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Capítulo 47: El Ojo En El Vacío

Virtual World Temporada 2 · por Yovannyx4gl · 23 de septiembre de 2026

La entrada se cerró detrás de KB con un susurro de golpe disperso. Ella no miró atrás. Sus pasos resonaban en el metal frío del pasillo, cada eco recordándole lo que no pudo hacer.

 

La base flotaba en la nada. Ventanas que no daban a ningún paisaje conocido, solo estrellas fijas y, abajo, el azul pálido de un planeta que giraba lento, indiferente.

 

KB entró en la sala principal sin anunciarse. Oraculum estaba frente a una pantalla, sus dedos trazando patrones sobre la superficie iluminada. GB ocupaba un rincón, sus cristales esmeralda flotando a su alrededor con un pulso constante. MB, en otra esquina, afilaba su katana con movimientos precisos, el sonido del metal contra la base raspando en el silencio.

 

KB se detuvo frente a Oraculum.

 

—La misión falló —dijo. La frustración se filtraba en sus palabras, aunque intentó ocultarla.

 

Oraculum no se inmutó. Solo giró ligeramente, sus ojos azules vacíos fijos en KB.

 

—Detalles.

 

KB narró. La emboscada, cómo las cuatro habían resistido, la llegada de Zera y Nexo, su retirada. Cada palabra era un diente apretado.

 

—La cyborg es más rápida de lo previsto —concluyó—. La cadena... molesta.

 

MB no levantó la vista de su katana.

 

—¿Fallaste porque una cadena te molestó?

 

KB apretó la mandíbula.

 

—Fallé porque cambiaron las variables. No estaba en los cálculos.

 

Oraculum la miró un instante más, luego volvió a la pantalla.

 

—Las variables siempre cambian. Por eso observamos.

 

---

 

Oraculum procesó los datos de KB en silencio. Sus dedos se movían con precisión, convirtiendo la información en un flujo cifrado. En la pantalla, los números y gráficos se transformaban en algo irreconocible, un código que solo tenía sentido al otro lado.

 

En el Virtual World, era un simple reporte. En el mundo real, Cicero Dynamics lo recibiría como instrucciones: sistema enemigo, patrones de combate, puntos de imperfección observados.

 

También incluía la solicitud. Más unidades de despliegue.

 

GB observó desde su rincón.

 

—¿Más Crawlers?

 

Oraculum no dejó de teclear.

 

—Suficientes para probar sus límites.

 

---

 

La cámara de entrenamiento estaba al fondo de la base. Un espacio vacío, sin ventanas, sin distracciones.

 

Azura estaba en el centro.

 

Su cuerpo había sido reparado. Las placas nuevas brillaban bajo la luz artificial, más oscuras que las anteriores, más sólidas. Sus ojos tenían un brillo más frío, más calculador.

 

MB atacó primero.

 

Velocidad pura. Su katana silbó en el aire, buscando el costado de Azura, luego el hombro, luego la nuca. Movimientos que antes habrían sido suficientes.

 

Azura no persiguió. No esquivó.

 

Solo bloqueó con su cuchilla. 

 

Golpe tras golpe, su cuchilla se levantaba en el lugar exacto, cada vez. MB cambió de ángulo, buscó puntos ciegos, aceleró. Azura seguía bloqueando.

 

En un movimiento, atrapó la muñeca de MB y la lanzó contra la pared.

 

CRASH.

 

MB cayó al suelo, aturdida. Se incorporó con furia.

 

—¡¿Para qué tirarme?!

 

Azura no alteró su postura.

 

—No es solo prueba para mí. Es práctica para todas.

 

MB se levantó, aún molesta.

 

—¿Práctica de qué?

 

Azura la miró. Su voz era plana, pero cada palabra estaba medida.

 

—Seguir un patrón de combate todo el tiempo, contra un equipo con estilos diferentes, es un milagro que ninguna haya muerto.

 

El silencio se instaló.

 

GB, que observaba desde el borde de la sala, habló.

 

—Tiene razón.

 

MB giró hacia ella, sorprendida.

 

—¿Tú también?

 

—Nuestros oponentes no son estáticos —respondió GB—. Nosotras tampoco debemos serlo.

 

En la pantalla de la sala principal, Oraculum observaba. Sus dedos, que tecleaban el reporte, se detuvieron un instante.

