La base estaba en calma. Por fuera, el Vacío seguía siendo ese abismo de auroras y silencio. Por dentro, los Zeninaris se movían con torpeza por los pasillos, acostumbrándose a un espacio que no era el suyo. Algunos observaban los paneles de luz con curiosidad. Otros se quedaban cerca de las paredes, como si temieran ocupar demasiado espacio.
Kaelen caminaba entre ellos, verificando que todos estuvieran cómodos, que nadie faltara. Su rostro, aveces severo, se había suavizado desde que el grupo entró por primera vez a la Sala del Consejo.
Natsuki estaba con él en la entrada de la base, revisando los últimos preparativos.
—No es mucho —dijo Natsuki—, pero tiene escudos. Las habitaciones y espacios de abajo son las más seguros. Si algo pasa, refúgiense allí.
Kaelen asintió.
—Es más de lo que hemos tenido en años.
8-bit flotaba cerca, proyectando el mapa del Vacío en el aire. Las rutas que Kaelen había marcado brillaban en azul. Los sectores peligrosos, en rojo. El destino final, en el extremo de la isla principal, donde la neblina se volvía más densa y la isla de las hermanas apenas se distinguía como una sombra.
—¿Están seguros de que quieren hacer esto? —preguntó Kaelen.
—No —respondió Natsuki con honestidad—. Pero tenemos que intentarlo.
Kaelen iba a responder, pero Nira, que estaba en el umbral de la puerta, se llevó una mano al pecho.
—Algo viene.
Su voz no era de alerta. Era de certeza. El cristal rojo en su collar vibraba. No con furia, como cuando enfrentó a Azura. Era más sutil. Una advertencia.
Antes de que alguien pudiera preguntar, el cielo del Vacío se iluminó.
No con auroras.
Con rocas.
Decenas. Centenares. Una lluvia de piedras que caían sin pausa, arrastrando estelas de luz verdes.
Kaelen palideció.
—¡Manos de distorsión!
La primera roca, del tamaño de una casa, cayó directo sobre la plaza donde aún había Zeninaris rezagados. Nira no pensó. Su armadura de Metal Core se activó en un destello escarlata, el cristal rojo ardiendo en su pecho la potenció de inmediato. Una patada en el aire. La roca se desvió, estalló contra una construcción vacía.
—¡A LA BASE! —gritó Nira, y su voz cortó el caos—. ¡TODOS!
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El grupo se dispersó con la fluidez de quien ha peleado cien batallas juntos.
Hiro desplegó su arma de doble cañón. No disparó. Esperó. La energía almacenada en el núcleo que antes ocupaban sus viejos cañones, fluía hasta el arma, cargandola. Cuando una roca más grande amenazó con aplastar un grupo de Zeninaris, disparó en una sola ráfaga que la hizo pedazos.
Hikari estaba a su lado. Su lanza se transformó en arco, más grande que ella, los bordes brillando con una luz que dolía mirar. Las flechas que disparó no eran normales; eran columnas de luz que pulverizaban las rocas antes de que tocaran el suelo.
—¿Esa cosa siempre puede hacer eso? —preguntó Hiro, sin dejar de cubrirla.
—No —respondió Hikari, tensando la cuerda—. Estoy usando demasiada energía. Pero no me voy a quedar atrás.
Zera se movía entre los escombros como una sombra. Donde las rocas más pequeñas lograban pasar, su cadena las desviaba, las partía, las pulverizaba. Los escudos que generaba protegían a los Zeninaris que aún no llegaban a la base.
Miku volaba sobre la plaza. No destruía las rocas. Las desviaba. Las hacía chocar entre sí, las alejaba de los edificios ocupados, las empujaba hacia zonas vacías.
Ember y Nexo estaban en el suelo, donde las rocas más grandes impactaban y se arrastraban, dejando surcos de destrucción. Él con su espada enorme. Ella con sus filos gemelos. Lo que no podían cortar solos, lo partían entre los dos.
—¡¿Hiciste esto alguna vez?! —gritó Nexo, mientras partía una roca que se deslizaba hacia un edificio.
—¡La primera vez que veo una lluvia! —respondió Ember, con una sonrisa feroz—. ¡Pero no me quejo!
