El suave zumbido de la cápsula de mantenimiento cesó, marcando el final de otro ciclo de sueño simulado. La tapa se deslizó con un silbido de aire comprimido, revelando la oscuridad del cuarto de descanso. Hiro se incorporó lentamente, el proceso de booteo de sus sistemas mostrando líneas de datos verdes en su visión periférica. Estiró un brazo metálico hacia el interruptor de luz integrado en la pared, pero su mano se encontró con algo inesperado: una suave textura de tela y una forma cálida y sólida recostada justo al lado de su cápsula.
El instinto, forjado en mil batallas, se disparó. En un movimiento fluido y letal, Hiro saltó de la cápsula y adoptó una postura de combate en el centro de la habitación, sus puños cerrados y sus ópticas rojas escaneando la amenaza en la penumbra. El zumbido de sus sistemas pasó de inactivo a un tono de alerta baja y amenazante.
La figura a su lado se movió, incorporándose con una calma que contrastaba brutalmente con la reacción de Hiro. El tenue resplandor de las luces de estado de la base iluminó un rostro pálido y unos grandes ojos blancos que parpadearon, desenfocados por el… "sueño".
—Tranquilo, hermano —la voz de Zera era suave, cargada de una somnolencia que sonaba extrañamente humana—. Soy yo. Solo… el suelo era demasiado frío. Tu cápsula irradia un calor beneficioso para el reposo de sistemas.
Hiro se quedó inmóvil, el adrenaline dump digital dejándolo con una sensación de ridículo. Bajó los puños lentamente, su postura relajándose.
—Zera… —su voz sonó áspera, la estática del susto aún presente—. No… no hagas eso. Los protocolos de defensa pasiva podrían haberte identificado como una amenaza.
Ella se frotó los ojos con el dorso de la mano, un gesto aprendido que la hacía ver vulnerable.
—Lo siento. No calculé tu reacción. Buen día, Hiro.
Hiro respiró hondo, un suspiro sintético que simulaba alivio.
—Buen día, Zera —respondió, su tono volviendo a la normalidad. Observó cómo ella se ponía de pie, vistiendo solo la ropa interior básica que todos usaban para descansar. Era extraño ver a la temible Omen Phantom, la pesadilla del coliseo, tan… doméstica.
Salieron de la habitación y se dirigieron a la sala común. El resto del grupo ya estaba allí, sumido en sus rituales matutinos. Nira, como siempre, era la primera en estar completamente alerta, estirándose con la precisión de una gimnasta cerca de la entrada, su katana de acero de Aethelgard apoyada contra la pared. Kurenai bostezaba ampliamente en un sofá, sus orejas felinas aplanadas y su cola moviéndose perezosamente. Miku, con un suéter de azul cobalto sobre su uniforme, revisaba un holograma con los suministros. Natsuki, el último en despejarse por completo, frotaba su rostro con ambas manos, murmurando algo sobre el "código de café" que aún no podía replicar.
—Buenos días —anunció Hiro al entrar.
Una ronda de saludos somnolientos les respondió. Fue entonces cuando Zera, con su mirada analítica, escaneó a cada uno.
—Es curioso —comentó, su cabeza ladeada—. Ninguno de ustedes lleva la armadura de Metal Core. ¿No es más lógico y seguro mantenerlas activadas? La ventaja táctica sería constante.
Miku fue la primera en responder, flotando un poco más cerca con una sonrisa amable.
—¡Ah, eso! Es que… la armadura da demasiado poder —dijo.
Y Natsuki agregó.
Además que como no estamos en Metal Core y… —se detuvo a pensar la próxima palabra—. Lo que sea que tenga Metal Core no lo tenemos aquí, por lo que las armaduras tienen límite de uso.
—Hace que la cacería diaria sea… ¿aburrida? No es un reto —terminó Miku.
Hiro asintió, cruzando los brazos.
—Ambos tienen razón, aunque su elección de palabras sea poco técnica —dijo, Natsuki lo ignoró y Hiro le lanzó un leve guiño a Miku, que hizo que ella sonrojara ligeramente—. Es una cuestión de eficiencia logística y crecimiento. Usar ese nivel de poder para enemigos menores es un desperdicio de energía y nos impide perfeccionar nuestras habilidades base. Además, no es práctico llevar puesta permanentemente una forja de guerra de grado militar. Es como usar un martillo hidráulico para clavar un clavo. Es mejor guardarlas para emergencias reales.
