18 de octubre de 2025. El día amaneció con un cielo despejado y un aire fresco que anunciaba la llegada definitiva del otoño. Las hojas anaranjadas comenzaban a alfombrar las calles, y en el hogar de Audrey, el ambiente se sentía monótono. La joven había pasado gran parte de la mañana intentando concentrarse en los libros de psicología apilados sobre su escritorio, pero sus pensamientos divagaban constantemente. Un suspiro escapó de sus labios al cerrar el último cuaderno.
— Qué aburrimiento… —murmuró, recostándose en la silla mientras miraba el techo—
Fue entonces cuando, casi de manera automática, tomó su teléfono. Sus dedos dudaron por un instante sobre la pantalla antes de marcar el número que últimamente ocupaba más espacio en su mente de lo que ella misma quería admitir: Sam Williams.
El tono sonó un par de veces hasta que la voz de Sam respondió, algo más animada de lo habitual.
— ¿Audrey?
— Sí, soy yo. —contestó ella, con un ligero nerviosismo disfrazado de naturalidad— Estaba pensando… ¿quieres quedar y hacer algo hoy? La verdad es que me estoy muriendo de aburrimiento aquí.
Hubo una breve pausa del otro lado de la línea, y Audrey se preparó para escuchar una excusa, quizá el clásico “estoy cansado” o un “no estoy de humor”. Pero, para su sorpresa, Sam respondió con un tono extrañamente optimista:
— Claro, suena bien.
— ¿De verdad? —Audrey arqueó una ceja, aunque él no podía verla—
— Sí. —afirmó Sam, con una leve risa cansada— No he dormido nada, pasé toda la noche… ocupado. Pero, aun así, creo que salir me vendrá bien.
Audrey percibió un matiz extraño en sus palabras, como si hubiera algo más detrás de esa fatiga que no quería revelar. Sin embargo, no insistió.
— Perfecto. Entonces nos vemos en la plaza central en una hora, ¿vale? —dijo, esforzándose por sonar despreocupada, aunque la sonrisa que se dibujaba en su rostro la delataba—
— Está bien, Audrey. Nos vemos luego.
La llamada terminó, y Audrey dejó el teléfono sobre la mesa, mirando por la ventana con una mezcla de curiosidad y expectativa.
Mientras tanto, en su habitación, Sam dejó escapar un largo suspiro. Su cuerpo le pedía descanso tras las horas de entrenamiento con Liam, practicando las nuevas aplicaciones de su poder, como la propulsión con las ondas sónicas en los pies. Sin embargo, algo dentro de él sentía que no podía seguir encerrándose en su dolor y en sus dudas. Tal vez, después de todo, un día con Audrey no sería tan mala idea.
— Supongo que esto también es parte de seguir adelante… —murmuró, obligándose a esbozar una sonrisa cansada mientras se preparaba para salir—
Tras colgar la llamada, Audrey dejó el teléfono sobre la mesa y permaneció unos segundos inmóvil, observando el reflejo tenue de la pantalla apagada. Un cosquilleo extraño le recorría el pecho, mezcla de emoción y nerviosismo. Sin embargo, aquel sentimiento trajo consigo un recuerdo reciente que removió su interior: la charla con su tutora en la universidad.
Era apenas unos días atrás. Audrey había sido llamada a la oficina de la profesora después de una de sus clases. La tutora, con tono firme pero sereno, le había hecho una pregunta que la dejó completamente expuesta:
— Audrey, dime la verdad… ¿hay algo en particular que te moleste de Sam Williams? ¿Alguna razón para que lo trates de esa manera?
El rubor le había subido de golpe a las mejillas en aquel momento, y solo pudo balbucear una negación apresurada.
— N-no, para nada, profesora.
La tutora la miró fijamente, sin comprar del todo su respuesta, y continuó con una calma que la hizo sentir aún más culpable.
— Mira, Audrey. Entiendo que no siempre nos llevamos bien con todos nuestros compañeros, pero si hay un problema lo correcto es hablarlo y tratar de comprenderlo, no esconderlo detrás de burlas o desplantes. Si de verdad quieres llegar a ser una buena psicóloga, vas a necesitar aprender a empatizar. Entender a las personas, incluso cuando son diferentes a ti, es lo que hará de ti una profesional. Te recomiendo que intentes cambiar tu conducta con Sam. Quizá te sorprendas con lo que descubres si tratas de verlo de otro modo.
La escena terminó con Audrey saliendo de la oficina con el orgullo herido, pero también con una espina que desde entonces no había logrado quitarse.
De vuelta al presente, con el eco de aquella conversación resonando en su mente, Audrey bajó la mirada y dejó escapar un largo suspiro.
— En el fondo… tenía razón. —se dijo a sí misma en voz baja—
Había algo que jamás se había atrevido a reconocer ni ante los demás ni mucho menos ante sí misma: la razón por la que molestaba tanto a Sam no era simple aburrimiento ni un hábito sin sentido. Era porque, de alguna forma, sentía cierta envidia hacia él. Aunque Sam parecía tímido, callado y siempre distante, tenía una serenidad y una forma de mantenerse firme que a ella le resultaban desconcertantes. En ocasiones, era como si él tuviera una fuerza que ella misma no sabía encontrar en sí. Y eso lastimaba su orgullo, haciéndola reaccionar de la peor forma: intentando rebajarlo.
— Fui inmadura… —admitió al fin, pasando una mano por su frente mientras apretaba los labios—
Ese orgullo roto había nublado su juicio, pero la charla con su tutora había encendido en ella una chispa de autoconciencia. Tal vez, si realmente quería crecer como persona y como futura psicóloga, debía comenzar por dejar de lado ese impulso infantil e intentar comprenderlo.
Con esa idea más clara que nunca, Audrey se levantó de la silla. Dio una última mirada a la ventana, como si quisiera confirmar que estaba tomando la decisión correcta, y al fin se dirigió al armario para prepararse.
— Esta vez será diferente. —murmuró mientras elegía con cuidado qué ponerse para su salida con Sam, su reflejo en el espejo mostrando un atisbo de determinación mezclada con algo que, aunque no lo admitiría en voz alta, se acercaba peligrosamente a la ilusión—