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Mientras los demás contenían el ataque, Natsuki, Sora, Kurenai y 8-bit guiaban a los Zeninaris hacia la base.
Kurenai usaba su agilidad para alcanzar a los más lentos, empujándolos suavemente hacia las puertas. 8-bit volaba sobre ellos, marcando la ruta con su luz, sus pequeños brazos señalando el camino.
Sora cubría la retaguardia. Su espada dorada reflejaba las chispas de los impactos lejanos, pero no necesitaba usarla. No había enemigo. Solo piedras. Solo escombros.
Natsuki estaba en la entrada de la base, contando, asegurándose de que todos entraran.
Un niño Zeninaris tropezó. Una roca pequeña, pero afilada, se desprendió del cielo.
Natsuki no llegaba.
Kurenai sí. Lo envolvió con su cuerpo, rodaron. La roca se estrelló donde habían estado.
—¿Estás bien? —preguntó Kurenai, incorporándose.
El niño asintió, con lágrimas en los ojos.
—Tú... sangras.
Kurenai se tocó el brazo. Un corte. Nada grave.
—Ya va a pasar —dijo, tomándolo de la mano—. Vamos.
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El último Zeninaris cruzó la puerta. La lluvia de rocas no cesaba, pero ya no había nadie afuera.
Kaelen corrió hacia la entrada, contando a los suyos.
—¿Todos? ¿Están todos?
—Todos —confirmó Natsuki.
Afuera, los que aún peleaban comenzaron a retroceder hacia la base, cubriéndose mutuamente. Hiro cubrió a Hikari mientras ella disparaba la última flecha. Zera protegió a Miku mientras ella descendía. Ember y Nexo fueron los últimos en entrar, con las espadas aún humeando.
La puerta se cerró.
Silencio.
La lluvia cesó. Como si nada hubiera pasado.
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Dentro de la base, los Zeninaris se abrazaban. Algunos lloraban. Otros temblaban. Pero todos estaban vivos.
Kaelen caminó entre ellos, verificando, consolando. Luego se acercó al grupo.
—No hay heridos —dijo, y su voz temblaba—. Gracias a ustedes.
Miró a Nira, que aún tenía la armadura de Metal Core activada, el cristal rojo brillando suavemente en su pecho.
—Esa piedra... es como las nuestras. Pero diferente.
—Es mi herencia —respondió Nira.
Kaelen asintió. No preguntó más.
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Kaelen se acercó a Hikari, que había estado en silencio desde que entró.
—Vas con ellos.
—Voy.
—No estás sola.
Hikari lo miró. No respondió, pero algo en su expresión cambió.
—Yo también me preocupaba —dijo Kaelen, con una sonrisa que no llegaba a ser alegre—. Pero ahora veo que no tienes nada que temer. Pelean bien. Pelean como si fueran uno.
Hikari bajó la mirada.
—Pelean como si se conocieran de siempre.
—Y tú peleaste con ellos como si también fueras parte.
Hikari no dijo nada. Pero no negó.
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Hiro estaba revisando su arma, asegurándose de que no se hubiera dañado en la batalla. Hikari se acercó.
—Esa arma —dijo—. Absorbió los impactos. Los devolvió. No es común.
—Es nueva —respondió Hiro, sin dejar de revisarla—. Aún estoy probándola.
Hikari hizo una pausa.
—Peleaste bien.
—Tú también.
Se miraron. No era una declaración de amistad. Era reconocimiento. Dos guerreros que sabían lo que habían visto.
Hikari extendió la mano. Hiro la tomó. Un apretón firme. Nada más.
Kurenai los observó desde lejos, con una sonrisa pequeña.
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Afuera, la moto seguía donde la habían dejado. Algo maltratada por el descenso, pero funcional.
—¡Aún sirve! —dijo 8-bit.
—¿Cómo vamos a caber todos? —preguntó Ember.
—Nos arreglamos —respondió Natsuki.
Empezaron a organizarse. Natsuki al manubrio. Sora detrás, abrazada a él. Hiro, Nexo y Ember a los costados, patinando con sus pies cubiertos de metal. Kurenai trepó al brazo libre de Hiro, como si ya lo hubiera hecho mil veces.
