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Capítulo 28: El Botín Del Dragón

Virtual World Temporada 2 · por Yovannyx4gl · 17 de agosto de 2026

La luz del amanecer se filtraba tenuemente por las ventanas de la base, pero nadie la notaba. En la sala de mapas, Natsuki llevaba horas revisando planos, anotaciones y posibles soluciones para el blindaje de Hiro. El cuerpo del guerrero seguía inmóvil en su cápsula, sus sistemas apenas susurrando vida.

 

Natsuki levantó la vista cuando Nira y Ember entraron.

 

—Necesito que vayan a algún lado —dijo, sin rodeos—. El blindaje de Hiro está destruido. Necesitamos coranium. Es un mineral que Hiro agregó en metal core y es el único material compatible con su estructura.

 

Ember se animó al instante, una chispa familiar encendiéndose en sus ojos.

 

—En mi mundo hay coranium. Es raro, pero existe. ¿Quieres que vayamos?

 

—Por eso las llamé —respondió Natsuki, y comenzó a explicar su decisión—. Nexo, Zera, 8-bit y yo debemos continuar con las reparaciones. Miku ayudará a Sora y Lyra con la canción. Kurenai será la única vigilante.

 

Hizo una pausa, mirándolas directamente.

 

—Necesito a alguien que sepa moverse en terreno salvaje, que pueda rastrear, pelear y volver con lo que necesitamos. Ustedes son las mejores para eso.

 

Ember sonrió, ancha y orgullosa. Nira asintió, su expresión seria pero sus ojos brillando con determinación.

 

—No te arrepentirás —dijo Ember.

 

---

 

El portal las escupió en Ancient Warriors con su mezcla familiar de aire denso y aroma a bosque antiguo. El cielo, teñido de tonos ocres, se extendía sobre ellas como un viejo conocido.

 

—Huele a casa —murmuró Ember, aspirando profundo—. Hacía tiempo.

 

—Concéntrate —respondió Nira, aunque su voz no tenía el filo habitual—. Vinimos por coranium.

 

Se dirigieron a un puesto de avanzada que Ember conocía bien. Había mapas, gremios, cazadores de recompensas y suficiente ruido como para pasar desapercibidas. Mientras revisaban las proyecciones de posibles minas, una voz conocida las detuvo.

 

—¿Ember? ¿Nira?

 

Sintia estaba detrás de ellas. Su vestimenta había cambiado: una armadura elaborada, con insignias que denotaban un rango superior. En su cinturón colgaba una espada de coranium, oscura y letal.

 

Ember se giró y tardó un segundo en procesar. Luego una sonrisa le cruzó el rostro.

 

—Mira quién creció ¿Qué rango tienes ahora?

 

Sintia sonrió, modesta pero orgullosa.

 

—Naranja. Un poco más y alcanzo el rojo.

 

Ember soltó un silbido.

 

—Impresionante. Cuando te trajimos apenas si podías con una espada.

 

Nira observaba en silencio. Sus ojos se movieron de Sintia a Ember, procesando algo. Luego habló.

 

—Sigues sus consejos.

 

—Todos los días —respondió Sintia, con gratitud—. Sin ellos, no habría llegado hasta aquí.

 

Nira asintió, y algo en su expresión cambió. Comprendía, en ese momento, que Ember podía no ser la mejor en un grupo de estilos mixtos. Pero en su terreno, con sus reglas, pocos podían igualarla.

 

Sintia notó sus ropas de viaje, sus armas listas.

 

—¿Qué pasó? ¿Por qué están aquí?

 

Ember y Nira intercambiaron una mirada breve. Luego resumieron.

 

—Hiro recibió una paliza —dijo Ember, sin adornos—. Una muy mala. Ahora está en estasis. Necesitamos coranium para reponer su blindaje.

 

El rostro de Sintia se ensombreció.

 

—Lo siento mucho. Él... él me ayudó cuando más lo necesitaba.

 

—Por eso vamos a devolverle el favor —dijo Nira.

 

Sintia rebuscó en su bolsa y sacó un mapa, desplegándolo sobre la mesa.

 

—La semana pasada, un anciano herrero me pagó una misión con esto. Una espada de coranium y un mapa a una cueva cargada del mismo mineral. Puedo llevarlas.

 

Ember le dio un golpecito en el hombro.

 

—Eres un sol, pequeña.

 

---

 

Mientras caminaban hacia la cueva, Sintia contó su historia. Las misiones cumplidas, los monstruos derrotados, los guerreros que ahora la respetaban. Nira escuchaba en silencio, pero sus ojos reflejaban aprobación.

 

—¿Ves? —decía Ember entre medio—. Te dije que lo lograrías. Una guerrera de verdad no se rinde.

 

Llegaron a la cueva cuando la luz del sol empezaba a declinar. El interior brillaba con vetas oscuras incrustadas en la roca. Coranium puro.

 

Trabajaron rápido, arrancando el mineral con herramientas que Ember había traído. Llenaron dos cajas con esfuerzo, el metal pesando más de lo que aparentaba.