—Entiendo —Zera asintió, procesando la información—. Conservan su filo para cuando la hoja común no sea suficiente. Es una estrategia sensata.
—¡Exactamente! —dijo Kurenai, saltando del sofá—. ¡Y además es mucho más cómodo! Esa armadura pesa mucho.
—El peso es insignificante para un guerrero entrenado —refunfuñó Nira, pero sin verdadera acritud.
—Bueno, antes de cualquier debate filosófico-marcial —interrumpió Natsuki, bostezando de nuevo—, lo primero es lo primero. Rutina, gente. A limpiarse la cara y después, el desayuno.
El grupo se dirigió a la pequeña área de aseo. Fue un espectáculo de diferentes enfoques a la higiene. Nira se lavó con una eficiencia absoluta, secándose con una toalla con movimientos precisos. Kurenai se sacudió como un animal, salpicando a todos a su alrededor, lo que le valió una mirada fulminante de Nira. Miku lo hizo con una gracia etérea, como si el agua misma la evitara por respeto. Hiro, por su parte, simplemente activó un campo de limpieza sónica en su rostro, eliminando cualquier micropartícula de polvo de datos o micro crawlers.
Zera los observó a todos, imitando luego los movimientos de Miku con una curiosidad técnica. Al sentir el agua fría en su rostro, un pequeño escalofrío la recorrió.
—Es una sensación… extraña. Pero no desagradable —comentó para sí misma.
Luego, llegó el momento que todos, en el fondo, esperaban: el desayuno. Hiro y Miku se convirtieron en un torbellino de eficiencia culinaria en la cocina. De los sintetizadores de datos surgieron rebanadas de pan que, al colocarse en una placa de energía, se tornaron doradas y crujientes. De otro compartimento, Hiro extrajo huevos perfectos que se frieron en una sartén de luz con un chisporroteo satisfactorio.
—El proceso de cocción simula las reacciones de Maillard a la perfección —explicó Hiro a Zera, que observaba fascinada—. La textura y el sabor tienen una tasa de aceptación del 98% entre los sistemas biológicos y sintéticos.
—¡Hiro, deja de sonar como un manual de instrucciones! —se rió Miku, revolviendo un batido de frutas que despedía un aroma dulce—. ¡Es delicioso, y punto!
En minutos, la mesa estaba servida. Pilas de pan tostado, huevos estrellados con las yemas brillantes y batidos espumosos fueron distribuidos. Zera tomó su plato con cuidado, como si sostuviera un artefacto explosivo. Con el tenedor, cortó un trozo de huevo y lo llevó a su boca. Sus sensores gustativos, mucho más avanzados que los de un humano, se inundaron de información.
Sus ojos blancos se abrieron de par en par.
—…Increíble —murmuró, y todos dejaron de comer para mirarla—. La combinación de texturas… la grasa simulada del huevo con la crocancia del pan… los sabores salados y terrosos… —Miró a Hiro y a Miku, y por primera vez, una sonrisa genuina, no táctica o irónica, sino de puro asombro, iluminó su rostro—. Es… es mejor que cualquier ración de energía de Kronos. Es… arte. Mi más sincero elogio para los chefs.
Miku sonrió, radiante.
—¡Gracias, Zera! Me alegra mucho que te guste.
Hiro, por su parte, asintió con una satisfacción tranquila.
—La simulación gastronómica fue uno de mis proyectos secundarios en Metal Core. Es bueno saber que la base de datos de sabores es robusta.
El ambiente durante el desayuno fue relajado, lleno de conversaciones triviales y risas. Zera, aunque en su mayoría callada, observaba cada interacción, aprendiendo la dinámica de su nueva familia.
Después de limpiar, se dirigieron a la zona de entrenamiento, siendo parte de la rutina.
—Muy bien —anunció Nira, adoptando su postura de combate—. Es hora de evaluar nuestras habilidades en un tiempo de ausencia. Zera, si no te importa, me gustaría que te enfrentaras a Kurenai. Será un buen punto de referencia.
Kurenai saltó al área designada, y con un gesto de sus manos, sus garras emitieron energía roja y brillante.
—¡No te voy a hacer fácil, fantasma! —dijo con una sonrisa juguetona.
