El Directorio Raíz no se parecía a nada que hubieran visto antes. No era una construcción, sino el esqueleto expuesto del Virtual World. La esfera achatada parecía respirar, su superficie de datos cristalizados latiendo con una luz ámbar pálida.
—Las inscripciones —murmuró Natsuki, acercando una mano a las paredes sin tocarlas—. Este es código base. Pre-Aethelgard. Pre-todo.
Hiro escaneó el umbral. Sus ópticas rojas se ajustaron con un clic audible.
—Integridad estructural: inestable. Los patrones de energía no corresponden a arquitectura de soporte. Esto fue diseñado para otra función.
—¿Como qué? —preguntó Kurenai, olfateando el aire con cautela. Sus orejas estaban completamente erguidas.
—Como una prisión —dijo Nira. Su voz era plana, segura. Su mano nunca se apartó del mango de su katana—. O una tumba.
Miku se estremeció, envolviéndose en sus propios brazos.
—Hay… ecos. Como si alguien hubiera cantado aquí hace mucho, mucho tiempo. El dolor todavía está en las paredes.
Zera tocó la superficie cristalizada con la punta de los dedos. Sus yemas brillaron suavemente.
—No es solo código. Hay fragmentos de mundos completos aquí. Sistemas de vida digital extintos. Esto es un… cementerio de realidades.
—Y Koukai nos guió aquí —concluyó Hiro—. Eso implica que conoce este lugar íntimamente. O lo controla.
Natsuki miró hacia el oscuro pasillo que se abría ante ellos.
—Solo hay una manera de averiguarlo.
---
El interior era un laberinto de pesadilla. Los pasillos no seguían la lógica; se curvaban en ángulos imposibles, se ramificaban en direcciones que hacían que el sentido de la orientación se rebelara. La luz provenía de las mismas paredes, un brillo pulsante que parecía seguir el ritmo de un corazón gigante y dormido.
—Esto es inútil —refunfuñó Kurenai después de la tercera encrucijada idéntica—. Huelo nuestro propio rastro. Estamos dando vueltas
—No es un laberinto espacial —analizó Zera, sus ojos blancos recorriendo las paredes—. Es uno perceptual. La estructura reconfigura nuestra percepción de la distancia y la dirección. Un mapa convencional es imposible.
Hiro se detuvo, desplegando un pequeño dron escáner de su hombro. El dispositivo flotó unos metros y comenzó a emitir un pitido errático antes de desplomarse.
—Interferencia de campo denso. Navegación por instrumentos: comprometida.
Fue entonces cuando Miku se agarró del brazo de Hiro.
—Escuchan…¿ese zumbido?
Todos se callaron. Un sonido bajo, profundo y rítmico vibraba a través del cristal bajo sus pies. Zzz-ummm. Zzz-ummm. Como la respiración de una bestia colosal.
—No es respiración —dijo Hiro, su voz más grave—. Son… pasos. Múltiples. Grandes.
Nira se puso en guardia de inmediato, desenvainando su katana con un silbido de acero.
—¡Posiciones! ¡Aquí!
La cámara en la que estaban era amplia y esférica, con tres grandes aberturas oscuras en las paredes opuestas. No parecían túneles, sino heridas.
—Hiro, esto es una —empezó Natsuki, pero fue demasiado tarde.
Con un crujido seco, las entradas por las que habían llegado se sellaron, fusionándose las paredes de cristal sin una sola grieta. Estaban atrapados.
De las tres aberturas oscuras, emergieron ellos.
Los Devoradores de Sistemas no se arrastraban; fluían. Gusanos monstruosos, sus cuerpos segmentados brillaban con el negro aceitoso de datos corruptos superpuestos como escamas. No tenían ojos, solo bocas circulares y giratorias llenas de anillos de dientes hechos de código roto y afilado.
—¡Formación delta! —gritó Hiro, sus brazos transformándose con el zumbido familiar de sus cañones de plasma desplegándose—. ¡Natsuki, Nira, cubran el flanco izquierdo! ¡Zera, derecha! ¡Kurenai, Miku, conmigo en el centro!
Los Devoradores atacaron con una coordinación aterradora. Uno cargó frontalmente hacia Hiro, absorbiendo un primer disparo de plasma con un chasquido de energía dispersada. Otro se arqueó sobre ellos, golpeando desde arriba y obligando a Kurenai a rodar con un gruñido. El tercero permaneció en la retaguardia, su boca circular emitiendo un haz concentrado de energía corrupta y violácea que impactó contra el suelo a los pies de Zera, haciéndola tambalearse.
