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CAPÍTULO 5: EL FOTÓGRAFO

TÚ EL LIENZO, YO EL PINCEL · por tintadoradamj · 03 de agosto de 2026

 

—¿Qué haces ahí parado? ¿Estás bien?

La tarde otoñal caía lenta sobre el pueblo, tiñendo la plaza de tonos cálidos y apagados. Al otro lado de la plaza principal del pueblo, la galería Aurora era visitada por dos figuras que participarían en un evento programado para la semana próxima.

Dentro, el eco de unos zapatos marcaba el ritmo mientras se acercaban a un muchacho de pie en medio del pasillo, absorto frente a una pared.

—Sí —respondió el chico, girándose hacia su compañero.

—¿Estás emocionado? —preguntó, apoyando la mano sobre el hombro contrario.

—Así es —admitió, devolviendo la mirada a un punto distante. Tal vez para él aquel instante de ausencia fue corto, pero para su acompañante resultó demasiado.

—¡Benji! —lo llamó nuevamente, alzando un poco la voz.

—Disculpa —atendió al fin, con esa risilla perpetua.

—Lo harás bien —le animó su amigo, dándole un pequeño golpecito en el mentón—. Sé que es tu primera exposición, pero tu arte es hermoso. Además, solo es un cuadro. ¿Ya lo tienes listo, cierto?

—Ya casi —respondió Benji, guardando las manos en los bolsillos.

—Si es así, entonces solo disfruta el momento. Después de esto, estoy seguro de que tendrás muchas más presentaciones similares.

Y eso era lo que más deseaba.

Todavía dudaba de su capacidad como artista. No tenía los años ni la experiencia de muchos otros, pero tal vez sí tenía suerte, porque había recibido la oportunidad de participar en un evento como ese.

La solemnidad que lo envolvía en aquel lugar amplio lo conmovía de muchas maneras. La idea de estar allí por primera vez lo llenaba de nervios, por supuesto, pero también de una libertad desconocida, una que quería seguir explorando, dando lo máximo de sí en ese punto de su vida.

—Andrew… —murmuró, con una expresión afable.

—Mmh… —respondió el aludido con un leve gruñido desde la garganta.

—Gracias.

La palabra, tan sencilla, cargaba más de lo que aparentaba: era un agradecimiento nacido de la costumbre, de todas las veces en que uno había sostenido al otro en distintas circunstancias y, sobre todo, porque él había sido quien lo animó a participar en el evento.

—Eres un tontuelo —dijo Andrew, atrayéndolo hacia su pecho. El hombre, con su porte más alto y elegante, parecía hecho de otra materia: la sobriedad de su apariencia contrastaba con la calma que despertaba en el muchacho—. Por eso te quiero —agregó sin titubeos.

Su amistad había superado los límites del afecto común. No eran hermanos de sangre, pero sí de espíritu y eso, para una persona como él, ya era decir mucho.

—¿Quieres ir a beber algo esta noche? —preguntó Andrew, sacudiéndole suavemente los hombros.

—Hoy no puedo —negó con la cabeza—, tal vez otro día. Usaré el tiempo que me queda para terminar los últimos detalles de mi pintura.

—Está bien, otro día será. —Revolvió con cariño sus mechones claros antes de apartarse—. Por cierto, hoy tendré una cita.

—¿Otra? —Arqueó una ceja, inclinándose hacia adelante para buscar su cara.

—¿Por qué lo dices de esa forma? ¿Crees que soy un gigoló o algo así? —farfulló Andrew, ofendido de broma.

La risa del castaño brotó sin contención.

—Perdón, no era mi intención. Es solo que conozco muy bien tu… habilidad para atraer gente.

—¡Pff! —Andrew peinó sus mechones teñidos de blanco hacia atrás—. Esta vez fui yo el que se sintió atraído.

—Oh… no me digas… ¿Acaso estoy a punto de perder a mi mejor amigo?

—Puede ser. —Elevó el pecho con orgullo—. Me veré con él y sus amigos esta noche; por eso quería que fueras conmigo. No quería estar rodeado de extraños.

—De seguro estarás bien —aseguró Benjamín, retomando su atención a la pared—. Lo que no sé es si ellos estarán bien.

—¡Ja! —exclamó con burla—. Eres un pequeño insolente; sabes muy bien que todos me terminan adorando.

—Con ese ego, por supuesto que sí. —Entornó los ojos, resoplando con ironía.

—Ya verás, incluso puede que los invite al evento. Cuantas más personas vean tu trabajo, mejor para mí.

Benji sonrió por lo bajo; Andrew, con esa mezcla pedante de dulzura, siempre terminaba por alegrarle la existencia.

—Genial… —respondió casi en un susurro, que se perdió tan pronto abrió la boca. No sabía si había sido esa misma sensación de agradecimiento hacia su amigo la que provocó que un recuerdo —inoportuno para el momento— le cruzara fugazmente la mente, nublándole la mirada.

Andrew lo notó al instante.

—Benji… —murmuró y este atendió a su llamado—. Todo estará bien.

