El mismo 19 de octubre, ahora por la madrugada, era un espejismo azul y gris cuando Silver Slasher regresó al barrio. No llevaba su traje, al menos no completo: solo unos guantes reforzados y una chaqueta negra con capucha, bajo la cual un pasamontañas cubría su rostro. En su andar no había urgencia, pero sí una precisión calculada, como quien camina midiendo cada paso en silencio. Las farolas parpadeaban de manera intermitente, y el aire olía a polvo y a metal quemado: el rastro de la persecución que había dejado unas horas antes con Sam.
El ruido distante de motores lo detuvo. Desde la esquina vio unas patrullas. La policía había acordonado el área alrededor del edificio donde Sam vivía; varios agentes revisaban los escombros, otros tomaban fotos de los destrozos, y un grupo conversaba con vecinos que no dejaban de señalar la ventana rota del hogar del joven. Silver Slasher respiró hondo. Sabía que no podía acercarse por el frente.
Cruzó el callejón lateral, donde el olor a humedad se mezclaba con el de pintura vieja. Sacó de su bolsillo un pequeño dispositivo manual: una linterna de luz ultravioleta, nada sofisticado, pero suficiente para revelar rastros biológicos o manchas recientes. La encendió y la dirigió a la pared donde había caído parte del vidrio del apartamento. En el suelo, detectó pequeñas marcas irregulares: la presión de los zapatos de Sam al impulsarse con sus ondas.
— Buen salto, chico… —murmuró para sí con una mezcla de respeto y frustración.
Silver Slasher entró con cuidado al apartamento de Sam. Avanzó entre el desastre sin hacer ruido, inspeccionando lo que uno esperaría en un hogar normal: armarios entreabiertos, cajones revueltos, estantes con libros, una mesa con tazas y algunos utensilios esparcidos. Registró cada rincón con movimientos medidos, abriendo puertas, levantando cojines y revisando debajo de muebles, siempre atento a no dejar rastro.
En el suelo, entre trozos de vidrio y papeles doblados, vio unas hojas sueltas. Las recogió y, creyéndolas potencialmente útiles, las guardó en el interior de su chaqueta. Mientras seguía revisando, dio con más documentos: algunos parecían estar deteriorados, pero al mirarlos con más atención advirtió que eran papeles de adopción. Los tomó también, cuidadosamente, y los metió con los anteriores en la chaqueta.
Estaba doblando el último recibo cuando oyó voces: pasos en el pasillo y la orden de que la policía entrara a revisar el apartamento en busca de pistas. Sin perder la calma, se ocultó de inmediato en un rincón del hogar, pegado a la sombra, esperando que los agentes no lo descubrieran mientras recorrían el lugar.