El aire en la celda hexagonal olía a polvo y silencio. La luz de las lámparas de emergencia de Natsuki y Nira pintaba círculos temblorosos sobre las paredes de metal negro. En el centro, Koukai era un vacío con forma, su silueta oscura bebiendo la poca luz que llegaba a ella. Sus ojos escarlatas ardían con una calma terrible.
—Así que aquí estamos —dijo su voz, ese coro de susurros que salía de la nada—. El creador, su obra maestra y… la obra desechada.
—¿Qué quieres, Koukai? —preguntó Nira. No había desenvainado su katana. No había necesidad. La amenaza aquí no era un golpe que pudiera bloquear.
—Lo que me quitaron —respondió ella, el eco de su voz cargado de una tristeza antigua—. Mi lugar. Mi razón de ser. Tú lo ocupas, "hermana". Tú, con tu lealtad perfecta y tu espada impecable. Le diste al creador lo que yo no pude: paz. Compañía. Una mano en la que confiar.
Natsuki sintió que la culpa le apretaba la garganta. —Yo no…
—¡Cállate! —el grito de Koukai fue un latigazo de estática que hizo vibrar el metal de las paredes—. No quiero tus excusas. Ya las escuché todas en mi cabeza. —Se acercó un paso, la oscuridad a su alrededor moviéndose como humo espeso—. Solo quiero una cosa. Quiero que veas, creador. Quiero que mires a tu obra perfecta, y luego me mires a mí, y entiendas el costo de tu perfección.
—No soy perfecta —declaró Nira, su voz firme como el acero de su espada—. He fallado. He dudado. Le he gritado. Soy leal porque elijo serlo, no porque mi... —volteó a ver a Natsuki—. "Código" me obligue.
Koukai se rió, un sonido sin alegría. —Y qué lujo, ¿no? Poder elegir. A mí no me dieron esa opción. Me dieron errores, y luego me dieron el olvido. —Sus ojos se clavaron en Natsuki—. Pero este lugar… este viejo corazón del mundo… me escuchó. Siente mi dolor. Siente mi vacío. Y me responde. Las paredes, los pasillos, las puertas… obedecen a mi corazón herido. Es mi refugio. Y será tu jaula, hasta que tomes la decisión que debiste tomar hace tanto tiempo.
—¿Qué decisión? —preguntó Natsuki, aunque temía saber la respuesta.
—Elegir —susurró Koukai—. Entre ella y yo. No como creador y creación. Como… personas. ¿Quién merece estar a tu lado? ¿La que siempre ha estado ahí, o la que siempre debió estarlo?
Nira negó con la cabeza. —No es una elección que él pueda hacer. Y no es una que yo acepte. No soy un trofeo. Soy una guerrera. Y mi lugar me lo gano con mi espada y mi voluntad, no con su permiso.
La oscuridad alrededor de Koukai se agitó, como si se enfureciera. —¡Siempre con la espada! ¡Siempre con la fuerza! ¿Es eso lo único que valoras, hermana? ¿Es eso lo único que él valora en ti?
Un temblor súbito recorrió el suelo. No era fuerte, pero era profundo, como si algo enorme hubiera golpeado la estructura muy lejos. Luego, una vibración distinta, una onda de… energía pura, brillante, que atravesó las paredes y les hizo estremecer los huesos. Era fugaz, pero inconfundible.
Natsuki contuvo el aliento. —Eso fue… Zera. O algo de ella. ¡Algo está pasando arriba!
La serenidad de Koukai se quebró por un segundo. Sus ojos escarlatas parpadearon hacia el techo. —Ellos… no deberían poder…
—Tu jaula tiene grietas, Koukai —dijo Nira, aprovechando la distracción—. Tus dolores no controlan todo. Y nuestros amigos están luchando.
Arriba, en la caverna bañada por la luz morada, el gemido de la cadena oxidada era la música de su condena. Hiro colgaba, su brazo izquierdo una viga de metal bajo una tensión monstruosa. De su muñeca derecha pendía Zera, inmóvil para no balancearlos. Kurenai se aferraba a su cuello, su respiración caliente y rápida contra el metal.
—Este metal no va a aguantar mucho —masculló Hiro, su voz forzada por el esfuerzo—. Se está deshaciendo.
