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CAPÍTULO 3: EL FOLLETO

TÚ EL LIENZO, YO EL PINCEL · por tintadoradamj · 01 de agosto de 2026

 
—Entonces... ¿qué haremos este fin de semana?
Era jueves por la mañana. Rey, Khai y Haru se encontraban en la cafetería de la universidad, reponiendo energías. Las mesas estaban casi llenas, el ruido de las conversaciones cruzadas se mezclaba con el golpeteo metálico de las bandejas.
—Investigar. ¿Ya olvidaste que el profesor de Derechos Humanos nos dejó un proyecto nuevo para la próxima semana? —Haru dejó su bebida sobre la mesa y apoyó el rostro en la palma de la mano, respondiéndole con sarcasmo.
—¿Y eso qué?... —se mofó Khai—. Eso no nos impide ir a relajarnos un rato.
—¿Qué es para ti «relajarte un rato», exactamente? —Rey se unió a la conversación sin mirar directamente a ninguno—. La última vez que salimos tuvimos que arrastrar tu cuerpo inerte y alcoholizado de regreso a casa.
Khai rodó los ojos mientras hundía la cuchara en su almuerzo.
—Eso fue solo una vez. Además... —apuntó con el cubierto hacia Rey—, tú también te emborrachaste.
—Pero no quedé como tú. —Sonrió, arqueando una ceja—. ¿Cierto, Haru?
—Confirmo —respondió, regresando su atención al plato.
—Esto es un complot —chilló Khai, extendiendo los brazos.
Sus dos amigos se cubrieron la boca para reprimir las carcajadas. Khai siempre tenía esa capacidad de hacerlos reír, ya fuera con sus berrinches o simplemente abriendo la boca.
—Está bien, Khai —convino Haru mientras se recogía el cabello marrón oscuro en un pequeño moño—. ¿Qué quieres hacer?
—¡Quiero ir a un bar y emborracharme! —gritó, dando un golpe sobre la mesa.
Varias personas se sobresaltaron y giraron hacia ellos.
—¿Podrías comportarte? —murmuró Rey, ocultándose tras la palma de la mano al notar la cantidad de miradas que acababan de atraer.
—Ay, vamos... —Khai se volvió hacia su repentino público—. ¿Acaso ustedes nunca han bebido? ¡Mejor pónganse a estudiar!
Señaló sin pudor a todos los «chismosos».
—Dios mío... —se lamentó Rey, levantando la mirada hacia el techo—. ¿Por qué me tocaron estos amigos?
—¡Ey! —se sobresaltó Haru—. Sácame de esa lista. Yo no soy como este subnormal.
Tan pronto se quejó, recibió en el rostro el impacto de una bolita de servilleta.
—Ninguno de ustedes dos podría vivir sin mí. —Khai se dio un golpe en el pecho con dramatismo.
Ambos entornaron los ojos, pero ninguno se molestó en contradecirlo. Una clara señal de que, por desgracia, su amigo podría tener razón.
—Por cierto —retomó Khai, dirigiendose a Rey—, ¿tu madre ya regresó de su viaje?
—Regresa en dos semanas.
—Ah, perfecto. Puedes usar eso como excusa para distraerte, ¿no?
—Sí, creo que sí —respondió con desgana, dejando los cubiertos sobre la bandeja.
Sus amigos cruzaron una mirada, comprendiendo su incomodidad. No conocían el trasfondo completo, pero sabían lo suficiente para entender que Rey siempre buscaba alejarse cuando su madre estaba cerca.
—Muy bien. —Khai se apresuró a cortar aquel momento incómodo—. Decidido: iremos a un bar este sábado.
Haru sonrió, aunque ojeó disimuladamente a Rey cuando este se levantó de la mesa.
—Sería mejor no tocar ese tema tan de repente —aconsejó en voz baja, asegurándose de que estuviera lo suficientemente lejos para no escucharlo.
—Solo intenté ayudarlo, pero ya veo que no funcionó —admitió Khai, llevándose la cuchara a la boca mientras observaba cómo Rey se acercaba al basurero.
A unos metros de ellos, Rey tiró los restos y acomodó la bandeja en su sitio. Su semblante tranquilo podía hacer pensar que la conversación no le había afectado, pero su mente ya divagaba entre pensamientos intranquilos.
El tema de su madre era delicado y evitarlo siempre había sido su única salida. Sus amigos, sin embargo, intentaban animarlo constantemente, algo que no lograba comprender del todo porque jamás les había contado demasiado. Aunque, si se detenía a pensarlo, tampoco era necesario. Ambos la habían conocido y sabían que no era precisamente una persona fácil.
Después de aquel horroroso día, simplemente había decidido separar ambos mundos: por un lado, su vida universitaria, sus compañeros y mejores amigos; por el otro, él y sus problemas familiares.
«Problemas familiares...»
Repitió las palabras mentalmente mientras se limpiaba las manos con una servilleta.
Hacía tiempo que reflexionaba sobre posibles soluciones para su vida, pero ninguna terminaba de convencerlo. Y la preocupación constante de Haru y Khai no hacía más que entorpecer un proceso de decisión que ya era suficientemente complicado.
El caos en su cabeza le hizo chistar y, al girar el rostro, vio entrar a un grupo de estudiantes de Bellas Artes.
Siempre le había resultado curioso cómo parecían vivir en un estado de calma permanente. Los siguió observando hasta que se acomodaron alrededor de una mesa. Las libretas que cargaban y aquella «facha» tan auténtica no solo le causó gracia, sino también un tipo de envidia mal disimulada al notar la libertad que emanaban.
Bajó la mirada hacia la servilleta arrugada que todavía sostenía y, por pura coincidencia —o quizás por asociación—, recordó nuevamente a Benjamín.
Ya habían pasado tres días desde aquel encuentro, pero la impresión que le había dejado parecía difícil de borrar. De vez en cuando, su rostro simplemente aparecía en su cabeza y, para su desgracia, comenzaba a ocurrir con demasiada frecuencia.
Un leve calor se extendió por sus mejillas al recordar la cercanía de aquel momento y esos ojos brillantes observándolo con tanta atención. Su pulso se aceleró sin ningún motivo aparente y Rey se cubrió la boca con una mano, incómodo ante su propia reacción, antes de arrojar la servilleta al basurero como si de repente le quemara los dedos.
—¡Rey!
Al escuchar su nombre, se giró y encontró a Khai y Haru caminando hacia él.
—¿Qué haces ahí parado? —preguntó Khai, frunciendo el ceño.
—Nada.
—¿Estás bien? —Haru se inclinó un poco, intentando alcanzar su expresión esquiva.
—Sí, estoy bien... Solo pensaba en algunas cosas. —Apartó el rostro, ligeramente apenado. ¿Por qué demonios se sentía avergonzado? Esa era la verdadera pregunta.
Khai se abalanzó sobre él y le pasó un brazo por los hombros, provocando que Rey se sobresaltara e intentara apartarlo con un gesto fingido de desagrado.
—Dios mío, Rey —exclamó con una sonrisa ancha—. Deja descansar ese cerebro tuyo. Te vas a quedar calvo.
Haru soltó un bufido, divertido por el comentario.
—¿Tú también, Haru? —protestó Rey, todavía atrapado bajo el brazo de su amigo.
—Lo siento, Rey. —Alzó las manos en señal de inocencia, aunque no consiguió contener la risa.
Ver a Haru burlarse al compás de las estupideces de Khai lo hacía sentirse «traicionado». Él siempre había sido el dulce y racional del grupo, el que encontraba lógica en todo y parecía tener una respuesta para cada problema. Sin embargo, cada vez que lo veía seguirle el juego al otro idiota, Rey sentía que perdía a la única persona cuerda con la que se relacionaba.
¿O acaso Haru estaba igual de loco?
La idea lo hizo rendirse ante el peso de Khai, que continuaba apoyado sobre su hombro mientras caminaban juntos hacia la salida. Haru, por su parte, comenzó a apretarle las mejillas en un intento por hacerlo reír.
—Vamos, Rey, suéltate un poco.
Aquel comentario —tan tonto, a su parecer— lo llevó a enseñar los dientes en una mueca que pretendía pasar por una sonrisa.
La expresión resultó tan ridícula que los tres terminaron estallando en carcajadas mientras salían de la cafetería.
Una agradable sensación de alivio se instaló en el pecho de Rey. Definitivamente, estaba rodeado de locos y, al parecer, uno de ellos también era él.
«Esto solo hace las cosas más difíciles», pensó al cruzar el umbral.
 
