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Preparación. Parte 1

The Radiant Twilight | Parte 4. Echo Knight · por Aldex29 · 23 de septiembre de 2026

La luna llena bañaba el patio trasero de la iglesia con una luz blanquecina y silenciosa. El aire fresco de la noche parecía inmóvil, expectante, como si incluso la brisa aguardara lo que estaba a punto de ocurrir. Sam, de pie frente a Liam, respiraba hondo mientras trataba de controlar la mezcla de ansiedad y emoción que lo recorría. 

— Escúchame bien, Samuel. —empezó Liam, caminando alrededor suyo como un instructor que mide cada palabra— La Magnitud de los Decibelios no es solo emitir ondas que empujen cosas. Es vibración, frecuencia, control del aire. Y, lo más importante: lo que hagas con ella dependerá únicamente de ti. 

Sam lo observaba con atención, tragando saliva. 

— ¿A qué se refiere? —preguntó 

Las Magnitudes son semillas. —explicó Liam, deteniéndose frente a él— Te entregan una base, una habilidad esencial. Pero eres tú quien decide si esa semilla se queda en un simple brote o se convierte en un árbol fuerte. Hay portadores que nunca desarrollan más allá de lo básico, y hay otros que llevan su Magnitud a límites que nadie imagina. La diferencia está en la voluntad y la creatividad. 

Entonces… —Sam juntó sus manos, inseguro— ¿Podría hacer más de lo que imagino ahora? 

Liam asintió con firmeza— Exacto. Pero debes saber algo más: una vez que recibes una Magnitud, es tuya hasta que decidas entregarla. No puedes deshacerte de ella por voluntad propia. Solo puedes elegir a quién se la cedes, como yo hice contigo. Hasta ese momento, eres su portador. 

Sam quedó en silencio, procesando la magnitud de aquella responsabilidad. Aquello no era un don pasajero, ni algo que pudiera ignorar. Era una herencia, un vínculo permanente. 

Entiendo. —murmuró, apretando los puños— Entonces… quiero aprender a usarla de verdad. 

Liam sonrió— Eso esperaba escuchar. Bien, ¿Algo que tengas en mente? 

Sam vaciló un instante antes de responder— Cuando luché en el callejón… pensé que, si podía expulsar ondas de mis manos, también podría hacerlo desde mis pies. Como una especie de impulso. Tal vez podría… no sé, moverme más rápido o saltar más alto. 

El sacerdote arqueó una ceja, sorprendido por la intuición— Interesante. No es una mala idea y a cualquiera se le podría ocurrir. Bien, intentémoslo. 

Sam se colocó en el centro del patio, adoptando una postura insegura. Cerró los ojos, respiró hondo y trató de concentrarse en las plantas de sus pies. Sintió esa vibración interior, ese zumbido que había descubierto días atrás. Se agachó un poco, se impulsó y un estallido de aire lo lanzó hacia atrás, haciéndolo perder el equilibrio y caer torpemente al suelo. 

¡Auch! —se quejó, sobándose el brazo 

Liam soltó una pequeña risa, aunque con tono alentador— Nada mal para un primer intento. Al menos funcionó. 

Sam se levantó, sacudiéndose la ropa, y volvió a intentarlo. Esta vez logró un salto más controlado, aunque apenas se elevó unos centímetros antes de caer de rodillas. 

El truco no está en la fuerza bruta. —explicó Liam, colocándose a su lado— No se trata de expulsar toda la energía de golpe. El sonido es frecuencia, vibración precisa. Si lo dosificas, podrás controlarlo mejor. 

Durante horas, el patio se llenó de pequeños estallidos sónicos, golpes sordos y el jadeo agotado de Sam. Cada intento era un avance mínimo, pero un avance al fin. A veces Sam caía de bruces, otras apenas se deslizaba, y en contadas ocasiones lograba dar un salto lo bastante alto como para sonreír antes de tropezar otra vez. 

