Saltar al contenido
Explorar novelas

Capítulo 26: El Peso De La Culpa

Virtual World Temporada 2 · por Yovannyx4gl · 17 de agosto de 2026

La penumbra de la sala de mapas apenas se iluminaba con las proyecciones flotantes. Nexo llevaba horas con los ojos fijos en las mismas secuencias, buscando un orden donde solo existía caos aparente.

 

—No entiendo —murmuró, frotándose la frente—. Debería haber una lógica. Los Caminantes no harían algo al azar.

 

Sora deslizó una taza frente a él. El líquido humeaba con un tono dorado.

 

—Bebe. Llevas doce horas sin parar.

 

—No tengo tiempo.

 

—Tienes el mismo tiempo que todos. El que usamos para no derrumbarnos.

 

Nexo la miró. Su hermana pequeña, la que siempre había sido la impulsiva, la que se metía en problemas. Ahora lo sostenía con una mirada que no admitía discusión.

 

Tomó la taza.

 

Lyra entró, su presencia etérea apenas perturbando el aire. Traía consigo un fragmento nuevo, rescatado de las ruinas días atrás.

 

—Este podría ser el que nos falta —dijo, colocándolo sobre la mesa—. Pero hay que integrarlo con cuidado.

 

—¿Cómo sabes que es el indicado? —preguntó Sora.

 

—No lo sé. Pero los fragmentos suelen llamarse entre sí. Como voces en la distancia.

 

Nexo observó la pieza. Pequeña, casi insignificante, pero palpitaba con una luz tenue.

 

—Pongámoslo a prueba.

 

Mientras tanto. 

 

Afuera, el ciclo lumínico de la esfera planetaria había alcanzado su punto más alto. El Jardín Cobalto parecía bañado en plata líquida, cada árbol blanco proyectando sombras alargadas sobre el césped azul.

 

Miku no veía nada de eso.

 

Estaba de pie junto a la entrada de la base, con los brazos cruzados, la mirada perdida en un punto que solo ella conocía. Su postura era rígida, como si cualquier movimiento pudiera romper algo que aún intentaba sostener.

 

Nira fue la primera en notarla. Había salido a estirar las piernas después de una sesión de entrenamiento particularmente intensa. Ember y Kurenai la seguían, sus pasos resonando en el suelo de tierra compacta.

 

—Otra vez ahí —murmuró Ember.

 

—Déjala —dijo Nira—. Ya irá.

 

—No va a ir —terció Kurenai, olfateando el aire—. Noto tormenta. Adentro.

 

Las tres se acercaron. Miku no se movió.

 

—¿Cuánto llevas? —preguntó Ember, sin preámbulos.

 

—No sé.

 

—No has comido.

 

—No tengo hambre.

 

Nira se colocó frente a ella, obligándola a sostenerle la mirada.

 

—Mírame.

 

Miku obedeció. Sus ojos estaban secos, pero había algo en ellos que preocupaba más que cualquier lágrima.

 

—Vas a lastimarte —dijo Nira—. Así no.

 

—Ya estoy lastimada.

 

—Peor. Vas a hacer algo de lo que te arrepientas.

 

Miku apretó la mandíbula. Un músculo saltó en su mejilla.

 

—Quiero que sufra —dijo, la voz tan baja que casi no se oía—. Quiero que sepa lo que duele. Quiero que grite. Quiero...

 

—Lo sé —la interrumpió Kurenai—. Lo sé. Y no te culpo. Yo también quiero eso.

 

Miku la miró, sorprendida.

 

—Pero mira a tu alrededor —continuó Kurenai—. Mira lo que construimos. Lo que él nos ayudó a construir. ¿Vas a quemarlo todo por ella? ¿Por darle lo que quiere?

 

—Ella no quiere nada de eso —dijo Miku—. Ella quiere vernos sufrir.

 

—Exacto. Y tú estás a punto de darle ese regalo.

 

El silencio se alargó. El viento movió las ramas de los árboles blancos, y por un instante, pareció que alguien más estaba allí, escuchando.

 

Ember dio un paso al frente.

 

—Mira, yo no soy buena con estas cosas. Las palabras, los sentimientos, todo eso. Pero sé una cosa: cuando peleamos, cuando estamos juntos, somos imparables. Cuando nos separamos, cuando cada uno va por su lado, perdemos.

 

—Ya perdimos —susurró Miku.

 

—Nos golpearon —corrigió Ember—. Pero no perdimos. Porque él sigue vivo. Porque tú sigues aquí. Porque ninguno se ha rendido.

 

Miku abrió la boca para responder, pero el sonido que salió no fue una palabra. Fue un sollozo. Luego otro. Luego un torrente que no pudo contener.

 

Nira la abrazó sin dudar. Kurenai se pegó a su espalda. Ember, después de un segundo de vacilación, puso sus manos sobre los hombros de Miku, formando un círculo imperfecto pero sólido.

 

—Déjalo salir —dijo Kurenai—. Todo. No guardes nada.

 

Y Miku lloró. Lloró por Hiro, por el miedo, por la rabia contenida. Lloró por cada noche que había pasado despierta imaginando lo peor. Lloró por todas las palabras que no había dicho y las que posiblemente ya no podía decir.

 

El viento se llevó sus lágrimas, dispersándolas entre los árboles blancos. En algún lugar, muy lejos, una figura observaba desde las sombras. Pero esta vez, no sonrió.

 

Pero no todo parecía mejorar. 

 

Dentro de la base, en la habitación donde Hiro yacía inmóvil, algo cambió.

 

Un parpadeo. Leve, casi imperceptible.

 

Luego otro.

 

Y otro.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Yovannyx4gl en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: La última guardia · Virtual World—The Other Plane · Héroes