—Al fin llegas.
El semáforo dio paso a los peatones y la multitud avanzó con calma. A lo lejos, las bocinas sonaban con ese tono impaciente y casi rutinario de la ciudad, marcando el ritmo apurado de un domingo por la tarde.
—Por un momento pensé que no vendrías —confesó Khai, sosteniendo un pequeño paraguas para resguardarse de la llovizna.
—El tráfico está terrible —murmuró Rey, apresurando el paso hacia él—. ¿Dónde está Haru?
—Debe estar adentro. Me dijo que llegó una hora antes, a petición de su «amigo» —Hizo comillas en el aire, expresándose con cierta molestia.
Avanzó con pasos bruscos, levantando pequeñas gotas que salpicaban el borde de sus bastas.
—Khai… —lo llamó Rey, notando su disgusto—. Espero que te comportes en el evento. Si haces algo estúpido, estoy seguro de que Haru no te lo perdonará. Ni yo tampoco.
—Lo sé, lo sé —suspiró, reclinando levemente la cabeza hacia atrás.
Su destino estaba cerca. Los carteles colocados a lo largo de las aceras daban color a la calle, invitando a los transeúntes a asomarse y descubrir el trabajo de los jóvenes artistas.
La galería Aurora era un edificio antiguo, nada despampanante, pero su estructura bien cuidada y su popularidad en la zona la hacían única.
Al llegar al filo de las escalinatas, se encontraron con Haru, quien los esperaba paciente, resguardado bajo su paraguas transparente.
—Llegan a tiempo, hace poco dieron inicio al evento. Vengan. —Sujetó a Khai por el brazo tan pronto lo tuvo cerca, impulsándolo hacia la entrada.
Khai se adelantó y, más atrás, lo hizo su anfitrión. Varias personas desconocidas avanzaron junto a ellos.
Dentro de la estancia, ambos voltearon hacia atrás y encontraron a Rey inmóvil. Se había quedado observando el marco tallado de la entrada. Parecía hipnotizado por los relieves, como si fuera la primera vez que veía un trabajo tan meticuloso.
—¿Qué haces? —Khai alzó la voz.
—Si te sigues mojando, te vas a resfriar —añadió Haru.
El moreno, al escucharlos, avanzó por fin. Sacudió el rocío de sus mechones oscuros sin emitir comentario alguno.
El lugar, de techos altos y espacios amplios, estaba lleno de miradas apreciativas. Las risas eran suaves y las voces apenas se distinguían; si pudiera compararlo con algo, lo haría con una biblioteca, pero en vez de libros había cuadros y esculturas.
—Esto está genial —expresó Khai, ojeando todo a su alrededor con fascinación inesperada.
—¿Nunca habían entrado? —preguntó Haru.
—Una vez, de niño, en una excursión del colegio… —respondió Rey.
—Ah, cierto —recordó Khai—. En mi escuela hicieron algo parecido, pero me enfermé y no pude asistir.
—Ya veo… —comentó Haru, soltándose el cabello mientras avanzaba unos pasos.
—¿A dónde vas? —preguntó el rubio al verlo alejarse.
—Debo encontrarme con Andrew. En un rato los busco.
Ambos lo vieron perderse entre la gente, caminando suavemente.
—Creo que solo quedamos tú y yo —dijo Khai, cruzándose de brazos.
—Sí… no creo que Haru vuelva pronto. —Rey bajó el cierre de su chaqueta; la calefacción del lugar empezaba a disipar el frío—. Caminemos por ahí, a ver qué encontramos.
—Ese es mi amigo, tú no me abandonarás como ese tonto —exclamó Khai con entusiasmo.
—Solo no me hagas arrepentirme —se mofó Rey, caminando hacia la zona de arte realista.
Pero su compañía duró poco.
Pese a que ambos avanzaron a la par durante un tiempo, en algún punto terminaron separándose; cada uno se dejaba llevar por las obras que le llamaban más la atención.
Rey, sin embargo, no parecía particularmente fascinado por ninguna. En la exposición había de todo: esculturas, dibujos, pinturas con diversas técnicas e incluso arte abstracto. Ese, en especial, nunca lograba comprenderlo. Aunque no lo juzgaba abiertamente, no lo entendía en lo absoluto; para él no eran más que manchones de colores que incluso él mismo podría hacer con algo de alcohol encima.
Se detuvo un momento en medio del pasillo. El lugar, que al principio estaba bastante vacío, ahora se encontraba repleto. No obstante, pese a la cantidad de visitantes, se mantenía tranquilo, con el volumen bajo y para nada abrumador. Cada persona parecía disfrutar del evento a su manera, ya fuera haciendo uno que otro comentario crítico sobre alguna obra en particular o degustando los bocadillos y bebidas que se repartían.
Durante su pausa, tomó una copa que, muy responsablemente, estaba llena de jugo de uva. Agradeció al mesero que se la entregó con amabilidad y bebió, sin moverse de su sitio.
No iba a mentir, estaba empezando a aburrirse.
Al levantar la copa para dar el último sorbo, sus ojos se posaron —por mera coincidencia— en el fondo del pasillo. Allí notó a un pequeño grupo de personas aglomeradas frente a una pared, ocultando por completo la obra que observaban.
Rey sintió intriga. ¿Qué podía ser tan especial?
Esperó a que el tumulto se dispersara y, cuando al fin tuvo espacio para avanzar, sus ojos se quedaron quietos.
Era una pintura particular, titulada La Muñeca.
