El silencio que siguió a las palabras del anciano fue más pesado que cualquier grito. Diez años. Las hermanas ya no eran niñas. Eran adultas. Y detrás de ellas, una tercera figura que ninguno podía distinguir bien, pero que todos sentían.
Las criaturas los rodeaban. No con hostilidad, sino con algo peor: desesperación. Sus colas, antes brillantes según las palabras del anciano había contado, estaban apagadas. Algunos tenían una sola. Otros, dos. Los ancianos, hasta nueve. Pero ninguna brillaba. Eran sombras de lo que debieron ser.
Kurenai sintió que el suelo se abría bajo sus pies. 8-bit temblaba a su lado. No podían apartar la mirada de la isla flotante, donde las hermanas se alzaban como monumentos de todo lo que habían dejado sin resolver.
—Ustedes las trajeron —dijo el anciano, su voz quebrada por el tiempo—. Ustedes nos hicieron esto.
Natsuki dio un paso al frente.
—Nosotros no sabíamos...
—No importa lo que supieran —lo interrumpió el anciano—. Importa lo que hicieron.
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El anciano se presentó como Elder Kaelen, líder actual de los Zeninaris. Su voz era pausada, pero cada palabra tenía el peso de una década de sufrimiento.
—Éramos muchos —dijo, señalando las edificaciones vacías—. Ahora somos pocos. Los guardianes cayeron. Los jóvenes ya no nacen con colas brillantes. Y todo comenzó cuando ellas llegaron.
Señaló al grupo. A Hiro. A Natsuki. A Miku. A todos.
—Ustedes las trajeron. Ustedes nos hicieron esto.
Ember apretó las mandíbulas.
—No trajimos a nadie. Las encerramos.
—Las encerraron aquí —dijo Kaelen.
—No —intervino Nira—. Las encerramos en una cueva. En el Jardín Cobalto. No sabíamos que existía este lugar.
Kaelen la miró largamente.
—Pues ellas lo encontraron. Y con ellas, la sombra.
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De entre la multitud, una figura emergió.
Era joven, pero sus ojos eran viejos. Tenía 3 colas, todas apagadas como las de los demás, pero su postura era diferente. No era la postura de alguien que ha esperado. Era la postura de alguien que ha peleado.
Su lanza descansaba sobre su hombro. No era un arma común. Tenía grabados que brillaban con luz propia, una luz que no venía de ninguna de las auroras que iluminaban el vacío.
—Ella es Hikari —dijo Kaelen—. La única que se dedicó a pelear desde que los guardianes cayeron.
Hikari no habló. Solo miró al grupo. Sus ojos recorrieron a Hiro, a Natsuki, a Miku. A todos.
8-bit flotó un poco hacia adelante, curiosa a pesar del miedo.
—¿Qué es esa arma?
Kaelen respondió por Hikari.
—Un legado. De un guardián caído. Puede cambiar de forma. Puede disparar flechas de energía pura. Era de los mejores. Antes de que cayeran.
Hikari bajó la lanza. La sostuvo con ambas manos.
—¿Son fuertes? —preguntó. Su voz era rasposa, como si no la usara a menudo.
Natsuki respondió.
—Hemos sobrevivido.
—Eso no es lo mismo.
No esperó respuesta. Cargó.
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El combate fue un vendaval.
Hikari se movía como si el vacío fuera su aliado. Su lanza cortaba el aire en ángulos que ningún entrenamiento podía predecir. No tenía un estilo fijo. Era salvaje. Era impredecible. Era lo que nacía de diez años de pelear sola.
Hiro fue el primero en caer. Intentó bloquear con su brazo reforzado, pero Hikari giró la lanza y lo golpeó en el costado con la culata. Era algo imposible de predecir lógicamente. El impacto lo desplazó varios metros. Cayó de rodillas, aturdido. Zera fue corriendo a ayudarlo.
Nexo intentó atacar con su espada, confiando en su fuerza bruta. Hikari no le dio tiempo. Esquivó el golpe con un movimiento felino y lo derribó con un golpe en la nuca. Su cuerpo pesado golpeó el suelo con un estruendo.
Natsuki, Sora, Zera y Nira intentaron rodearla. Hikari giró la lanza a toda velocidad, como una sierra. El zumbido de la lanza cortando el aire, chocaba con sus armas y los obligó a retroceder.
—¡No podemos acercarnos! —gritó Natsuki.
Ember y Kurenai cargaron. Sus estilos salvajes, en diferentes sentidos, les permitieron resistir donde otros no pudieron. Ember golpeaba con fuerza bruta, cada impacto un martillazo. Kurenai atacaba con agilidad felina, sus garras buscando ángulos imposibles.
Hikari no cedió. Había peleado sola diez años. Sus movimientos eran eficientes. Mortales.
Ember cayó primero. Un golpe de la lanza en el abdomen la dejó sin aire.
Kurenai cayó después. Un barrido que la hizo perder el equilibrio.
