Ya en el pasado. Días, semanas o meses atrás, justo después de aplicar el sello de la cueva. La oscuridad dentro de la cueva era tan densa que parecía tener peso. El sello en la entrada brillaba con una luz tenue, marcando los días que pasaban en un ciclo que ninguna de las dos contaba ya. No había luz, no había luna, no había tiempo. Solo ellas, la piedra, y el odio que crecía como una planta en la oscuridad.
Las hojas de los árboles blancos, allá afuera, habían cambiado de color dos veces antes de que Foolish dejara de contar los días. Su ropa, ahora colgaba de sus hombros como trapos. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban cuando no estaban sosteniendo una roca.
Quiet sentía como un agujero en el estómago. Pero el odio era más grande. El odio alimentaba.
Foolish golpeaba la pared con el puño. Una vez. Dos veces. Tres. Cada impacto resonaba en la cueva como un latido enfermo. Cada golpe era una fisura más en la luz que las contenía.
—Ya no puedo más —dijo, su voz ronca por el silencio—. Ya no.
Quiet no respondió. Estaba sentada contra la pared opuesta, sus ojos fijos en el sello. No miraba a su hermana. No la consolaba. No la frenaba. Solo esperaba.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Foolish, sin esperar respuesta—. ¿Cuánto tiempo más vamos a estar aquí?
—El que haga falta —respondió Quiet. Su voz era baja, pero cada palabra cortaba el aire como una hoja.
Foolish rió. Era una risa fea, rota, que se arrastraba por las paredes de la cueva como un animal herido.
—¿Hasta que nos muramos? ¿Hasta que nos olviden? Ya nos olvidaron. Ya nos olvidaron antes de encerrarnos.
Quiet no dijo nada. Pero sus puños, apoyados en las rodillas, se cerraron con más fuerza. Las uñas se clavaron en la piel. La sangre no corrió. No tenía… sino un líquido oscuro semejante a la base de su poder.
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Pasaron más días. O semanas. O meses. Foolish había dejado de golpear las paredes. Ahora solo caminaba en círculos, trazando el mismo patrón una y otra vez, sus pies desgastando la piedra. El suelo bajo sus pasos se había vuelto liso, pulido por años de rabia contenida.
—¿Te acuerdas de cuando nos expulsaron? —preguntó de repente.
Quiet la miró.
—Nunca lo olvido.
—Ellos nos miraron. Nos señalaron. Dijeron que éramos un problema. Que molestábamos. —Foolish se detuvo, sus ojos brillando en la penumbra con una luz que no era de este mundo—. Y nos tiraron aquí. Como basura.
—Como basura —repitió Quiet, y la palabra supo a ceniza.
—Y luego vinieron ellos. Los que nos encontraron. Los que nos vieron así y decidieron que también éramos un problema. Que había que encerrarnos otra vez.
Foolish se acercó a la pared donde brillaba el sello. Lo miró con odio. Las grietas que había abierto con sus golpes seguían ahí, latiendo con cada parpadeo de la luz.
—¿Sabes qué pienso? —dijo, su voz apenas un susurro—. Que todos son iguales. Los de arriba, los de abajo, los que nos encontraron... todos nos ven y piensan que sobra. Que no encajamos. Que deberíamos desaparecer.
Quiet se levantó. Se acercó a su hermana. Por primera vez en meses, puso una mano en su hombro. Foolish sintió el peso. Era más liviano de lo que recordaba.
—Cuando salgamos —dijo Quiet, y su voz era tan baja que Foolish casi no la oyó—. Cuando salgamos, no va a quedar nada de lo que nos hizo daño.
Foolish giró. En su mano, una pequeña roca flotaba, girando lentamente. Quiet no la había visto recogerla. No sabía desde cuándo la tenía.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Quiet.
Foolish sonrió. Era una sonrisa fea, rota, pero por primera vez en mucho tiempo, era una sonrisa.
—Salir —dijo—. Y que nadie nos vuelva a encerrar.
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Pasaron más días. O semanas. O meses. Nadie lo sabría.
La roca giraba ahora a una velocidad que hacía vibrar el aire. Foolish la sostenía frente a ella, su rostro iluminado por el resplandor de la piedra. Quiet la miraba desde el otro lado de la cueva, sus brazos cruzados, sus dedos tamborileando sobre su propio antebrazo. Las uñas habían dejado marcas blancas en la piel.
—¿Ya? —preguntó Foolish.
—Todavía no —respondió Quiet.
—¿Cuándo?
Quiet cerró los ojos. El sello parpadeaba con cada vibración de la roca. Las grietas se extendían como venas.
