La niebla era más densa que nunca.
No era como las nubes del Jardín Cobalto, que se disipaban con el viento. Esta era espesa, casi sólida, y absorbía el sonido de una manera que hacía que los pasos propios sonaran lejanos, como si vinieran de otro lugar. Las auroras que habían guiado al grupo desde que llegaron al Vacío se habían desvanecido por completo. Ahora solo había gris. Y silencio.
Tuvieron que abandonar temporalmente la moto, pues era muy peligroso el manejo en ese lugar. Hikari iba adelante, su lanza en la mano, los hombros tensos. Conocía este camino. Lo había recorrido cientos de veces en los últimos diez años, vigilando, asegurándose de que las hermanas no se acercaran demasiado al pueblo. Pero nunca la niebla había estado así. Nunca había sido tan difícil respirar.
—Mis sensores no funcionan bien —dijo 8-bit, flotando cerca de Miku—. La niebla interfiere. No puedo calcular la distancia.
Hiro activó sus propios escáneres. Los datos no llegaban. No había señales. No había referencias.
—Los míos tampoco —dijo—. Estamos viajando a ciegas.
Natsuki no apartó la vista del camino. O de lo que creía que era el camino. La niebla lo distorsionaba todo.
—Entonces confiamos en Hikari —dijo.
Hikari no se volvió. Pero su voz llegó clara, cortando la niebla como su lanza.
—No fallaré.
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El terreno cambió sin previo aviso.
Un paso, y el suelo se volvió techo. Las rocas que antes estaban a los costados ahora flotaban sobre sus cabezas. El peso de sus cuerpos se volvió incómodo, como si algo tirara de ellos hacia arriba.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó Miku, que volaba a un costado.
Hikari levantó una mano para detenerlos.
—Zona muerta —dijo—. La gravedad no funciona bien aquí. Los que pueden volar... manténganse en el suelo. Ayuden a los que no.
Nira activó su vuelo al instante y se plantó firme en el suelo irregular. Zera hizo lo mismo. Miku y 8-bit bajaron, aunque a regañadientes.
Los que no podían volar —Natsuki, Sora, Ember, Kurenai, Nexo, Hiro— avanzaron con dificultad. Cada paso era una lucha. El suelo se movía bajo sus pies, o no estaba donde creían que estaba.
Ember fue la primera en perder el equilibrio. Se agarró de Kurenai, que la sujetó sin preguntar.
—¡Odio esto! —gruñó Ember.
—Ya sé —respondió Kurenai, tirando de ella hacia adelante—. Camina más despacio.
Hiro calculaba cada paso. No podía confiar en sus sensores, pero podía confiar en su propio peso. Pisaba firme, probaba el terreno antes de apoyarse. Nexo lo imitaba.
Natsuki iba adelante, abriendo camino. No tenía la fuerza de Ember ni la precisión de Hiro, pero tenía algo que los demás no: la certeza de que si él caía, los demás también lo harían.
Nira se colocó detrás de todos.
—Voy detrás —dijo—. Si alguien cae, lo agarro.
Zera se puso a su lado.
—Yo también.
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Fue entonces cuando Hiro escuchó la voz.
No era un sonido que viniera de afuera. Era dentro de su cabeza. Clara. Fría. Y la conocía.
—Nunca vas a ser suficiente para proteger a nadie.
Era Miku. Pero no era Miku. Miku estaba adelante, concentrada en el camino, su espada en la mano. No había abierto la boca.
Hiro se detuvo. Parpadeó. La voz se fue.
Nexo también escuchó. La voz de 8-bit, pero distorsionada, como si viniera de un lugar muy lejano o muy dentro de él.
—Me creaste para sentirte importante, no porque me necesitaras.
Nexo apretó la mandíbula. Siguió caminando. No era real. No podía ser real.
Natsuki escuchó a Sora.
—Solo te uso para no estar sola.
Natsuki negó con la cabeza.
—No es real —murmuró.
Pero la duda ya estaba plantada.
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La niebla se volvió más densa. Y con eso, siluetas comenzaron a aparecer en la distancia. Figuras familiares. Las hermanas.
Hiro vio a Foolish. Su mano fue al arma. Apuntó.
Nexo vio a Quiet. Su espada se elevó.
Natsuki también. Su mano buscó la empuñadura.
No eran reales. Pero ellos no lo sabían.
—¿Qué hacen? —preguntó Zera, notando la tensión en sus cuerpos.
Hiro no respondió. Sus ojos estaban fijos en algo que ella no podía ver.