8-bit intentó atacar desde el aire, su pistola de plasma brillando. Hikari transformó la lanza en arco en un movimiento fluido. Disparó una flecha de punta plana, no letal, que impactó en el pecho de la pequeña IA. Su luz parpadeó. Cayó.
Ember la atrapó antes de que tocara el suelo.
—No fue tan fuerte —dijo 8-bit, confundida—. Pero me desorientó.
—Las flechas no son para matar —dijo Kaelen desde la distancia—. Son para neutralizar. Hikari no quiere lastimarlos. Solo medirlos.
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Miku era la única que podía seguirle el ritmo.
Chocaron. Lanza contra espada. Velocidad contra técnica. Hikari era feroz, pero Miku había entrenado. Sabía leer los movimientos. Sabía anticipar.
—No tienes que pelear sola —dijo Miku, bloqueando una estocada.
—No tengo a nadie más —respondió Hikari, girando para atacar desde otro ángulo.
—Ahora sí.
20 minutos. Quizás más. Nadie contó. Ambas estaban agotadas. Sus respiraciones eran entrecortadas. Sus movimientos, más lentos.
Hikari cometió un error. Un desliz. Un segundo de duda.
Miku no lo desperdició. Concentró un pulso sónico en su puño y golpeó directo al centro del abdomen de Hikari.
Hikari perdió el aire. Su cuerpo salió volando hacia atrás.
Hiro, que ya se había recuperado, la atrapó. No la soltó.
—Suéltame... —jadeó Hikari, forcejeando débilmente.
—No —dijo Hiro—. No vamos a pelear más.
Hikari forcejeó un momento más. Luego, agotada, se rindió.
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Kaelen se acercó. Los demás Zeninaris también.
—Hace diez años —dijo, con la voz pausada—, ellas llegaron. Al principio no hicieron daño. Solo miraban. Solo esperaban.
—Pero luego... —su voz se quebró—. La sombra empezó a hablar. Les dijo que las odiábamos. Que las íbamos a encerrar. Que nunca serían bienvenidas.
—Y un día empezaron a atacar. Primero piedras. Luego meteoritos. Los guardianes que nos protegían empezaron caer.
—Ahora no nos queda nadie que nos proteja —dijo, mirando a Hikari—. Ella es la única que tomó un arma.
Hikari, ya recuperada, se separó de Hiro. No dijo nada. Solo los miró.
—Ustedes lo provocaron —dijo Kaelen, otra vez—. Provocaron todo ésto.
Natsuki respiró hondo.
—Como dije antes, nosotros no sabíamos...
—No importa lo que supieran —insistió Kaelen—. Importa lo que hicieron.
Nira habló, su voz tensa.
—Las encerramos. Fue lo mejor que pudimos hacer en ese momento.
—No fue suficiente.
—Lo sabemos —dijo Kurenai, con la voz más baja de lo que pretendía—. Pero no sabíamos qué más hacer.
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Natsuki tomó la palabra. Contó la historia. El plan fallido. El encuentro en el Jardín Cobalto. Las hermanas como niñas. La pelea.
—No podíamos llevarlas con nosotros —dijo—. Su estado mental era inestable.
—No podíamos dejarlas libres —añadió Kurenai—. Iban a lastimar a otros.
—No podíamos matarlas —dijo 8-bit, su voz apenas un hilo—. Eran niñas.
—Así que las encerramos —concluyó Natsuki—. Fue lo único que se nos ocurrió. No sabíamos que iban a terminar aquí. No sabíamos que... iba a pasar esto.
El silencio que siguió fue denso. Los Zeninaris no hablaban. Solo miraban. Solo esperaban.
Entonces, Hiro habló.
Su voz no era hostil, pero tampoco amable. Era la voz de alguien que procesaba datos, que calculaba probabilidades, que no tenía tiempo para emociones que no fueran útiles.
—Y dada nuestra forzada invitación a este lugar —dijo, mirando a Kaelen directamente a los ojos—, parece que no nos trajeron aquí solo para juzgarnos o sermonearnos. Quieren que resolvamos nuestro desastre. ¿No?
Kaelen no respondió. Pero tampoco negó.
Natsuki giró hacia Hiro.
—Hiro...
—Es lógico —insistió Hiro—. Nos trajeron aquí porque necesitan algo de nosotros. Porque no pueden solos. Porque no tienen otra opción.
—Hiro, ya —dijo Miku, tocándole el brazo.
—Solo estoy diciendo la verdad.
—Y está bien —intervino Nexo—. Pero hay formas de decirla.
Hiro guardó silencio un momento. Luego, con un tono más bajo, dijo:
—Me disculpo si sonó agresivo. No era mi intención. Pero la situación no cambiará por callarnos lo que todos sabemos.
Los Zeninaris intercambiaron miradas. Kaelen habló al fin.
—No es que queramos que resuelvan su desastre. Es que no podemos resolverlo solos.
—Y no nos quedan más opciones —añadió otro anciano, con voz temblorosa.