—¡Entonces suéltame! —suplicó Kurenai, sus garras enterrándose en su armadura sin querer hacer daño—. ¡Yo soy ágil! ¡Puedo intentar saltar a esa saliente!
—No —la negativa de Hiro fue instantánea—. Si fallas, caes ahí abajo. No es una opción.
—¿Y colgar aquí hasta que nos caigamos juntos sí lo es? —replicó ella, su voz temblorosa.
Zera, que había estado observando el suelo morado con intensidad, habló. —La luz… no es solo maldad. Es como un sopor. Una niebla que adormece. Mira a los gusanos, se mueven lentos, pesados. Está como… dormidos en ella.
—¿Y eso nos ayuda? —preguntó Kurenai, sin entender.
—Si esa niebla se dispersa de golpe —continuó Zera, sus ojos blancos brillando con un destello de cálculo—, se despertarían. Pero si hay una sacudida fuerte… un gran golpe en el corazón de la luz… podría aturdirlos. Como despertar a alguien de un sueño profundo con un ruido enorme. Quedarían confundidos, mareados.
Hiro la miró. —¿Un gran golpe?
—Yo puedo dar uno —dijo Zera, con simpleza—. No soy fuerte como tú, Hiro. Mi poder no está en mis brazos. Está dentro. Puedo… acumularlo. Como juntar el aliento para un grito muy fuerte. Y luego soltarlo todo de una vez, hacia allá. —Señaló con la barbilla hacia el centro del resplandor morado, donde la luz era más densa—. Sería como lanzar una piedra muy grande a un lago quieto. El golpe movería todo.
—Pero te quedarías sin fuerza —dijo Hiro, comprendiendo—. Te dejaría vacía e inconsciente.
—Sí —asintió Zera—. Pero les daría a ustedes un momento. Un momento de confusión abajo, para… para hacer algo.
En ese instante, uno de los gusanos más cercanos alzó su cabeza ciega. Su boca redonda, llena de anillos de dientes, giró lentamente, orientándose hacia el sonido de sus voces. Comenzó a desenroscarse del montón, su cuerpo segmentado elevándose hacia ellos.
—¡Hablen más rápido! —urgió Kurenai, el pánico subiendo de tono.
Miku volaba por todo el lugar en busca de algo favorecible. Había pasado desde donde estaban los demás hacia esta cornisa cuando todo comenzó, y ahora exploraba su límite, desesperada. —Tiene que haber algo. Una puerta, un agujero, algo.
Las lágrimas de frustración nublaban su vista. Detrás de ella a lo lejos, la escena era una pesadilla: Hiro colgando, el gusano acercándose, Zera y Kurenai en peligro. No podía fallar.
Se detuvo, apoyando la frente contra la fría pared. —Calma. Respira. Siente —No era una guerrera. Era algo más. Era armonía. Era conexión. Cerró los ojos, ahogando el pánico.
Y entonces, no lo oyó, sino que lo sintió. Un flujo. Débil, constante. No era la luz corrupta, pesada y dormilona. Era un hilito de frescura, como una corriente de aire en una cueva cerrada. Subía. Venía de un punto más cercano a donde estaban los demás.
Abrió los ojos y voló hacia allí. En la pared a pocos metros de donde habían caído, casi invisible, había un patrón diferente en el cristal: una serie de hexágonos más pequeños, como la tapa de un desagüe viejo. De los bordes salía ese tenue flujo de aire fresco. Se acercó, clavó los dedos en los surcos y tiró con todas sus fuerzas. No cedió. Entonces incrusto su sable como un cincel. Con manos temblorosas, lo insertó en una grieta y apalancó.
Con un crujido seco, la tapa hexagonal saltó hacia afuera, revelando un agujero oscuro que no iba hacia arriba, sino que se inclinaba hacia abajo en una pendiente pronunciada. Un conducto de desagüe o ventilación que descendía a las profundidades del Directorio. Una salida.
—¡Lo encontré! —gritó, volviendo rápido con los demás—. ¡Hay un túnel!
Su grito coincidió con el momento en que el Devorador, ahora a solo unos metros de Hiro, abrió su boca circular en un movimiento rápido, lanzándose hacia ellos.
—¡NO! —el grito de Miku estaba cargado de horror.
