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Capítulo 21: Ecos En La Distancia

Virtual World Temporada 2 · por Yovannyx4gl · 16 de agosto de 2026

La luz del amanecer se filtró por las ventanas de la base como lo hacía cada mañana desde que la instalaron en aquel claro rodeado de árboles blancos. Pero esta mañana, algo en el aire era diferente. No era una amenaza clara, no era un peligro inminente. Era una sensación. Como cuando se sabe que alguien está mirando, aunque no se pueda ver.

 

—¿Dormiste bien? —preguntó 8-bit.

 

—Sí —respondió Kurenai, aunque su nariz se movió ligeramente, como si olfateara algo—. Pero... hay un olor raro.

 

—¿Raro? —preguntaron Miku y Hiro al unísono, pensando que hablaba de la comida.

 

—No lo sé. Muy tenue. Como algo que conocí hace mucho, pero no recuerdo dónde.

 

Nira, que estaba sentada cerca, la miró con atención.

 

—¿Puedes describirlo?

 

—Es... metálico. Pero no como el metal normal. Como acero viejo, mezclado con... no sé, ¿energía? Como después de una tormenta.

 

—Puede ser tu imaginación —dijo Ember, con la boca llena de fruta—. Después de tantas peleas, uno empieza a ver cosas donde no las hay.

 

Kurenai frunció el ceño, pero no discutió.

 

Más tarde, Hiro y 8-bit estaban en la sala de monitoreo, trabajando en los fragmentos de la Canción de Unión que Lyra les había proporcionado. Los patrones eran complejos, hermosos en su estructura, pero también frustrantemente incompletos.

 

—Esta sección aquí —dijo 8-bit, señalando una onda en la pantalla— parece repetirse cada cierto tiempo. Como un estribillo.

 

—Sí —respondió Hiro—. Pero falta el contexto. Necesitamos más fragmentos.

 

—Lyra dijo que podría haber más ruinas. ¿Deberíamos buscar?

 

—Tal vez. Pero primero...

 

Hiro se detuvo. Sus ojos se fijaron en una esquina de la pantalla, donde los sensores de largo alcance mostraban una pequeña fluctuación.

 

—¿Qué? —preguntó 8-bit.

 

—No lo sé. Una anomalía. Muy pequeña. En el límite del alcance.

 

—¿Oraculum?

 

—No. La firma es diferente. Es más... antigua. Más lenta.

 

—¿Más lenta?

 

—Como si alguien estuviera moviéndose con mucho cuidado. No para atacar, como si buscara algo.

 

8-bit procesó la información.

 

—¿Alguien nos está buscando?

 

—No lo sé. Pero no es la primera vez que veo estas lecturas.

 

Hizo una pausa.

 

—Llevan días apareciendo.

 

---

 

Esa tarde, el grupo se reunió para planear la siguiente expedición. Lyra había llegado al punto neutral, y su presencia, aunque ya familiar, seguía teniendo ese aire de misterio que la envolvía todo.

 

—Hay más ruinas —dijo, señalando un punto en el mapa que Natsuki había dibujado—. Aquí. Al norte. Solía ser un lugar de reunión. Donde los Caminantes compartían historias.

 

—¿Crees que allí haya más fragmentos de la canción? —preguntó Nexo.

 

—Es posible. Los Caminantes grababan sus canciones en las piedras. Si las ruinas están intactas…—

 

Todos la miraron, esa oración no tenía sentido. 

 

—… podríamos encontrar algo— terminó de decir.

 

—Entonces iremos —decidió Natsuki—. Miku, Hiro, Kurenai, 8-bit y yo. Lyra, ¿nos guías?

 

—Por supuesto.

 

Esta vez no solo Ember cruzó los brazos, Nira también.

 

—¿Otra vez me quedo?

 

—Alguien tiene que proteger la base —dijo Natsuki, con una sonrisa—. Y ustedes son los mejores para eso.

 

Ember y Nira desviaron la mirada, pero no pudieron evitar una sonrisa.

 

—Bueno, al menos reconoces mi talento —dijo Ember. 

 

—Gracias supongo —dijo Nira. 

 

Nexo, que había estado en silencio, aprovechó el momento para preguntar:

 

—Oye Hiro, el juego que contruiste, ahora mundo "próspero" ¿Cómo es?

 

Hiro lo miró, sorprendido por la pregunta.

 

—Es un mundo de combate. Un coliseo eterno donde los luchadores se enfrentan por gloria y recursos. Todo está hecho de metal y luz. Las reglas son simples: sobrevive o muere.

 

—Suena brutal —dijo Nexo.

 

—Lo es.

 

Sora, que había estado escuchando, se animó a hablar:

 

—Yo quisiera jugar eso. Por como lo explicas, es uno de los MMORPG más difíciles que existen. Requiere de jugadores «hábiles» —se señaló a si misma con orgullo —para completarlo.

 

Miró a Hiro con admiración.

 

Hiro no respondió, pero algo en su expresión —una pequeña curva— sugería que el comentario no le desagradaba.

 

—Tal vez algún día pueda jugarlo —continuó Sora, ilusionada—. Quiero decir, si es tan difícil, debe ser un reto increíble.

 

—Si quieres retos —dijo Ember—, ven a mi mundo. Ahí sí que hay peleas de verdad.

 

—¡Cada quien con su mundo! —rió Sora.

