La noche en Buffalo siempre había sido el refugio de Sam. Mientras la ciudad dormía o se sumía en el bullicio lejano de bares y autos, él encontraba paz en las calles silenciosas, bajo el manto oscuro interrumpido apenas por farolas titilantes. Le gustaba caminar sin rumbo, sentir el aire frío contra el rostro y dejar que la soledad nocturna lo abrazara. Aquella rutina era lo más parecido a libertad que conocía.
Avanzaba por una calle secundaria cuando escuchó voces alteradas provenientes de un callejón cercano. Se detuvo en seco, con el corazón acelerándose de inmediato. Se asomó con cautela y lo que vio le heló la sangre: dos hombres acorralaban a una mujer contra la pared. Ella intentaba zafarse, empujando, pero ellos la sujetaban, riendo con una crueldad que hizo que la piel de Sam se erizara.
Su primer instinto fue llevarse la mano al bolsillo, buscando su teléfono. “La policía… tengo que llamar a la policía”. No quería involucrarse, mucho menos usar lo que había descubierto horas atrás. Sabía que no estaba preparado, que no tenía idea de cómo controlar ese poder.
Pero antes de marcar, una de las figuras levantó la cabeza y lo vio, oculto tras la esquina.
— ¡Eh, tú! —gritó el hombre, señalándolo—
Sam retrocedió de inmediato, pero ya era tarde. Ambos soltaron a la mujer y caminaron hacia él con pasos pesados, rodeándolo poco a poco. La mujer quedó contra la pared, temblando, sin comprender del todo lo que ocurría.
— ¿Qué tenemos aquí? —dijo uno de los acosadores con voz burlona— ¿Un mirón?
Sam intentó hablar, pero las palabras no salían. El miedo le bloqueaba la garganta. Todo lo que había prometido a su padre resonaba en su mente: “no uses los poderes en público”. Pero ahí estaba, atrapado. Y sin salida.
Uno de ellos lo empujó contra la pared, y en ese instante, algo se quebró dentro de él. El mismo impulso que lo había sacudido en la cocina regresó con violencia. Levantó la mano instintivamente, y una onda invisible salió disparada.
El agresor salió volando varios metros hacia atrás, chocando contra un contenedor metálico con un estruendo que reverberó por toda la calle. El segundo se quedó paralizado por un instante, mirando a Sam con los ojos muy abiertos.
Sam jadeaba, sorprendido de lo que acababa de hacer. Levantó de nuevo la mano, torpemente, tratando de recrear esa energía. La vibración lo recorrió como un escalofrío, y lanzó otra onda, esta vez más descontrolada: golpeó al segundo hombre, haciéndolo tambalearse, pero también derribó un par de cajas y rompió un vidrio cercano. El callejón se llenó de ecos, el aire vibrando como si un trueno invisible hubiera estallado.
Sam estaba tan asustado como los agresores. Apenas podía controlar el temblor de sus manos, cada movimiento torpe y desesperado. Pero al verlos huir finalmente, supo que, al menos esta vez, había logrado impedir algo peor.
La mujer lo observaba con incredulidad, sin decir palabra, todavía con la respiración entrecortada. Sam bajó la mirada y corrió en dirección opuesta, con el corazón martillándole el pecho. No podía quedarse ahí. No podía arriesgarse a que alguien hiciera preguntas.
La noche, que antes era su refugio, ahora le devolvía un eco distinto: uno que lo acompañaría en cada paso, recordándole que no había marcha atrás. El aire del callejón se tensó. Uno de los acosadores, tambaleante tras recibir la onda, se limpió la sangre que le brotaba de la ceja y soltó un gruñido.
— Vas a pagar por eso, niñato entrometido.
Sam retrocedió, pero no lo suficientemente rápido. El hombre se lanzó sobre él con un puñetazo directo al rostro. El golpe lo desequilibró y cayó contra la pared, el dolor expandiéndose por su mejilla. El segundo se reincorporó y lo rodeó, cerrando el círculo con furia en los ojos.
— ¿Te crees valiente? —le escupió uno, alzando el puño otra vez—
El instinto tomó el control. Sam levantó las manos con torpeza, y una nueva onda salió disparada. Esta vez, aunque aún descontrolada, fue lo bastante fuerte como para estrellar al agresor contra el suelo. El impacto lo dejó sin aire, gimiendo de dolor.
El otro aprovechó el descuido y le dio un rodillazo en el estómago. Sam jadeó, encorvándose por el dolor, pero en ese mismo movimiento impulsó su brazo hacia adelante. La vibración lo recorrió entero, y la onda empujó violentamente al atacante hacia atrás, tirándolo contra la pared con un crujido seco.
Ambos hombres quedaron aturdidos, jadeando, intentando reincorporarse sin éxito. La mirada de Sam ardía, no de rabia, sino de miedo mezclado con determinación. Por primera vez en su vida, estaba peleando de verdad.
Los acosadores se miraron entre sí, heridos y temerosos, hasta que uno de ellos gruñó
— Maldito rarito…
Y sin más, salieron corriendo por el callejón, desapareciendo en la oscuridad de la noche.
Sam quedó quieto, respirando con fuerza, sus manos aún temblorosas por la energía que había liberado. Al girarse, vio a la mujer aún encogida contra la pared. Sus ojos brillaban con un miedo distinto al de antes, pero también con alivio.
— Ya, está bien… —dijo Sam, intentando sonar sereno pese a que su voz se quebraba—
Ella asintió, sin saber cómo responder, y apenas pudo murmurar un “gracias” antes de dar unos pasos hacia la salida del callejón. Sam, consciente de lo que había pasado, la acompañó hasta una calle iluminada y concurrida, asegurándose de que estuviera a salvo. La mujer lo miró una última vez, con gratitud silenciosa, y luego se alejó apresurada.
Sam se quedó quieto por un instante, mirando sus propias manos, aún sin entender del todo qué había hecho. Sin embargo, un sentimiento inesperado se abrió paso en su pecho: satisfacción. No recordaba la última vez que había sonreído con sinceridad, pero esa noche, lo hizo.
Con una pequeña sonrisa en los labios, Sam tomó el camino de regreso a casa. Por primera vez en mucho tiempo, la carga de sus problemas parecía un poco más ligera.