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Capítulo 42: El Corazón De Metal

Virtual World Temporada 2 · por Yovannyx4gl · 16 de septiembre de 2026

El plano técnico se extendía ante ellos como un océano de luz azul y geometrías imposibles. Hiro caminaba con paso firme, su nuevo traje de escamas brillando tenuemente bajo la luz artificial. A su lado, 8-bit flotaba incansable, sus pequeños ojos azules escaneando todo con una curiosidad que no conocía límites.

 

Habían pasado tres días desde que dejaron la base.

 

—¿Falta mucho? —preguntó 8-bit, por enésima vez.

 

—Menos que ayer —respondió Hiro, con esa paciencia metálica que solo él podía mantener.

 

—Eso no es una respuesta.

 

—Es la única que tengo.

 

8-bit resopló, pero una sonrisa se dibujó en su rostro. Le gustaba viajar con Hiro. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, siempre decía algo interesante. O divertido, sin querer.

 

Y después de un buen tiempo de camino. El portal a Metal Core los recibió con su brillo característico. Lo cruzaron sin dudar.

 

El aire cambió al instante. Más denso. Más metálico. Olía a energía y a acero.

 

8-bit se quedó flotando en el lugar, sus ojos abiertos de par en par.

 

La ciudad se extendía ante ellos como un sueño de metal y luz. Seres mecánicos y semi-mecánicos caminaban por las calles, algunos con formas humanoides, otros con diseños que desafiaban la lógica. Puestos de comida exudaban olores extraños que 8-bit no podía clasificar. Luces de neón de todos los colores parpadeaban en cada edificio, creando un paisaje de ensueño.

 

Y al fondo, imponente, el Coliseo de Expiación se alzaba como una montaña de acero y gloria.

 

—Es... es increíble —susurró 8-bit—. Parece sacado de un sueño. ¿Qué es eso? —señaló el coliseo.

 

—El Coliseo de Expiación —respondió Hiro, su voz más suave de lo habitual—. Ahí me reencontré con Zera.

 

8-bit giró hacia él, sorprendida.

 

—Zera. Tu hermana. 

 

—Sí. Y ahí también... —Hizo una pausa—. Azura murió. La primera vez.

 

8-bit se quedó sin palabras. Solo miró el coliseo, procesando. Tanta historia en un solo lugar. Tanta vida. Tanta muerte.

 

—Me gusta este lugar —dijo al fin—. Es enorme. Y ruidoso. Y brillante.

 

Hiro no dijo nada, pero algo en su expresión cambió. Orgullo. Apenas perceptible. Pero estaba ahí.

 

---

 

Caminaron por las calles. Hiro observaba todo con atención. Nada era como lo recordaba.

 

Puestos que antes estaban llenos de vida, ahora estaban vacíos o habían cambiado de dueño. Rostros conocidos habían desaparecido, reemplazados por otros nuevos, más jóvenes, más hambrientos.

 

—Ha cambiado mucho —murmuró Hiro.

 

—¿No habías estado aquí en años? —preguntó 8-bit.

 

—Para mí, meses. Para este mundo... años.

 

Recordó las palabras de Azura. Siete años. No era una exageración. Metal Core había vivido siete años mientras él solo había sentido meses. Siete años de cambios, de evolución, de olvido.

 

---

 

Llegaron al hangar. Estaba abandonado. Polvoriento. Olvidado.

 

—¿Aquí guardabas tus cosas? —preguntó 8-bit, entrando con cautela.

 

—Aquí di a mis amigos las armaduras personalizadas.

 

8-bit activó sus escáneres. La luz azul recorrió el lugar, penetrando cada rincón, cada sombra.

 

—¡Encontré algo! —exclamó—. Varias cosas, de hecho.

 

Comenzó a enumerar:

 

—Una armadura femenina con un orificio debajo del pecho. ¡Coincide con el núcleo de Zera!

—Varios miembros de alta agilidad.

—Una armadura básica con lo esencial.