 

—Suficiente para varias placas —dijo Nira, satisfecha.

 

—Volvamos antes de que... —empezó Ember.

 

El rugido la interrumpió.

 

De las profundidades de la cueva emergió una masa de escamas rojas. Electricidad danzaba entre sus fauces, y sus ojos amarillos se fijaron en las intrusas con furia territorial.

 

—Rojolectro —dijo Ember, con un dejo de resignación—. Una especie de dragones. Y son territoriales. No nos dejará ir.

 

La bestia cargó.

 

---

 

El primer ataque fue devastador. Nira esquivó con su precisión característica, buscando un punto débil entre las escamas. Pero el dragón era más rápido de lo que aparentaba. Una garra la golpeó de refilón mientras seguía en el aire y la lanzó contra la pared de la cueva.

 

—¡Nira! —gritó Ember.

 

Se interpuso entre su compañera caída y la bestia. Sus espadas gemelas chocaron contra las garras del Rojolectro, chispas volando en todas direcciones. Sintia se unió al ataque, su espada de coranium buscando las junturas entre escamas.

 

La pelea se volvió un caos de poder bruto. Ember y Sintia atacaban con ferocidad, sus golpes erráticos pero contundentes, obligando al dragón a retroceder. La bestia respondía con garras y electricidad, hiriéndolas, desgastándolas.

 

Nira se incorporó. Su costado ardía, pero podía moverse. Y entonces lo sintió.

 

El Cristal Rojo en su pecho comenzó a brillar. No como antes. Brillaba con intensidad, como si quisiera decirle algo. Como si quisiera que se liberara.

 

—Suelta —parecía susurrar—. Suelta el control.

 

Nira cerró los ojos un instante. Pudo sentir el espíritu de lucha del alma de su hermana. Luego los abrió.

 

Y cargó.

 

---

 

Ember y Sintia estaban agotadas. El dragón herido, escamas rotas, sangre negra brotando de varias heridas. Pero seguía en pie.

 

Nira se abalanzó sobre su cabeza. Literalmente. Saltó, se agarró de las escamas del cuello y comenzó a cortar.

 

Sus movimientos eran imposibles. Su espada se movía a una velocidad que nunca había mostrado, golpeando una y otra vez el mismo punto. Las escamas resistían, pero ella no se detenía.

 

Ember y Sintia la miraron, asombradas. Sabían que no podría atravesar el blindaje del dragón. Pero lo que hizo después las dejó sin aliento.

 

Nira cambió el objetivo. Sus cortes se dirigieron a los ojos.

 

El dragón rugió, cegado. Sus garras golpearon el aire, inútiles.

 

—¡Ahora! —gritó Nira.

 

Ember y Sintia no dudaron. Se lanzaron bajo la cabeza del dragón, donde el cuello era más vulnerable, y clavaron sus espadas una y otra vez.

 

La bestia se desplomó. El impacto sacudió la cueva.

 

Silencio.

 

---

 

Ember jadeaba, apoyada en sus espadas. Sintia estaba de rodillas, agotada. Nira se dejó caer desde la cabeza del dragón y aterrizó sin elegancia, rodando sobre el suelo de la cueva.

 

Pasaron unos segundos. Luego Ember rió.

 

—¡Lo hicimos! —exclamó, sin aliento—. ¡Lo matamos!

 

Se acercó a Nira, tendiéndole una mano.

 

—Esa última jugada... ¿de dónde sacaste esa velocidad?

 

Nira aceptó la ayuda y se incorporó. Estaba cubierta de sangre negra del dragón. Literalmente empapada, chorreando, el líquido espeso escurriendo por su ropa y goteando al suelo.

 

—El cristal —dijo, sin notar su estado—. El espíritu de mi antepasadoma me ayuda atraves de el, me dijo cuándo ser agresiva. Pero nunca supe cómo. Hasta ahora.

 

Sintia se acercó, mirándola con admiración mezclada con algo de inquietud.

 

—Fue increíble —dijo—. Daba un poco de miedo, pero increíble.

 

Nira las miró a ambas. A Ember, cubierta de polvo y sudor. A Sintia, joven pero ya forjada en batalla.

 

—Ustedes me respetan a mí —dijo—. Pero yo las respeto a ustedes. Su forma de pelear no es la mía. Pero es efectiva. Es poderosa.

 

Se giró hacia Ember.

 

—Enséñame.

 

Ember parpadeó.

 

—¿Enseñarte? ¿A pelear como yo?

 

—A ser agresiva. A soltarme. El cristal me da la señal, pero no el camino. Tú tienes el camino.

 

Ember sonrió. Ancha, genuina, como hacía días que no sonreía.

 

—Trato hecho. Pero vas a sufrir.

 

—Lo sé.

 

---

 

Sintia y Ember se acercaron al cadáver del dragón y comenzaron a arrancar escamas, llenando una bolsa grande que Ember llevaba en su inventario.

 

—Esto puede servir más tarde —explicó Ember—. Las escamas de Rojolectro son resistentes y conducen energía. Aquí las usan para reforzar armaduras.

