El grupo estaba disperso en sus actividades habituales, pero algo en el ambiente había cambiado en los últimos días. Una tensión silenciosa que nadie mencionaba en voz alta, pero que todos sentían en algún lugar del pecho.
En la sala de monitoreo, Hiro repasaba las lecturas de los sensores una vez más. Los mismos patrones, las mismas anomalías esquivas. Nada nuevo, nada concluyente. Pero no podía dejar de mirar. Algo en esos datos le decía que no era ruido aleatorio. Era una firma. Alguien estaba ahí fuera, moviéndose con paciencia, esperando.
Miku entró sin hacer ruido, una taza humeante en las manos. La colocó a su lado y se sentó en el borde de la consola, observándolo en silencio. No preguntó qué miraba. No preguntó qué pensaba. Solo se quedó allí, acompañándolo.
Hiro apartó la vista de la pantalla un momento y la miró. No dijo nada, pero sus dedos, fríos y metálicos, rozaron los de ella. Un gesto pequeño, casi imperceptible. Pero para Miku, fue suficiente.
---
En el área de entrenamiento, el sonido de acero contra acero resonaba con una cadencia que ya era familiar. Ember y Zera llevaban media hora combatiendo, y el intercambio era más parejo que nunca.
Ember atacaba con su fuerza bruta característica, pero sus movimientos habían ganado una fluidez que antes no tenía. Sus espadas gemelas trazaban arcos amplios, obligando a Zera a retroceder. Pero Zera, con su precisión quirúrgica, encontraba siempre el ángulo justo para esquivar y responder con ataques rápidos y letales.
—Has mejorado —dijo Zera, esquivando un golpe que habría partido a cualquier otro.
—¡Claro! —respondió Ember, sonriendo mientras giraba para lanzar una estocada—. Tuve una buena maestra.
Zera bloqueó el ataque y contraatacó con una serie de golpes rápidos que Ember apenas logró esquivar. Pero no retrocedió. En lugar de eso, se lanzó hacia adelante, buscando el cuerpo a cuerpo.
Zera no esperaba esa reacción. Ember logró conectar un golpe de refilón en su hombro, y Zera rodó para recuperar distancia. Cuando se levantó, había algo nuevo en sus ojos. No era dolor. Era... ¿aprobación?
—No era ella —dijo Zera.
—¿Qué? —preguntó Ember, deteniéndose.
—Tu maestra no fui Nira. Fuiste tú. La que quería mejorar.
Ember parpadeó, desconcertada. Zera nunca decía cosas así. Sus observaciones eran siempre técnicas, siempre distantes. Pero esto... esto era diferente.
—¿Eso fue un cumplido? —preguntó Ember, incrédula.
Zera guardó silencio un momento. Luego, con esa expresión impasible que la caracterizaba, respondió:
—Fue una observación. Pero sí.
Ember no supo qué decir. Bajó las espadas, y por un momento, las dos guerreras se miraron sin hostilidad. Había respeto, sí, pero también algo más. Algo que se parecía a la amistad.
—Deberíamos hacer esto más seguido —dijo Ember, recuperando la sonrisa.
—Afirmativo —respondió Zera.
---
En la sala común, 8-bit y Lyra trabajaban juntas sobre los fragmentos de la Canción de Unión. La pequeña IA había logrado ensamblar casi el 60% de la melodía, y por primera vez, podían escuchar fragmentos completos.
—Esto es increíble —dijo 8-bit, sus ojos brillando con entusiasmo—. Cada fragmento encaja como si hubiera sido diseñado para unirse.
Lyra asintió, una sonrisa triste en sus labios.
—Lo fue. Los Caminantes construían sus canciones así. Cada voz, cada nota, era una pieza de un todo mayor.
—¿Y si juntamos todo? —preguntó 8-bit—. ¿Qué pasará?
Lyra guardó silencio un momento, mirando las ondas de luz que proyectaba la melodía.
—No lo sé. Hace siglos que no se canta completa.
Nexo y Sora estaban cerca, Nexo ayudando con las traducciones de los símbolos más complejos con la traducción de 8-bit. Sora, como siempre, hacía preguntas sin parar.
—¿Había Caminantes como tú en todos los mundos? —preguntó, señalando un fragmento que mencionaba "los que viajan".
—En muchos —respondió Lyra—. Viajábamos. Ayudábamos. Pero nunca nos quedábamos.
—¿Por qué? —preguntó Nexo, levantando la vista de sus anotaciones.
—Porque quedarse duele más que irse. Cuando te quedas, ves cómo todo termina. Cuando te vas, recuerdas lo que fue.
Sora y Nexo intercambiaron una mirada. No dijeron nada, pero las palabras de Lyra resonaron en ellos de una manera que no esperaban.
---
En el perímetro, Nira y Kurenai patrullaban juntas, como tantas otras veces. La luz comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos violáceos. Pero Kurenai no miraba el paisaje. Su nariz trabajaba sin descanso, buscando ese olor que no la dejaba en paz.
—Sigues pensando en eso —dijo Nira.
—No puedo evitarlo —respondió Kurenai—. Está ahí. Siempre ahí. Es imposible ignorarlo.
—¿Y qué crees que es?
Kurenai frunció el ceño, intentando poner en palabras lo que sus instintos le decían.
—No lo sé.