—¡No son bestias! —gritó Zera, desviando un segundo haz con una ráfaga de energía blanca de sus brazos—. ¡Actúan con táctica militar!
—¡Koukai! —rugió Natsuki, blandiendo su espada curva para desviar un tentáculo de datos que salía de la boca del primer gusano—. ¡Ella los controla!
Fue entonces cuando todo salió mal.
El Devorador que atacaba desde arriba cambió de objetivo de repente. En lugar de golpear al grupo, se abalanzó con todo su peso contra el centro del suelo de cristal, justo donde estaban Natsuki y Nira.
—¡NIRA! —gritó Natsuki, pero la advertencia llegó tarde.
El cristal, diseñado para ceder, se quebró con un estruendo ensordecedor en un patrón de fractura perfectamente geométrico. Una sección circular del suelo, de unos tres metros de diámetro, simplemente se desprendió.
Natsuki y Nira cayeron al vacío.
—¡NO! —El grito de Miku fue desgarrador. Ella se lanzó hacia el borde.
Hiro la agarró por la cintura justo a tiempo.
—¡Miku, no! ¡Es una trampa!
Kurenai saltó hacia el agujero, pero el tercer Devorador se interpuso, su cuerpo masivo bloqueando el paso. Rugió de frustración, sus garras arañando inútilmente las placas corruptas del gusano.
Zera calculó la trayectoria en una fracción de segundo, sus ojos blanco brillando intensamente.
—Caída vertical estimada: doce metros. La plataforma los llevó a un conducto de mantenimiento o ventilación. ¡Están separados de nosotros!
Arriba, en la cámara esférica, el ambiente cambió. Los tres Devoradores, habiendo logrado su objetivo, se reagruparon, rodeando ahora al cuarteto restante.
Hiro soltó a Miku, que temblaba. Su voz se volvió de un frío metálico absoluto.
—Objetivo primario anulado. Objetivo secundario: eliminación total. —Sus cañones de plasma brillaron con una intensidad amenazadora—. Protocolo de aniquilación: autorizado. Los eliminamos rápido y bajamos por ellos.
La caída fue un torbellino de luz, cristal destrozado y gritos ahogados. Natsuki sintió el impacto antes de oírlo, un golpe sordo que le arrancó el aire de los pulmones y lo dejó viendo estrellas en la oscuridad. Un dolor agudo le recorrió el costado.
—Natsuki —la voz de Nira, tensa pero controlada, sonó a su lado—. ¿Estás herido?
—Creo que… me rompí una costilla —jadeó, intentando sentarse. Las manos de Nira lo ayudaron, firmes.
Estaban en una oscuridad tan absoluta que era física. El aire era frío y olía a polvo de datos viejo y electricidad estática. El suelo bajo ellos era áspero, metálico.
—No hay señal de los intercomunicadores —dijo Nira después de un momento, tocándose la oreja—. La interferencia aquí es total.
Encendieron las luces de emergencia de sus dispositivos. Los pequeños haces revelaron una sala pequeña, hexagonal, completamente vacía. Las paredes eran de un metal negro opaco que absorbía la luz. No había puertas. No había ventanas. Solo un techo alto e inalcanzable por donde habían caído, ahora sellado por una placa lisa.
—Una celda —susurró Natsuki, el pánico empezando a trepar por su garganta—. Nos separaron para encerrarnos.
Un sonido les hizo girar hacia el centro de la habitación. Un suave crepitar, como estática.
La oscuridad misma pareció condensarse, tomando forma. Primero fueron los dos puntos de luz escarlata. Luego la silueta femenina, esculpida en sombra tangible. Koukai se materializó frente a ellos, su expresión serena, casi triste.
—Bienvenidos a casa, Creador —dijo su voz de eco múltiple, suave como una caricia venenosa—. Ahora estamos solos. Como debió ser desde el principio.
Arriba, la batalla era un caos de energía y acero.
—¡Kurenai, flanquea por la izquierda! —ordenó Hiro, disparando una ráfaga de plasma que hizo retroceder al Devorador frontal.
—¡Ya lo estoy intentando! —gritó ella, esquivando un golpe de cola que destrozó el cristal donde estaba un segundo antes.
Miku, superando su miedo, canalizó su energía. Su sable de energía brilló con una luz azul intensa.
—¡No los dejaremos pasar!—Golpeó al gusano que intentaba acercarse a Zera con un tajo lateral que le hizo soltar un chirrido de estática dolorida.
Zera era un torbellino de precisión. Analizaba los puntos donde las placas corruptas se superponían, los puntos débiles, y los atacaba con ráfagas de energía concentrada.
