Kaelen condujo al grupo a través de las calles vacías hasta una estructura circular en el centro del pueblo. Era el único edificio que aún conservaba luz propia. Columnas de piedra sostenían un techo que parecía hecho de auroras congeladas. En el suelo, grabados que narraban historias que nadie había contado en años.
—Esto es lo que queda de nuestra Sala del Consejo —dijo Kaelen, su voz resonando en el espacio vacío—. Aquí los guardianes planeaban sus rutas. Aquí los Caminantes venían a contar sus historias.
—Los Caminantes... —Natsuki observó los grabados, donde figuras alargadas caminaban junto a criaturas de muchas colas—. ¿Los conocieron?
Kaelen asintió lentamente.
—Viajamos con ellos. Durante siglos.
Sora se inclinó sobre uno de los grabados, sus dedos rozando la piedra.
—¿Cómo eran? Los Caminantes, digo.
—Viajeros —respondió Kaelen, y por un momento, algo parecido a la nostalgia cruzó su rostro—. Siempre viajeros. Iban adelante, exploraban, trazaban caminos. Nosotros los seguíamos, nos quedábamos, construíamos. Cuando llegábamos a un lugar... ellos seguían.
Ember cruzó los brazos.
—¿Y nunca se quedaban?
—Nunca. Era su naturaleza. Como la nuestra es construir.
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—Y un día —continuó Kaelen, su voz volviéndose más grave— simplemente desaparecieron. No hubo despedida. No hubo explicación. Solo silencio.
Miku se acercó a él, con esa suavidad que siempre tenía.
—No desaparecieron —dijo—. Volvieron a su hogar original.
Kaelen la miró, confundido.
—¿Su hogar?
Natsuki asintió.
—Nosotros... conocimos a una. Lyra. Estuvo sola durante siglos, esperando. Y la ayudamos a regresar.
—¿Regresó? —preguntó Kaelen, y su voz tembló.
8-bit flotó hacia él, sus ojos brillando.
—Sí. Cantó una canción muy bonita y abrió un portal. Se fue por un puente de luz.
Kaelen se llevó una mano al pecho.
—Un puente... como los que ellos usaban.
Nexo se acercó.
—Fue... no sé cuánto tiempo para ustedes, pero para nosotros no fue demasiado tiempo.
Kaelen guardó silencio. Cuando volvió a hablar, sus ojos estaban húmedos.
—Para nosotros... fue hace eones. Creímos que nos habían olvidado. Creímos que nos abandonaron.
Kurenai se adelantó.
—No los olvidaron. Solo... no sabían cómo volver.
Zera asintió, su voz plana pero no fría.
—Lyra nos dijo que los Caminantes se perdieron. No fue abandono. Fue... no poder regresar.
Kaelen bajó la mirada. Cuando la levantó, algo había cambiado en sus ojos.
—Eso... eso cambia muchas cosas.
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Se recompuso. Señaló el techo de la Sala, donde los grabados se hacían más grandes, más imponentes.
—Cuando los Caminantes se fueron —dijo—, los Zeninaris construimos a los guardianes. Golems hechos con las piedras de nuestra propia tierra.
Nira observó las figuras.
—¿Todos iguales?
—No —respondió Kaelen—. Cada guardián era único. Con un arma forjada con piedras especiales que encontrábamos en nuestros viajes.
Señaló la primera figura. Una silueta delgada, con una espada que parecía hecha de viento.
—Thornis. El guardián de la espada de viento. Sus cortes podían dividir nubes.
Ember silbó.
—¿Dividir nubes? ¿Con una espada?
—Con el viento —corrigió Kaelen—. La espada solo era un conducto.
Señaló la segunda. Una figura maciza, con un hacha que parecía pesar montañas.
—Vaelor. El guardián del hacha de tierra. Cada golpe creaba montañas.
Hiro inclinó la cabeza.
—Geokinesis de alta magnitud. Impresionante.
