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Paranoid. Parte 3

The Radiant Twilight | Parte 4. Echo Knight · por Aldex29 · 22 de septiembre de 2026

14 de octubre de 2024, el día comenzó como de costumbre con Sam caminando con paso lento hacia la universidad. El aire de octubre estaba frío y húmedo, calando en sus huesos, pero la rutina ya lo había acostumbrado a ese recorrido casi mecánico. Aun así, cada vez que cruzaba las puertas de la University at Buffalo, sentía que entraba a un espacio que lo hacía más pequeño de lo que ya era. 

Las voces de sus compañeros resonaban en los pasillos como un coro constante del que nunca formaba parte. Y, como si el destino se empeñara en recordarle su papel, volvió a escuchar la voz de Audrey, cortante y burlona, apenas unos metros detrás de él. 

Mírenlo, ahí va otra vez, el rarito que nunca habla con nadie. —dijo, lo suficientemente alto como para que sus amigas rieran y para que él, inevitablemente, lo escuchara 

Sam apretó los dientes y aceleró el paso, evitando cualquier contacto visual. No respondió, no volteó; se limitó a caminar, aunque por dentro hervía de frustración. Lo que más lo incomodaba no era la burla en sí, sino que Audrey pareciera disfrutar haciéndola en voz alta, asegurándose de que no pudiera escapar del eco de sus palabras. Algo dentro de él deseaba gritarle que se callara, que lo dejara en paz, pero como siempre, guardó silencio. 

La clase de psicología transcurrió como de costumbre. Sam tomó apuntes en silencio, rodeado de un murmullo de estudiantes que compartían bromas y comentarios que parecían llegarle demasiado claros, incluso desde la distancia. Sentía que todo lo que ocurría a su alrededor era un ruido que lo presionaba, que lo mantenía aislado. Cuando finalmente terminó, salió aliviado, ansioso por regresar a su casa, donde al menos sabía que lo esperaba la única persona con la que podía ser él mismo. 

Al abrir la puerta del apartamento, el ambiente familiar lo recibió. Joseph lo saludó con una sonrisa cálida, y de inmediato empezaron a conversar sobre cosas simples: la universidad, recuerdos de infancia, pequeños detalles de la vida cotidiana. Durante esos momentos, Sam también sonreía, como si el peso de los problemas desapareciera solo por compartir ese instante con su padre. 

En la cocina, Sam se puso a preparar la cena. El sonido del agua hirviendo y el aroma de la comida llenaban el espacio, hasta que, en un descuido, su mano rozó la olla caliente. 

¡Ah! —exclamó, retirando la mano de golpe 

El dolor lo hizo sacudirla bruscamente, y en ese movimiento ocurrió algo inesperado: una vibración invisible se expandió desde la palma de su mano, como si el aire mismo hubiese explotado en un eco repentino. Los utensilios de la mesa temblaron, un vaso cayó al suelo y las cortinas se agitaron violentamente, como sacudidas por un golpe de viento que nunca existió. 

Sam retrocedió, atónito, con el corazón latiéndole desbocado. Su padre, desde el sofá, había visto todo con absoluta claridad. 

¿Sam…? —preguntó Joseph, con la voz entre asombro y temor 

Sam miró sus manos, incrédulo, sin saber qué había hecho ni cómo explicarlo. El silencio llenó la habitación, roto solo por el goteo del agua que había salpicado al suelo. 

Por primera vez en mucho tiempo, no fueron las palabras de Audrey ni las miradas de los demás las que lo inquietaron. Era él mismo. 

El silencio que quedó después de aquella primera onda fue pesado, casi sofocante. Sam seguía mirando su mano como si no le perteneciera, mientras su padre lo observaba desde el sofá con una mezcla de fascinación y nerviosismo. Ninguno habló durante varios segundos, como si temieran romper un frágil equilibrio. 

— Sam… —murmuró Joseph al fin, con la voz grave y contenida— ¿Podrías intentarlo de nuevo? 

—Sam lo miró, sorprendido— ¿Intentarlo… de nuevo? 

—Joseph asintió con cautela— Sí. Quiero ver si puedes… controlarlo. 

La idea lo asustaba, pero la curiosidad era más fuerte. Tragó saliva, se colocó en medio de la sala y levantó lentamente la mano. Intentó recrear la sensación del accidente, la energía repentina que había sentido al quemarse. Se concentró en ese recuerdo, en esa chispa. Y entonces ocurrió. 

Una onda invisible salió disparada desde su palma, mucho más fuerte que antes. El aire vibró con violencia, y un estruendo sacudió el apartamento: una estantería cercana cayó, los libros se esparcieron por el suelo, y la pared que estaba detrás se resquebrajó, dejando un agujero visible en el yeso. 

—Sam retrocedió, con el corazón en la garganta— ¡Lo siento! No quise… 

Joseph se había quedado de pie, paralizado. Sus ojos se movían entre el agujero en la pared y su hijo, como si intentara procesar lo que acababa de presenciar. 

— Dios mío… —susurró al fin— Sam… eres como ellos. Como esas personas. 

Sam tragó saliva. Desde hacía algunos años, tanto él como su padre habían escuchado historias de personas con habilidades extraordinarias. Algunos eran vistos como héroes, otros como amenazas. Y ahora, él mismo era parte de esa realidad que siempre había parecido lejana. 

—Joseph respiró hondo, tratando de calmarse, aunque no lograba ocultar el temblor en su voz— Si tú tienes poderes… significa que puede haber alguien allá afuera capaz de hacerte daño. No sé si esto es una bendición o una maldición, hijo. 

—Sam lo miró, confundido, intentando encontrar palabras— No sé qué decir. Nunca sentí algo extraño antes de esto. Nunca. Hoy fue la primera vez… como si algo se hubiera despertado dentro de mí. 

—Joseph lo tomó por los hombros, mirándolo fijamente a los ojos— Prométeme una cosa. No uses eso en público. Nadie puede enterarse de esto, ¿me oyes? Podría ser peligroso. 

—Sam bajó la mirada, pero asintió con seriedad— Lo prometo, papá. No lo usaré frente a nadie. 

En ese instante, ambos comprendieron que sus vidas habían cambiado para siempre. Entre el temor y la fascinación, el eco de aquel poder seguía resonando en la habitación, como un recordatorio de que lo que acababa de comenzar era imposible de detener. 

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