Nira caminó en silencio un rato, pensando.
—Sea lo que sea, tarde o temprano lo veremos —dijo al fin—. Nosotros lo sabemos bien.
—¿Y si nunca lo hace?
Nira se detuvo y la miró. Sus ojos, siempre serenos, tenían una intensidad nueva.
—Entonces lo cazaremos nosotros.
Kurenai asintió, pero no dijo nada. El olor seguía ahí. Más cerca que nunca.
---
La noche cayó sobre el Jardín Cobalto. La esfera planetaria en el cielo se atenuó, sumiendo el paisaje en una oscuridad salpicada por el brillo tenue de los árboles blancos. El grupo se preparaba para descansar, pero nadie lograba conciliar el sueño.
Natsuki organizó los turnos de guardia con su habitual meticulosidad. Intentó que todos descansaran, pero sabía que era inútil. La tensión de los últimos días pesaba sobre ellos como una manta mojada.
Hiro se ofreció para la primera guardia. Solo, en el perímetro.
Miku lo observó desde la entrada de la base. Quería seguirlo, quería estar a su lado. Pero algo le decía que él necesitaba ese momento a solas. Que había algo que tenía que enfrentar por sí mismo.
—Volveré —dijo Hiro, sin mirarla.
—Lo sé —respondió ella.
Y él se adentró en la noche.
---
Las horas pasaron lentas. El silencio era absoluto, roto solo por el susurro del viento entre los árboles. Hiro recorría el perímetro con pasos mecánicos, sus sentidos al máximo, sus sistemas procesando cada variación mínima en el ambiente.
Y entonces, lo sintió.
No fueron los sensores. No fue un sonido. Fue algo más primitivo, más profundo. La certeza de que ya no estaba solo.
Se detuvo en medio del claro, sin moverse. Sus ojos escanearon la oscuridad, buscando, esperando.
Una figura emergió de entre los árboles.
Salió lentamente, sin prisas, como si tuviera toda la noche del mundo. Su silueta era reconocible, aunque los años la habían marcado. El cabello, antes cuidado, ahora era una melena desordenada. La armadura, antes brillante, ahora mostraba grietas y desgaste. Pero los ojos... los ojos eran los mismos. Y brillaban con una luz rosa, intensa, inconfundible.
Hiro la reconoció al instante. Su cuerpo se tensó, listo para el combate. Pero no atacó. Algo en la forma en que ella se movía le decía que no había venido a pelear. No todavía.
Ella se detuvo a varios metros. Distancia suficiente para hablar. Distancia suficiente para atacar si era necesario.
—Cypher-7 —dijo, y su voz tenía un eco extraño, como si algo más hablara a través de ella—. Zero o… Hiro. Como prefieras.
Hiro no respondió. Solo la miró, procesando lo imposible.
—Siete años —continuó ella—. Siete años buscándote. Atraves de un vortice, mundos, lugares silenciosos. Y ahora... aquí estás.
—No deberías estar viva —dijo Hiro al fin. Su voz era plana, pero había algo en ella. Algo que podría haber sido sorpresa, o tal vez temor. Y como no, pues estaba viendo frente a el a Azura Skye, o lo que queda.
Azura sonrió. Era una sonrisa rota, que no llegaba a sus ojos.
—No lo estoy. No del todo. Pero suficiente. Suficiente para terminar lo que empezamos.
—Viniste a matarme —dijo Hiro.
—A ti y a los tuyos. A los que me humillaron. A los que me dejaron por muerta.
—No nos dejaste opción.
—Siempre hay elección. Ella eligió disparar. Tú elegiste humillarme una y otra vez. Yo elegí volver.
El odio en su voz era palpable, una presencia física que llenaba el espacio entre ellos. Pero había algo más. Algo que Hiro no podía identificar. Una nota discordante en su tono, una sombra en sus palabras.
—No esta noche —dijo Azura, dando un paso atrás—. Solo quería que supieras que estoy aquí. Que te espere. Que cuando venga, será la última vez.
—¿Por qué esperar? —preguntó Hiro.
Azura sonrió de nuevo. Esa sonrisa rota.
—Porque quiero que lo pienses. Quiero que imagines cada segundo, cada minuto, cada hora. Quiero que sepas que vendré, pero no cuándo. Que estaré observando, esperando el momento.
Otro paso atrás.
—Disfruta tus últimas noches, Cypher. Las contaré.
Y entonces, simplemente, se desvaneció. No corrió, no huyó. Se fundió con la oscuridad entre los árboles como si nunca hubiera estado allí.
Hiro se quedó inmóvil. Sus sistemas registraron todo, cada palabra, cada gesto. Pero no había nada que perseguir. Solo silencio. Solo la noche.
Pasaron minutos. Luego más.
Cuando finalmente se movió, regresó a la base con pasos lentos, cada uno más pesado que el anterior.
---
Miku lo esperaba en la entrada. No había dormido. No había podido.
—Hiro —dijo, cuando lo vio aparecer.
—No pasó nada —respondió él, automáticamente.
—No me mientas.
—hablo en serio.
—Miku siguió insistiendo, pero Hiro fue firme, la convenció de que fuera a dormir, a lo que Miku cedió. Pero se fue con la certeza de que Hiro vio algo que lo sacó de lugar, y lo peor es que tenía razón.