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Capítulo 37: La Caída

Virtual World Temporada 2 · por Yovannyx4gl · 31 de agosto de 2026

La luz del amanecer se filtró por las ventanas de la base, pero el ambiente en la sala común era diferente al de días anteriores. La mesa estaba servida, las frutas cristalinas brillaban bajo la luz, pero una silla permanecía vacía.

 

Miku fue la primera en notarlo.

 

—Otra vez no —dijo, sin necesidad de especificar a quién se refería.

 

Hiro, que ayudaba con el desayuno, asintió lentamente.

 

—Salió antes del alba. Dijo que quería... —hizo una pausa, buscando la palabra adecuada— ...pensar.

 

Nira, que ya había tomado asiento, levantó una ceja.

 

—Zera no piensa. Procesa.

 

—Entonces procesar —corrigió Hiro.

 

Kurenai olfateó el aire, su expresión tornándose seria.

 

—Se siente como que se aleja. Como si se estuviera distanciando a propósito.

 

Natsuki intercambió una mirada con Sora.

 

—¿Alguien ha hablado con ella estos días? —preguntó.

 

Hiro y Nira levantaron la mano como respuesta.

 

Kurenai se levantó de repente.

 

—Voy a buscarla.

 

—Yo voy contigo —dijo 8‑bit, flotando a su lado—. Si hay pistas que encontrar, yo puedo encontrarlas.

 

Natsuki asintió.

 

—Tengan cuidado. Si Zera quiere estar sola, respeten eso. Pero si algo anda mal...

 

—Lo sabemos —completó Kurenai, y las dos partieron.

 

Tenían un tiempo buscando mientras seguían un rastro leve.

 

El Jardín Cobalto se extendía ante ellas en todo su esplendor matutino. Los árboles blancos brillaban con su luz propia, y el césped azul marino crujía suavemente bajo los pies de Kurenai.

 

—¿Hueles algo? —preguntó 8‑bit, flotando a su lado.

 

—Sí. Su olor es tenue, pero no lo pierdo.

 

Caminaron en silencio durante un rato, adentrándose en zonas que normalmente no patrullaban. El paisaje se volvía más rocoso, más agreste.

 

Kurenai se detuvo en un claro.

 

—Aquí.

 

8‑bit descendió y activó sus escáneres. Sus pequeños ojos azules parpadearon rápidamente.

 

—Huellas. Restos de energía. Y... —hizo una pausa—. Sí. Usó energía. Mucha.

 

—¿Para qué?

 

8‑bit procesó los datos, sus cejas fruncidas en una expresión que rara vez mostraba.

 

—Hay rastros de un fragmento. Como el de Azura.

 

El silencio que siguió fue pesado.

 

—Zera no... —comenzó Kurenai.

 

—No lo sé —la interrumpió 8‑bit—. Pero los datos no mienten.

 

---

 

En la base, el entrenamiento continuaba, pero la atmósfera era diferente.

 

Hiro y Nexo sostenían un combate en el área designada. Los golpes de la espada enorme de Nexo resonaban como truenos, y Hiro los esquivaba con la velocidad que su nuevo traje le permitía. Pero su mente no estaba en la pelea.

 

—¿En qué piensas? —preguntó Nexo, deteniendo su ataque.

 

Hiro bajó la guardia.

 

—En Zera. Su procesamiento está alterado desde que encontró algo.

 

—¿Algo como qué?

 

—No lo sé. Pero debería haber hablado más con ella antes.

 

Nexo apoyó su espada en el suelo.

 

—Aún puedes.

 

Hiro lo miró. Por un momento, su expresión, siempre controlada, mostró algo que rara vez dejaba ver: incertidumbre.

 

—¿Y si es tarde?

 

---

 

En una cueva oculta, muy lejos de la base, Zera estaba sola.

 

La oscuridad la envolvía, pero no le importaba. Sus ojos estaban fijos en el objeto que sostenía entre sus manos. El fragmento. Su luz palpitaba con una intensidad que no había mostrado antes, como un corazón latente.

 

—Hiro dice que no necesito ser más fuerte —murmuró para sí misma—. Pero él no entiende.

 

Las imágenes pasaron por su mente como archivos reproducidos a velocidad acelerada. Todas las veces que había observado desde la distancia. Todas las veces que había sido útil, sí, pero nunca indispensable.