En la celda, Koukai recuperó su compostura, pero la ira ardía más cerca de la superficie. —¿Sus amigos? ¿Crees que me importan? Solo son herramientas. El gusano que los separó de ellos, los pasillos que se cierran… esta habitación… son extensiones de mi voluntad. Este lugar siente mi dolor y reacciona. Es mi único amigo verdadero. Y solo tiene un propósito: darme lo que merezco. Que es quitarte a ti de en medio, hermana.
Nira dio un paso adelante, enfrentando la oscuridad de frente. —Entonces hazlo. Pero no lo hagas pidiéndole permiso a él. Hazlo porque tú lo quieres. Porque tu rencor es tan grande que te ciega. Pero no te escondas detrás de él ni de este lugar. Si quieres mi lugar, ven y tómalo. Yo no voy a pedirle que elija. Yo elijo luchar por lo que es mío.
El desafío flotó en el aire, tangible. Por primera vez, Koukai pareció dudar. No del resultado, sino del camino. Su plan se basaba en romper a Natsuki, no en enfrentar a Nira en un terreno de pura voluntad.
El segundo temblor fue más fuerte. Esta vez, la onda de energía pura fue inconfundible. No era solo un destello; era un golpe sordo que resonó en el metal, seguido de una confusión distante de chirridos y sonidos de estática.
—¡Eso sonó a pelea! —dijo Natsuki, el miedo por sus amigos superando su parálisis—. ¡Dejalos salir, Koukai!
—No —respondió ella, pero su voz perdió fuerza—. No hasta que…
El túnel. El gusano atacando. El grito de Miku.
Todo se unió en la mente de Zera. No hubo más cálculo. Solo acción.
—¡Hiro, lanza a Kurenai hacia Miku! ¡Ahora! —gritó, y sin esperar respuesta, cerró los ojos.
Zera comenzó a cargarse. Dentro de ella, en el núcleo de lo que era, la energía que la hacía ella comenzó a agitarse, a comprimirse, a acumularse como contener la respiración hasta doler, juntando toda la fuerza para un solo, desesperado alarido.
Su cuerpo comenzó a brillar. No con un resplandor técnico, sino con una luz blanca y cálida que parecía viva.
El Devorador saltó.
Hiro no lo pensó dos veces. Con un gruñido de esfuerzo que hizo chirriar sus motores, soltó el brazo que Kurenai tenía alrededor de su cuello y, en el mismo movimiento, la empujó con toda su fuerza hacia la cornisa donde Miku estaba, extendiendo los brazos.
—¡KURENAI!
Kurenai salió volando por el aire, un grito ahogado escapando de sus labios. Por un momento, todo fue caída. Luego, las manos de Miku se cerraron como tenazas alrededor de su antebrazo. El impacto fue brutal, pero Miku se aferró a la pared con su otra mano, y ambas quedaron allí, colgando de la cornisa, seguras.
En ese mismo instante, Zera abrió los ojos y los brazos. De su pecho salió, no un rayo, sino una onda. Una onda expansiva, silenciosa y cegadora de energía pura y blanca. No iba dirigida al gusano, sino hacia abajo, hacia el corazón mismo del resplandor morado.
El impacto fue como un trueno dentro del agua.
¡BOOM!
La luz morada se onduló violentamente, luego se retorció y se encogió como si hubiera recibido un puñetazo. La onda blanca se expandió, chocando contra los cuerpos de los Devoradores. No los destruyó. Los aturdió. El sonido, la vibración, la sacudida repentina en su sopor… fue demasiado. Los gusanos se convulsionaron, se enredaron entre sí chirriando en confusión, ciegos y desorientados. El que los atacaba fue arrojado de costado, alejándose rodando.
La luz blanca se desvaneció.
Y con ella, se fue la fuerza de Zera. Su cuerpo dejó de brillar. Su cabeza cayó hacia atrás, inconsciente, un peso muerto en el brazo de Hiro.
Ahora Hiro colgaba solo, con una mano, de la cadena que gemía. En su otro brazo, Zera colgaba sin sentido. La cadena emitió un crujido horrible, largo. Un eslabón, cerca de donde su mano se cerraba, comenzó a abrirse, a desdoblarse.
—¡HIRO! —gritaron Miku y Kurenai al unísono. Ambas ya en el conducto abierto.
