—¿Vas a dibujar?
…
El parque del sur de la ciudad estaba lleno esa tarde. Familias, parejas y gente paseando mascotas llenaban las aceras. El otoño en todo su apogeo, dejaba una brisa suave entre los árboles.
Sentado en una de las banca, Benjamín comía takoyaki envuelto “para llevar”. Sus ojos tenían un brillo dulce mientras apreciaba los alrededores, y la calidez del sol enrojecía levemente sus mejillas. le gustaba mucho estar allí, pasar un momento a sola dejándose envolver no solo por la temporada sino también en los rostros de desconocidos y en la forma de disfrutar a su manera su día.
Relajó los párpados al sentirse pleno en ese instante, pero tan pronto abrió los ojos, la sonrisa desapareció, dando paso a una expresión pensativa.
La razón por la que había llegado a esa ciudad tal vez no era un que lo enorgullecía mucho pero pese a todo eso agradecía el cambio que había provocado en su vida.
En eso, desvió la atención a su mochila; de ella sobresalía una nueva libreta de dibujo que siempre lo acompañaba. La tomó y hojeó las páginas con pereza hasta llegar a un punto donde solo quedaba el rastro de una hoja arrancada. Recordó el motivo, deslizando sus dedos por el borde rugoso, y sonrió al recordar, con demasiada claridad, las facciones del chico del metro.
«Hubiese sido perfecto para mi proyecto», pensó. «Aunque, si soy sincero… no fue solo por eso que me fijé en él.»
Cerró la libreta con un suave chasquido con su lengua, pero antes de poder guardarla, una vocecita curiosa a su lado lo hizo sobresaltarse.
—¿Vas a dibujar?
El joven bajó la vista y se encontró con una pequeña de mejillas redondas. Sostenía una muñeca de trapo contra el pecho, observando la libreta con expectación.
Benji sonrió, derrotado, cuando la niña se balanceó sobre las puntas de los pies, ansiosa por su respuesta.
—¿Quieres que te haga un dibujo? —preguntó.
La niña gritó un “¡sí!” que llamó la atención de su madre, sentada cerca y Benji le guiñó un ojo a la mujer antes de volver con la pequeña.
—Entonces dime. —Hizo una mueca juguetona—. ¿Qué te gustaría que dibujara para ti?
—¡A mi muñeca! —exclamó, levantando el juguete con orgullo.
—Eso pensé —rió Benji, complacido.
—Disculpa a mi hija. —La madre se acercó al fin—. Siempre le ha llamado la atención todo lo relacionado con el arte.
—No se preocupe. Yo era igual de curioso… aunque menos encantador. —Hizo un gesto a la pequeña, que se sonrojó ligeramente.
—Pero tú también eres muy bonito —confesó sin filtro.
—¡Kima! —La madre se llevó una mano a la frente.
Benji no pudo contener la carcajada; la espontaneidad de la niña lo desarmó.
—Gracias, gracias.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Kima, intentando subirse al banco.
—Benjamín —respondió ayudándola con cuidado—. Pero puedes llamarme Benji.
—¡Benji! —repitió con entusiasmo—. Toma, te presto a Princesa.
El joven tomó la muñeca ceremoniosamente.
—Hola, Princesa. ¿Lista para posar?
—¡Sí! —afirmó la niña, mientras su madre negaba de forma divertida con la cabeza.
—Muy bien —acordó Benji—. Por favor, sostenla y dile que no se mueva, ¿sí?
—¡Entendido! —respondió la pequeña, acomodando el juguete sobre sus piernas.
Benji sacó su lápiz y comenzó a delinear las primeras formas. Definitivamente no era su plan estar en el parque dibujando un objeto inanimado, pero ciertamente las cosas siempre sucedían por un propósito, o eso era lo que le gustaba pensar.
El sol dorado de la tarde, sumado a la brisa y a aquellos tiernos cabellos negros y enroscados frente a él, le hizo sentir que cada paso que había dado hasta ese momento lo había llevado justo a donde tenía que estar. Sintió una punzada en el pecho, pero, en respuesta, sonrió. Siempre era mejor hacerlo.
