La noche en el Vacío no era como la noche en el Jardín Cobalto. No había estrellas. No había luna. Solo las auroras, que ahora brillaban tenues, como si también estuvieran cansadas.
El grupo descansaba después de la pelea. Algunos dormían. Otros solo cerraban los ojos, recuperando energías para lo que venía. La isla de las sombras se veía más cerca. Pero aún faltaba.
Hiro estaba despierto, revisando su arma. Natsuki estaba sentado contra una roca, mirando el horizonte. Nexo estaba cerca, con 8-bit dormida en su regazo.
Nadie hablaba. No hacía falta.
Fue entonces cuando el cielo cambió.
Una luz cayó. No era un rayo. No era una estrella fugaz. Era un orbe, pequeño al principio, que descendió lentamente hasta posarse frente a ellos.
Natsuki se puso de pie de inmediato. Hiro apuntó con su arma. Nexo cubrió a 8-bit con su cuerpo.
Pero el orbe no atacó. Flotó en el aire, brillando con una luz que no era agresiva. Era cálida. Como un recuerdo.
Luego, se transformó.
La luz se extendió, tomando forma. Una mujer. Piel clara como la porcelana. Cabello blanco que flotaba como si estuviera bajo el agua. Nueve colas, también blancas, que se movían con una lentitud hipnótica. Vestía un kimono blanco, sin adornos, sin colores. Solo blanco.
Pero lo que más llamó la atención de los tres fue su rostro. Era hermoso. Pero estaba triste.
Fue cuando Natsuki le llegó un nombre a la cabeza, no era un recuerdo ni algo que escuchara, lo acaba de recibir de la nada —Aetheris-Nari — dijo, y no fue una pregunta.
La figura asintió. No habló. No hizo falta.
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No usó palabras. Usó recuerdos.
Los tres vieron a los Zeninaris caminando junto a los Caminantes, viajando entre mundos, construyendo donde otros solo pasaban. Vieron a los guardianes, imponentes, con sus armas forjadas con piedras de cielos desconocidos. Vieron a Kaelor, el más antiguo, empuñando el Hell-Breaker, protegiendo a los suyos.
Vieron la llegada al Vacío. No fue un encuentro. Fue un regreso.
—No creé este lugar —escucharon, aunque sus labios no se movían—. Yo soy este lugar.
La revelación golpeó a los tres. Aetheris-Nari no era una diosa que habitaba el Vacío. Era el Vacío. Cada piedra, cada grieta, cada aurora era parte de su cuerpo.
Entonces vieron la grieta.
No era un portal. Era una herida. Algo había rasgado el Vacío desde afuera, y de esa herida cayeron dos figuras. Niñas. Asustadas. Hambrientas.
Las hermanas.
Natsuki apretó los puños. Hiro cerró los ojos. Nexo miró a 8-bit, que seguía dormida, ajena a todo.
Vieron a Vespera llegar después. No vio a las hermanas como víctimas. Las vio como herramientas. Las moldeó. Las usó.
Vieron a los guardianes caer. Uno a uno. Thornis, Vaelor, Sylas. Y finalmente, Kaelor. Peleó solo. Peleó hasta el final. Pero cayó. Y el Hell-Breaker se perdió.
—Todo esto duele —dijo Aetheris-Nari, y su voz tembló—. Cada piedra rota. Cada vida perdida. Cada día que pasan sin poder ayudarlas.
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—Cuando los Zeninaris descubrieron de su existencia, y que ustedes habían encontrado a esas niñas, que las habían encerrado, que ellas terminaron aquí... los culparon. Y yo... yo también.
—Nosotros no sabíamos... —intentó decir Natsuki, pero Aetheris lo interrumpió.
—Lo sé. Pero el dolor no entiende de intenciones.
—Convocaron un portal para traerlos aquí. Y yo lo abrí. No porque esté de su lado. Sino porque ellos necesitan ayuda. Y yo también.
Nexo fue el primero en hablar.
—Las vamos a ayudar. No porque nos deban algo. Sino al revés.
Hiro asintió.
—Vamos a terminar esto. Con Vespera. Con las hermanas. Con todo.
Natsuki dio un paso al frente.
—Es una promesa. Vamos a reparar el daño que provocamos. No todo. Pero lo que podamos.
Aetheris-Nari los miró. Por primera vez, algo cambió en su rostro. No era una sonrisa amplia. Era pequeña. Cansada. Pero genuina.
—No se sobreesfuercen. No carguen con culpas que no merecen. Solo... háganlo.
Natsuki asintió.
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La figura comenzó a desvanecerse. Su cuerpo se volvió luz, y la luz se volvió orbe. El orbe se elevó lentamente hacia el cielo de auroras.
Antes de desaparecer, su voz llegó, apenas un susurro:
—Yo los recuerdo. Éste lugar los recuerda. No están solos.
El orbe se fue. La noche volvió a ser lo que era.
Los tres parpadearon. Estaban donde mismo. 8-bit seguía dormida en el regazo de Nexo. El grupo seguía descansando.
—¿Fue real? —preguntó Hiro.
—No lo sé —respondió Natsuki—. Pero siento algo. En el pecho.
—Yo también —completó Nexo, llevando una mano a su pecho—. No es miedo. Es... esperanza.
Se miraron. Natsuki tomó palabra.
—Real o no, vamos a cumplir la promesa.
Los tres asintieron. No dijeron nada más. No hacía falta.