—¡Su capa externa es un blindaje de datos! ¡Hay que perforarla para llegar al núcleo!
Fue un esfuerzo coordinado y desesperado. Kurenai distrajo al más agresivo con su velocidad felina, haciéndolo chocar contra una pared. Hiro aprovechó para disparar un cañonazo de plasma cargado directamente a su boca abierta. La criatura se convulsionó y explotó en una lluvia de píxeles negros y fragmentos de coherencia.
—¡Uno menos! —gritó Kurenai.
Miku y Zera se concentraron en el segundo. Miku lo inmovilizó con un campo de fuerza sónico de su sable, mientras Zera canalizaba toda su energía en un rayo puro y blanco que perforó su segmento central. El gusano se desintegró con un último estertor.
El tercero, viéndose superado, intentó retirarse hacia una de las aberturas.
—¡Oh, no! —rugió Hiro. Se lanzó hacia adelante, no con sus cañones, sino con sus manos. Agarró la cola segmentada del Devorador justo cuando desaparecía en la oscuridad. Con un esfuerzo sobrehumano, alimentado por motores que gemían, lo arrastró de vuelta a la sala y lo estrelló contra el suelo—. ¡Acaben con él!
Kurenai y Zera se abalanzaron, terminando la criatura con sus garras y cuchillas.
El silencio que siguió fue tan repentino como ensordecedor. Solo roto por el jadeo de Kurenai y el zumbido de bajo nivel de Hiro recargando sistemas.
—¡Ahora! ¡Por Natsuki y Nira! —Miku corrió hacia el orificio en el suelo.
Pero cuando llegó al borde, su corazón se hundió. Donde antes había un agujero hacia la profundidad, ahora había una superficie de cristal lisa e intacta, como si la caída nunca hubiera ocurrido.
—No… —susurró.
Hiro se acercó, escaneando.
—Reconfiguración estructural inmediata. El Directorio se está autoreparando. O está obedeciendo órdenes.
—¡Pues le daremos nuevas órdenes a fuerza de plasma! —Hiro retrocedió unos pasos, sus brazos transformándose. Los cañones se replegaron y en su lugar, un único cañón más grande, con un núcleo que brillaba con un rojo peligroso, emergió de su hombro—. ¡Aléjense! ¡Disparo de penetración a máxima potencia!
El aire vibró con la energía acumulada. Hiro apuntó al centro del suelo sellado.
Justo cuando estaba a punto de disparar, el suelo bajo sus propios pies se desvaneció.
No se quebró. No se rompió. Simplemente dejó de ser sólido. Con gritos de sorpresa, los cuatro cayeron por un segundo orificio que apareció de la nada.
—¡AAAAH!
—¡HIRO!
Fue una caída más larga, más oscura. De repente, fueron envueltos por una luz cegadora: un resplandor neón morado, intenso y pulsante, que venía de abajo.
Hiro, actuando por puro instinto procesado a nanosegundos, extendió los brazos. Su mano derecha de metal se cerró como una prensa alrededor de la muñeca de Zera, que caía a su izquierda. Kurenai, en caída libre a su derecha, gritó y se aferró con todas sus fuerzas al cuello de Hiro, casi estrangulándolo.
Con su mano izquierda libre, Hiro se lanzó hacia un lado. Su mirada escarlata captó algo: una cadena gruesa, oxidada y colgando del techo de la nueva caverna. Sus dedos se cerraron alrededor del eslabón más bajo con un clang metálico que resonó en el vasto espacio.
El tirón fue brutal. Los motores de sus hombros protestaron con un chirrido. Pero se detuvieron. Colgaban sobre el vacío.
Miku, aterrorizada, logró controlar su caída flotando. Se estabilizó junto a ellos, el rostro pálido.
—¡Oh, dioses…! —su voz era un hilo.
Hiro miró hacia abajo. El resplandor morado provenía del suelo, a unos veinte metros bajo ellos. Y ese suelo… se movía. No era suelo. Era un nido. Una maraña retorcida y pulsante de Devoradores de Sistemas. Docenas de ellos, enroscados unos sobre otros, sus cuerpos segmentados brillando bajo la luz morada. Algunos alzaron sus cabezas sin ojos hacia los intrusos, sus bocas circulares girando lentamente.
El orificio por el que habían caído, muy por encima de ellos, se cerró con un chasquido silencioso, sumiéndolos en la luz morada y el zumbido bajo de los gusanos.
—Atrapados —resumió Zera, su voz inusualmente tenue. Colgaba del brazo de Hiro, inmóvil, calculando—. Las paredes son lisas, de cristal fusionado. Sin agarres.