Mientras estudiaba el ángulo perfecto, enderezó los hombros al percatarse de que la niña estaba completamente inmóvil, incluso con los labios fruncidos.
—Kima, ¿estás respirando? —preguntó, alarmado.
La pequeña abrió la boca de golpe y tomó una bocanada inmensa de aire.
—¡Ay, por Dios! —gritó su madre al ver las mejillas sonrojadas de la niña.
—¿Estás bien? —preguntó Benji, acercándose un poco más.
—Sí. —Sonrió como si nada hubiera ocurrido.
Benjamín sintió tal alivio que se llevó una mano al pecho. Jamás había retratado a una niña tan pequeña y no había imaginado que se tomaría tan literalmente aquello de posar.
Vaya error de principiante.
—¿Ya no vas a dibujar a mi muñeca? —preguntó Kima, haciendo un puchero.
Benji tomó nuevamente su libreta y ladeó la cabeza.
—¿Me prometes que no dejarás de respirar?
—Lo prometo.
Buscó a su madre con la mirada y esta asintió mientras acariciaba la cabeza de su hija. Con aquella aprobación, Benji sostuvo nuevamente el lápiz y acercó la punta al papel.
—En ese caso, sigamos.
La risa de Kima fue tan bonita que, por un instante, casi agradeció aquella decisión que lo había llevado a dedicarse al dibujo y dejar todo lo demás atrás.
Quizá había que aprovechar cada instante. Al menos, eso creyó comprender aquel día.
Porque incluso un momento tan inesperado podía convertirse en algo perfecto: uno en el que los recuerdos del pasado regresaban, sí, pero sin impedirle dejar espacio para crear otros nuevos.
🖌︎
—Un takoyaki, por favor.
Esa tarde, un vendedor de mediana edad atendía a un joven de cabello negro, piel bronceada y voz suave. El pequeño puesto callejero ofrecía poco más que una tolda y algunas sillas. El viento arrastraba hojas secas por la acera mientras la luz dorada de la tarde bañaba el metal del yatai.
—Aquí tienes. —El hombre le entregó el pedido.
—Gracias. —El chico tomó la bandeja—. Quédese con el cambio
—Oh... eres muy amable.
El vendedor recibió el pago con ambas manos y se inclinó varias veces en señal de agradecimiento. El muchacho respondió con un gesto sutil, restándole importancia.
Antes de alejarse, escuchó que lo llamaban:
—¡Rey!
Se giró y encontró a Haru a corta distancia, agitando una mano.
—Sentémonos aquí —propuso su amigo mientras acomodaba las sillas.
—Voy.
Rey se inclinó una última vez ante el vendedor y caminó hacia él con cuidado de no derramar nada antes de ocupar el lado opuesto de la mesa.
—¿Seguro que no quieres algo? —preguntó, dejando su bebida a un costado.
—No. Comí antes de salir de casa. —Haru sonrió, cruzándose de brazos—. Anda, no te quedes con las ganas.
—Está bien —aceptó Rey antes de dar el primer bocado.
La satisfacción se dibujó al instante en su rostro. Haru contempló el cambio, divertido. Siempre le hacía gracia cómo, pese a la seriedad habitual de su amigo, bastaba con verlo comer para que pareciera otra persona.
—¿Qué? —preguntó Rey con las mejillas infladas—. ¿Tengo algo en la cara?
Haru rió y negó con la cabeza.
—Te ves lindo comiendo.
—¡¿Qué?! —Rey se atragantó al escuchar el comentario.
Una carcajada baja —aunque nada disimulada— brotó del pecho de Haru.
—Khai tiene razón. Eres demasiado fácil de molestar.
—Ah... tú también con esas cosas —rezongó Rey mientras se llevaba otro trozo a la boca.
—Rey... —lo llamó Haru, esta vez con un tono más bajo—. ¿Has hablado con tu mamá?
«Otra vez con eso...»
Rey dejó el takoyaki a un lado, consciente de que todavía no le había mencionado nada sobre su posible retiro.
—No. Sabes que hablar con ella es complicado.
—Lo sé, pero tarde o temprano tendrás que hacerlo.
—Lo tengo claro.
