Saltar al contenido
Explorar novelas

Capítulo 41: El Tour Y La Cacería

Virtual World Temporada 2 · por Yovannyx4gl · 16 de septiembre de 2026

Nexo y Natsuki habían tardado casi tres días en llegar al portal, el cual brillaba ya frente a ellos como una herida de luz en la realidad. Natsuki y Nexo estaban de pie ante él, sus siluetas recortadas contra el resplandor.

 

—¿Listo? —preguntó Natsuki.

 

Nexo respiró hondo. Inspiró. Espiró. Por un momento, su mirada se perdió en el brillo, como si pudiera ver al otro lado.

 

—Nunca se está listo para volver a casa —dijo—. Pero vamos.

 

Cruzaron.

 

La luz los envolvió, los desarmó, los recompuso. Cuando volvieron a ver, estaban en una colina cubierta de hierba que brillaba con un tenue resplandor verde. El cielo era de un azul profundo, casi irreal, salpicado de nubes que parecían pintadas a mano con una paciencia infinita.

 

Natsuki se quedó paralizado.

 

A lo lejos, montañas flotaban. No era una metáfora. Literalmente flotaban, suspendidas en el aire como si alguien las hubiera olvidado ahí. Cascadas caían desde sus bordes hacia ninguna parte, el agua disolviéndose en niebla antes de tocar el suelo. Bosques de árboles con hojas de cristal se extendían en la distancia, sus copas reflejando la luz en mil colores.

 

—Esto... —Natsuki tardó en encontrar palabras—. ¿Esto es un juego?

 

Nexo sonrió. No era una sonrisa de orgullo, sino de alguien que vuelve a ver un viejo amigo.

 

—Era un juego. Ahora es real. Pero el paisaje es el mismo.

 

—Es increíble —Natsuki seguía sin poder apartar la mirada—. Las montañas flotan. El cielo tiene... ¿tres lunas?

 

—Cuatro —corrigió Nexo, señalando hacia una nube grande—. Una está detrás de esa.

 

---

 

Caminaron durante horas. O eso parecía. El tiempo en Wonder Fantasy era difícil de medir; el cielo cambiaba de tono, pero nunca se oscurecía del todo.

 

Nexo actuaba como guía, señalando cada lugar con una mezcla de nostalgia y conocimiento enciclopédico.

 

—Eso de allá es el Bosque de Susurros —dijo, señalando un área donde los árboles parecían moverse sin viento—. Los árboles reaccionan a la magia. Si lanzas un hechizo, las hojas cambian de color. Es cómo los cazadores saben si hay magos cerca.

 

—¿Y tú cómo lo sabes?

 

—Porque Sora y yo pasamos una semana entera lanzando hechizos para ver cuántos colores podíamos sacar. Llegamos a treinta y siete.

 

Natsuki rió.

 

Más adelante, señaló unas formaciones rocosas que flotaban a baja altura, cubiertas de vegetación brillante.

 

—Las Llanuras Flotantes. Solía venir aquí a por hierbas. Las mejores pociones se hacen con lo que crece allá arriba. —Hizo una pausa—. Una vez caí desde la más alta. Me tomó dos horas volver a subir.

 

—¿Y Sora?

 

—Se rió. Grabó el momento. Lo usó para chantajearme durante meses.

 

Natsuki sonrió. Le gustaba ver a Nexo así, relajado, recordando.

 

Llegaron a un río. El agua era cristalina, pero bajo la superficie brillaban miles de diminutos puntos de luz.

 

—El Río de Estrellas —dijo Nexo, arrodillándose para tocar el agua—. De noche es precioso. Dicen que son lágrimas de una diosa. —Hizo una pausa—. En realidad son microorganismos luminiscentes, pero la leyenda es más bonita.

 

—¿Y tú qué prefieres? ¿La leyenda o la verdad?

 

Nexo lo miró.

 

—Las dos. La verdad explica cómo funciona. La leyenda explica por qué importa.

 

Natsuki asintió, comprendiendo.

 

---

 

Pasaron junto a una ruina antigua. Columnas caídas, muros cubiertos de musgo brillante, y en el centro, los restos de lo que había sido una estatua enorme.

 

Nexo se detuvo.

 

—Aquí maté mi primer jefe —dijo, con voz baja—. Me tomó tres días y 40 intentos.

 

—¿40?

 

—Era de nivel alto. Demasiado alto para mí. Pero no me rendí. Aprendí sus patrones, sus ataques, sus puntos débiles. —Sonrió—. Cuando lo vencí... valió la pena. La espada que soltó la usé por meses. Era mi orgullo.