🖌︎
 
Al terminar las clases, Rey se despidió de sus compañeros, aunque no abandonó el campus. Antes de irse, necesitaba pasar por la oficina estudiantil.
Caminó siguiendo las juntas de las baldosas, sobrepensando lo que estaba a punto de hacer... o, más bien, la posibilidad de hacerlo.
Al llegar a su destino, respiró hondo y abrió la puerta. Se acercó al mostrador, donde una secretaria lo recibió con una sonrisa.
—¿En qué puedo ayudarte?
Rey vaciló un instante antes de hablar.
—Quisiera... saber cómo funciona el proceso de retiro académico.
—Claro, dame un momento.
Esperó con las manos en los bolsillos, intentando mantener la calma. El lugar estaba casi vacío y bastante silencioso, salvo por el zumbido del aire acondicionado y el tecleo constante de un computador.
La encargada regresó poco después con un folleto y se lo extendió.
—Aquí están las instrucciones. Necesitas ingresar al sistema y completar los datos. Cuando termines, vuelves para revisar tu saldo y los créditos pendientes.
—Entiendo.
Rey tomó el documento con ambas manos, aunque no se atrevió a abrirlo todavía.
En la portada se mostraba una fotografía del campus universitario acompañada del logo y un lema prometedor: «Aquí comienza tu futuro».
Leer aquella frase le dejó un regusto amargo. El futuro nunca le había interesado demasiado. Era el presente, compartido con sus compañeros, el que ahora lo hacía dudar a cada paso.
Guardó el folleto con cuidado y agradeció a la secretaria. Aún no sabía si llegaría a concretar su retiro, pero haberse atrevido a preguntar ya representaba, para él, un gran avance.
Salió de la oficina con una extraña mezcla de nervios y alivio. El folleto permanecía guardado en su mochila y la decisión, todavía pendiente.
Por ahora, eso era suficiente.
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