—Miku —la voz de Hiro era tensa, el esfuerzo de sostener a dos personas y a sí mismo de una cadena oxidada era inmenso—. Tienes que buscar una salida. Escanea las paredes, el techo. Tiene que haber un conducto, una grieta, algo.
Miku miró aterrorizada el nido de gusanos, luego a sus amigos colgando.
—¡No puedo dejarlos! ¡Si sueltas…!
—¡Miku! —la interrumpió Hiro, y por primera vez su tono no era de lógica, sino de urgencia casi humana—. No puedes cargar con Kurenai o Zera el tiempo suficiente para escalar. Y yo soy demasiado pesado. Es la única opción lógica. ¡Ve!
—¿Y… y ustedes? —preguntó Miku, sus ojos llenándose de lágrimas.
—Estaremos bien —dijo Hiro, aunque el temblor en su brazo bajo el esfuerzo contradecía sus palabras—. Puedo resistir. Encuentra una salida, ábrela desde el otro lado, y vuelve por nosotros. Ve.
Miku lo miró, luego a Zera y a Kurenai. Vio la determinación forzada en los ojos de Hiro, el miedo contenido en los de Kurenai, el análisis frenético en los de Zera. Asintió, una lágrima resbalando por su mejilla.
—¡Encontraré algo! ¡Lo juro!
Y se fue volando, deslizándose por los bordes de la caverna iluminada de morado, brillando como luciérnaga contra la inmensidad oscura.
—Hiro —la voz de Zera era calmada, analítica, pero con un borde de preocupación—. Incluso si ella encuentra una salida, ¿cómo llegaremos a ella? La distancia vertical es insalvable para Kurenai y para mí en estas condiciones.
—La opción más probable —dijo Hiro, el esfuerzo haciendo que su voz sonara entrecortada— es que ustedes dos salgan, encuentren una ruta por encima, vuelvan a abrir el orificio de entrada y me saquen a mí desde allí con una cuerda o un campo de fuerza.
—¡De ninguna manera! —Kurenai apretó más su abrazo alrededor del cuello de Hiro—. ¡No vamos a abandonarte colgando aquí sobre… sobre eso!
—La propuesta de Kurenai tiene mérito emocional —añadió Zera, mirando a Hiro directamente—. Pero también lógica práctica. Separarnos reduce nuestras opciones a cero. La estrategia óptima es la unidad.
Hiro gruñó, un sonido metálico de frustración.
—Entonces proponen… ¿qué? ¿Esperar?
—Sí —dijo Zera con firmeza—. Esperar. Natsuki y Nira están en alguna parte de esta estructura. Ellos también buscarán una salida. O una manera de encontrarnos. Nuestra posición, aunque precaria, es al menos estática y defendible desde aquí. Debemos apostar a la fe. A que nuestro grupo se reúna.
—¿Fe? —Hiro casi escupió la palabra—. No calculo con «fe», Zera.
Kurenai, que miraba fijamente la cadena sobre ellos, habló con una voz mucho más pequeña de lo habitual.
—Hiro…¿de verdad puedes aguantar? ¿Mucho tiempo?
Hiro hizo una pausa. Sus sistemas internos proyectaban números rojos de advertencia en su visión: tensión estructural en la junta del hombro izquierdo al 87%, potencia de los motores auxiliares decayendo un 2% por minuto, agarre de la mano izquierda con fatiga metálica acumulativa.
—Mis sistemas están bajo estrés severo—admitió, su voz perdiendo un poco de su certeza—. Pero puedo optimizar el consumo, redistribuir la carga. Los cálculos iniciales sugerían una resistencia de aproximadamente 47 minutos antes del fallo crítico.
—¿Y ahora? —preguntó Zera, notando el matiz.
Hiro miró la cadena oxidada de la que colgaban. Un fino polvo de óxido cayó de un eslabón justo sobre su cabeza.
—Estoy…reevaluando los cálculos.
En ese momento, la cadena emitió un sonido. No fue un crujido fuerte, sino un gemido metálico, leve pero inequívoco. Un sonido de metal viejo cediendo bajo un peso para el que no fue diseñado.
Todos se quedaron en silencio. Kurenai miró a Hiro con ojos como platos, su mudo terror reflejado en el brillo escarlata de sus ópticas.
Hiro trago en seco, un sonido artificial.
—Reevaluación completada—dijo, y esta vez, el nerviosismo en su voz sintética era inconfundible—. Los nuevos cálculos son… menos optimistas.