La luz de la tarde se filtraba entre los árboles blancos, tiñendo el Jardín Cobalto de tonos dorados y violetas. El grupo estaba disperso, cada uno en sus tareas habituales, pero algo en el ambiente era diferente. Una tensión silenciosa que nadie mencionaba en voz alta, pero que todos sentían.
En la sala de monitoreo, Hiro y 8-bit trabajaban junto a Lyra en los fragmentos de la Canción de Unión. La pequeña IA había logrado ensamblar las nuevas grabaciones de las ruinas, y por primera vez, la melodía comenzaba a tomar forma.
—Escuchen —dijo Lyra, cerrando los ojos mientras la secuencia sonaba—. Este es el llamado. La voz de los Caminantes cuando querían reunirse.
La melodía era suave, casi triste, pero con una calidez que envolvía. Hiro procesó cada nota, cada variación.
—Hay una estructura repetitiva —observó—. Como un diálogo. Una pregunta y una respuesta.
—Exacto. Los Caminantes no hablaban como ustedes. Cantaban. Y la canción siempre respondía.
—¿Puede usarse para algo más? —preguntó 8-bit—. ¿Además de comunicarse?
Lyra dudó.
—Hay quienes decían que la canción completa podía abrir caminos. No portales, como los que conocen. Algo más sutil. Más... natural. Como si el mundo mismo se doblara para dejarte pasar.
Hiro anotó mentalmente el dato. Abrir caminos. Eso podría ser útil.
Mientras tanto, en el exterior, Kurenai recorría el perímetro con paso lento, su nariz trabajando sin descanso. Llevaba días haciéndolo, aunque no encontraba nada concluyente. Pero hoy, algo era diferente.
Se detuvo en seco.
El olor estaba ahí. Más fuerte que nunca. No era una amenaza clara, no era un peligro inmediato, pero estaba. Como una presencia que se sabía observada, pero que no se mostraba.
—Otra vez —murmuró para sí misma.
Regresó a la base con el ceño fruncido.
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En la zona de entrenamiento, Ember y Nira practicaban con una intensidad que bordeaba lo obsesivo. Los golpes de Ember eran más precisos que antes, sus movimientos menos impulsivos. Nira, como siempre, era un muro de calma y técnica.
—Estás distraída —observó Nira, bloqueando un ataque.
—No —mintió Ember.
—Sí. Tus golpes tienen fuerza, pero les falta convicción. ¿Qué pasa?
Ember bajó las espadas, algo que nunca hacía en medio de un entrenamiento.
—Es ese olor del que habla Kurenai. Y esas observaciones de Hiro. Algo está ahí fuera, Nira. Algo nos observa. Y no me gusta no saber qué es.
—A nadie le gusta.
—Pero tú pareces tan tranquila siempre. ¿No te preocupa?
Nira la miró con esa expresión que tenía, la que no revelaba nada pero lo decía todo.
—Preocuparme no cambiará nada. Estar alerta, sí. Y lo estamos.
Ember suspiró.
—A veces desearía ser como tú.
—No —dijo Nira, con una pequeña sonrisa—. El mundo necesita guerreras como tú. Las que sienten, las que se preocupan. Eso también es fuerza.
En la cocina, Sora y Miku preparaban la cena. El ambiente era más relajado, aunque la sombra de la tensión general se colaba también allí.
—Oye, Miku —dijo Sora, mientras cortaba frutas—. Háblame de Natsuki.
Miku la miró, sorprendida.
—¿Natsuki? ¿Por qué?
—Coordina las misiones y es un gran estratega, además de ser buen peleador, impresionante cuando se es tan joven, ¿no? .
—Lo mismo se aplica a ti, no solo sabes lanzar hechizos, podría decir que tienes un talento nato con la espada —respondió Miku—. Si lo que buscas es acercarte más a el solo pídele un duelo y listo.
—Bien —Sora no sabía que le dio razón a Miku sin querer —¿Espera, que?
—Nada —lo negó, pero Miku tenía una sonrisa burlona en el rostro.
Sora simplemente la ignoró.
En el perímetro, Nexo y Zera revisaban los sensores y las defensas. Era una tarea rutinaria, pero Nexo la tomaba con la seriedad de quien sabe que cualquier descuido puede ser fatal.
—Estos patrones —dijo, señalando una pantalla—. Hiro tiene razón. No son aleatorios. Alguien está explorando el área, buscando algo.
—¿Puedes determinar qué? —preguntó Zera.
—No. Es como si la firma cambiara cada vez. Como si quien sea que está ahí supiera cómo evitar ser rastreada.
—Inteligente.
—O entrenada. Alguien que sabe moverse sin ser visto.
Zera guardó silencio un momento.
Nexo la miró.
—¿Alguna idea?
—No lo sé. Pero sería lógico. Si nos busca, sabría cómo no ser detectado.
La conversación quedó flotando, incómoda, sin conclusiones.
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Al caer la noche, Natsuki reunió al grupo.
—Kurenai dice que el olor está más cerca. Hiro confirma que las lecturas son consistentes. Algo nos está buscando. No sabemos qué es, pero está ahí.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Ember—. ¿Esperamos a que llegue?
—No. Saldremos a investigar. Un equipo pequeño. Kurenai, Hiro y yo. El resto se queda protegiendo la base.
—¿Estás seguro? —preguntó Miku—. Podría ser peligroso.
—Por eso vamos los tres. Si es algo que podemos manejar, lo haremos. Si no, al menos sabremos a qué nos enfrentamos.
—Iré contigo —dijo Zera, levantándose.
—No. Tú eres la segunda mejor navaja Suiza después de Hiro. Si algo pasa, te necesito aquí.
Zera asintió, aunque su expresión mostraba que no le gustaba la idea.
El equipo de exploración salió minutos después. Kurenai guiaba, siguiendo el rastro con su olfato. Hiro monitoreaba las lecturas. Natsuki iba alerta, espada lista.
Caminaron durante horas. El olor se hacía más fuerte, las lecturas más claras, pero nunca encontraban nada. Como si lo que buscaban se moviera justo cuando estaban por alcanzarlo.
—Esto no tiene sentido —dijo Kurenai, frustrada—. El olor está aquí. Debemos estar encima.
—Las lecturas indican presencia —confirmó Hiro—. Pero cada vez que nos acercamos, la firma se desvanece.
—Como si supiera que la estamos buscando —dijo Natsuki—. Como si estuviera jugando con nosotros.
Regresaron a la base de madrugada, sin respuestas.
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El grupo descansaba, pero nadie dormía bien. En el perímetro, Hiro hacía guardia solo, mirando al horizonte. La noche era tranquila, casi pacífica.
Y entonces, lo vio.
Una figura, entre los árboles. No se escondía. Solo observaba.
Sus ojos brillaban con una luz rosa, tenue pero inconfundible. Su postura era de alguien que esperaba, que había esperado mucho tiempo.
Hiro se tensó, listo para atacar. Pero la figura no se movió. Solo lo miró.
Pasarían segundos. Una eternidad.
La figura sonrió. Una sonrisa que Hiro conocía. Una sonrisa que no debería ser posible.
Y luego, sin prisa, se desvaneció entre los árboles.
Hiro no se movió. No podía.
Pero no por miedo o preocupación. Sino por el disgusto de quien ve una tarea sin terminar.