera intensificó las sombras desde el cielo. Los demás retrocedieron golpeando la nada.
Kurenai y 8-bit cayeron.
Pero no cayeron solas. El impacto de la onda expansiva desestabilizó a Foolish, que estaba concentrada en mantener el agujero. Quiet intentó sostenerla, pero fue tarde. La roca que Foolish estaba levantando se desplomó. El suelo se derrumbó.
Las cuatro cayeron juntas.
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Kurenai y 8-bit despertaron tiempo después en la oscuridad.
Una cueva. Piedra. Silencio.
Kurenai se incorporó lentamente. 8-bit estaba a su lado, sus luces parpadeando. Al fondo, Foolish y Quiet se levantaban, listas para atacar.
Pero Kurenai no se movió. No sacó sus garras. No se puso en guardia.
Solo lloró.
Foolish se detuvo.
—¿Ahora lloras? —dijo, con desprecio—. ¿Después de todo?
Kurenai levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, pero no de rabia.
—¡¿Por qué?! —gritó—. ¡¿Por qué tuvo que terminar así?!
Foolish le devolvió el grito.
—¡Ustedes nos encerraron! ¡Nos olvidaron! ¡Siguieron con sus vidas como si nada!
8-bit se interpuso entre ellas.
—¡Jamás las olvidamos! —dijo, su voz firme a pesar de su tamaño—. ¡Pero había cosas más grandes! ¡Personas peligrosas que nos perseguían! ¡Gente que las habría convertido en herramientas! ¡O en algo peor!
Las hermanas dudaron. Quiet bajó la mirada.
Kurenai se secó las lágrimas. Su voz ya no era un grito. Era algo peor. Era cansancio.
—Y al final no valió la pena. Miren en que se convirtieron. Miren dónde están —dijo—. ¿Vespera vino a buscarlas?
El silencio fue absoluto.
Foolish quiso responder, pero no encontró las palabras.
Quiet habló. Su voz era apenas un susurro.
—Ella dijo que nos quería.
8-bit la miró.
—Eso es lo que hacen los mentirosos. Te dicen lo que querés escuchar.
Foolish apretó los puños, pero no atacó. Quiet no se movió. Solo se quedaron ahí, en la oscuridad, con las palabras resonando.
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Kurenai sintió algo.
No era una voz. No era una ilusión. Era un aroma. Cálido. Intenso.
—¿Qué? —preguntó 8-bit.
—No lo sé —respondió Kurenai—. Pero está ahí.
Siguieron el rastro. El camino fue medio largo. Las hermanas se quedaron donde mismo.
Kurenai y 8-bit llegaron a un punto donde el suelo emitía una luz roja y tenue.
—¿Qué es? —preguntó 8-bit.
Kurenai se arrodilló. Excavó. La piedra se rompió con facilidad, como si quisiera ser abierta.
Apareció una vara, o eso creían. No era un bastón. No era una lanza.
Kurenai lo tomó.
El suelo bajo sus pies se volvió arena. Cada vez que jalaba para sacarlo, se hundía más. Pero 8-bit vio la verdad: no era arena. Era piedra sólida. Kurenai la estaba rompiendo con cada movimiento.
El mango salió de la tierra.
Era enorme. Oscuro. Con vetas rojas que brillaban como si estuvieran vivas.
8-bit lo reconoció al instante. Recordando las palabras de kaelan y Hikari.
—El… Hell-Breaker.
Kurenai lo sostuvo en sus manos. No pesaba. O pesaba, pero ella no lo sentía.
—¿Cómo...? —comenzó a decir.
—No lo sé —respondió 8-bit—. Pero te eligió.
Kurenai apretó el mango. Sus dedos se cerraron alrededor de la piedra caliente.
—Ahora… volver —dijo.
8-bit flotó a su lado.
—¿Para pelear?
Kurenai la miró. Sus ojos ya no estaban rojos. Estaban firmes.
—No. Para terminar esto.