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Moviendo Fichas. Parte 3

The Radiant Twilight | Parte 4. Echo Knight · por Aldex29 · 24 de septiembre de 2026

Cuando la luz se volvió menos fría en el refugio, Sam sintió que la rutina volvía a la piel: vendajes, reposo, limpieza de heridas. Después de descansar lo suficiente como para que la respiración se le asentara, volvió al pie de la pequeña mesa donde Liam, con un gesto serio pero cálido, le esperaba. 

— Has hecho bien en descansar, —dijo el sacerdote— pero no podemos quedarnos solo en reactividad. Si vas a ser el que proteja, debes aprender a pelear, a pensar y a no depender solo de la reacción. Hoy entrenamos. 

Antes de empezar, Liam se levantó y sacó de un armario una bolsa de lona. La dejó a los pies de Sam y la abrió con cuidado: dentro había un traje técnico. Era negro y blanco, de corte ceñido, pensado para facilitar movimiento y ofrecer protección ligera. Tenía hombreras discretas, almohadillas en los codos y las rodillas, refuerzos en la zona lumbar y costuras triple-cosidas para aguantar el desgaste. Los guantes eran de un material que permitía buen agarre y tacto, con círculos de color blanco grabados que servían como amplificadores; las botas eran robustas, con amplificadores en la suela y refuerzos en el tobillo para soporte en aterrizajes y cambios rápidos de dirección. En la cintura, un cinturón con una hebilla redondeada; las piernas mostraban tiras reflectantes y paneles flexibles que protegían sin entorpecer la carrera. No había nada ostentoso: el traje era utilitario, pensado exclusivamente para ese poder. 

Sam lo miró con cierta reverencia y, con manos todavía temblorosas, se lo puso. El cuero se amoldó a su cuerpo como una segunda piel; al ponerse las botas sintió algo parecido a coraje. 

— Gracias. —murmuró. Liam asintió, satisfecho— 

Liam lo condujo a una sala contigua: un cuarto amplio con tatamis improvisados, sacos de entrenamiento, colchonetas y un par de maniquíes. Allí, Liam le explicó que la Magnitud no sustituye la disciplina del cuerpo; complementa una base sólida. Para demostrarlo, el sacerdote se colocó en guardia y comenzó a mostrarle a Sam una rutina de combate cuerpo a cuerpo. 

Era simple en apariencia, pero ejecutado con precisión. Liam bloqueaba con el antebrazo, redirigía las energías del ataque con el cuerpo, usaba el empuje del oponente para desbalancearlo y terminaba con una llave que neutralizaba sin lesiones mayores. Cada movimiento tenía intención y economía: controlar la distancia, no pelear por rabia, sino por eficacia. 

Sam trató de imitarlo. Al principio sus manos y pies parecían no pertenecerle: olvidaba el peso, tardaba en girar la cadera, golpeaba con el brazo en vez de con la cadera, y sus agarres eran blandos. Liam lo corregía con paciencia: “gira las caderas”, “fija la mirada”, “no uses solo fuerza”. Después de varios minutos, el sacerdote subió el ritmo para que Sam aprendiera a respirar bajo presión; él falló, retrocedió, recibió un par de toques que no dolieron por el traje, pero sí le enseñaron el contraste entre poder y técnica. 

Al final de la sesión, sudoroso y con la respiración entrecortada, Sam admitió que tenía mucho que entrenar. Liam sonrió con ternura contenida. 

— Buena actitud. Avanzamos rápido si mantienes la disciplina. 

Mientras tanto Audrey, sentada junto a una mesa con libros abiertos y la pantalla de un portátil alumbrando su rostro, intentaba armar un mapa mental de la organización. No tenía superpoderes, pero tenía algo útil: curiosidad y recursos académicos. Pensó en la estrella-ojo tatuada que habían visto en las manos de los atacantes y empezó a buscar patrones: foros oscuros donde símbolos similares podrían aparecer, registros de grupos con iconografías ocultistas o esotéricas que encajaran, empresas pantalla registradas recientemente cerca de almacenes, reformas sospechosas en naves industriales, perfiles de reclutadores en redes que usaban terminología críptica. 

Se sintió febril por un rato: combinó direcciones, guardó capturas de pantalla, anotó nombres y horarios. El problema era que no tenía una línea directa de investigación; eran conjeturas. Cada pista costaba esfuerzo y muchas terminaban en un callejón sin salida. Aun así, Audrey no se dio por vencida: decidió que su primer paso sería armar una lista de sitios para vigilar y recopilar cualquier patrón horario. Sabía que no era tan técnico como Liam o fuerte como Sam, pero podía usar la universidad como plataforma: pedir acceso a registros, hablar con compañeros que trabajaran en logística local y revisar permisos municipales por construcciones recientes. 

Al concluir la sesión, Sam, aún con fatiga, pero con el traje puesto y la confianza creciendo poco a poco, se acercó a Liam. 

— Voy a entrenar más. —dijo con voz quedada, pero firme— No quiero volver a depender solo de mis poderes o de que alguien me venga a buscar. 

—Liam puso la mano sobre su hombro, como cerrando un ciclo— Así se empieza. Yo te enseñaré la técnica; Audrey ayudará con la inteligencia. Pero recuerda: disciplina y prudencia. No iremos a por ellos a ciegas. 

Audrey asintió desde su rincón de investigación, cansada, pero con la cabeza llena de ideas prácticas para la noche siguiente: vigilancia, contactos y una lista de lugares que revisar. No era un plan completo todavía, pero al menos era algo con lo que moverse. 

Y así quedaron: uno puliendo sus golpes, la otra hilando pistas, y el tercero sosteniéndolos a ambos con la experiencia de quien ha sobrevivido a monstruos reales. La batalla apenas comenzaba, pero por primera vez la respuesta no sería improvisación; sería preparación. 

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