La tensión en la base había mutado de un miedo agudo a una frustración sorda. Tres días habían pasado desde el enfrentamiento, y la sombra de Koukai era tan elusiva como el humo.
En el núcleo de control, Hiro, Miku y Natsuki formaban un triunvirato de frustración. Los monitores mostraban mapas del yermo digital, con zonas marcadas donde la actividad corrupta residual o las anomalías de datos podrían indicar la guarida de una entidad consciente. Pero cada pista se evaporaba.
—Patrón de consumo energético: inconsistente —declaró Hiro, desechando otro marcador en el holograma—. No se establece en un lugar fijo. O se mueve constantemente, o su fuente de energía es tan eficiente que no deja el rastro usual.
—Tal vez no necesita un «lugar» como nosotros —sugirió Miku, observando los mapas con una intuición que los datos no capturaban—. Si es parte sombra, parte código… ¿podría dormir en los pliegues de la red misma?
Natsuki se pasó una mano por el cabello, desesperado.
—Sin un patrón, sin un punto fijo… es como intentar cazar un fantasma con un mapa. Es inútil.
Mientras, en la sala común, la otra mitad del grupo se entregaba a una tarea más mundana pero igualmente crucial: el inventario. Kurenai, con su olfato infalible, husmeaba en los almacenes.
—El olor a proteína sintética está… débil —anunció, sus orejas gachas—. Muy débil. Y mi estómago está haciendo ruidos que no son de felicidad.
Nira, revisando contenedores con su eficiencia militar, asintió con gravedad.
—Las reservas están por debajo del 30%. La última cacería fue hace días, y el banquete… consumió más de lo previsto.
Zera, que estaba cruzando números en una interfaz flotante, levantó la vista.
—Confirmación: suministros alimentarios al 28.3%. A la tasa de consumo actual, el colapso nutricional del grupo ocurrirá en 72 horas, 14 minutos. —Hizo una pausa—. Yo podría intentar sintetizar algo a partir de materia prima inorgánica, pero el sabor y el valor nutricional serían… cuestionables.
—Eso suena a comer piedras —refunfuñó Kurenai—. No, gracias.
—Informemos a los demás —concluyó Nira, con una preocupación práctica reemplazando por un momento la angustia existencial.
El anuncio de la crisis alimentaria cayó como un jarro de agua fría en el núcleo de control.
Hiro procesó los datos de Zera y realizó sus propios cálculos a velocidad relámpago.
—La estimación de Zera es conservadora. Con el gasto calórico de vigilancia y entrenamiento constante, podríamos enfrentar déficits severos en 60 horas. La eficiencia de combate caería en picado.
Un silencio sombrío se instaló. La amenaza de Koukai los tenía acorralados psicológicamente, y ahora la simple necesidad de comer los acorralaba físicamente.
Fue entonces cuando Natsuki, recordando el peso reconfortante de la bolsa después de la cacería, dio un paso al frente.
—Esperen… no todo está perdido. La cacería con Nira no fue solo por entrenamiento. Llenamos un lote de Fragmentos de Coherencia. Tenemos… bueno, tenemos una pequeña fortuna en cristales pulsantes.
La tensión se quebró como un cristal. Las caras se iluminaron. Los Fragmentos de Coherencia eran la sangre del comercio en el Virtual World.
—¡El centro de comercio! —exclamó Miku, una sonrisa genuina asomando por primera vez en días.
—Ha pasado una eternidad desde la última vez que fuimos todos —agregó Kurenai, saltando de un pie a otro, su hambre olvidada ante la perspectiva de aventura y nuevas cosas que oler.
Hiro evaluó la lógica. Salir era un riesgo, pero la inanición era una certeza. Además, un grupo completo, alerta y con un objetivo claro, era un blanco menos vulnerable que uno aislado y debilitándose.
—La estrategia es sólida. Nos movilizamos, adquirimos suministros y regresamos con celeridad. Sin desviaciones.
El viaje al centro de comercio fue una bocanada de aire (digital) fresco. La bulliciosa plaza, con sus puestos flotantes atendidos por IA mercantes de todo tipo, los sumergió en la vida normal del mundo que habitaban. Compraron con eficiencia: proteínas de alta densidad, verduras hidropónicas estables, condimentos y hasta algunos lujos como un bloque de cacao puro que hizo brillar los ojos de Hiro por un microsegundo.
Reunidos con sus bolsas llenas, algo llamó la atención de los sentidos más agudos. Kurenai olfateó el aire.
—¿Ese olor…dulce? Y frío.
Nira siguió su mirada hacia un puesto que no recordaban. Era pequeño, de colores pastel brillantes que parpadeaban suavemente. Una IA con forma de cono gigante y una sonrisa dibujada atendía.
—Un… puesto de helados —dijo Natsuki, con un asombro genuino. No había programado nada así en Aethelgard. Era una invención pura del Virtual World.
—Helados: producto lácteo o basado en agua, congelado y azucarado, consumido por placer sensorial —explicó Hiro automáticamente, su tono didáctico—. Una ineficiencia energética, pero una fuente concentrada de glucosa.
Miku lo miró con unos ojos enormes y llenos de un anhelo tan puro que podría derretir el propio helado.
—Hiro… por favor. Nunca los he probado. Y… nos sobraron algunos Fragmentos, ¿verdad?
Hiro miró a Natsuki en busca de refuerzo lógico. El Creador, sin embargo, tenía una sonrisa pícara. Sacó del bolsillo un pequeño puñado de Fragmentos de Coherencia sobrantes, haciéndolos brillar tentadoramente. Su mensaje era claro: Yo también quiero.
