Explorar novelas

Capítulo 39: La Furia Que Cae Del Cielo

Virtual World Temporada 1 · por Yovannyx4gl · 04 de agosto de 2026

El shing del acero de Nira fue el único sonido que rompió el silencio cargado de la celda. No era un desafío, era una declaración de hechos. El juego de Koukai había terminado.

Koukai observó el filo plateado, y una sonrisa triste y retorcida se dibujó en su rostro de sombras.

—¿Tan rápido renuncias a las palabras, hermana? Aún podemos ser una sola. Puedo sentir tu alma, es como un eco de la mía antes de que él la puliera hasta la perfección. Déjame completarte. Déjame llenar los huecos que ni él pudo ver.

Nira no bajó la guardia, pero su voz fue clara y directa, dirigida tanto a Koukai como a Natsuki, quien se tensaba a su lado.

—No somos ecos. Somos resultados. Tú eres el resultado del abandono. Yo, de la segunda oportunidad. Y no hay huecos que llenar, solo caminos que elegir. —Giró ligeramente la cabeza, sin apartar los ojos de Koukai, y dijo con firmeza absoluta:—. Creador, no intervengas. Esta es una cuenta que solo ella y yo podemos saldar.

Natsuki abrió la boca para protestar, pero la mirada de Nira —una orden silenciosa de la guerrera a su creador— lo detuvo. Asintió, con dolor, retrocediendo un paso. Entendió. Este duelo trascendía la culpa y la creación; era una lucha por la identidad misma.

—Muy bien —susurró Koukai, y toda la tristeza en su voz se evaporó, dejando solo un frío glacial—. Si quieres el camino de la espada, hermana, entonces tendrás espada.

—Bien —respondió Nira, y se lanzó.

Fue un primer asalto de pura elegancia marcial. Nira avanzó con pasos medidos, su katana trazando arcos plateados y precisos. Cada golpe buscaba un punto vulnerable, cada defensa era económica y perfecta. Koukai, por el contrario, luchaba como un animal acorralado. Esquivaba con movimientos bruscos, su arma de doble punta hecha de sombras sólidas golpeaba de forma errática, más con rabia que con técnica. La ventaja era clara: Nira la acorralaba, forzándola a retroceder.

—¡Mira! ¡Mira tu obra perfecta, creador! —gritó Koukai entre esquivadas, pero su voz sonaba desesperada, no triunfante—. ¡Así de fácil borra lo que tú no pudiste arreglar!

Nira no respondía. Su concentración era absoluta. Sin embargo, cometió un error minúsculo: subestimó la naturaleza de su oponente. Al ver una apertura, cargó para un golpe decisivo.

Koukai no intentó bloquear. Sonrió, y su cuerpo se disolvió en un parpadeo de partículas oscuras, reapareciendo dos metros a la derecha de Nira. Antes de que la guerrera pudiera reaccionar, de la espalda de Koukai estallaron media docena de tentáculos formados de la misma corrupción violácea que impregnaba el lugar. No eran ataques precisos, sino un látigo descontrolado y rápido. Uno de ellos golpeó a Nira en las piernas, derribándola con un golpe seco. Otro se enroscó alrededor de su brazo de la espada, inmovilizándola. Koukai se materializó sobre ella, su arma de doble punta levantada para un golpe final.

—¡Adiós, reemplazo!

Pero el golpe nunca llegó. Natsuki, moviéndose por instinto más que por habilidad, se interpuso. Su espada curva, cargada no con energía especial, sino con la fuerza bruta de su desesperación, cortó los tentáculos que sujetaban a Nira como si fueran maleza podrida. El grito de Koukai fue de sorpresa y dolor. La hoja de Natsuki siguió su trayectoria directamente hacia su torso. Koukai no tuvo más remedio que disolverse de nuevo en sombras, reapareciendo lejos, jadeando, un destello de verdadero shock en sus ojos escarlatas.

Natsuki ayudó a Nira a levantarse. Ella asintió, agradecida pero enfocada. Él entonces miró a Koukai, y su voz, cargada de una culpa que ahora se transformaba en algo más duro, resonó en la celda.

—Deja de llamarme 'creador'. No soy tu dios. Soy la persona que cometió un error contigo. Y ella —señaló a Nira— no es tu reemplazo. Es la persona que está a mi lado a pesar de mis errores. Y hoy, estamos de este lado. Juntos.

Fue el primer momento de verdadera unión entre ellos desde que comenzó la pesadilla. Nira ajustó su agarre en la katana, y Natsuki se puso a su lado, no detrás. Juntos, avanzaron.

La ventaja volvió a ellos. Nira manejaba los ataques frontales y las defensas, su estilo impecable conteniendo los movimientos erráticos y teletransportes sorpresa de Koukai. Natsuki cubría los flancos, anticipándose a los tentáculos corruptos y cortándolos antes de que pudieran enredarse, usando su conocimiento del código para predecir, apenas un instante, hacia dónde saltaría la sombra. Koukai retrocedía, acorralada, su respiración (si es que respiraba) se hacía más agitada, su furia mezclándose con confusión.

—¡No! ¡Así no era! —gritó, desesperada. Entonces, sus ojos se fijaron en una sección de la pared iluminada con la luz morada. Con un gesto agónico de su mano libre, la pared cobró vida. La corrupción se condensó y se lanzó como un mazo gigante e informe, no hacia ellos, sino contra el suelo frente a ellos, y luego rebotó hacia arriba en una onda de choque de energía corrupta y fragmentos de cristal negro.

El impacto fue brutal e inesperado. Nira y Natsuki fueron levantados del suelo y arrojados contra la pared opuesta, cayendo aturdidos, sin aire, sus armas sonando contra el piso. Koukai se incorporó, jadeando, una sonrisa triunfal y desquiciada en su rostro.