Al final, exhausto, se dejó caer en el suelo, mirando las estrellas con el pecho agitado. Liam se sentó a su lado y lo observó con orgullo. 

Has dado tu primer paso, Sam. Puede parecer pequeño, pero es el inicio de tu camino. Recuerda esto: lo importante no es cuántas veces caes, sino cuántas veces te levantas para intentarlo de nuevo. 

Sam asintió lentamente, con el sudor perlándole la frente y los labios curvados en una tenue sonrisa. Por primera vez desde la muerte de Joseph, sentía que estaba avanzando hacia algo. 

Mientras en la base criminal... 

La habitación estaba sumida en penumbras, iluminada apenas por la luz rojiza de unas lámparas incrustadas en las paredes de concreto. El ambiente olía a óxido, pólvora y humo de cigarro. De pie, en el centro de la sala, el jefe observaba en silencio a la figura que acababa de entrar: un hombre cubierto por un traje metálico que reflejaba la escasa luz, dándole un aspecto casi espectral e inhumano. 

Su casco, con un visor oscuro similar al de un motorista, no permitía distinguir ni un rasgo de su rostro. Las hombreras, el pecho y las piernas estaban reforzados con placas de acero brillante, diseñadas para resistir impactos y a la vez brindar movilidad. En su espalda, un jetpack descansaba hasta que sea requerido. Y bajo sus botas metálicas, unos patines con cuchillas relucientes retractiles sobresalían como ruedas letales, capaces de convertir cada movimiento en un ataque mortal. 

Era conocido como “Silver Slasher, un mercenario cuyo nombre había ganado un lugar entre los más temidos del submundo. Un hombre que no necesitaba identidad o reputación más allá de la que sus cuchillas habían construido en silencio. Su sola presencia impregnaba la sala de un aire de frialdad calculada. El jefe habló con voz baja, grave y cargada de autoridad. 

Tenemos a alguien de interés. Un chico… no debe tener más de veinte años. Cabello negro, estudiante universitario. Pero lo importante no es lo que aparenta, sino lo que oculta. Es un sobrehumano. 

Silver Slasher se mantuvo inmóvil, su visor reflejando el rostro de su contratante. 

Sus habilidades, —continuó el jefe— no se parecen a nada que el mundo conozca completamente a diferencia de otros individuos. Tiene la capacidad de disparar ondas de sonido de una potencia considerable. Lo suficiente para derribar hombres armados, para defenderse incluso sin experiencia. Eso significa que, con entrenamiento, podría convertirse en un recurso invaluable… o en una amenaza peligrosa para nosotros. 

El mercenario inclinó levemente la cabeza, como si tomara nota mental. 

Quiero que lo busques. —dijo el jefe, recalcando cada palabra— Descubre quién es en realidad, cómo vive, quién lo rodea. Cuando lo encuentres, lo capturas y lo traes ante mí. Quiero verlo con mis propios ojos y yo me encargaré del resto. 

El silencio se extendió unos segundos hasta que el jefe añadió, con un matiz cortante. 

Y una sola condición: no lo mates. 

El aire pareció volverse más denso, como si esas palabras cargaran un peso absoluto. Silver Slasher asintió lentamente, en un gesto mínimo pero inequívoco. 

Eso es todo. —sentenció el jefe, dando un paso atrás, la sombra ocultando parte de su expresión— Haz lo que sabes hacer mejor. Y recuerda… esta vez no podemos fallar. 

Con la misión clara, Silver Slasher giró sobre sus patines de cuchilla y se marchó sin pronunciar una palabra. El sonido metálico de sus pasos resonó en el pasillo hasta desaparecer, dejando al jefe solo en la penumbra. 

Una sonrisa apenas perceptible cruzó su rostro mientras murmuraba para sí: 

Veamos, muchacho… cuánto tardas en caer en nuestras manos. ¡Estoy impaciente por saberlo! 

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