Pasaron dos días desde la noche en que Hiro vio algo en la oscuridad. Dos días en los que el grupo continuó con sus rutinas, pero las fisuras comenzaron a notarse.
Hiro se había vuelto esquivo. Se ofrecía para los patrullajes más largos, los turnos más incómodos, cualquier excusa para estar solo. Cuando estaba con los demás, su mirada se perdía en el horizonte, sus respuestas eran cortas, mecánicas.
Miku lo observaba desde lejos. No preguntaba. No insistía. Pero sus ojos seguían cada uno de sus movimientos, buscando pistas, buscando respuestas que él no daba.
En el área de entrenamiento, Nira y Ember sostenían un combate fluido, sus cuerpos moviéndose en sincronía después de semanas practicando juntas. Ember lanzó una estocada que Nira desvió con precisión, y por un momento, la guerrera roja frunció el ceño.
—¿Dónde está el de metal? —preguntó, recuperando el equilibrio—. Hace días que no lo veo por aquí.
—Patrulla —respondió Nira, sin detenerse—. Dice que quiere cubrir el perímetro personalmente.
—¿Desde cuándo el estratega hace trabajo de centinela?
Nira no respondió. Pero su ceño se frunció ligeramente.
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Esa misma tarde, Zera interceptó a Hiro durante uno de sus patrullajes solitarios. Salió de entre los árboles sin hacer ruido, como era su costumbre, y se colocó a su lado.
—Tus patrones han cambiado —dijo, sin preámbulos—. Mayor tiempo en solitario. Menor interacción grupal. Explica.
—No hay nada que explicar —respondió Hiro, sin mirarla.
—Mientes.
—Aunque mintiera, no cambiaría nada.
Zera lo estudió un momento. Su rostro no mostraba emoción, pero algo en su procesamiento quedó inquieto. Luego se dio la vuelta y se fue, dejando a Hiro solo con sus pensamientos.
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En la sala común, 8-bit y Lyra trabajaban sin descanso en los fragmentos de la Canción de Unión. Habían alcanzado el 70%, y la melodía comenzaba a tomar una forma casi completa.
Pero 8-bit notó algo extraño.
—Hay interferencia —dijo, señalando una frecuencia en la proyección—. No es del entorno. Alguien más está usando energía cerca.
—¿Oraculum? —preguntó Lyra.
—No. Es diferente. Como si viniera de alguien que no debería existir.
8-bit guardó la información, pero no supo qué hacer con ella.
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Al día siguiente, Natsuki convocó al grupo.
—Lyra cree que hay más ruinas al este —anunció—. Podrían contener los fragmentos que nos faltan para completar la canción. Vamos a necesitar un equipo grande para explorar y proteger la zona.
Se organizaron rápido. Natsuki, Lyra, Nexo, Sora, Ember, Nira, Kurenai y 8-bit se prepararon para la expedición. Miku negó con la cabeza cuando le preguntaron.
—Me quedo —dijo—. Quiero hablar con Hiro.
—Yo también —dijo Zera—. Alguien debe custodiar la base.
El grupo expedicionario partió al mediodía, dejando atrás un silencio que pronto se volvería pesado.
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Miku encontró a Hiro en la sala de monitoreo, solo frente a las pantallas. Las lecturas mostraban lo mismo de siempre: nada concluyente, nada nuevo.
—Ya no puedes seguir evitándome —dijo ella, desde la puerta.
—No te evito —respondió él, sin mirarla—. Solo necesito espacio.
—Espacio para qué. Para cargar solo lo que viste esa noche.
Hiro no respondió. Sus dedos recorrían la consola sin rumbo, un gesto que Miku conocía bien. Era lo que hacía cuando procesaba algo que no podía resolver con lógica.
Ella se sentó a su lado.
—No te pido que me cuentes —dijo, en voz baja—. Solo quiero que sepas que no estás solo.
Pasaron minutos en silencio. El zumbido de los equipos llenaba la sala. Por un momento, casi parecía que todo estaba bien.
Pero la paz se cortó.
La ventana explotó sin advertencia.
Hiro y Miku se tiraron al suelo por instinto de lucha, cristales de datos volaron por la sala mientras una figura entraba como un proyectil. Zera reaccionó al instante, lanzándose hacia ella, pero la figura bloqueó y lanzó un golpe que la impactó de lleno y la lanzó contra la pared. Zera cayó aturdida, sus sistemas parpadeando.
Hiro se levantó de un salto, su cuerpo en posición de combate. Pero cuando vio quién era, algo en él se congeló.
Azura estaba frente a él. Sus ojos rosados brillaban en la penumbra de la sala destruida. Su cuerpo mostraba las marcas de los años, pero también una nueva energía, algo oscuro que pulsaba bajo sus placas.
—Te dije que volvería —dijo, con una voz que era la misma pero también diferente—. Solo no dije cuándo.
Miku intentó moverse, pero Azura levantó una mano sin siquiera mirarla. Un proyectil de energía rosa la golpeó y clavó su mano contra la pared, inmovilizándola sin matarla.