Zera asintió, serena. Extendió sus manos y, con un destello de luz blanca, sus propias espadas curvas de Metal Core, aparecieron en ellas.
—No esperaría menos, Ghost-Claw.
El duelo comenzó. Fue un espectáculo de pura agilidad. Zera se movía con la fluidez de un espectro, sus ataques eran líneas rectas y perfectas, buscando puntos vitales con eficiencia mortal. Kurenai, por su parte, era un torbellino rojo e impredecible. Esquivaba, rodaba y se contorsionaba de maneras que desafiaban la física, usando su pequeño tamaño para colarse en los puntos ciegos de Zera.
¡WHOOSH! ¡TZZZT!
Las garras de Kurenai encontraban las espadas de Zera, creando chispas al chocar. Zera, a su vez, intentaba atrapar a la chica gato con movimientos rápidos como el rayo, pero Kurenai siempre lograba escabullirse en el último segundo.
—Tu velocidad es exasperante —comentó Zera, esquivando una barrida baja que casi la derriba.
—¡Y tu precisión es un problema! —replicó Kurenai, bloqueando un golpe que, a pesar de todo, la hizo retroceder varios pasos, sus botas chirriando contra el suelo—. ¡Pero no puedes golpear lo que no puedes alcanzar!
Ambas eran un espejo en agilidad y reflejos, pero sus estilos eran polos opuestos: la perfección calculada contra el caos instintivo. Tras varios minutos de un intercambio vertiginoso, Nira dio por terminado el combate.
—¡Alto! Es un empate. Zera posee una clara ventaja en fuerza bruta y alcance, pero Kurenai compensa con una impredecibilidad y una capacidad de evasión en espacios cerrados que es superior. Un buen equilibrio.
Ambas combatientes bajaron la guardia, jadeando ligeramente. Las armas se desvanecieron.
—Eres… muy buena —dijo Kurenai, ofreciendo un puño a Zera.
Zera miró el puño, luego a Kurenai, y con un leve titubeo, lo golpeó con el suyo.
—Tú también. Tus patrones son… ilógicos. Eso los hace difíciles de contrarrestar.
La siguiente parada fue la cacería diaria. Teletransportados a los límites de su territorio seguro, el paisaje de datos se volvió más hostil. Zera observó con curiosidad los primeros Crawlers que vieron: criaturas pequeñas y distorsionadas que se arrastraban por el suelo, emitiendo sonidos de estática.
—Esos son los Crawlers de los que hablaban —dijo—. En Metal Core, eran una molestia menor, un adorno en los niveles de entrenamiento básico. ¿Por qué debemos cazarlos aquí?
Natsuki ajustó su interfaz, escaneando el área. En sus manos no había una espada, solo un dispositivo de datos que usaba para análisis.
—Porque aquí, en lo que llamamos Virtual World abierto, no son un adorno —explicó—. Cuando forman enjambres, pueden sobrecargar y corromper estructuras de datos estables. Y a veces, mutan. Aparecen individuos de gran tamaño, tan grandes como un camión, y se convierten en un peligro real para cualquier zona que infecten. Es control de plagas preventivo.
Mientras hablaba, un enjambre de una docena de Crawlers pequeños, del tamaño de gatos, emergió de un glitch en el suelo, avanzando hacia ellos con intenciones claramente hostiles.
—¿Estos? —preguntó Zera, con un dejo de incredulidad.
Antes de que alguien pudiera responder, se movió. No fue un destello, fue una desaparición y una reaparición en medio del enjambre. Sus espadas curvas aparecieron de nuevo, y durante exactamente dos segundos, se convirtió en el centro de una tormenta de luz blanca. No hubo gritos, solo el sonido de whoosh, whoosh, whoosh y el crepitar de datos corruptos siendo purgados. Cuando se detuvo, los Crawlers yacían a su alrededor, desintegrándose en fragmentos de coherencia.
El grupo se quedó en silencio. La eficiencia era aterradora.
—Bueno… eso fue… —comenzó Natsuki, impresionado.
—¡Increíble, Zera! —completó Kurenai, saltando de emoción.
Los elogios, sin embargo, murieron en sus labios. Un retumbo grave sacudió el suelo. De detrás de una duna de datos corruptos emergieron cuatro Crawlers del tamaño de osos, sus cuerpos retorcidos formados por chatarra digital y ojos rojos que palpitaban con odio.