 

---

 

El viaje hacia el norte fue tranquilo. El Jardín Cobalto se extendía a su alrededor en toda su belleza alienígena: árboles blancos más altos que los de la zona central, colinas suaves cubiertas de césped azul marino, y en el cielo, la enorme esfera planetaria que parecía observarlos desde siempre.

 

Pero Kurenai no podía quitarse una sensación de inquietud.

 

—Ese olor —dijo, en voz baja—. Sigue ahí. Como un eco.

 

—¿El mismo de esta mañana? —preguntó Miku.

 

—Sí. Pero más fuerte. Como si nos estuviéramos acercando a algo.

 

—¿A la ruina?

 

—No lo sé. Es diferente. Es... conocido. Pero no sé de dónde.

 

—Intenta describirlo otra vez —pidió Natsuki.

 

Kurenai cerró los ojos, concentrándose.

 

—Es metal. Pero no metal cualquiera. Es como... acero de combate. El que pasa por muchas cosas. Mezclado con algo más. Algo que no debería estar ahí. Como algo puro.

 

—¿Metálico y puro? —preguntó 8-bit, confundida.

 

—No sé explicarlo mejor. Es como si algo que debería estar quieto se estuviera moviendo.

 

Hiro, que caminaba unos pasos adelante, no dijo nada. Pero sus sensores estaban al máximo, y algo en su procesamiento le decía que Kurenai no estaba equivocada.

 

---

 

Llegaron a las ruinas cuando la luz comenzaba a descender. Eran más grandes que las primeras: pilares caídos formando círculos concéntricos, losas de piedra con grabaciones apenas visibles, y en el centro, otro círculo de tierra negra, similar al de las primeras ruinas.

 

—Aquí —dijo Lyra, con una mezcla de nostalgia y tristeza—. Aquí solíamos reunirnos. Contar historias. Cantar.

 

8-bit comenzó a escanear las piedras frenéticamente.

 

—¡Hay marcas! ¡Muchas! Algunas están borradas, pero otras... ¡otras están intactas!

 

—¿Podemos recuperar la canción? —preguntó Miku.

 

—Tal vez. Llevará tiempo, pero... sí, creo que sí.

 

Mientras 8-bit trabajaba, Kurenai recorrió el perímetro de las ruinas, su nariz en movimiento constante. Y entonces, se detuvo.

 

—Aquí —dijo—. El olor es más fuerte aquí.

 

Natsuki se acercó.

 

—¿Qué es?

 

—No lo sé. Pero no es de las ruinas. Es... reciente. Como si alguien hubiera estado aquí. No mucho, pero sí.

 

—¿Uno de nosotros?

 

—No. Es diferente. Es ese olor del que hablé. Y algo más... algo que no sé identificar.

 

—¿Alguien de otro mundo? —preguntó Miku.

 

—Podría ser. Pero no de los que conocemos.

 

Natsuki y Hiro intercambiaron una mirada. Ambos pensaron en lo mismo, pero ninguno dijo nada. Era imposible. El cuerpo estaba en un lugar oculto. Nadie podría encontrarlo. Y aunque alguien lo hiciera y lo reanimara, ¿cómo habría encontrado el portal? No tenía sentido.

 

—Volvamos —dijo Natsuki—. 8-bit, ¿tienes suficiente?

 

—¡Sí! Tengo grabados varios fragmentos. Con estos, más los que ya tenemos, podríamos reconstruir una parte importante de la canción.

 

—Entonces vamos.

 

El regreso fue más rápido, pero también más tenso. Kurenai no dejaba de olfatear el aire, y Hiro no dejaba de monitorear sus sensores. Las lecturas anómalas seguían ahí, siempre en el límite, siempre esquivas.

 

---

 

Esa noche, en la base, el grupo cenó en un silencio cargado de pensamientos. Kurenai había compartido lo del olor, pero nadie quería sacar conclusiones apresuradas. Podía ser cualquier cosa. Un animal, un nativo perdido, un eco de algún mundo lejano.

 

—Mañana seguiremos con la canción —dijo Natsuki—. Si podemos reconstruirla, tal vez Lyra pueda enseñarnos a usarla.

 

—Sería un honor —dijo Lyra—. Compartir nuestra música con otros... hace mucho que no pasaba.

 

—Y mientras tanto —añadió Ember—, estaremos atentos. Por si ese olor se convierte en algo más.

 

—Sí —dijo Kurenai—. Atentos.

 

Esa noche, Hiro salió al perímetro, solo. Miró al horizonte. Los árboles blancos brillaban tenuemente bajo la luz de la esfera planetaria. Todo parecía en calma.

 

Pero él sabía que la calma era mentira.

 

Por un instante, creyó ver una figura entre los árboles. Parpadeó, y desapareció.

 

—¿Hiro? —la voz de Miku llegó desde atrás.

 

—Estoy bien.

 

Ella se acercó y tomó su mano.

 

—¿Seguro?

 

—No lo sé. Pero estaré bien.

 

Se quedaron en silencio un rato.

 

—Pase lo que pase —dijo Miku—, estoy contigo.

 

Hiro apretó su mano.

 

—Lo sé.

 

En la distancia, más allá del alcance de los sensores, una figura observaba. Sus ojos brillaban con una luz aterradora, y en sus labios había una sonrisa que no prometía nada bueno.

 

—Pronto —susurró—. Muy pronto.

 

Y se desvaneció en la noche.

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