—Tú y yo tenemos cuentas —dijo Azura, centrando toda su atención en Hiro—. años de cuentas.
Hiro atacó primero. Su cañón disparó una ráfaga directa al pecho de Azura. Ella la esquivó con una velocidad que no debería tener, moviéndose como si el aire no opusiera resistencia. Antes de que Hiro pudiera reajustar su puntería, ella ya estaba sobre él.
El primer golpe lo alcanzó en el costado. Hiro lo bloqueó, pero la fuerza lo hizo retroceder varios metros, sus pies arañando el suelo. El segundo golpe vino inmediatamente después, y luego otro, y otro.
Hiro intentó cubrirse, pero Azura seguía teniendo ese alto nivel de combate. Sus golpes encontraban siempre un hueco, una grieta, un punto débil, y con una potencia superior a la suya. La defensa de Hiro comenzó a caerse, El brazo izquierdo dejó de responder. Luego la pierna derecha. El brillo de sus ojos parpadeó, emitió un destello errático, y se apagó.
Hiro cayó de rodillas. Su cuerpo humeaba, las placas de metal rotas, los cables expuestos, el núcleo seguía encendido, aún "respiraba". Aún procesaba.
Azura se detuvo frente a él, jadeando. Una sonrisa salvaje cruzó su rostro.
—Pase cada día… —dijo, casi saboreando las palabras—. Cada día imaginando este momento. Soñando con él. Y ahora... ahora termina.
Llevó su mano a su espalda, donde tenía su vieja cuchilla, lista para el golpe final.
Pero algo se escuchó.
Un rugido cortó el aire.
Kurenai entró como una exhalación por la ventana rota, sus garras brillando con energía. No venía sola. Detrás de ella, 8-bit disparó un rayo eléctrico desde el marco, y Miku, liberandose, aprovechó la distracción, lanzó un empuje sónico que desestabilizó a Azura.
Las tres golpearon al mismo tiempo. Garras, electricidad y sonido convergieron en un solo punto, obligando a Azura a retroceder.
Detrás de ellas, el resto del grupo comenzó a llegar. Ember entró primera, sus espadas listas. Nira la siguió, su hoja plateada brillando. Natsuki, Nexo, Sora y Lyra ocuparon las entradas, bloqueando cualquier posible retirada.
Azura los miró. Diez contra una. Incluso ella sabía cuándo retirarse.
—Esto no termina aquí —dijo, con una voz que prometía violencia futura—. Volveré. Y cuando lo haga, no habrá nadie para protegerlo.
No saltó por la ventana, lanzó un disparo al techo con su rifle antiguo pero funcional, y salió por ahí para luego desaparecer en la noche.
Nadie la persiguió. No podían.
Porque cuando se giraron, vieron a Hiro en el suelo.
No estaba muerto. Su núcleo seguía funcionando débilmente, un último suspiro de sus sistemas. Pero sus ojos estaban cerrados. Su cuerpo, inerte. Su traje estaba rasgado y por el mismo se veían grietas que recorrían su armadura como ríos de metal roto.
Miku cayó de rodillas a su lado. Sus manos tocaron el metal frío, las placas desprendidas, los cables que colgaban inertes.
—Hiro —dijo, su voz quebrada—. Hiro, despierta...
No respondió.
8-bit se acercó temblando, sus pequeños dedos rozando la frente de Hiro. Escaneó. Procesó. Y cuando habló, su voz era apenas un susurro.
—Sus sistemas... están en modo de protección extrema. Es como si... como si hubiera pasado todo al núcleo para no morir.
Natsuki se arrodilló al otro lado. Su rostro estaba pálido, sus manos temblaban.
—¿Está...?
—Vivo —dijo 8-bit—. Pero en coma. Sin las reparaciones adecuadas... no despertará.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
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Cargaron a Hiro hasta su cápsula de mantenimiento con una lentitud ceremonial. Zera, ya recuperada del golpe, se sentó junto a él y no se movió. No dijo nada. No necesitaba hacerlo.
Miku no se separó de su lado. Su mano sostenía la de él, fría e inerte, como si pudiera transmitirle vida con solo tocarlo.
Natsuki intentó organizar algo, dar instrucciones, hacer algo útil. Pero las palabras no salían. Se quedó en un rincón, mirando la escena sin poder procesarla.
Kurenai se sentó en el suelo, abrazándose las rodillas. Su mirada estaba perdida, fija en un punto que solo ella veía.
Ember apretaba sus espadas con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon.
Nira permanecía de pie, inmóvil, como una guardiana que no pudo proteger a los suyos.
Sora lloraba en silencio, abrazada a Nexo, que no encontraba palabras para consolarla.
Lyra observaba todo desde la distancia. Conocía esa escena. La había vivido antes, hacía siglos. Sabía lo que era perder. Sabía lo que era esperar.
Azura se había ido, pero su sombra se cernía sobre ellos más grande que nunca.
La noche no terminaba. Y en el silencio de la base, solo se escuchaba el débil latido de los sistemas de Hiro, luchando por mantenerlo con vida.