 

Nira observaba, aún cubierta de sangre, aún procesando lo que acababa de ocurrir. No hizo ademán de limpiarse.

 

Terminaron de recoger. Tenían las dos cajas de coranium y una bolsa repleta de escamas.

 

Se despidieron de Sintia entre abrazos y promesas de volver a verse.

 

—Cuiden a Hiro —dijo Sintia—. Y ustedes también cuídense.

 

---

 

El portal las escupió en el Jardín Cobalto. La luz de la esfera planetaria las recibió con su brillo habitual, pero las caras de los que estaban en la entrada no fueron tan acogedoras.

 

8-bit fue la primera en verlas. Flotaba cerca de la entrada haciendo alguna tarea rutinaria cuando levantó la vista y se quedó paralizada.

 

—¡Aaah! —gritó, retrocediendo—. ¡¿Qué... qué es eso?!

 

Kurenai, que patrullaba cerca, llegó corriendo alertada por el grito. Cuando vio a Nira, sus ojos se abrieron como platos.

 

—¿¡Nira!? —exclamó—. ¿¡Estás... estás bien!? ¡Estás cubierta de sangre!

 

Nira la miró sin comprender. Luego bajó la vista a su propio cuerpo y pareció notar por primera vez el estado en que se encontraba.

 

—Ah —dijo, con total naturalidad—. Es de un dragón. No es mía.

 

—¡Eso no mejora nada! —gritó 8-bit, aún temblando—. ¡Pareces salida de una masacre!

 

Nira se encogió de hombros.

 

—Fue una pelea. Pasa.

 

Ember, a su lado, no podía dejar de reír. Estaba igual de sucia, pero al menos no chorreaba sangre negra como su compañera.

 

En ese momento, Natsuki salió de la base, alertado por el revuelo. Vio a Nira, abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.

 

—Nira —dijo, con una calma que claramente requería esfuerzo—. Ve a lavarte. Ahora.

 

—Pero el coranium...

 

—Puede esperar. Tú no puedes seguir así.

 

Nira lo miró un momento, como si la orden no tuviera sentido. Luego, lentamente, asintió.

 

—Como digas.

 

Y se dirigió al interior de la base, dejando un rastro de gotas negras en el suelo.

 

Ember la siguió, todavía riendo.

 

—No es una máquina —admitió—. Pero casi no le importa nada

 

Kurenai negó con la cabeza, pero una sonrisa empezaba a formarse en sus labios.

 

8-bit aún temblaba.

 

—Nunca me acostumbraré a esto.

 

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Pasaron horas. El equipo de reparación —Natsuki, Zera, 8-bit— trabajó en el blindaje de Hiro con el coranium recién traído. Lograron reemplazar varias placas dañadas. El cuerpo de Hiro lucía menos destruido, más completo.

 

Pero sus ojos seguían cerrados. Su núcleo parpadeaba débil, constante.

 

—Es un avance —dijo Natsuki—. Pero no suficiente.

 

En la sala común, Nexo, Sora y Lyra repasaban los progresos de la Canción de Unión.

 

—90% —anunció Nexo—. Estamos más cerca.

 

—La melodía está casi completa —dijo Lyra—. Falta una nota. Una pieza.

 

—¿Y si no aparece? —preguntó Sora.

 

—Entonces tendremos que crearla.

 

La puerta se abrió. Miku entró.

 

Traía algo en las manos. Algo que nadie esperaba.

 

Era un traje. Completamente negro, con reflejos rojizos que bailaban con la luz de la sala. Las escamas de Rojolectro habían sido tejidas con una precisión imposible, formando un smoking elegante, casi ceremonial.

 

—El traje antiguo de Hiro quedó destruido —dijo Miku, con voz suave—. Pensé que necesitaría algo nuevo. Para cuando despierte.

 

El silencio fue absoluto.

 

Ember se acercó. Tocó una de las mangas, sintiendo la textura suave pero firme de las escamas. Sus ojos se humedecieron.

 

—En mi mundo —dijo, con voz ronca—, las escamas de Rojolectro son para reforzar armaduras. Para hacerlas más letales.

 

Levantó la vista.

 

—Nunca se me habría ocurrido hacer algo así. Es... es hermoso.

 

Nira asintió. Ya limpia, con su armadura restaurada, su expresión seria pero sus ojos brillando.

 

—Hizo falta una artesana, no una guerrera, para ver otra posibilidad. Buen trabajo, Miku.

 

Miku sonrió. Cansada, pero genuina.

 

—Solo quería que tuviera algo especial. Algo hecho por nosotros.

 

8-bit flotó cerca, maravillada.

 

—¿Crees que le gustará?

 

—Cuando despierte —dijo Miku, mirando el traje—, estará esperándolo.

 

El momento terminó con el traje colgado junto a la cápsula de Hiro, brillando suavemente en la penumbra.

 

Afuera, la noche seguía su curso.

 

Adentro, la esperanza crecía.

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