—¡Ja! ¿Ves? ¡Este lugar es mío! ¡Yo mando aquí! ¡Y ahora…

Su frase se cortó por el estruendo metálico de la rejilla del techo cediendo.

¡CRASH!

Desde el conducto de ventilación en lo alto, tres figuras cayeron en medio de la celda, aterrizando con golpes secos entre los escombros: Miku, Kurenai, y el cuerpo inconsciente de Zera que Kurenai logró amortiguar en parte.

Por un segundo, hubo silencio. Koukai parpadeó, confundida por la interrupción. Nira y Natsuki, aturdidos, intentaron entender quién había llegado.

Luego, Miku se movió.

No hubo grito, ni declaración. Simplemente se puso de pie, su sable de energía materializándose en su mano con un zumbido siniestro, diferente al tono melódico usual. Sus ojos, siempre tan llenos de dulzura y preocupación, estaban fijos en Koukai con una intensidad gélida y absoluta. No miró a Natsuki, ni a Nira. Solo al enemigo.

Y atacó.

No fue un rayo de energía desde la distancia. Fue una carga frontal, brutal y directa, con una velocidad que ninguno de ellos le conocía. Su sable trazaba líneas azul purpúreo mortales en el aire, golpeando con una ferocidad que era puro instinto agresivo. Koukai, sorprendida, apenas logró parar el primer golpe con su arma, y el impacto la hizo retroceder. Se teletransportó unos metros hacia atrás, pero Miku ya estaba girando, anticipándose, y casi la alcanza con un tajo lateral que cortó un jirón de la oscuridad que la formaba.

Koukai apareció en otra esquina, jadeando ahora con verdadera alarma. —¿Qué…?

No terminó. Miku ya estaba sobre ella de nuevo. Era un huracán de dolor convertido en filo.

Natsuki y Nira, incorporándose con dificultad, miraban la escena atónitos. Eso no era Miku. Era un espectro de furia con su forma. Kurenai, mientras tanto, había arrastrado a Zera a un rincón alejado. Al dejar a la cyborg inconsciente contra la pared, se dio la vuelta. Su rostro tampoco era el de la chica-gato bulliciosa y emocional. Estaba pálido, los ojos secos y vidriosos, con una expresión vacía que era más aterradora que cualquier gruñido de ira.

—Kurenai… ¿qué… qué pasa? —logró articular Natsuki, el corazón latiéndole con fuerza por la escena y por la ausencia obvia en el grupo.

Kurenai no lo miró directamente. Su voz salió plana, rota, como si las palabras fueran pedazos de cristal que tenía que escupir.

—Es furia. Solo furia. El tipo de furia que te nace cuando… cuando ves que se lleva a alguien que amas, y lo único que quieres no es llorar, es hacer que quien lo hizo sufra hasta que deje de existir.

Natsuki sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Nira, cuya expresión se había vuelto de piedra. Buscó con la mirada alrededor de la celda, en el grupo reducido. No. No estaba.

—Kurenai —dijo, y su voz sonó extraña, distante, incluso para él—. ¿Dónde está Hiro?

Kurenai no respondió con palabras. Un temblor violento recorrió todo su cuerpo. Sus garras se extendieron, brillando con una luz tenue y agitada. Un aura palpable, cargada de desesperación y rabia impotente, emanó de ella. Era un dolor tan profundo que se había convertido en una segunda piel de furia silenciosa. Ella tampoco dio más explicaciones. Con un gruñido ahogado que era pura agonía, se lanzó hacia la refriega, uniéndose al ataque salvaje de Miku contra Koukai con la ferocidad de una bestia herida.

Desde el rincón, Zera, pálida y con los ojos entreabiertos por el agotamiento, logró articular unas palabras que cayeron como losas en el silencio de la comprensión que se formaba en Natsuki y Nira:

—La cadena… Se rompió… Él nos empujó… al túnel… Se quedó atrás… con todos… ellos.

No hubo más detalles. No hicieron falta.

La escena se congeló en la mente de Natsuki. No vio la caída, pero la oyó en el eco roto de la voz de Zera. No vio la pelea, pero la vio reflejada en la furia homicida de Miku. No sintió la pérdida, pero la sintió en el dolor mudo y transformado en rabia de Kurenai.

La cadena se rompió.

Él los empujó a la seguridad.

Se quedó atrás.

Con"ellos". Con el nido. Con los Devoradores.

Natsuki se dejó caer de rodillas, el peso de la conclusión siendo físicamente insoportable. No fue una retirada táctica. No fue una pelea difícil. Fue un sacrificio calculado hasta el último milisegundo. Y por las expresiones de todas... Se veía que ninguna lo aceptó. El las obligó.

Nira no cayó. Se irguió como una estatua, su katana aún en el suelo. Sus ojos escarlatas, siempre tan llenos de un código de honor y deber claro, ahora reflejaban algo más primitivo. Miró a Koukai, que luchaba desesperadamente contra el torbellino de furia que eran Miku y Kurenai, y por primera vez, en la guerrera perfecta, no había estrategia, ni deber, ni lealtad nata. Solo había un deseo de aniquilación, puro, simple y absoluto.

Al frente, Koukai forcejeaba, sin entender que ya no estaba luchando por un lugar en la historia, ni por el reconocimiento de su creador. Estaba luchando por su vida, contra un enemigo al que acababa de arrebatar su núcleo, su lógica, su hermano. Y en el aire de la celda, tan denso que se podía respirar, flotaba la aterradora, silenciosa y ya inevitable pregunta:

¿Qué le sucede a un cyborg, solo, herido y superado en número, cuando cae de vuelta al nido de monstruos hechos para devorar?

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Yovannyx4gl en el lector de Culto de Papel. Es gratis.