—Cuando no quede ni un segundo de paciencia.
Foolish apretó los dientes. La roca giraba más rápido. El aire de la cueva se volvió denso, pesado, como antes de una tormenta.
—¿Y si nunca llega ese momento? —preguntó Foolish, su voz temblando de rabia contenida—. ¿Y si nos quedamos aquí para siempre?
Quiet abrió los ojos. Su mirada era fría, más fría que cualquier cosa que Foolish hubiera visto en ella.
—Entonces moriremos aquí. Pero no sin antes hacer que cada segundo cuente.
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El ruido era ensordecedor. La roca giraba tan rápido que parecía una esfera de luz sólida. El sello en la entrada parpadeaba con cada vibración, sus grietas creciendo, su luz debilitándose. Las paredes de la cueva temblaban. El techo escupía polvo.
Foolish miró a Quiet. Quiet asintió.
—¡AHORA!
Lanzaron la roca hacia arriba.
El impacto fue brutal. La piedra perforó el techo como un taladro, astillando la roca, desintegrando el sello. La luz entró por primera vez.
Las hermanas salieron de la cueva como dos exhalaciones. Sus cuerpos, pálidos por la falta de luz, temblaron bajo la luz de su planeta sobre ellas. Foolish levantó una mano. Una roca flotó a su alrededor. La hizo brillar.
—No —dijo Quiet—. Todavía no.
—¿Por qué? —preguntó Foolish, su voz temblando de rabia contenida—. ¿Por qué siempre tenemos que esperar?
Quiet la miró. Sus ojos, siempre serenos, tenían ahora una intensidad que Foolish no recordaba. Había algo en ellos que no había estado antes. Algo que había crecido en la oscuridad.
—Porque si vamos, vamos a ganar. Y para ganar, hay que saber esperar.
Foolish apretó los dientes. La roca en su mano brillaba con furia.
—Que sepan que estamos aquí —dijo, y lanzó la luz.
El destello se elevó en el cielo, una estrella fugaz de rabia pura. En algún lugar, muy lejos, Hiro la vería.
Quiet no la detuvo. Pero sus ojos siguieron la luz hasta que desapareció.
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Pasaron días. Las hermanas avanzaban entre los árboles blancos del Jardín Cobalto, sin rumbo, sin destino. Sus cuerpos, alimentados solo por el odio, se movían por inercia. La ropa colgaba de sus hombros. Los pies, sangraban la sustancia que les daba poder. No les importaba.
—¿Adónde vamos? —preguntó Foolish.
—No lo sé.
—¿Y si no encontramos nada?
Quiet se detuvo. Miró el cielo. Sus ojos no buscaban estrellas. Buscaban algo que no podía nombrar.
—Encontraremos algo.
Foolish volvió a hacer brillar una roca. La luz era más intensa que la primera vez. El resplandor iluminó sus rostros demacrados, sus ojos hundidos, sus labios resecos.
—Que vean —dijo Foolish—. Que tengan miedo.
La luz se elevó. En algún lugar, muy lejos, Hiro, ahora con Zera la verían.
Quiet no dijo nada. Pero en el momento en que la luz desapareció, algo cambió. Una sensación. Un eco. Como si alguien, en algún lugar, hubiera respondido.
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Esa noche, una grieta se abrió en el cielo.
No era un portal. No era un camino. Era una herida. Luces de colores, formas que no entendían, un lugar que no existía en ningún mapa. Y en el borde de esa herida, un susurro que no venía de ninguna de ellas.
Foolish la miró con desconfianza. Sus manos, aún temblorosas, se cerraron en puños.
—¿Qué es?
Quiet observó en silencio. Las luces parpadeaban con un ritmo que parecía un latido. Algo las llamaba. Algo las esperaba.
—No lo sé —respondió Quiet—. Pero no es nuestro enemigo.
—¿Cómo lo sabes?
Quiet no respondió. Pero sintió el eco de su propio odio reflejado en la grieta. Como si alguien, en algún lugar, las hubiera estado esperando sin saberlo.
Dio el primer paso.
La grieta se cerró detrás de ellas.
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En la oscuridad del Vacío entre Luces, las luces parpadearon. Una herida se había abierto. No por voluntad de nadie. Por furia. Por odio. Por una sombra que susurraba desde las grietas.
Las hermanas no sabían que no eran bienvenidas. No sabían que su llegada era un accidente, o un accidente planeado, un desarro en un espacio que ya estaba herido.
Pero estaban aquí.
Y el Vacío, que ya no podía cerrar sus propias heridas, no podía hacer nada para detenerlas.