Ember se acercó a Hiro.
—Hiro. ¡HIRO!
Él no reaccionó.
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Zera y Ember intercambiaron una mirada. No había tiempo para sutilezas.
El golpe fue doble. Directo al rostro de Hiro. El impacto lo desplazó varios metros. Cayó hacia atrás, el arma escapándose de su mano.
El aviso de impacto lo sacudió. Parpadeó. La ilusión se desvaneció.
Miku corrió hacia él, lo sostuvo antes de que golpeara el suelo. Y por el peso eso fue inútil.
—Hiro... Hiro, soy yo. Estoy aquí.
Hiro parpadeó varias veces. Su mano buscó la de ella.
—¿Qué...?
—No era real —dijo Miku, apretando sus dedos—. Nada de eso era real.
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Mientras tanto, Nira y Kurenai sacudían a Natsuki. Él resistía al principio, su cuerpo tenso, sus ojos fijos en algo que no estaba.
Hikari se acercó. No sabía qué hacer. Pero lo sujetó.
—¡Despierta! —dijo, con una voz que no era un grito pero que cortaba igual—. ¡No están ahí!
Natsuki parpadeó. Sora estaba frente a él. Viva. Entera. Sus manos sostenían las suyas.
—Natsuki...
—Estás bien —dijo él, como si necesitara confirmarlo.
—Estoy bien —respondió ella.
Nira no lo soltó.
—¿Y tú? —preguntó.
—Bien.
—¿Seguro?
Natsuki asintió.
—Seguro.
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8-bit voló hacia Nexo, pero él no la veía. Seguía apuntando a la nada, su espada temblando en sus manos.
—¡Nexo!
No respondió.
Hikari se acercó. No sabía qué decir. No era buena con las palabras. Pero se quedó a su lado. No lo tocó. Solo estuvo ahí.
8-bit se posó frente a él, sus pequeñas manos en su rostro.
—Nexo, soy yo. Tu IA, Tu… tu hija. La que creaste. La que elegiste.
Nexo parpadeó. La voz se fue. Vio a 8-bit. Vio a Hikari, detrás, en silencio.
—¿Qué...?
—No era real —dijo 8-bit, y sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Te juro que no era real.
Hikari habló, en voz baja.
—Estás bien. Ya pasó.
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El grupo se reunió. Todos estaban desorientados, pero todos estaban vivos.
Hiro se tocó la cara donde lo golpearon. La marca ya empezaba a desaparecer.
—¿Era necesario? —preguntó, mirando a Zera y Ember.
—No reaccionabas —dijo Ember.
—Fue la opción más rápida —añadió Zera.
Hiro suspiró.
—...Entiendo.
Miku lo abrazó. Él no se resistió. Sus brazos rodearon su espalda y la sostuvieron.
Natsuki seguía sosteniendo la mano de Sora. Nira estaba a su lado, observando.
—No vuelvas a hacer eso —dijo Nira.
Natsuki la miró.
—No voy a prometerlo. Pero voy a intentarlo.
Nira asintió. Era suficiente.
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Nexo estaba en el suelo, recuperándose. 8-bit flotaba a su lado, aún temblando. Hikari se quedó cerca. No sabía qué decir. Pero no se iba.
—Gracias —dijo Nexo, mirándola.
—No hice nada —respondió Hikari.
—Te quedaste.
Hikari no respondió. Pero no se apartó.
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El grupo reanudó la marcha. La niebla no se disipaba, pero ya no los engañaba. O eso creían.
Kurenai caminaba junto a Nira.
—¿Alguien más escuchó voces? —preguntó.
—Yo no —respondió Nira.
—Yo tampoco —dijo Zera.
Miku se acercó a ellas.
—Creo que solo los atacó a ustedes tres.
Hiro asintió, frotándose la cara.
—Los que más cargan, y con eso. Los que más miedos tienen. Tiene sentido.
Natsuki caminaba adelante, su espada en la mano.
—No va a volver a pasar.
Hiro lo miró.
—No lo sabes.
—Lo sé —respondió Natsuki—. Porque ahora estamos preparados.
Al fondo, la niebla comenzó a disiparse. No porque se acabara, sino porque habían llegado. La isla de Vespera se recortaba en la distancia. Aún faltaba, pero estaba ahí.
Hikari levantó su lanza.
—Eso es —dijo—. La isla de las sombras.
El grupo se detuvo. La tensión volvió. Pero esta vez, no había dudas.
Natsuki apoyó su espada en el suelo.
—Descansemos aquí. Mañana... vamos.