El ambiente se tensó. Algunos Zeninaris miraban al grupo con odio. Otros, con esperanza. La división era clara.
—¿Nos van a ayudar o no? —preguntó uno de los más jóvenes, su cola apagada moviéndose nerviosa.
—No podemos prometer nada sin saber qué enfrentamos —respondió Natsuki.
—¡Ustedes las trajeron! —gritó otro—. ¡Ustedes nos hicieron esto! ¡Ahora tienen que arreglarlo!
—Escuchen todos —llamó Ember sin gritar, pero casi entre dientes— esta misión será suicida si no sabemos en que nos metemos.
—¡No será nada nuevo para ustedes! —dijo otro— ¡hagan lo mismo que su última vez!
—Las niñas que enfrentamos hace lo que ustedes creen fueron diez años eran solo eso. Niñas. Ahora son mayores y tienen una compañía que jamás hemos visto —explicó Nexo con tono leve de fastidio.
—¡¿Y eso que importa?!
—No es tan simple —dijo Nira, su voz firme.
—¡Claro que es simple! —insistió el joven—. ¡Vinieron, las encerraron, y ahora están aquí!
—No elegimos venir —dijo Zera, con su calma habitual—. Nos trajeron.
—¿Y eso cambia algo? —preguntó otro Zeninaris, con desprecio.
—Cambia que no somos sus enemigos —respondió Sora—. Pero tampoco somos sus sirvientes.
—¿Entonces qué son? —preguntó Kaelen.
Hiro, Nexo y Ember comenzaron a mostrar señales de que estaban perdiendo la paciencia, los Zeninaris estaban en su derecho de juzgarlos, pero no iban a permitir que los pisaran así nada más. Miku fue a calmarlos.
—Basta tranquilos, por favor cálmense.
Pero la situación empeoró. Hikari se acercó, tomó a Miku del hombro para darle la vuelta y poner la lanza en su cuello. Miku quedó en shock.
—No pidas calma cuando tienes frente a ti el futuro de tus errores. Errores que nosotros pagamos.
—Nosotros… —quiso decir Miku, pero Hikari apretó la presión del filo de la lanza en el cuello. Grave error.
Shing, Clang. Sonó la mano metálica de Hiro agarrando la hoja de la lanza. Y con la fuerza que lo caracteriza obligó a Hikari a arrodillarse. Ella lo derribó por sorpresa antes, pero ahora viendo lo que realmente es, la dejo tan atonita que olvidó forcegear.
—Vuelve a hacer eso y será la última vez que levantas tu arma.
—Hiro, por favor. No hagas esto —le rogó Miku, y Hiro soltó a Hikari, la cual se levantó con cuidado y no retrocedió. Pero en sus ojos no había desprecio sino respeto.
Natsuki lo miró.
—¡Ya basta! —llamó la atención de todos— somos gente que cometió un error. Y que quiere arreglarlo. Pero para eso, necesitamos que nos dejen hacerlo a nuestra manera.
El silencio se prolongó. Finalmente, Kaelen asintió.
—Está bien. Les contaremos lo que sabemos. Y ustedes harán lo que puedan.
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Hikari se acercó al grupo. Su lanza había vuelto a su espalda.
—Lo siento —dijo, con su voz rasposa—. Los ataqué sin saber. Y… —se dirigió a Miku— siento haberte amenazado.
Miku sonrió. Ella no parecía conocer rencor. Aveces.
—No tienes que disculparte. Entendemos.
—Desde que los guardianes cayeron —continuó Hikari, mirando su lanza—, soy la única que pelea. No sabía si ustedes eran como ellas.
Kurenai dio un paso adelante. Su voz temblaba, pero no de miedo.
—Yo también fui así. En mi mundo. Cuando perdí todo. Cuando tuve que pelear sola.
Hikari la miró. Algo en sus ojos cambió.
—¿Y cómo sobreviviste?
—Encontré a alguien que no me dejó pelear sola.
Hikari bajó la mirada.
—No estás sola ahora —dijo Kurenai.
Hikari levantó la vista. Por primera vez, algo parecido a la esperanza cruzó su rostro.
—¿Puedo creer eso?
Kurenai sonrió, con una ternura que pocas veces mostraba.
—Puedes intentarlo.
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En la isla flotante, en la parte olvidada del pueblo, Vespera observaba desde su trono. Las hermanas estaban a su lado, sus siluetas adultas recortadas contra las auroras.
—Llegaron —dijo Foolish, con una sonrisa que no era feliz.
—Lo sé —respondió Vespera—. Que observen. Que planeen. Que crean que tienen esperanza.
Se levantó del trono. Sus ojos brillaron en la oscuridad.
—Cuando intenten salvarlos... los destruiremos. Como destruimos todo lo que nos hizo daño.
Quiet no dijo nada. Pero sus manos se cerraron en puños.
En el pueblo, los Zeninaris y el grupo comenzaban a hablar. A entenderse. A planear.
No sabían que ya los observaban.