Saltar al contenido
Explorar novelas

Paranoid. Parte 2

The Radiant Twilight | Parte 4. Echo Knight · por Aldex29 · 22 de septiembre de 2026

El murmullo del televisor en la sala acompañaba el silencio de la noche, y Sam, sentado en la cama, dejó que su mente se deslizara hacia atrás en el tiempo, a un recuerdo que nunca había podido borrar. 

Tenía apenas ocho años y era otoño también, aunque entonces el frío no lo preocupaba tanto como ahora. En la escuela, durante el recreo, había intentado acercarse a un grupo de compañeros que jugaban a la pelota. Caminó con timidez, con las manos sudorosas y el corazón acelerado, esperando que lo dejaran participar. 

— ¿Puedo jugar? —preguntó con voz casi inaudible— 

Los otros niños se miraron entre sí y soltaron risitas. Uno de ellos negó con la cabeza y siguió corriendo detrás del balón. En pocos segundos, el grupo se alejó, como si Sam nunca hubiera estado ahí. Él se quedó de pie, viendo cómo la distancia entre ellos se hacía cada vez mayor, y con ella, esa sensación de vacío en su pecho. 

Cuando terminó la jornada y las puertas de la escuela se abrieron, Sam caminó cabizbajo hacia donde su padre lo esperaba. Joseph lo recibió con la habitual sonrisa cálida, pero no tardó en notar la tristeza en el rostro de su hijo. 

¿Qué pasó, campeón? —preguntó, inclinándose hacia él 

Sam arrugó la cara, conteniendo las lágrimas— No quieren jugar conmigo… No entiendo por qué. ¿Por qué no soy capaz de llevarme bien con los demás? 

Joseph se agachó, quedando a su altura. Por un instante lo miró en silencio, como si midiera el peso de la pregunta, y luego tomó su mano con suavidad. 

Ven, te voy a mostrar algo. —dijo, llevándolo hasta un pequeño parque que quedaba a pocas calles de la escuela 

Los árboles se mecían con el viento y el aire olía a hojas secas. Joseph sentó a Sam en un columpio y comenzó a empujarlo suavemente, hasta que el vaivén llenó el aire de risas entrecortadas. 

Escúchame bien, Sam. —empezó su padre, con voz serena— No es cierto eso que dices. Tú puedes entenderte con las personas. Solo que a veces no es fácil hacer amigos, y está bien. No tienes que forzarlo. Algún día vas a encontrar a quienes sí te entiendan, y entonces todo lo demás dejará de importar. 

Sam miraba al frente, con el viento golpeándole el rostro, sintiendo que las palabras de su padre lo envolvían como una manta cálida. 

¿De verdad? —preguntó con la inocencia de un niño que necesitaba creer 

Joseph sonrió— Claro que sí. Eres un buen chico, Sam. Siempre ayudas a los demás, incluso más de lo que crees. Eso es algo que pocas personas tienen, y tarde o temprano, alguien lo verá. 

El columpio se detuvo lentamente y Sam se bajó, corriendo a abrazar a su padre con fuerza. 

Gracias, papá. —susurró contra su hombro, como si ese simple gesto pudiera disipar su tristeza 

El recuerdo se desvaneció con la misma suavidad con la que había llegado, dejando a un Sam mayor, en su habitación, con la certeza de que esas palabras aún lo acompañaban, aunque la vida no siempre le diera razones para creerlas. 

La tarde avanzaba lentamente mientras Sam caminaba por las calles de Buffalo, con las manos en los bolsillos y la cabeza cargada de pensamientos que parecían pesar más que su propio cuerpo. Había dejado todo en orden en casa antes de salir, preparando la cena de su padre y asegurándose de que los medicamentos quedaran a la vista, como siempre. Sin embargo, esa rutina, aunque necesaria, nunca lograba espantar el miedo que lo perseguía: el temor a perder lo único que le quedaba. 

El aire fresco de octubre le golpeaba el rostro cuando cruzó la calle principal rumbo a la iglesia. El edificio era grande, con su torre apuntando hacia el cielo grisáceo, parecía una presencia inmutable entre tanta incertidumbre. Entró en silencio, dejando que el eco de sus pasos se mezclara con la penumbra y el olor a madera y cera derretida. 

En el confesionario ya lo esperaba el padre Liam, un hombre de rostro serio pero mirada serena. Su cabello negro con un ligero tinte gris ocasionado por las canas caía en mechones desordenados hasta casi rozar los hombros, y sus ojos azules, intensos, daban la sensación de observar más allá de las palabras. Vestía la sotana negra con detalles dorados y una cruz que colgaba de su cuello, símbolo que parecía pesar tanto como su propia responsabilidad. 

Bienvenido, Samuel. —dijo Liam con voz firme, aunque cargada de calidez— Ha pasado un tiempo desde la última vez. 

Sam se acomodó, bajando la mirada— Sí, padre. Perdón… He estado ocupado con la universidad y con mi padre. 

Lo comprendo. ¿Cómo está él? —preguntó Liam, con una calma que parecía invitar a sincerarse 

Sam dudó unos segundos antes de responder— Igual que siempre. Desde que le diagnosticaron la insuficiencia cardíaca, su salud no ha mejorado. Hago todo lo posible para ayudarlo, pero... —apretó los puños sobre sus rodillas— Tengo miedo, padre. Miedo del día en que ya no esté. 

El silencio se instaló unos segundos, roto solo por el crujido de la madera del confesionario. Liam inclinó un poco la cabeza, como si buscara la manera más adecuada de responder. 

Samuel, —dijo finalmente— no puedes vivir pensando en esa ausencia antes de que llegue. La fe también significa esperanza, y debes mantenerla. Nadie sabe cuándo vendrán esos días, y no tienes por qué asumir que será pronto. Puede que la vida aún tenga mucho que ofrecerle a tu padre. 

Sam lo miró desde su asiento, con los ojos húmedos por la frustración— Pero yo lo veo cada día. Intenta hacerme sentir mejor, pero lo veo cansado, débil… y no tenemos los recursos para buscar tratamientos mejores. Apenas puedo mantener las cosas estables, y no creo que sea suficiente. 

Liam le sostuvo la mirada con firmeza— La fe no se mide por lo que tienes, sino por lo que eres capaz de sostener en tu corazón. Tú has hecho más de lo que crees, Samuel. No olvides que incluso en la dificultad, sigues siendo un buen hijo, y eso también tiene valor. 

Las palabras se clavaron en Sam como un bálsamo incómodo. No borraban la realidad, pero de algún modo aliviaban la presión que sentía en el pecho. Se levantó, respirando hondo, y se inclinó levemente hacia el sacerdote. 

Gracias, padre. Sé que quizá no cambie las cosas, pero… sus palabras me ayudan. 

Liam trazó la señal de la cruz en el aire frente a él, murmurando una breve oración— Que Dios te acompañe y te dé fuerza. 

Sam se persignó en respuesta y dio un paso atrás, con un atisbo de gratitud en la mirada— Gracias nuevamente, padre Liam. 

Abandonó la iglesia en silencio, dejando que el murmullo de la ciudad lo envolviera otra vez. Y aunque la incertidumbre seguía ahí, había algo en esa conversación que le permitió caminar con un poco menos de peso sobre los hombros.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Aldex29 en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: Cuentos de amor de locura y de muerte · El caso extraño del Doctor Jekyll · Sub terra