Nexo lo miró.
—¿Tus cálculos?
—No tengo suficientes datos —admitió Hiro—. Pero sí. Impresionante.
Señaló la tercera. Una figura esbelta, con una lanza que brillaba con luz propia.
—Sylas. El guardián de la lanza de luz. Sus estocadas perforaban cualquier escudo.
Sora abrió los ojos.
—¿Algún escudo?
—Algún escudo.
Finalmente, señaló la última. Era más grande que las otras. Su martillo era una masa de piedra oscura, con vetas que brillaban como estrellas de sangre.
—Kaelor —dijo Kaelen, y su voz se llenó de algo que podía ser orgullo o tristeza—. El más antiguo. El portador del Hell-Breaker.
8-bit flotó más cerca.
—¿Hell-Breaker?
—Un martillo —explicó Kaelen—. Forjado con una piedra que cayó del cielo. Nunca supimos de dónde venía. Nunca pudimos replicarla. Era única.
Ember apretó los puños.
—¿Y qué hacía?
Kaelen la miró.
—Romper. Rompía escudos. Rompía muros. Rompía... cualquier cosa que intentara hacer daño a los nuestros. Se decía que quien pudiera portarlo no sentiría su peso, pero al luchar los impactos recibidos por el enemigo eran tan poderosos como el impacto de un meteorito.
Todos quedaron sorprendidos ante tal poder.
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Kaelen se alejó de los grabados. Señaló otro sector del suelo, donde las figuras eran diferentes. Piedras. Objetos.
—También encontramos otras piedras —dijo—. Esta, por ejemplo.
Describió una piedra negra, de la que emanaba un polvo oscuro con destellos verdes.
—La estudiamos, pero nunca supimos usarla. Era... inestable. Peligrosa. La guardamos en lo más profundo, con la esperanza de entenderla algún día.
Hiro se inclinó.
—¿Inestable en qué sentido?
—Desafiaba la gravedad. Las rocas a su alrededor flotaban. A veces explotaban.
Zera asintió lentamente.
—Eso explica cómo las hermanas aprendieron a controlar la gravedad.
Kaelen señaló otra piedra en los grabados. Amarilla, con vetas que parecían relámpagos congelados.
—Esta la encontramos mucho después. La llamábamos la Centella. Podía generar tormentas en miniatura. Los guardianes la usaban para proteger las rutas aéreas.
Miku la miró con curiosidad.
—¿Y qué pasó con ellas?
Kaelen bajó la mirada.
—Desaparecieron. Cuando las hermanas llegaron. Cuando la sombra empezó a hablar. En su primer ataque, se llevaron las dos.
Natsuki frunció el ceño.
—¿Las dos?
—Las dos —confirmó Kaelen—. La piedra negra y la Centella. Las hermanas tomaron una. La otra... nunca supimos dónde fue a parar.
Nexo lo miró.
—¿Nunca la vieron después?
—Nunca.
El grupo intercambió miradas. Sabían que las hermanas tenían la piedra negra. Pero la otra... alguien más la tenía.
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—Cuando las hermanas empezaron a atacar —continuó Kaelen—, los guardianes salieron a defender.
Kurenai levantó la vista de los grabados.
—¿Cuántos eran?
—Muchos. Pero cayeron uno a uno. Thornis fue el primero. Vaelor el segundo. Sylas resistió más, pero también cayó.
8-bit se acercó a él, su voz pequeña.
—¿Y Kaelor?
—El último —respondió Kaelen—. El portador del Hell-Breaker. Peleó durante días. Semanas. Pero al final... también cayó. Y el martillo se perdió.
Ember apretó los puños.
—¿Dónde?
—En la isla de las hermanas. En territorio enemigo. Nadie vuelve de allí.
Kurenai dio un paso adelante. Su voz salió más baja de lo que pretendía.
—¿Y... nadie pudo recuperarlo?