Su mirada se perdió en el borde de la mesa mientras sus dedos jugueteaban distraídamente con la servilleta.
Haru inhaló despacio. Su amistad no era producto de los años, sino de los momentos que habían compartido desde que, recién ingresados a la universidad, terminaron juntos en un proyecto. La facilidad con la que comenzaron a relacionarse los llevó a conocerse poco a poco, hasta alcanzar ese punto en el que parecían entenderse sin necesidad de demasiadas explicaciones.
Por eso sabía cuánto le costaba a Rey abrirse y hablar de sus problemas. Y también por eso, aunque no siempre supiera cómo hacerlo, intentaba animarlo.
—Esta noche iremos al bar. La pasaremos bien —comentó finalmente, recuperando su tono alegre al decidir no insistir con el tema—. Khai seguro nos hará reír un montón.
—Sí... —respondió Rey con una sonrisa sutil que duró poco cuando una voz proveniente del puesto interrumpió la conversación:
—¿De quién es esta libreta? ¡Chicos! ¿Es de ustedes?
Ambos se giraron hacia el ayudante, pero el vendedor intervino antes de que pudieran responder:
—Esa libreta es de un cliente que estuvo aquí hace unos veinte minutos.
—¿Habla del «castaño sonriente»? —preguntó el empleado.
—Sí, el mismo. Podemos guardarla y entregársela si regresa.
—¿El castaño sonriente...? —murmuró Rey—. «¿Podría ser...?»
Haru frunció el ceño al notar su expresión.
—¿Sucede algo? —preguntó, chasqueando los dedos frente a él.
Rey parpadeó, regresando a la conversación.
—No, no. Todo está bien —respondió con cierta torpeza.
Haru no pareció del todo convencido, pero decidió dejarlo pasar cuando Rey retomó su comida con aparente normalidad.
—Invité a un amigo a acompañarnos al bar. ¿Te molesta? —preguntó, cambiando de tema.
—Para nada —respondió Rey con la boca llena.
—¿Crees que a Khai le moleste?
—No lo creo. Además, ya sabes cómo es. Se adapta rápido.
—Sí, eso es cierto. —Sonrió y volvió a observarlo durante unos segundos. Definitivamente, Rey era otra persona cuando comía.
—¿Puedo saber quién es esta vez? —Rey se limpió las comisuras de los labios y regresó su atención a él.
—Ah... —Haru alzó ligeramente el mentón—. Es alguien que conocí en una de mis sesiones. Llevo un par de semanas saliendo con él.
Rey conocía bien a su amigo y también su búsqueda implacable por encontrar «al amor de su vida». Se humedeció los labios, un poco preocupado, pero, como tantas otras veces, decidió no meterse en sus asuntos y limitarse a esperar el resultado.
—Está bien.
—¿Está bien? —repitió Haru.
—Sí... está bien.
Haru bufó con ternura mientras se frotaba el dorso de la mano con el pulgar. Aunque, pensándolo bien, ¿qué otra respuesta podía esperar del dulce y extremadamente reservado Rey?
—Si pasa algo, sabes que puedes llamarme cuando quieras.
—Lo sé. —Haru ladeó la cabeza y el sol de la tarde iluminó sus rasgados ojos verdes—. Tú también puedes llamarme siempre que lo necesites.
Sabía perfectamente a qué se refería. También sabía que Haru contestaría sin importar la hora y que, probablemente, encontraría la manera de aconsejarlo mejor que nadie.
Era él quien nunca se atrevía a aceptar aquel ofrecimiento.
—Deberíamos irnos ya.
—Sí.
La silla de Haru se movió primero y, poco después, Rey se incorporó. Ambos avanzaron hacia la acera después de agradecer al dueño y a su ayudante por la atención.
Antes de alejarse, Rey echó un último vistazo a las mesas y, sin poder evitarlo, reconstruyó una imagen en su cabeza.
—¿Rey? —lo llamó Haru al verlo detenerse.
—S-sí.
Avanzó con prisa hasta alcanzarlo.
«No, no puede ser él», pensó mientras se limpiaba algunas migas de la chaqueta. «Hay muchos chicos castaños que sonríen... Es obvio».