Hiro volvió a mirar a Miku. Ella había juntado las manos y hecho un leve puchero, un gesto tan humano, tan ridículamente efectivo, que algo en los circuitos más profundos de Hiro, en el lugar donde residían los ecos del joven que había sido, se ablandó. Un pequeño espasmo en los músculos faciales de su armadura trató de imitar una sonrisa.
—Muy bien. Uno por cada uno. Es un gasto logísticamente injustificable, pero… la moral del grupo es un activo.
El regreso a la base fue diferente. Caminaban bajo las estrellas, cada uno absorto en la experiencia sensorial única. Hiro comía su helado de chocolate con la precisión de un científico, pero cada bocado activaba archivos de sabor dormidos desde su antigua vida. Miku saboreaba su vainilla con la delicadeza de quien descubre la felicidad simple, una niña otra vez. Natsuki disfrutaba las moras ácidas y dulces. Kurenai devoraba el de fresa con ruidos de deleite, recordando los arbustos del Bosque Carmesí. Nira probaba el limón con cautela, luego con franca sorpresa, fascinada por el contraste entre el frío y la explosión ácida. Zera analizaba el de uva, desglosando las capas de sabor en su mente, catalogando la experiencia como «altamente placentera y compleja».
Para Nira y Kurenai, era más que un gusto nuevo; era la prueba tangible de un mundo lleno de maravillas que no conocían, de que había cosas buenas por descubrir más allá del combate y la supervivencia.
Llegaron a la base casi de noche, con el ánimo más alto de lo que había estado en semanas. Mientras desempacaban las compras en la cocina, Miku se acercó a una ventana para cerrar las persianas externas. Su mirada vagó por el yermo oscuro.
Y los vio.
Dos puntos rojos brillantes, a lo lejos, en la cresta de una duna de datos. Parpadearon una vez, y el rojo se tiñó de un violáceo inquietante. Al ajustar la vista, Miku distinguió la silueta femenina de Koukai, de pie, inmóvil. Entonces, la figura oscura levantó una mano y la movió lenta, deliberadamente, en un gesto de saludo burlón.
El helado se le heló en el estómago a Miku.
—Eh…chicos…
Pero antes de que pudiera gritar, Nira estaba a su lado. Había sentido la tensión. Siguió la mirada de Miku y sus ojos escarlatas se encontraron con los de su reflejo oscuro. Instintivamente, su mano voló a la empuñadura de la katana, desenvainándola con un shing metálico que cortó la calma de la noche.
Al otro lado, los ojos de Koukai pasaron de rojo a un morado intenso y luego, como si fueran una pantalla apagándose, se desvanecieron en una lluvia de píxeles negros y violetas que se dispersaron. Tras ellos, revelado, estaba el pequeño Crawler parecido al que Nira había perseguido antes. La criatura los miró por un segundo, y luego se escabulló a toda velocidad hacia la oscuridad, su cuerpo dejando un tenue rastro de corrupción.
—¡Espera! —gritó Miku, pero Nira ya estaba en movimiento.
No era la carga de una cazadora esta vez. Era la persecución deliberada de una rastreadora. No quería matar al Crawler; quería que la llevara a su ama. Saltó por la ventana que aún estaba abierta y se lanzó a la noche.
—¡Nira, para! —gritó Miku, y salió tras ella sin pensarlo dos veces.
El alboroto alertó a los demás. Natsuki vio a las dos chicas desaparecer en la oscuridad y su corazón dio un vuelco.
—¡No! ¡Es una trampa!
—Obviamente —gruñó Hiro, ya empuñando su cañón de plasma—. ¡Todos, conmigo! ¡Ahora!
Corrieron. Durante 40 minutos largos y agotadores, siguiendo el débil rastro de Nira y el resplandor ocasional del pequeño Crawler, se adentraron en territorios del yermo que no habían cartografiado. El paisaje se volvió más desolado, más antiguo, lleno de estructuras de datos primigenias y olvidadas.
Finalmente, alcanzaron a Nira y Miku, que se habían detenido en el borde de un vasto claro. Ambas jadeaban, pero no era el cansancio lo que las tenía paralizadas. Era la vista frente a ellas.
—¿Qué… qué fue eso? ¿Por qué corrieron? —preguntó Kurenai, entre jadeos.
—La vimos —dijo Miku, señalando con un temblor en la mano hacia la nada de donde vinieron—. A Koukai. Desapareció y ese Crawler… Nira lo siguió. Hasta aquí.
Todos alzaron la vista, siguiendo la indicación de Miku. Y entonces lo vieron.
Se alzaba ante ellos, no como una ruina, sino como una estructura imponente y ominosamente intacta. Era una construcción ciclópea de datos cristalizados, con forma de una gran esfera achatada apoyada sobre pilares que se hundían en el suelo digital. De su superficie emanaba un brillo corrupto y constante, y en el aire palpitaba un silencio profundo, como si el sonido mismo muriera al acercarse.
—¿Qué… qué es este lugar? —preguntó Kurenai, en un susurro.
—Nunca vi una arquitectura así —dijo Zera, sus ojos blancos escaneando—. Es antigua. Muy antigua.
Pero Miku, Hiro y Natsuki no necesitaban escanear. Lo reconocieron. Un frío que no tenía que ver con el helado les recorrió la espina dorsal.
—Es el Directorio Raíz —susurró Natsuki, con un horror reverencial.
—El lugar donde encontramos el Fragmento de Coherencia Primordial —añadió Hiro, su voz grave.
Nira, sin apartar los ojos de la monumental estructura, apretó el mango de su katana hasta que los nudillos crujieron. Su voz sonó clara y fría en el silencio sepulcral:
—Está adentro.