Benjamín lo conocía lo suficiente para entender que esa era su forma de consolarlo.

—Lo sé… —convino gentilmente.

Ambos pasaron el resto de la tarde recorriendo cada espacio del lugar. Contemplaron obras, imaginaron algunas otras e intercambiaron uno que otro comentario incoherente que los hizo reír más de la cuenta.

Cuando las luces de la galería comenzaron a apagarse, el par ya se había retirado.

Andrew llevó a Benji hasta su casa en un trayecto lento, casi silencioso, disfrutando de la música clásica que a ambos les encantaba escuchar. Antes de bajarse, Benjamín se despidió de su amigo con un ademán sencillo, deseándole suerte en su encuentro. El auto se marchó, dejándolo solo frente al edificio, y el recuerdo de las palabras de su mejor amigo acudió a su mente:

«Todo estará bien».

Respiró hondo, sintiendo el aire frío de la noche que empezaba a levantarse, y avanzó despacio hacia la puerta, aferrándose a la correa de su bolso.

Quería creer en esas palabras. En serio lo quería.

 

🖌︎

 

—Brindemos.

Esa noche, Rey y sus amigos estaban en el bar que solían visitar cuando la universidad les daba un respiro. El lugar tenía la música a un volumen cómodo y olía a cerveza y madera vieja, esa que ya empezaban a extrañar. No es que no tuvieran tiempo para relajarse de vez en cuando; solo eran responsables… excepto Khai, que siempre impulsaba las salidas repentinas.

—¿Y a qué vamos a brindar? —preguntó Rey, intentando soltarse mientras el rubio lo zarandeaba con entusiasmo.

—¿Tenemos que tener una razón? —Khai alzó el vaso con una sonrisa contagiosa—. Si necesitas una, qué tal si celebramos por sobrevivir una semana más de clases.

—Salud —dijo Haru, tomando el primer trago.

—¡Salud! —repitieron los otros dos.

La música y el murmullo del lugar creaban un ambiente cálido, casi festivo, considerando el día tan excesivamente normal.

Rey rió para sí, mirando a Khai con una mezcla de desconcierto y diversión mientras este tarareaba sin ritmo entre trago y trago. Y era apenas el primero... No quería imaginarlo llegando al décimo. Si es que llegaba.

De pronto, Haru sacó su teléfono.

—Ya vuelvo —anunció, levantándose sin apartar la vista de la pantalla.

—¿A dónde va? —preguntó Khai.

—Me dijo que invitó a un amigo —murmuró Rey.

—¿Otro novio? —bufó, frunciendo la nariz.

—Puede ser.

Haru era tranquilo, amable, de belleza suave. Pero detrás de su apariencia delicada se ocultaba su debilidad más evidente: los hombres.

Rey y Khai lo habían acompañado más de una vez en sus desamores, rupturas o citas fallidas. Su búsqueda del amor era un ciclo eterno.

—No entiendo por qué insiste en buscar a alguien más —se quejó Khai, moviendo el vaso con molestia.

—Porque tú nunca le has dicho nada —respondió Rey.

—Claro que sí… —refunfuñó—. Tal vez no directo, pero siempre le digo que es muy atractivo.

—No seas idiota. Eso no es decirle lo que sientes. Eso se lo dices a cualquiera que respire. No lo culpo por no entenderte. Yo todavía no te entiendo.

—¿Qué insinúas?

—Que criticas a Haru, pero actúas como si no te importara.

—Pero yo… esas relaciones no son nada serio… —sus ojos azules buscaron el suelo.

—Aun así… —Rey dejó el vaso sobre la mesa—, lo confundes. Si no piensas decirle nada, deja que busque su felicidad como pueda.

Las palabras directas, pero necesarias, dejaron a ambos en un breve e incómodo silencio.

Khai afirmó el codo sobre la mesa y se rascó la cabeza.

—Solo no quiero que lo lastimen otra vez. No se lo merece.

—Si pasa, estaremos para él. Como siempre.

Ambos voltearon hacia la entrada y justo en ese momento vieron a Haru recibir a su invitado: un hombre alto, atractivo y vestido con demasiada elegancia para el lugar en el que se encontraban.

—Mierda… —murmuró Khai, reconociendo el porte de su adversario—. Estoy jodido.

—Sí —asintió Rey—. Lo estás.

Cuando Haru se acercó a la mesa, lo hizo acompañado de su nuevo amigo.

—Muchachos, les presento a Andrew.

—Un gusto —dijo el susodicho, levantando la mano en un saludo gentil.

—El del cabello negro es Rey, y el rubio se llama Khai.

—Mucho gusto —correspondió Rey con una leve reverencia y, al notar que Khai no tenía intención alguna de responder, le dio un puntapié por debajo de la mesa para obligarlo a reaccionar.

—Un... placer... —balbuceó el rubio, sobándose la pierna.

Luego buscó de regreso a Rey y gesticuló con los labios:

«Idiota, ¿qué te pasa...?»