 

Hizo una pausa. El viento sopló entre las ruinas, trayendo ecos de un tiempo que ya no existía.

 

—Sora siempre se reía de mí. Decía que era un obsesivo. Que me tomaba demasiado en serio un juego.

 

—Y ahora estás aquí —dijo Natsuki—. De verdad. Cazando un dragón de verdad.

 

Nexo lo miró.

 

—La vida es rara.

 

---

 

Llegaron a la zona rocosa cuando el cielo había adquirido un tono violáceo. Acantilados negros se alzaban a ambos lados, vetas de cristal azul brillaban en las paredes, y el aire se había vuelto denso, casi pesado.

 

Se sentía. Esa presencia. Algo grande estaba cerca.

 

—Aquí es —dijo Nexo, en voz baja—. Los Neodragones suelen anidar en las cuevas de los acantilados.

 

Natsuki observó a su alrededor.

 

—¿Suelen? ¿Hay más de uno?

 

—Son territoriales. Normalmente uno por zona. Pero si hay crías...

 

No terminó la frase. No hizo falta.

 

Un rugido retumbó en el cañón. Hizo vibrar las rocas bajo sus pies.

 

Ambos miraron al cielo.

 

Una silueta enorme se recortó contra el sol. Alas negras, tan grandes que parecían abarcar el horizonte. Destellos azules recorrían su cuerpo cada vez que se movía, como si llevara la electricidad en la sangre.

 

Natsuki contuvo el aliento.

 

—Es... enorme.

 

Nexo asintió, sin apartar la mirada. Había algo en sus ojos que no era miedo. Era asombro. Y nostalgia.

 

—Neodragón adulto. Macho, por el tamaño de las alas. Las hembras son más pequeñas, pero más agresivas.

 

El dragón pasó sobre ellos, a una distancia prudente. Sus ojos los barrieron un instante, luego siguió su camino.

 

Por ahora.

 

Y ambos lo siguieron. 

 

Se escondieron entre las rocas y planearon.

 

—¿Cómo lo cazamos? —preguntó Natsuki.

 

—No lo cazamos —respondió Nexo—. Lo enfrentamos con respeto. No somos cazadores, somos... visitantes con un objetivo.

 

—Bonita forma de decirlo.

 

Nexo sonrió.

 

—Aprendí de los mejores. Hiro y sus porcentajes.

 

Trazaron un plan. Esperar a que el dragón bajara a alimentarse. Usar el terreno rocoso para moverse. Si atacaba, separarse. No darle un blanco fácil.

 

Sencillo. Peligroso. Suficiente.

 

---

 

El dragón bajó al atardecer. Se posó en una plataforma rocosa a unos metros, sus garras hundiéndose en la piedra. Olfateó el aire, buscando, evaluando.

 

—Ahora —susurró Nexo—. Pero con cuidado.

 

Se acercaron. Las rocas les daban cobertura, pero el dragón era listo. Sus ojos recorrían el terreno constantemente.

 

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, el dragón los detectó.

 

Gruñó. Un sonido profundo, vibrando en sus pechos.

 

—No parece contento —dijo Natsuki.

 

—Los dragones nunca lo están.

 

El dragón atacó.

 

Fue rápido. Más rápido de lo que esperaban. Su cola barrió el área, obligándolos a separarse. Natsuki rodó hacia la izquierda, Nexo hacia la derecha.

 

La pelea fue intensa. Natsuki usaba su agilidad para esquivar los golpes, acercándose cuando podía para rasgar las escamas con su espada a una velocidad que para cualquier guerrero de ese mundo era impresionante. Nexo, con su fuerza bruta, atraía la atención del dragón, golpeando donde sabía que dolía menos.

 

Trabajaban en equipo. Sin hablarse. Confiando.

 

Lograron arrancar varias escamas. Negras, con destellos azules que brillaban incluso en la penumbra. Suficientes.

 

—¡Ya tenemos! —gritó Nexo—. ¡Retirada!

 

Corrieron. El dragón rugió detrás de ellos, pero no los persiguió. Había sido herido, pero no mortalmente. Y sabía cuándo dejar ir.

 

Se detuvieron en una zona segura, jadeando.

 

—¿Siempre es así? —preguntó Natsuki, recuperando el aliento.

 

Nexo sonrió, a pesar del dolor en el costado.

 

—En los juegos, sí. En la vida real, duele más.

 

---

 

En su huida, Nexo se detuvo de repente.

 

—Espera.

 

Natsuki se giró, alerta.

 

—¿Qué?

 

Nexo señaló una marca en una roca. Apenas visible entre las grietas. Algo tallado, antiguo, casi borrado por el tiempo.