Y, en efecto, mostraba a una muñeca de trapo con cierta gracia, pero lo que llamaba la atención no era el objeto, sino la personita que la sostenía.
Una niña.
El juguete era el foco principal, sí… pero, por alguna razón, lo que más destacaba era la pequeña que llevaba la pieza sobre las piernas. Había algo en su expresión, en el gesto diminuto de sus manos, en los tonos ocres que anunciaban el otoño detrás de ella.
—Es hermoso… —murmuró, perdido en la imagen. Por primera vez comprendió la esencia del arte y lo que un buen artista puede transmitir con un poco de pintura y un buen encuadre.
—¿Te gusta? —preguntó una voz suave a su lado.
—Demasiado —respondió casi en automático, sin apartar la vista del cuadro.
—Me alegra mucho escuchar eso...
Con ese último comentario, el murmullo del lugar volvió, como si el mundo recuperara su sonido en medio del silencio creado por la belleza de la obra. Rey entrecerró los ojos, analizando. Había cierta familiaridad en el timbre que le hablaba.
Giró la cabeza hacia un costado, buscando la procedencia de aquella voz que le provocó un hormigueo en las palmas de las manos… y, por un instante, sintió cómo el aliento se le escapaba al distinguir su rostro.
—Hola, Rey, qué bueno verte de nuevo.
🖌︎
A las afueras de la galería, un chico avanzaba apresurado hacia el recinto, tratando de refugiarse de la llovizna que, aunque leve, era suficiente para empaparlo por completo.
Al parecer, su día no había iniciado con buen pie. Se había despertado temprano, con la emoción a tope por el evento en el que presentaría por primera vez una de sus pinturas. Decidió desayunar algo ligero, así que optó por cereal. Se sirvió los últimos restos, agitando la caja para no desperdiciar nada, y luego comenzó a verter la leche.
Esta cayó sobre el plato, pero apenas el líquido salió del envase, un olor desagradable se apoderó de la cocina. El chico hizo una mueca de asco y revisó la fecha de caducidad: la leche estaba vencida.
—Tiene que ser una broma… —masculló, incrédulo.
Casi de inmediato recordó que llevaba semanas postergando las compras, priorizando otras cosas. No tenía derecho a desquitarse con la pobre leche de su nevera.
Suspiró, inflando el pecho con una expresión renovada. No dejaría que una comida pasada le arruinara el día. Tiró el contenido del plato a la basura y decidió darse una ducha.
Ya en el baño, comenzó a disfrutar del agua caliente deslizándose por su cuerpo. Era tan agradable que decidió lavarse el cabello, pero al intentar extraer shampoo del bote, se percató de que estaba vacío.
La expresión de su rostro bajo la regadera fue la de un llanto fingido. Al parecer, el destino se empeñaba en arruinarle la mañana. Al final, no tuvo más remedio que usar solo jabón; le dejaba los mechones tiesos, pero logró resolverlo con el poco acondicionador que le quedaba.
El resto del día transcurrió de forma similar: malos ratos, cancelaciones de sus mangas favoritos, falta de inspiración para nuevos dibujos. Terminó estresándose en la soledad de su apartamento, lo que incluso lo llevó a pensar que quizá necesitaba una mascota… hasta que recordó que en el edificio no permitían animales.
—Ah… maldición.
Se revolvió el cabello, que aún sentía seco por culpa del jabón. Todo aquello parecía una señal de que el evento saldría mal: su pintura sería la peor y nadie le prestaría atención.
Miró el reloj y se dio cuenta de que debía alistarse pronto si quería llegar a tiempo. Intentó recuperar la calma tras tantos infortunios y luchas con sus pensamientos intrusivos, y se vistió con ligereza, eligiendo las prendas que más cómodo lo hacían sentir.
Consiguió un taxi tan pronto pudo y le indicó el destino al chofer. Todo parecía en orden hasta ese momento. El tráfico estaba algo congestionado, seguramente por la lluvia que comenzaba a caer, pero no permitiría que la negatividad volviera a robarle ese instante tan esperado. ¡No, ahora no!
Sin embargo, tras algunos minutos, la situación empezó a torcerse. El auto apenas lograba avanzar, atrapado en una larga fila de vehículos. El chico, impaciente, comenzó a agitar el pie, reflejo de su ansiedad. En eso, su celular vibró. Lo sacó y vio el mensaje de su amigo.
«¿Dónde estás?»
Revisó el reloj y comprendió que no llegaría a la hora prometida. Estiró el cuello para mirar hacia el exterior: nada se movía. Consideró la idea de bajarse y continuar a pie; el lugar no estaba tan lejos, quizá le tomaría unos veinte minutos si apuraba el paso, pero el problema no era la distancia, sino la lluvia que, aunque había disminuido, seguía siendo persistente.
«¿Qué hago?», se preguntó, nervioso.
El movimiento de su pierna hacía vibrar el respaldo del asiento delantero. El conductor lo observó por el retrovisor y notó su inquietud.
—Tranquilo —le dijo con amabilidad—. Una vez crucemos la esquina, verás que todo avanzará más rápido.
El chico levantó la vista y encontró la sonrisa del hombre reflejada en el espejo. No pudo evitar corresponderle el gesto.
—Gracias —respondió despacio, dejándose caer contra el respaldo.
Había tenido un día terrible, y aquellas palabras destinadas a tranquilizarlo en medio del caos fueron, sin duda, lo mejor que había recibido en horas.
Decidió dejar que las cosas siguieran su curso. Tal vez el destino aún le tenía preparado algo bueno al final del día.
Eso fue lo que eligió creer.