—¡Y un sistema de distribución de energía!

 

Hiro se acercó a las piezas. Las examinó con cuidado, sus dedos recorriendo cada superficie, cada junta, cada cable.

 

—Es justo lo que necesitamos.

 

Comenzó a desmantelar. Sus movimientos eran precisos, casi quirúrgicos. Extrajo lo necesario de cada pieza, dejando el resto como cáscaras vacías. Todo lo guardó en una caja metálica que encontró en un rincón.

 

—¿Por qué no usas el inventario? —preguntó 8-bit, confundida.

 

Hiro la miró. Por un momento, algo brilló en sus ojos. Algo parecido a una sonrisa.

 

—El inventario le quita lo divertido al trabajo. Además, es para cargas grandes. Esto es solo una caja.

 

8-bit parpadeó. Luego sonrió.

 

—Tiene sentido.

 

Terminaron de empacar todo, cerraron la caja y salieron del hangar. Pero Hiro se detuvo. Su mirada se perdió en el coliseo.

 

—Debemos ver algo antes de irnos.

 

—¿Qué?

 

—Quiero saber cómo se reactivó Azura.

 

8-bit lo siguió sin preguntar más.

 

Entraron al coliseo por una puerta lateral. Recorrieron pasillos oscuros, escaleras de caracol, salas abandonadas. Hasta que llegaron a lo más profundo. La zona debajo de las plataformas de combate, una zona que era posiblemente desconocida para el resto de Metal Core. El lugar donde habían dado a Azura por muerta la última vez.

 

Hiro observó el espacio. Procesaba. Calculaba.

 

En ese momento, un destello.

 

Un fragmento de coherencia cayó desde arriba. Aterrizó frente a ellos con un sonido metálico y cristalino.

 

—¿Un fragmento? —preguntó 8-bit.

 

Hiro lo miró. Luego miró hacia arriba. Luego volvió a mirar el fragmento.

 

—Un crawler rompedor fue eliminado arriba —dijo, su voz plana pero sus ojos bailando con números—. El fragmento cayó hasta aquí. Hizo resonancia con la energía en estasis del cuerpo de Azura. La reanimó.

 

8-bit se quedó en silencio un momento.

 

—¿Todo por un fragmento? —preguntó, su voz pequeña—. ¿Tanto odio por accidente?

 

Hiro tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz tenía un dejo que 8-bit nunca le había escuchado.

 

—El odio no necesita razón. Solo combustible.

 

Ya había conseguido la información que quería. Y sabía lo que tenía que hacer en ese momento. 

 

Al salir del coliseo, los sensores de Hiro se activaron.

 

—Una brecha de corrupción. Cerca.

 

Siguieron el rastro hasta un callejón alejado. Allí, una grieta en la realidad pulsaba con energía oscura.

 

—Ahí entra la corrupción —dijo 8-bit.

 

—Hay que sellarla.

 

Hiro se arrodilló frente a la brecha. Activó su programación Ad-Hoc. El código fluyó de sus dedos, líneas de luz que se entretejían con la grieta, cerrándola lentamente.

 

La brecha se selló con un chasquido.

 

Hiro se levantó. Su cuerpo se sintió pesado. Más pesado de lo normal. Pero no cayó.

 

—¿Estás bien? —preguntó 8-bit, preocupada.

 

—Sí. Pero no quiero hacerlo otra vez pronto.

 

---

 

Salieron del callejón.

 

Y algo bloqueó su camino.

 

Un cyborg de dos metros de altura. Aspecto imponente. Cibernético de pies a cabeza. Una moto brillante, de neón rojo, descansaba a su lado.

 

—Cypher-7 —dijo el cyborg, su voz un rugido metálico—. Hace tiempo que no te veías por aquí.

 

Hiro puso un brazo detrás, indicando a 8-bit que no se moviera.

 

—¿Quién eres? —preguntó Hiro, su voz calmada pero sus ojos evaluando—. ¿Qué quieres?

