La pelea comenzó sin previo aviso.
Zera se lanzó contra el grupo como una bala, sus ojos vacíos brillando con una luz enfermiza. Hiro fue el primero en reaccionar, su cuerpo moviéndose por instinto antes de que su mente terminara de procesar la amenaza.
Chocaron en el centro del claro.
El impacto fue brutal. Hiro bloqueó el primer golpe, pero la fuerza lo hizo retroceder varios metros, sus pies arañando el suelo. Sus sistemas registraron los datos al instante: Fuerza incrementada en un 300%. Velocidad incrementada en un 250%.
—¡HIRO! —gritó Miku, corriendo hacia ellos.
Zera sonrió. Esa sonrisa no le pertenecía. Era torcida, cruel, completamente ajena a ella.
—¿Dolió, hermano? —preguntó, con una voz que era la suya pero no lo era.
Hiro se recuperó y volvió a la carga. Esta vez no se contuvo. Sabía que la que tenía enfrente no era su hermana. No del todo.
Intercambiaron golpes. Hiro logró conectar un puñetazo en su hombro. Zera ni se inmutó. Respondió con una ráfaga de golpes que Hiro bloqueó como pudo, pero cada impacto lo desgastaba más. Sus defensas, diseñadas para resistir ataques brutales, no estaban preparadas para esta velocidad.
—Zera —dijo Hiro, su voz firme a pesar del esfuerzo—. Sé que estás ahí. Lucha.
Por un instante, los ojos de Zera parpadearon de morado a blanco. La mirada vacía se llenó de algo. Pánico. Confusión. Humanidad.
—HI... RO... —alcanzó a decir, con su voz verdadera, débil, apenas un susurro.
Luego, el control regresó. Más fuerte. Más cruel.
—Cállate.
En un movimiento imposible de anticipar, Zera esquivó un agarre de Hiro y desapareció de su campo visual. No hubo tiempo de reaccionar. Apareció en su punto ciego.
Ocho golpes en la única zona sin blindaje. La cabeza.
Crac. Crac. Crac. Crac. Crac. Crac. Crac. Crac.
Cada impacto fue preciso. Rápido. Imposible de bloquear. Hiro sintió cómo sus sistemas fallaban uno tras otro. Sus piernas flaquearon. Su visión se distorsionó.
Zera no le dio tregua. Una patada desde arriba, con toda su fuerza potenciada, lo clavó contra el suelo.
¡CRASH!
El cuerpo de Hiro impactó contra la tierra, creando un cráter. Humo. Polvo. Silencio.
—¡HIRO! —el grito de Miku rasgó el aire.
Pero en ese instante Zera la golpeó en el estómago y luego en la pierna.
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Zera se giró hacia los demás.
Su mirada era fría. Vacía. Letal.
Ember y Nira cargaron juntas. Habían peleado codo a codo cientos de veces. Confiaban en su sincronía, en su capacidad de anticiparse la una a la otra.
Zera las esperó. Inmóvil. Como una estatua.
Cuando estuvieron a un metro de distancia, se movió.
No pudieron seguirla. Sus ojos no podían procesar esa velocidad.
En menos de tres segundos, Zera las derribó a ambas. Un golpe seco en el costado de Ember, justo donde su armadura era más débil. Una patada en las piernas de Nira, que la hizo caer de rodillas. Luego un golpe en la nuca para cada una.
Cayeron al suelo, inconscientes.
Kurenai y 8‑bit intentaron un ataque combinado. La pequeña IA disparó su pistola de plasma; Zera esquivó el rayo como si fuera una línea recta predecible. Kurenai atacó con sus garras; Zera agarró su brazo en el aire y, con un movimiento fluido, la lanzó contra un árbol cercano que fue derribado por el impacto.
¡CRACK!
El impacto dejó a Kurenai inconsciente, su cuerpo desplomándose contra el suelo.
—¡KURENAI! —gritó 8‑bit.
Zera se giró hacia ella. La pequeña IA no dudó. Desenfundó su espada eléctrica y cargó.
Zera esquivó el primer tajo. El segundo. El tercero. Luego, en un movimiento casi distraído, agarró la hoja de la espada y tiró. 8‑bit salió despedida, estrellándose contra una roca.
Sus luces parpadearon débilmente. Luego se apagaron.
Natsuki y Sora intentaron proteger a los caídos. Zera apareció frente a ellos sin hacer ruido.
—¡Zera, despierta! —gritó Natsuki, su espada lista pero sin atacar.
Ella no respondió. Un golpe en el pecho. Una patada en el costado. Cayeron.
Nexo cargó con su espada. Su fuerza bruta era de las pocas cosas que podrían igualar a Zera en poder. Pero ella era más rápida. Mucho más rápida.
Esquivó su ataque como si bailara. Un golpe seco en el brazo que sostenía la espada. El arma cayó al suelo con un estruendo. Nexo quedó indefenso, jadeando.
—¡MALDITA SEA! —gritó, lanzando un puñetazo desesperado.
Zera lo esquivó sin esfuerzo. Levantó la mano para el golpe final.
—¡Aléjate de él!
Un disparo de plasma la desvió. 8‑bit se había levantado. Sus sistemas estaban dañados, o estaba aturdida, sus luces parpadeaban erráticamente, pero seguía en pie. Su pistola humeaba en su mano temblorosa.