 

---

 

GB se levantó de su lugar. Los cristales esmeralda a su alrededor se activaron, flotando en patrones cambiantes. Su rifle de asalto pesado se materializó en sus manos.

 

—Probemos otra cosa —dijo.

 

Azura no respondió con palabras. Su rifle energizado, reparado y mejorado, se alineó.

 

Ambas dispararon al mismo tiempo.

 

Los proyectiles se encontraron en el aire. Explosión tras explosión, chispas de luz verde y rosa que se anulaban entre sí. Ninguna bala alcanzó su objetivo. Todas chocaron en el centro, destruyéndose antes de llegar a destino.

 

El humo se disipó. Ambas cargaron.

 

Cuerpo a cuerpo. GB tenía más opciones ofensivas: sus cristales podían golpear desde ángulos imposibles, su rifle podía disparar a quemarropa. Azura tenía mejor estrategia: anticipaba cada movimiento, leía la intención antes de que se ejecutara. Ciclos de experiencia. 

 

Estaban igualadas.

 

---

 

Un parpadeo. El brazo izquierdo de Azura falló.

 

No fue un golpe enemigo. Fue interno. Un servo que no respondió, una señal que se perdió en el camino. Un glitch. Un instante.

 

Suficiente.

 

GB golpeó. Azura cayó al suelo.

 

El silencio volvió. Los cristales de GB se retrajeron lentamente.

 

Azura se levantó. Se tocó el brazo. Su expresión no cambió.

 

—Falla en servo del brazo izquierdo —informó, con la misma calma con que informaría la hora—. Tiempo de reacción reducido en 0.3 segundos.

 

---

 

La zona de reparación e instalación estaba en otro sector de la base. Una mesa metálica, cables que colgaban del techo, interfaces que se iluminaban con el contacto.

 

Azura se conectó.

 

Las pantallas a su alrededor mostraron su código, sus sistemas, cada falla marcada en rojo. En algún lugar, en el mundo real, programadores de Cicero Dynamics revisaban los datos, corrigiendo, ajustando, mejorando.

 

Oraculum transmitió desde la sala principal.

 

—Reporte de falla enviado. Prioridad: corrección de servos y optimización de respuesta.

 

Azura cerró los ojos. Esperó.

 

MB apareció en la entrada, cruzada de brazos.

 

—¿No te molesta que te conecten así?

 

Azura no abrió los ojos.

 

—Para eso estamos entrenando.

 

---

 

MB no se fue. Se quedó apoyada en el marco de la puerta, aún molesta.

 

—Podrías haber avisado que me ibas a estampar contra la pared —dijo, con un tono que intentaba ser queja pero que sonaba más a rencor.

 

Azura abrió un ojo.

 

—¿Avisar? El enemigo no avisa.

 

GB, que también había llegado, asintió.

 

—Tiene razón.

 

MB las miró a ambas.

 

—¡Siempre con la razón!

 

KB, que había estado observando en silencio desde el fondo, habló sin levantar la vista.

 

—Al menos no te acorralaron entre un estratega y una sombra.

 

Silencio. MB la miró.

 

—¿Eso te pasó?

 

KB sostuvo su mirada un segundo. Luego desvió la vista al techo.

 

—No quiero hablar de eso.

 

---

 

En la sala principal, Oraculum terminó de procesar el reporte final.

 

Los datos fluían desde su interfaz, cifrados, irreconocibles para cualquiera que no supiera leerlos. También la solicitud. Más unidades de despliegue. Crawlers suficientes para probar, para desgastar, para aprender.

 

La pantalla mostró un mapa. El Jardín Cobalto. La base enemiga, marcada con un punto blanco. Las rutas de los portales, las zonas exploradas, los puntos débiles.

 

Y más allá, en la órbita del planeta, un punto rojo. Su base.

 

Oraculum observó el mapa un momento. Luego, en voz baja, como si solo ella pudiera escucharse:

 

—Observamos. Aprendemos. Nos adaptamos. Cuando estén listos... atacamos.

 

La pantalla se apagó.

 

Afuera, el vacío. Las estrellas, fijas, eternas. Y el planeta abajo, girando lento, indiferente a todo lo que ocurría en su superficie.

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