 

El cyborg sonrió. Una sonrisa de metal y amenaza.

 

—Me llamo Motorhead. Soy uno de los mayores cazarrecompensas de la ciudad ahora. —Hizo una pausa—. ¿Sabes qué nos despertó a todos? La misión de Azura Skye. Su muerte. Todos queremos lograr lo que ella no pudo.

 

8-bit susurró desde atrás:

 

—Hiro...

 

—Lo sé —respondió él, sin moverse—. Quieta.

 

Motorhead cargó.

 

Era rápido. Muy rápido. Para cualquier otro, habría sido imparable.

 

Pero Hiro era más rápido.

 

Bloqueó el ataque como si nada. El puño de Motorhead se detuvo contra un escudo materializado en su antebrazo sin causar ni una grieta.

 

En ese mismo instante, 8-bit apareció por detrás. Su espada eléctrica brilló. Una descarga directa en la espalda del cyborg.

 

—¡ARGH! —gritó Motorhead, su cuerpo convulsionándose.

 

Hiro aprovechó. Una llave. Giro. Impulso.

 

Motorhead voló contra la pared del callejón. El impacto resonó como un trueno.

 

Cayó al suelo. Inconsciente.

 

—Vámonos —dijo Hiro.

 

---

 

Salieron del callejón, pero en la salida del callejón, algo brilló.

 

La moto de Motorhead seguía allí. Neón rojo. Aerodinámica. Imponente.

 

8-bit la miró. Hiro miró a Motorhead, aún inconsciente contra la pared. Luego miró a 8-bit.

 

Ella lo miró a él.

 

Intercambiaron una mirada cómplice. De esas que no necesitan palabras.

 

—Sube —dijo Hiro.

 

—¡Yo vuelo! —respondió 8-bit, riendo.

 

---

 

La escena cambió.

 

Hiro salió del portal en el Jardín Cobalto. La moto ronroneaba bajo él, sus neones rojos brillando contra el césped azul marino.

 

Aceleró.

 

La moto se lanzó hacia adelante, levantando una estela de polvo y brillo rojo. 8-bit volaba a su lado, riendo como una niña.

 

—¡Esto es increíble! —gritó—. ¡Ahorra mucho tiempo!

 

—Afirmativo —respondió Hiro, su voz apenas audible sobre el viento—. Es lógico.

 

Hiro se detuvo de repente, 8-bit se posó en el suelo. 

 

—¿Que pasó? —preguntó. 

 

—Debo hacer una llamada? —respondió Hiro. 

 

Hiro activó su comunicador pasaron segundos.

 

—¿Natsuki? —llamó—. ¿Cómo van?

 

La voz de Natsuki respondió desde el otro lado, algo distorsionada por la distancia:

 

—¿Hiro? Ya tenemos las escamas. Y salió un bonus también. Ya vamos en camino a la base.

 

—Recibido. Sigan el camino, y recuerden: esto es sorpresa —hizo una pausa— si pueden entrar por un lugar y esconderse donde nadie los vea hasta que se termine el trabajo sería mejor.

 

—Bien Hiro, pero no tarden mucho, sabes que Kurenai nos encontrará tarde o temprano. 

 

—Afirmativo, encierrense en un lugar donde tu o Nexo siempre estén, así la probabilidad de que los olfatee es de menos de 5%.

 

—Hecho —respondió Natsuki— ¿Y ustedes?

 

—Ya tenemos lo necesario. Vamos en camino. 

 

Cortó la comunicación.

 

Arrancó. 8-bit salió volando en el mismo instante. 

 

Aceleraron más. La moto se levantó sobre una rueda. Una pirueta. Un giro imposible.

 

—¡HIRO! —gritó 8-bit, entre risa y sorpresa.

 

Los dos, sobre la moto de neón rojo, volando hacia la base.

 

El viento en sus caras. La libertad en sus pechos.

 

Y la promesa de una sorpresa que cambiaría todo.

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