Zera la miró. Por un momento, algo cambió en su expresión. No era el control. Era... confusión.
—¿Pequeña...? —dijo, con su voz verdadera. Apenas un suspiro.
—¡Zera, somos nosotros! —gritó Nexo desde el suelo—. ¡Lucha!
La mano de Zera tembló. Sus dedos se abrieron y cerraron sin control.
—No... no quiero... —su voz se quebró—. No quiero lastimarlos...
—Claro que quieres —susurró la otra voz, la que habitaba el fragmento—. Son los que te ignoraron. Los que crecieron sin ti.
—¡Mentira! —gritó Zera en su mente, llevándose las manos a la cabeza.
Su cuerpo se tensó. Las dos voces peleaban dentro de ella. Los destellos en su núcleo se volvieron erráticos, violentos.
Hiro se incorporó lentamente desde el cráter. Su cuerpo estaba intacto, pero su visión estaba desorientada, sus sistemas emitían advertencias en cada esquina de su periferia. Pero sus ojos estaban fijos en ella.
—Zera —dijo, y su voz no era la del estratega, ni la del guerrero. Era la del hermano. Cálida. Firme. Humana—. Hermana. Vuelve.
Zera cayó de rodillas.
Su cuerpo emitía descargas erráticas. El fragmento en su pecho parpadeaba violentamente, como un corazón a punto de estallar.
—HIRO... —su voz verdadera, clara por fin—. AHORA...
Hiro no dudó.
Se lanzó hacia ella con todo lo que le quedaba. Sacó su cuchillo de escamas y, con un movimiento preciso, lo clavó en el fragmento.
La luz explotó.
Zera gritó. Un grito que no era de dolor, sino de liberación. El fragmento se resquebrajó, sus grietas iluminándose por última vez antes de apagarse por completo.
Luego, silencio.
Zera cayó hacia atrás. Hiro la sostuvo antes de que tocara el suelo, arrodillándose con ella en sus brazos.
El fragmento ya no brillaba. Estaba opaco. Inerte.
Hiro la depositó con cuidado sobre el suelo. Sus dedos recorrieron su rostro, buscando algún signo, alguna señal.
—Vive —dijo, con esa voz cálida que solo usaba con los suyos—. Su núcleo entró en modo protección. Como el mío.
Miku se acercó cojeando, sosteniéndose el costado. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¿Volverá?
Hiro la miró. No había certeza en sus ojos, pero había fe.
—Volverá.
A su alrededor, el resto del grupo comenzaba a incorporarse. Golpeados. Magullados. Vivos.
Nira se sentó junto a Ember, que intentaba levantarse con dificultad.
—¿Qué... qué fue eso? —preguntó Ember, la voz ronca.
—Nuestra hermana —respondió Nira—. Luchando contra sí misma.
Nexo se dejó caer al suelo, agotado, la espada aún a varios metros de distancia.
—Era... increíblemente fuerte —dijo, entre jadeos—. No podíamos ni seguirla, eso sí fue un gran aumento de poder.
Kurenai despertó aturdida, 8‑bit flotando débilmente a su lado.
—¿Zera? —preguntó Kurenai.
—Está viva —respondió 8‑bit, sus luces aún parpadeando—. Pero su núcleo... Le pasó lo mismo que a Hiro.
Sora se apoyó en Natsuki, que tenía un brazo sobre sus hombros.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó.
Natsuki miró a Hiro, que seguía arrodillado junto a Zera, sosteniendo su mano.
—Esperar —dijo—. Cuidarla. Como ella nos cuidó a nosotros.
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Esa noche, Zera yacía en su cápsula de mantenimiento. Su núcleo parpadeaba débilmente, un latido constante que era lo único que confirmaba que aún estaba viva.
Hiro no se había movido de su lado.
Miku se sentó junto a él, apoyando la cabeza en su hombro.
—Necesitas descansar —dijo.
Pero Hiro respondió sin interés en moverse:
—Soy una máquina... el descanso es un concepto innecesario para mí.
Pero Miku no iba a aceptar esa excusa, le repitió con más intensidad:
—Necesitas... descansar.
—No puedo —respondió Hiro, su voz apenas un susurro—. No hasta que despierte.
—Volverá. Tú volviste.
Hiro guardó silencio un momento. Luego, con esa calidez que solo Miku conocía, dijo:
—Lo sé. Pero... duele. Esperar.
Tomó la mano de Zera. Fría. Inerte. Pero ahí.
—Vuelve, hermana —susurró—. Te necesito.
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En la distancia, MB observaba desde las sombras de un árbol blanco.
Su expresión era de frustración, pero también de algo parecido al respeto.
—Lo logró —murmuró—. Se liberó sola.
Activó el comunicador.
—Fallamos. La presa se liberó.
La voz de Oraculum respondió desde el otro lado. Calmada. Serena. Aterradoramente paciente.
—No importa. Obtuvimos datos valiosos. Ahora sabemos que su vínculo con él, y ellos es su punto débil. Y que su código mecánico puede resistir nuestro control.
—¿Qué hacemos?
—Esperar. Estudiar. No podrán quitarle el fragmento, la mataría.
La unicación se cortó.
MB se desvaneció en la noche, dejando solo el viento como testigo.
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En la base, todos velaban a Zera.
Su núcleo parpadeaba. Débil. Constante.
Una promesa de que aún estaba ahí.
De que volvería.