Parecía un león furioso, con la nariz fruncida y el cabello alborotado. Rey simplemente tomó su vaso y le restó importancia.

Ya se le pasaría.

Al ver la extraña interacción, Andrew simplemente sonrió.

—Ignora a Khai. —Haru rodó los ojos al ver el comportamiento del muchacho—. Lo que pasa es que vino con un defecto genético.

—¡Oye! —protestó el aludido con molestia y Haru se hizo el aéreo buscando el techo.

Rey, por su parte, trató de esconderse tras su cerveza, sintiendo pena ajena por el recién llegado.

La extraña dinámica de los amigos no hizo más que llamar la atención de Andrew, quien intervino con un bufido sonriente.

—¿Eso crees? —dijo—. A mí me parece alguien muy… interesante.

Khai se removió en su asiento al escucharlo, incómodo bajo aquella voz profunda y segura.

«¿Por qué demonios es tan sexy?», pensó.

—¿Quieres sentarte? —le ofreció Haru a Andrew, dejando atrás el absurdo momento y retomando el motivo de su encuentro.

—Sí, gracias.

Rey y Khai se deslizaron para hacerles espacio.

—Y bien... —dijo Khai, aclarándose la garganta—. ¿Desde cuándo se conocen?

Haru le hizo una señal con la cabeza a Andrew para que fuera él quien respondiera.

—Bueno... —exhaló, apoyando los codos sobre la mesa—. Nos vimos por primera vez en un evento de modelaje. Apenas lo vi, pensé: «Es hermoso».

¡Carajo!

Rey se ahogó con la bebida intentando no escupirla y Khai se atragantó hasta con el aire.

Los ojos negros de Andrew se entrecerraron con picardía en dirección a Haru, quien se cubrió la boca, avergonzado por semejante confesión frente a sus amigos.

Los siguientes segundos fueron extraños.

Rey presionó los labios y desvió la atención hacia la pared. ¿Cómo era posible que las palabras de Andrew se parecieran tanto a lo que él había experimentado en el metro?

Por otro lado, Khai apretó la tela de su pantalón. Miró las orejas enrojecidas de Haru y sintió unas ganas repentinas de tirarle la cerveza encima.

—¿Tú también eres modelo? —preguntó, intentando no sonar molesto.

—No, no. —Sonrió Andrew, llevándose el cabello hacia atrás—. Soy fotógrafo. Ese día fui por una sesión.

—También es pintor —añadió Haru con orgullo.

—¿Artista? —Rey volteó la cabeza de inmediato.

—Sí —confirmó Haru—. La próxima semana tendrá una exposición en la galería de la ciudad.

Khai y Rey intercambiaron un vistazo rápido: al parecer el hombre no solo era atractivo físicamente, sino talentoso en diferentes áreas.

«Qué competencia…», pensó Rey, notando la cara desencajada del rubio.

—Es solo un pequeño evento de nuestra academia —explicó Andrew—. Realmente está más orientado a novatos. Yo solo iré de fotógrafo para nuestro foro.

—Pero me dijiste que presentarías una obra tuya —recordó Haru.

—Un collage de fotos, sí. De todos los lugares que he visitado dentro y fuera del país.

—¿Viajas? —Khai ya no sabía ni cómo cerrar la boca.

—Sí, he ido a varios países de Asia, Europa y América.

«Rapten a este sujeto, por favor», rogó Khai internamente dando golpecitos en la mesa.

—Pero…—murmuró Rey—, ¿tú también pintas?

Andrew lo observó de reojo.

—Lo hago, o lo hacía. Últimamente me he dedicado más a la fotografía. Ahora estoy más interesado en apoyar el trabajo artístico de un amigo.

Todos quedaron intrigados.

¿Quién sería esa persona que merecía mayor atención que él?

—¿Te interesa el arte? —preguntó Andrew, dirigiéndose a Rey.

—¿A mí? —Se señaló el pecho—. No, no… para nada.

—Qué lástima… —comentó con suavidad—. Tenía pensado invitarte a la exposición. Tal vez quieras ir de todos modos y, si tengo suerte, cambies de opinión.

—Esto…—vaciló Rey.

—Ambos deberían asistir —agregó Andrew, abriendo los brazos para incluir también a Khai—. Haru ya estaba invitado de antemano, por supuesto.

—¿Irás? —preguntó Khai con rapidez, buscando a Haru.

—Obvio que sí —su confirmación hizo que Andrew le guiñara un ojo.

—Entonces yo también iré —soltó el de rizos, sorprendiendo a Haru por la entonación tan ruda.

—¡Perfecto! —celebró Andrew.

—¿Y a ti no te gustaría acompañarnos? —Haru se dirigió con ternura a Rey, que permanecía aún callado.

Este abrió la boca, pero sentía la voz atorada en la garganta. Por alguna extraña razón no quería ir, no quería saber nada referente al dibujo y esas cosas.

Todos lo miraron, expectantes ante su respuesta, y la presión muda de sus expresiones lo hizo ceder.

Dejó caer la cabeza antes de, por fin, responder:

—Sí, está bien… iré.

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