La luz entraba por las ventanas de la base como cualquier otro día. Pero no era cualquier otro día. Habían pasado diez días desde el enfrentamiento en las montañas. Diez días desde que Hiro, Natsuki, Miku y Nira regresaron con las ropas empolvadas, la moto humeando y la certeza de que MB y GB no iban a detenerse.
Desde entonces, el grupo no había parado.
Hiro estaba en el almacén cuando Natsuki entró, apoyado en el marco de la puerta. No lejos de allí, Miku practicaba sus golpes con 8-bit, y Ember observaba con los brazos cruzados mientras Nira y Zera revisaban el perímetro. Kurenai estaba acurrucada en una esquina con una manta nueva, y Sora ayudaba a Nexo a organizar los suministros que habían traído de Ancient Warriors.
—¿No puedes repararlos? —preguntó Natsuki, señalando los cañones desmontados sobre la mesa.
—Sí —respondió Hiro sin mirarlo—. Pero el problema no es la reparación. Es el diseño. Cada disparo consume energía que podría usar para escudos, velocidad, fuerza. Es ineficiente.
Miku se acercó, secándose el sudor de la frente.
—¿Entonces qué vas a hacer?
—Transformarlos.
Días después, mostró el resultado. Un arma de doble cañón, más compacta que las anteriores, un arma de gatillo que le quedaba muy bien y llevaba colgada en la espalda cuando no la usaba. Ember la miró con admiración.
—¿Puede disparar?
—Puede cargarse —respondió Hiro—. Energía de mi núcleo. De ataques externos. De cualquier fuente disponible. Y cuando lo hace... puede devolverlo.
Nadie preguntó qué pasaba si se cargaba demasiado. No querían saberlo.
Miku, mientras tanto, había estado practicando con 8-bit en el claro detrás de la base. Kurenai se había levantado de su manta para verlas, y Sora había dejado los suministros para acompañarlas.
—Otra vez —dijo 8-bit, flotando a unos metros.
Miku golpeó el aire. Un pulso sónico, concentrado, apenas visible. La roca frente a ella se astilló.
—Mejor —dijo 8-bit—. Pero aún dispersas la energía.
—¿Cómo hago para que no se disperse?
8-bit flotó hasta quedar frente a ella.
—No lo pienses como un ataque. Piensa como un abrazo.
Miku la miró, confundida.
—Un abrazo no lastima.
—Un abrazo concentra. Junta. No suelta.
Miku cerró los ojos. Imaginó un abrazo. Imaginó la energía de su cuerpo envolviendo su puño, no soltándose, no escapándose. Golpeó. La roca explotó.
Kurenai soltó un silbido. Sora sonrió.
—Eso estuvo bien —dijo Ember desde el borde del claro.
Natsuki, por su parte, había pasado los días en la sala de mapas con Nexo. Sora se les unió después de ver los entrenamientos, y 8-bit flotó detrás de ella, curiosa.
—¿Has probado este material? —preguntó Nexo, dejando un fragmento de mineral sobre la mesa.
Natsuki lo tomó. Pesaba menos de lo que esperaba.
—¿Es como el de tu espada?
—Más resistente —respondió Nexo—. Más ligero. Y... creo que se adapta mejor a tu estilo.
Natsuki pasó los siguientes días rehaciendo su hoja. Zera pasó por allí, observó un rato, y luego siguió su camino. Cuando terminó, la levantó. Casi no pesaba.
—No pesa —dijo.
Nexo sonrió.
—Eso es lo que dije. Se adapta.
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No solo mejoraron sus armas. Mejoraron su vida.
Los tesoros de Ancient Warriors y Wonder Fantasy no habían sido solo minerales y piedras preciosas. Habían sido la llave para algo más simple: comodidad.
La base tenía ahora una cocina mejor equipada. Una despensa llena de alimentos que no sabían a proteína sintética y no eran solo frutas cristalinas. Un área de descanso con mantas que Kurenai había elegido personalmente. Luces que no parpadeaban. Camas que no crujían.
Kurenai estaba acurrucada en una esquina, una manta nueva sobre los hombros.
—Esto... es bueno —murmuró.
8-bit flotaba a su lado, sus ojos brillando.
—¡Es más que bueno! ¡Es civilización!
Ember entró cargando una caja de frutas cristalinas.
—¿Alguien quiere una? Son de las buenas.
Nira tomó una. La mordió. Asintió.
—No está mal.
Para Nira, eso era un elogio.
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Pero no todo fue paz.
KB, MB y GB no se habían tomado un descanso. Atacaban cuando el grupo salía a patrullar. Cuando iban a otros mundos a buscar recursos. Cuando la base estaba en calma y los sensores de Hiro no detectaban nada hasta que era demasiado tarde. Siempre acompañadas de Crawlers. Siempre probando. Siempre aprendiendo.
Una tarde, Sora, Nexo y Zera regresaban de una incursión a Ancient Warriors cuando KB y MB los interceptaron. La pelea fue breve pero intensa. Sora cubría a Nexo mientras Zera se enfrentaba a MB en un duelo de velocidad pura. KB atacaba desde el aire, sus cortes de energía obligando a los tres a mantenerse en movimiento.