 

Nira tenía su cristal y su vínculo con Natsuki. Ember tenía su fuerza y su lugar junto a Nira. Kurenai tenía su instinto y su amistad con 8‑bit. Hiro tenía a Miku, su traje nuevo, su evolución constante.

 

Ella solo tenía eficiencia.

 

—Quiero ser necesaria —dijo, y su voz resonó en la cueva vacía—. No solo eficiente.

 

El fragmento brilló. La luz se intensificó, casi cegadora. La llamaba. La tentaba.

 

Sin pensarlo más, Zera presionó el fragmento contra su núcleo.

 

La explosión de luz fue inmediata.

 

Su cuerpo se arqueó, sus sistemas se sobrecargaron, y por un momento, todo fue advertencia de daño, o... dolor, y poder mezclados en una oleada que no podía controlar. Luego, la calma.

 

El poder llegó. Era real. Era suyo.

 

Y entonces, su brazo se movió sin su permiso.

 

—¿Qué...?

 

Su otra mano se levantó. Sus piernas la giraron hacia la entrada de la cueva. Su boca se abrió, y de ella salió una voz que no era la suya. Fría. Familiar. Aterradora.

 

—Gracias por aceptar mi regalo, pequeña sombra.

 

Zera intentó resistirse, forcejeó con su propio cuerpo, pero no podía. Su mente seguía siendo suya, pero sus miembros ya no le obedecían.

 

—No te esfuerces —dijo la voz—. El control es absoluto. Me satisface el cómo mi lógica siempre se adapta a la naturaleza del objetivo. Y ahora... vas a hacer algo por mí.

 

---

 

Kurenai y 8‑bit regresaron a la base corriendo. Sus rostros lo decían todo.

 

—¡Zera encontró un fragmento! —exclamó Kurenai, sin aliento—. ¡Como el de Azura!

 

Hiro se levantó de inmediato.

 

—¿Dónde está?

 

8‑bit proyectó un mapa con sus datos.

 

—No lo sabemos con exactitud. Pero su firma energética... cambió. Es más fuerte, pero también... diferente.

 

—¿Diferente cómo? —preguntó Miku.

 

—Como si no fuera del todo ella.

 

En ese momento, los sensores de la base se activaron. Una alerta. Que solo se activa ante un código de amenaza. Presencia detectada en el perímetro.

 

Todos corrieron hacia la entrada.

 

Una figura se acercaba lentamente. Caminaba con paso deliberado, sin prisa, como si tuviera toda la noche del mundo.

 

Era Zera.

 

Pero al mismo tiempo no.

 

Su mirada estaba vacía con brillo morado. Sus movimientos eran mecánicos de una manera diferente a lo habitual. Y en su pecho, el fragmento brillaba con una luz enfermiza, pulsando al ritmo de un corazón que no le pertenecía.

 

—Zera... —dijo Hiro, dando un paso adelante.

 

Ella levantó un brazo. La energía brotó de su núcleo, formando una hoja de luz en su mano.

 

—No es ella —susurró Miku.

 

Ember desenvainó sus espadas, pero no avanzó.

 

—Entonces, ¿qué hacemos?

 

Nira se interpuso entre Zera y el resto del grupo.

 

—No podemos atacar a nuestra hermana.

 

La figura de Zera sonrió. Una sonrisa que no le pertenecía. Torcida. Cruel.

 

—Qué conmovedor —dijo, con esa voz que no era la suya—. A ver cuánto dura.

 

Y cargó.

 

---

 

En la distancia, MB observaba desde lo alto de un árbol blanco. Sus ojos amarillos brillaban con satisfacción.

 

—Ya está —murmuró, activando su comunicador—. La sombra baila al ritmo que le marcamos.

 

La voz de Oraculum respondió desde el otro lado, fría y satisfecha.

 

—Perfecto. Deja que peleen. Que se desgasten. Y cuando estén listos... iremos a recoger lo que queda.

 

MB sonrió.

 

—¿Y si la liberan?

 

Una pausa. Luego, la voz, con una seguridad que helaba la sangre.

 

—No podrán. El control es absoluto. Tendrían que matarla para quitárselo. Y cudo intenten salvarla... estaremos ahí.

 

La comunicación se cortó.

 

MB se desvaneció entre las sombras, dejando solo el viento y las estrellas como testigos.

 

La noche estaba a punto de estallar.

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