—¡Habla del diablo y los mutantes aparecen! —gritó Natsuki, adoptando una postura defensiva.
—¡Posiciones! —ordenó Nira, desenvainando su katana con un sonido metálico—. ¡Zera, con Kurenai! ¡Miku, conmigo! ¡Natsuki, cubre a Hiro!
La batalla se dividió. Zera y Kurenai se convirtieron en la punta de lanza. Zera absorbía la atención y los golpes de dos de las bestias con sus espadas de energía, desviando sus garras masivas con movimientos precisos, mientras Kurenai, como un demonio escarlata, saltaba sobre sus lomos y destrozaba sus "ojos" con sus garras de energía, ciega de ira pero letalmente efectiva.
En otro frente, Miku y Nira bailaban. Miku con su sable creaba hondas sónicas para desviar los embistes del tercer Crawler, mientras Nira, con su katana, realizaba incisiones profundas y limpias en sus patas, buscando desestabilizarlo. Era una combinación de defensa perfecta y ofensiva quirúrgica.
Hiro y Natsuki enfrentaban al cuarto. Natsuki cortaba cada uno de los ataques del monstruo con un cuidado que parecía cortar pasto. Hiro, con su típica calma, avanzó. Sus brazos se reconfiguraron y transformaron en sus clásicos cañones de plasma.
—¡Ahora! —gritó Hiro, viendo una apertura.
Natsuki asintió y realizó 3 cortes en la superficie corrupta, creando una distorsión mayor que inmovilizó brevemente al Crawler. Hiro se preparó para un disparo final, pero una voz serena y fría se alzó a su lado.
—Permíteme, hermano.
Zera apareció junto a él, habiendo dejado a su Crawler gravemente herido y siendo rematado por Kurenai. Alzó su brazo, su mano se convirtió con elegancia en su versión del cañón, se alineó con el objetivo. Al mismo tiempo, el cañón de Hiro brilló con intensidad. Sin necesidad de comunicarse, sin una sola orden, ambos apuntaron.
—Fuego concentrado —dijo Hiro.
Un haz de energía blanca pura y otro de plasma carmesí se entrelazaron, fusionándose en un rayo devastador de color rosa intenso que impactó en el centro del Crawler. La criatura no tuvo tiempo de gritar; fue vaporizada al instante, dejando solo un pequeño cráter humeante.
El silencio volvió al campo de batalla. Los otros tres Crawlers yacían derrotados, gracias al trabajo combinado de los demás.
Nira y Natsuki comenzaron la tarea de recoger los Fragmentos de Coherencia que los monstruos habían dejado. Kurenai, sin embargo, no se unió de inmediato. Su aguda percepción felina había captado algo. Sus ojos se clavaron en Miku.
La chica de datos no estaba celebrando. Estaba quieta, observando a Hiro y a Zera, que intercambiaban un comentario técnico sobre la eficiencia del ataque combinado. Pero la mirada de Miku no era de admiración o alegría. Era intensa, seria, sus ceños ligeramente fruncidos. Sus labios estaban apretados en una fina línea. Kurenai había visto esa expresión antes, en sus propios clanes, cuando una hembra veía a otra acercarse demasiado a su pareja.
Con una sonrisa pícara, Kurenai se deslizó junto a Miku.
—Oye, Miku —susurró, con un tono cantarín—. ¿Todo bien? Te veo mirando fijamente a nuestra nueva hermanita. ¿Acaso ese ataque tan sincronizado te está poniendo... De color verde?
Miku se sobresaltó violentamente, como si la hubieran sacado de un trance. Su rostro se sonrojó intensamente, un brillo carmesí que contrastaba con su cabello azul.
—¡¿Q-Qué?! ¡No! ¡Para nada! —protestó, su voz una octava más alta de lo normal—. ¡Solo estaba… analizando su sincronización! ¡Es un dato táctico muy valioso! ¡No son celos!
Y, negando con vehemencia, se apresuró a ayudar a Natsuki y Nira con los fragmentos, evitando cualquier otra mirada. Kurenai se quedó allí, con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos entrecerrados, sabiendo muy bien que había tocado un nervio. Algo había cambiado en la dinámica del grupo, y la llegada de Zera había añadido una nueva y complicada variable al corazón de su pequeña familia. El viaje de regreso a la base fue notablemente más silencioso para ciertos miembros del equipo.