Cuando finalmente se retiraron, Sora cayó de rodillas, agotada.
—¿Cuánto más? —preguntó, con la voz entrecortada—. ¿Cuánto tiempo más va a durar esto?
Nexo la ayudó a levantarse.
—Todo el que haga falta.
Zera observó el horizonte.
—No es que no se rindan —dijo—. Es que están esperando algo.
—¿Qué?
Zera no respondió. No lo sabía.
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Esa noche, después de la cena, el grupo se reunió en la sala común. No era una reunión formal. Solo estaban juntos, descansando después de otro día de entrenamientos y escaramuzas.
Hiro cargó su nuevo arma en la espalda, ajustando las correas.
—Eficiencia mejorada en un 40% —dijo.
Miku sonrió.
—¿Siempre con los números?
Natsuki probó el peso de su espada, girándola en el aire.
—A veces no hace falta.
Se retiraron a descansar. La base quedó en silencio. Solo el viento del Jardín Cobalto. Solo el cielo nocturno, las estrellas, la luz del planeta vecino actuando de luna.
Hasta que ocurrió.
8-bit fue la primera en sentirlo.
—¿Qué...?
El suelo no tembló. Se hundió. Un círculo de luz blanca se abrió debajo de la base, tan silencioso como un suspiro.
Kurenai saltó de su manta.
—¡OTRA VEZ NO!
Hiro se levantó de golpe, su mano buscando el arma en su espalda.
—¡Todos abajo!
Miku extendió los brazos, protegiendo a 8-bit instintivamente.
—¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?!
Natsuki desenfundó su espada, pero no había enemigo al que enfrentar.
—¡No lo sé! ¡Pero agárrense!
Ember clavó sus espadas en el suelo para no caer. Nira se sujetó a ella. Sora abrazó a Nexo. Zera se mantuvo firme, sus ojos escaneando el círculo de luz que los rodeaba.
No hubo tiempo de reaccionar. La luz los envolvió. La base entera fue tragada.
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Cuando la luz se disipó, no estaban en el Jardín Cobalto.
El cielo no era cielo. Era oscuridad. Profunda. Infinita. Y alrededor, auroras de colores que se encendían y apagaban como latidos distantes. Rojo. Verde. Violeta.
Miku miró a su alrededor, confundida.
—¿Dónde...?
Hiro activó sus sensores. Los datos no llegaban. No había señales. No había referencias. No tenía conocimientos de ese lugar.
—No reconozco este espacio. No hay datos. No hay señales. Nada.
Natsuki posicionó su espada, sintiendo el peso casi ingrávido.
—¿Cómo es posible?
Nexo se acercó a una de las ventanas de la base. Afuera, en la distancia, estaban en un pueblo. Luces. Construcciones. Caminos. Y entre ellas, figuras que se movían. Tenían orejas puntiagudas y colas de zorro. Los que parecían más jóvenes, de una a tres colas. Los adultos y ancianos, muchas más. Hasta nueve.
—No lo sé —dijo Nexo—. Pero no creo que hayamos llegado solos.
Ember apretó sus espadas.
—¿Hay gente ahí?
Nira observaba con atención.
—Parece que sí.
El grupo en la base salió, todos con sus armas arriba. Quienes estuvieran frente a ellos no estaban armados, pero no debían confiarse.
Zera procesaba la información con la calma que la caracterizaba. Pero algo en su expresión cambió cuando miró hacia una zona solitaria en la distancia. Su cuerpo se tensó.
—Las hermanas —dijo.
Natsuki giró hacia ella.
—¿Qué?
Zera señaló al lugar donde las había visto y luego las vio movilizarse hacia lo alto hacia lo que difícilmente por la distancia parecía ser otra isla. En lo alto de una estructura antigua, dos figuras. No eran las niñas que habían sellado. Eran adultas. Sus siluetas eran más altas, más definidas, más peligrosas. Y detrás de ellas, una tercera figura. Una sombra que no podían distinguir bien.
—No puede ser —dijo Nira—. Las sellamos.
Kurenai palideció. 8-bit tembló.
—No... —susurró la pequeña IA—. No es posible.
Ember miró a Kurenai, luego a 8-bit.
—¿Qué pasa? ¿Las reconocen?
Sora también las vio.
—¿Cómo crecieron tan rápido?
Un anciano que estaba entre los seres de orejas puntiagudas y colas de zorro dio un paso al frente. Su voz era quebrada por el tiempo.
—Diez años —dijo—. Diez años de tormento.
El grupo se quedó en silencio. Kurenai sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—Diez... —8-bit no pudo terminar la frase.
Hiro procesó. Natsuki también. Miku cerró los ojos. Nexo apretó los puños.
—El tiempo —dijo Hiro, con la voz más baja de lo habitual—. Aquí pasa diferente. Para nosotros... diez días. Para ellos...
Hizo una pausa.
—Diez años.