Miku, Nira, Zera y 8-bit volaban. Nira había decidido no subirse a la moto después de la última vez.
—No vuelvo a subirme —dijo.
—¡Cobarde! —respondió Ember.
—Prudente.
Faltaba Hikari.
No había más espacio en la moto. No tenía calzado para patinar en el costado. Y su orgullo le impedía pedir que la llevaran volando.
—Puedo correr —dijo.
—¿Correr? —Ember la miró—. ¿Cegada por la neblina?
—Puedo.
Kurenai la observó.
—Vas a quedarte atrás.
Hikari apretó la mandíbula. Sabía que era cierto.
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Nexo estaba en su lugar, a la derecha de la moto, cuando Hikari pasó cerca.
No pensó. Actuó.
La tomó de la cadera y la pegó a su costado. Su pie izquierdo sobre el derecho de Nexo. El derecho suspendido en el aire.
—¡¿Qué...?! —exclamó Hikari.
—No podemos perder tiempo —dijo Nexo, sin mirarla—. Ya deberíamos haber salido.
Hikari se quedó rígida. Quiso reprochar, pelear, bajarse. Pero él tenía razón. Ya habían perdido tiempo.
Cedió. Colgó su arco en la espalda. Sus brazos rodearon el cuello de Nexo.
—¿Lista? —preguntó él.
—...Sí —respondió ella, entre dientes.
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El grupo se quedó mirando.
—¿Eso... es seguro? —preguntó Ember.
—Es ingenioso —dijo Nira.
—La solución más lógica —añadió Zera.
Miku sonrió.
—Muy lógica.
Kurenai olfateó el aire.
—Huele a... no sé. A algo nuevo.
—¿Es normal que viajen así? —preguntó 8-bit.
Sora se rió desde la moto.
—Con mi hermano... nunca se sabe.
Y entonces, un flash. Luz blanca.
Hiro había tomado una foto con su ojo de lente.
—¡HIRO! —exclamó Nexo.
—Documentación —dijo Hiro, con total calma—. Por si necesitamos optimizar la formación.
—¡No necesitamos optimizar nada!
—Entonces es por si queremos recordar.
Ember se rió. Miku también. Kurenai se tapó la boca.
Hikari no entendía nada. Pero algo en sus mejillas ardió.
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—¿Listos? —preguntó Natsuki.
Un coro de voces respondió. Algunas firmes, otras riéndose, una que otra irritada.
La moto arrancó. Los que volaban se elevaron. Los que patinaban ajustaron el ritmo.
Hikari iba pegada a Nexo, su rostro cerca del suyo, pero no miraba su rostro. Miraba el camino.
Kaelen y los Zeninaris salieron de la base para despedirlos.
—¡Regresen! —gritó Kaelen.
—¡Volveremos! —respondió 8-bit.
—¡Y con las cabezas de esas hermanas! —añadió Ember.
—Eso es... demasiado optimista —dijo Nira.
—¡Déjame soñar!
La moto se alejó. Las risas se perdieron en la neblina que comenzaba a envolverlos. La isla principal era más grande de lo que parecía desde la distancia. La neblina se hacía más densa a medida que avanzaban, y con ella, el silencio.
En la isla flotante, en el extremo opuesto, Vespera observaba desde las ruinas.
—Se van —dijo Foolish.
—Que vayan —respondió Vespera—. Las esperamos.
Quiet la miró.
—¿Y si ganan?
Vespera sonrió. Fue una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—No van a ganar. Pero si lo hacen... será más divertido ver cómo pierden después.
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El grupo avanzaba en la neblina. Las auroras apenas se veían. Las risas se habían apagado, reemplazadas por la concentración.
Hikari seguía pegada a Nexo. No hablaban. Pero en algún momento, ella apoyó la cabeza en su hombro.
Solo un momento. Luego se enderezó.
No miró a nadie. Pero ya no estaba tensa.
Nexo no dijo nada. Solo ajustó el agarre para que no se cayera.
Kurenai, desde el brazo de Hiro, lo vio.
—Huelo algo —dijo.
—¿Qué? —preguntó Hiro.
—Nada importante.
Y sonrió.