—Lo intentamos —dijo Kaelen—. Perdimos a los pocos guardianes que quedaban. Después de eso... dejamos de intentar.
Nira lo miró.
—Lo siento.
Kaelen negó con la cabeza.
—Fue hace mucho. El dolor no se va, pero se aprende a vivir con él.
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Kaelen señaló a Hikari, que había permanecido en silencio desde que entraron.
—Cuando los guardianes cayeron, muchos tomaron las armas —dijo—. Pero solo ella pudo dominarlas. Solo ella pudo hacer que el arma respondiera.
Sora la miró con respeto.
—¿El arma de Sylas?
Hikari no levantó la vista.
—Sí. La lanza de luz. Me costó años aprender a usarla. Y aún no la domino del todo.
Zera la observó con atención.
—Tu técnica es impecable.
Hikari finalmente la miró.
—No es técnica. Es no rendirse.
Kurenai sonrió. Una sonrisa pequeña, pero genuina.
—A veces eso es suficiente.
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Kaelen se arrodilló sobre el suelo de la Sala. Con un gesto, las marcas en la piedra comenzaron a brillar. Un mapa. Rutas. Sectores seguros. Espacios ocultos.
—Este es el territorio de las hermanas —dijo, señalando un área oscura en el centro—. Aquí están las ruinas donde viven. Aquí... está la sombra.
Nexo se inclinó sobre el mapa.
—¿Qué hay en el camino?
—Grietas. Meteoritos flotantes. Zonas donde la gravedad no funciona. Y a veces... ellas.
8-bit flotó sobre el mapa, sus ojos brillando.
—¿Puedo?
Kaelen asintió.
Los ojos de 8-bit parpadearon rápidamente. El mapa quedó grabado en su memoria.
—Memorizado —anunció—. Rutas de evasión. Sectores seguros. Espacios ocultos. Todo.
Natsuki la miró, luego a Kaelen.
—¿Cuánto tiempo tenemos para prepararnos?
Kaelen se incorporó.
—El tiempo que necesiten. Las hermanas no atacan siempre. A veces esperan. A veces observan.
—Doce horas —dijo Natsuki—. Si el equipo de mapeo en nuestra base aún funciona, podemos salir en doce horas.
Kaelen asintió.
—Esperaremos.
Hizo una pausa. Luego, con voz más baja:
—Les pido disculpas. Por cómo los recibimos. Por lo que les dijimos. El miedo... nos ha vuelto ciegos.
Hiro lo miró. Por un momento, no dijo nada. Luego:
—Yo también me disculpo. Por cómo respondí.
Miku sonrió.
—Ya están iguales.
Ember cruzó los brazos.
—Yo no me disculpo por nada. Tenían razón en enojarse. Pero nosotros también teníamos razón en defendernos.
Kaelen casi sonrió.
—Eso es... justo.
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Al salir de la Sala, el grupo fue recibido por varios Zeninaris. Algunos se acercaron con comida, mantas, herramientas. Otros observaban desde la distancia.
Un joven de dos colas se acercó a Kurenai.
—Perdón... por lo de antes. No sabíamos...
—No tenían por qué saber —respondió ella.
Otro Zeninaris se acercó a Miku.
—¿De verdad ayudaron a una Caminante?
—Sí —respondió Miku—. Se llamaba Lyra. Era muy fuerte. Y muy... sola.
8-bit flotó junto a ella.
—¡Y cantaba bonito!
El Zeninaris la miró, confundido.
—¿Cantaba?
—Una canción muy antigua —dijo 8-bit—. Abrió un puente de luz. Se fue a su hogar.
Los Zeninaris se miraron entre sí. Algunos tenían lágrimas en los ojos.
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En las sombras de las calles, otros observaban con desconfianza. Susurros. Miradas que no se apartaban.
Nira bajó la voz.
—No todos están contentos.
Zera asintió.
—Kaelen lo dijo. La sombra influye. Algunos pueden estar... cambiados.
Sora miró hacia las sombras.
