El eco de aquella onda sónica aún vibraba en los oídos de Sam. Todavía no sabía si sentirse fascinado o asustado por lo que había presenciado. El padre Liam, sereno, lo invitó a sentarse en uno de los bancos de madera del patio de la iglesia, y allí comenzó una conversación que cambiaría la percepción del mundo de Sam para siempre.
— Hay mucho que no entiendes aún, Samuel. —empezó el sacerdote, con voz pausada, como si hablara de un tema delicado y sagrado— Para comprender lo que llevas dentro, primero debes entender de dónde proviene.
Sam lo miraba fijamente, intentando que sus palabras no se le escaparan.
— Hace siglos, o quizás más, —continuó Liam— existió un hombre que, en su afán de moldear al mundo, buscó un poder inimaginable. No era un tirano ni un sabio exactamente; era alguien con una visión particular de lo que creía que debía ser la humanidad. Ese hombre, movido por su obsesión, experimentó con lo más fundamental que nos rodea: las magnitudes. La fuerza, el tiempo, la materia, entre muchas otras incluyendo el sonido.
—Sam entrecerró los ojos, incrédulo— ¿Está diciendo que ese hombre… creó este poder?
— Así es. —respondió Liam, inclinando la cabeza— Un conjunto de habilidades únicas, cada una ligada a una magnitud distinta. Pero lo más extraño es que, tras alcanzar ese poder, desapareció. Nadie sabe si murió, ascendió a otro plano o simplemente se desvaneció. Lo único claro es que las Magnitudes quedaron libres, dispersas en el mundo, buscando anfitriones capaces de aprovecharlas.
— ¿Anfitriones? —repitió Sam—
— Sí. Portadores. —aclaró Liam— Personas que, por alguna razón, demuestran cualidades que los hacen dignos de portar estas fuerzas. A veces, el azar decide. Otras, un portador puede elegir a su heredero. Esa fue mi elección contigo, Sam.
Sam quedó mudo, intentando digerir la magnitud de lo que escuchaba. Una historia que sonaba como un mito, y sin embargo, ahí estaba él, con un poder vibrando dentro de su ser.
— ¿Y qué más puedo hacer con estas habilidades? —preguntó al fin, con un atisbo de ansiedad—
—Liam lo miró con una leve sonrisa, como quien observa a un alumno prometedor— Eso dependerá de tu esfuerzo y persona. El poder de los Decibelios no es solo empujar objetos con ondas sónicas. Es mucho más: es vibración, es frecuencia, es resonancia. Usado con maestría, puede proteger, intimidar, incluso inspirar. Pero también, en manos equivocadas, puede destruir y sembrar miedo. Tal y como con todas las Magnitudes.
—Sam bajó la cabeza, inseguro— No sé si soy capaz de algo así…
—El sacerdote colocó una mano firme sobre su hombro— Eres un buen chico, Samuel. Por eso te lo confié. Lo vi en ti desde hace años: ese deseo de ayudar, de cargar con dolores que no te corresponden, incluso a costa de ti mismo. Y no me equivoqué, porque ya has usado tu poder, aunque torpemente, para proteger a Audrey de esos criminales. Eso es lo que hace la diferencia: tu corazón.
Los ojos de Sam se humedecieron. Una parte de él pensaba en su padre, en Joseph, y en el vacío que lo perseguía desde su muerte.
— ¿Cree que… que mi padre estaría orgulloso de esto? —preguntó con voz quebrada—
—Liam asintió sin dudar— Si quieres hacerlo sentir orgulloso en el más allá, debes seguir el camino que se abre frente a ti. No el del dolor ni la resignación, sino el de la esperanza, aunque cueste. Usa tu poder no como un castigo, sino como una herramienta para marcar la diferencia.
Sam guardó silencio largo rato, respirando hondo, como si tratara de absorber cada palabra. La duda seguía allí, pero en su interior brotaba algo distinto: una chispa de determinación.
Finalmente, levantó la mirada y respondió con un hilo de voz que poco a poco se volvió firme.
— Está bien. Lo haré. Quiero ser su aprendiz.
El padre Liam sonrió ampliamente, como si hubiera esperado esas palabras desde hacía tiempo.
— Entonces, Samuel Williams, Portador de la Magnitud de los Decibelios, a partir de hoy comenzaremos. Y aunque el camino será duro, no estarás solo.
La iglesia entera parecía resonar con aquella declaración, como si las paredes hubieran sido testigos del inicio de algo que trascendía el tiempo.