 

—Un marcador de mazmorra escondida —dijo, y una sonrisa comenzó a formarse en su rostro—. En el juego, significaba que había un cofre cerca.

 

Natsuki lo miró, incrédulo.

 

—¿Y ahora?

 

—Vamos a ver.

 

Siguieron las marcas. Las rocas formaban un camino apenas perceptible, como si alguien hubiera querido esconderlo pero también recordarlo.

 

Llegaron a una cueva oculta tras una cascada seca. Las paredes brillaban con minerales incrustados, reflejando la poca luz que entraba.

 

En el centro, un cofre antiguo. El metal estaba oxidado, pero la madera, misteriosamente, intacta. Como si el tiempo no hubiera podido con ella.

 

Nexo se acercó. Lo abrió.

 

Ambos se quedaron sin aliento.

 

Dentro: varias piedras de zafiro en bruto, del tamaño de un puño. Y pequeñas barras de oro, apiñadas como si alguien las hubiera guardado con prisa.

 

—Es... —Natsuki tragó saliva—. Es un tesoro. De verdad. No solo mineral. Es un TESORO.

 

Nexo tocó las piedras. Sintió su peso. Su frío. Su realidad.

 

—En el juego, esto valía una fortuna. Podías comprar gremios enteros con esto. —Hizo una pausa—. Aquí... quién sabe. Pero puede servirnos. Para recursos. Para intercambios. Para...

 

Guardaron todo con cuidado. No preguntaron de quién era. No importaba. Ahora era suyo.

 

Natsuki miró hacia atrás, hacia el territorio del dragón.

 

—¿Crees que algún día alguien vendrá a buscarlo?

 

Nexo negó.

 

—Tal vez. Pero por ahora, es nuestro.

 

---

 

De vuelta en la colina de la entrada, se detuvieron a mirar el paisaje una última vez.

 

Las escamas brillaban en sus manos. Los zafiros pesaban en sus bolsas.

 

—Nunca había visto algo así —dijo Natsuki—. Este mundo es... mágico.

 

—Lo es —respondió Nexo—. Y ahora una parte de él vendrá con nosotros.

 

Se miraron.

 

—Gracias por venir conmigo —dijo Nexo—. Por confiar en que esto no era una locura.

 

Natsuki sonrió.

 

—Gracias por el tour. Valió la pena. Cada segundo.

 

Tomaron el portal de regreso.

 

---

 

Al otro lado, el Jardín Cobalto los recibió con su luz familiar. La base, bastante lejos, los esperaba.

 

—Hiro y 8-bit aún no han vuelto —observó Natsuki.

 

—Tardarán —dijo Nexo—. Metal Core es tan grande como Wonder Fantasy. Y 8-bit seguro quiere verlo todo.

 

Natsuki asintió.

 

—Mientras tanto... tenemos escamas, un tesoro, y una historia que contar.

 

Sonó una alarma en la interfaz de Natsuki, una señal de comunicación. 

 

—¿Que pasa? ¿Quien es? —preguntó Nexo. 

 

Natsuki revisó y vio de quien era. 

 

—Es Hiro —dijo sin preámbulo y respondió. 

 

—¿Hiro? Ya tenemos las escamas, y salió un bonus también. Ya vamos en camino a la base. 

 

—Recibido. Sigan el camino, y recuerden: esto es sorpresa —hizo una pausa— si pueden entrar por un lugar y esconderse donde nadie los vea hasta que se termine el trabajo sería mejor. 

 

Natsuki y Nexo compartieron un asentimiento. 

 

—Bien Hiro, pero no tarden mucho, sabes que Kurenai nos encontrará tarde o temprano. 

 

—Afirmativo, encierrense en un lugar donde tu o Nexo siempre estén, así la probabilidad de que los olfatee es de menos de 5%.

 

—Hecho —respondió Natsuki— ¿Y ustedes?

 

—Ya tenemos lo necesario. Vamos en camino. 

 

Cortó comunicación. 

 

Nexo sonrió.

 

—Parece que nos infiltraremos en nuestra propia casa. 

 

Natsuki lo miró con un rostro algo nervioso. 

 

—¿Crees que nos creerán lo del cofre?

 

—Cuando vean los zafiros —respondió Natsuki—, no les quedará otra.

 

Caminaron hacia la base, listos para compartir su aventura… después del trabajo.

 

La luz del Jardín Cobalto brillaba sobre ellos. En sus manos, las escamas negras con destellos azules brillaban también.

 

Y en sus bolsas, un tesoro antiguo esperaba su momento.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Yovannyx4gl en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: La última guardia · Virtual World—The Other Plane · Héroes