—¿Crees que haya alguno bajo su control?
—No lo sé —respondió Zera—. Pero no podemos confiar en todos.
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Kaelen llamó al grupo aparte, en voz baja.
—No todo el mundo es lo que aparenta —dijo—. La Diosa de la Mentira... Vespera... puede influir en las mentes. Hacer creer lo que no es real. Hacer ver lo que no está.
Hiro lo miró.
—¿Algún síntoma?
—A veces la desconfianza —respondió Kaelen—. A veces la agresividad. A veces... nada. Por eso es peligrosa.
Nexo frunció el ceño.
—¿Y cómo saben quién está bajo su influencia?
Kaelen negó con la cabeza.
—No lo saben. Por eso les digo. Hasta que logren contener a Vespera, el mal tendrá la ventaja... usará cualquier método para cegarlos. Tengan cuidado. No solo de ellas. De lo que puedan llegar a ver. De lo que puedan llegar a creer.
Ember apretó los puños.
—¿Hay alguien aquí que pueda estar bajo su control?
Kaelen no respondió. Solo miró hacia las sombras, donde los Zeninaris desconfiados aún observaban.
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Nira habló de repente. No era común que lo hiciera sin ser consultada.
—Queremos que Hikari nos acompañe.
Kaelen la miró, sorprendido.
—Hikari es nuestra única protectora. Si se va...
Natsuki intervino.
—Nosotros los protegeremos. Por eso... queremos que ustedes se queden en nuestra base mientras dure la misión.
—Es lo suficientemente grande —añadió—. Tiene escudos. Está reforzada. Y si algo pasa... podrán defenderse.
Sora asintió.
—Además, Hikari conoce el terreno mejor que nadie. Nos va a hacer falta.
Ember cruzó los brazos.
—Y ella también necesita salir de aquí. Se nota.
Kaelen dudó. Miró a Hikari.
Ella dio un paso adelante.
—Quiero ir —dijo, con una firmeza que no había mostrado antes—. Ellos necesitan a alguien que conozca el camino. Y yo... necesito salir de aquí. Aunque sea por un momento.
Kaelen la miró largamente. Luego asintió.
—Que los Zeninaris se refugien en su estructura. Que Hikari los guíe. Y que ustedes... regresen.
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El grupo regresó a la base. Los Zeninaris comenzaron a trasladar provisiones, sus movimientos torpes pero decididos. Kaelen organizaba a los suyos. Algunos ayudaban. Otros observaban desde lejos.
Hikari se quedó con el grupo, su lanza en la espalda. Observaba todo, pero no decía nada.
Se acercó a Kurenai.
—¿Cómo hiciste? —preguntó Hikari—. Para dejar de pelear sola.
Kurenai la miró.
—No dejé de pelear. Solo dejé de hacerlo sola.
8-bit flotó entre ellas.
—¡Y ahora tienes amigos!
Hikari la miró, confundida.
—¿Amigos?
—¡Sí! —dijo 8-bit—. ¡Muchos!
Miku se acercó, sonriendo.
—Y ruidosos. Y a veces insoportables. Pero buenos.
Hikari no sonrió. Pero algo en sus ojos cambió.
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En la isla flotante, Vespera observaba desde su trono. Las hermanas estaban a su lado, sus siluetas adultas recortadas contra las auroras.
—Se están preparando —dijo Foolish, con una sonrisa que no era feliz.
—Que se preparen —respondió Vespera—. Que crean que tienen oportunidad.
Quiet la miró.
—¿Y si la tienen?
Vespera sonrió. Fue una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Entonces se las quitamos y mostraremos que no la tienen.
En la base, el grupo se organizaba. Las doce horas empezaban a correr.
Hikari estaba con ellos. Por primera vez en diez años, no estaba sola.
En algún lugar del Vacío, una piedra amarilla con vetas de relámpago descansaba en silencio. Esperando.
Nadie sabía quién la tenía.