Hiro miró hacia abajo. La confusión de los gusanos empezaba a aclararse. Uno o dos ya levantaban la cabeza de nuevo, buscando. Miró hacia la pared. Vio a Miku y a Kurenai a salvo en la cornisa. Vio el pequeño agujero oscuro del túnel que Miku había encontrado. Era una salida. Para ellas. Para Zera, si la arrastraban. Para él… imposible. Ni siquiera su hombro cabría por ahí.
La cadena crujió de nuevo. Bajaron otros veinte centímetros. Ahora estaban mucho más cerca del suelo, donde los gusanos recuperaban el sentido.
Kurenai, con lágrimas de rabia corriendo por su rostro, se aferraba al borde del túnel. Miku miraba entre Hiro y el túnel, su mente corriendo a toda velocidad, buscando, buscando… una idea, un milagro, cualquier cosa.
Hiro alzó la vista hacia ellas. Sus ojos rojos, siempre tan lógicos, se encontraron con los de Miku. Y en ellos, ella vio algo nuevo: no rendición, sino una aceptación tranquila. Y una orden.
—Llévensela —dijo, su voz distorsionada pero clara a través del gemido del metal—. Metan a Zera en el túnel. Es una orden.
—¡No te vamos a dejar! —aulló Kurenai, su voz quebrada.
—Es lo único que tiene sentido —replicó Hiro, mientras la cadena cedía un poco más. Un gusano, más despierto que los demás, comenzó a arrastrarse hacia el punto justo debajo de él—. Sálvenla a ella. Encuentren a los demás. Yo… —hizo una pausa, y por primera vez, su voz sonó a algo cercano a la duda—. Yo me las arreglaré. Hasta que vuelvan.
Era mentira. Todos lo sabían. Incluso Hiro, el rey de la lógica, lo sabía. Pero a veces, una mentira es el único puente hacia la esperanza.
Miku miró a Zera, colgando como un muñeco roto. Miró el túnel, angosto y oscuro, su único camino. Miró a Hiro, cuya mano comenzaba a resbalar en el metal deformado. Sintió el miedo, un frío que le subía desde los pies. Pero debajo del miedo, más profundo, ardía algo más. Una determinación feroz, amorosa y desesperada.
—Kurenai —dijo Miku, y su voz no tembló. Fue firme. Fue clara—. Ayúdame a meter a Zera en ese túnel. Ahora.
Kurenai la miró, horrorizada. —¿Qué? ¡No podemos…
—¡AHORA! —rugió Miku, y no fue el grito de una chica asustada. Fue el grito de una protectora que acababa de entender cuál era su verdadero campo de batalla. No estaba en el aire con un sable. Estaba aquí, tomando la decisión imposible.
El sonido que siguió no fue un crujido más. Fue un CLANG seco, final, como el badajo de una campana de muerte. El eslabón deformado y abierto se partió en dos.
Miku y Kurenai al escuchar eso sus rostros quedaron pálidos y horrorizados.
Hiro, con Zera aún aferrada a su brazo, empezaron a caer hacia el mar de gusanos que despertaban. Pero la decisión de Hiro era inquebrantable. Este con un movimiento rápido y calculado bajo una presión de muerte: Sus procesadores, funcionando al límite, trazaron la única trayectoria viable en una fracción de segundo.
Ángulo: 42 grados.
Fuerza: suficiente para impulsar, no para herir.
Objetivo: salvar a tres con un solo movimiento.
En el aire lanzó a Zera en un ángulo perfecto para que esta pudiera entrar en túnel y empujar a Kurenai y Miku algunos centímetros hacia adentro para después lanzar su última carta. Desplegó su cañón para disparar justo al borde del túnel y con la onda expansiva hacer que todas cayeran cuesta abajo.
—¡Hiro, no! ¡ESPERA! —gritó Miku, saliendo del túnel en un intento inútil de detenerlo. Pero Hiro no le dio la oportunidad. El impacto del disparo las arrojó de lleno dentro del agujero. En lugar de caer, se encontraron deslizándose violentamente por un tubo liso y frío, perdiendo altura rápidamente en un descenso incontrolable. Los sonidos de la batalla de Hiro y los rugidos de los gusanos se alejaron de golpe, ahogados por el silbido del aire y el roce de sus cuerpos contra el metal. Kurenai rompió en llanto abrazando el cuerpo inconsciente de Zera, pero Miku. También con lagrimas tenía un rostro que pocas veces mostraba. Furia.