Silver Slasher contuvo la respiración, pegado a la pared más oscura del apartamento. El frío del suelo atravesaba su ropa, y el sonido de las botas de los policías retumbaba como un tambor lejano que se acercaba segundo a segundo. Apretó los dientes, intentando mantenerse inmóvil mientras las linternas recorrían la habitación, iluminando las huellas del caos que él mismo había dejado horas antes.
Uno de los agentes se inclinó para revisar una mesa caída, el otro inspeccionaba el pasillo que conducía a la habitación. Silver Slasher sabía que no había salida sin ser visto, pero aun así trató de moverse lentamente, deslizándose entre las sombras. El leve roce de su bota contra un fragmento de vidrio quebrado delató su posición con un chasquido que, aunque breve, fue suficiente.
— ¡¿Quién anda ahí?! —gritó uno de los policías, apuntando su linterna hacia él—
Silver Slasher reaccionó al instante. Con un impulso veloz, lanzó una patada que derribó al agente más cercano, pero el otro abrió fuego. El proyectil rozó el marco de la puerta, haciéndolo agacharse mientras el ruido metálico resonaba en la habitación. Saltó hacia el policía armado, intentando desarmarlo, pero el forcejeo fue intenso. El segundo agente se reincorporó y trató de reducirlo desde atrás. Silver Slasher giró el cuerpo, usando el impulso del atacante para empujarlo contra la pared.
El primero trató de golpearlo con la culata del arma, pero Silver, aprovechando su agilidad, lo esquivó y le sujetó la muñeca, torciéndola hasta hacerle soltar la pistola. En un movimiento rápido, la tomó y golpeó con la empuñadura al segundo agente directo en el rostro. El sonido seco del impacto llenó la habitación.
Respiraba con fuerza. No era su intención inicial llamar la atención, pero los agentes no le dieron opción. El primero, aún consciente, intentó alcanzar su radio. Silver lo detuvo con un disparo certero. Luego, sin titubear, se encargó del segundo, asegurándose de que no quedara testigo alguno.
El silencio posterior era espeso. Solo se oía el goteo del grifo roto en la cocina y el zumbido leve de las luces del pasillo.
Sin embargo, el estruendo de los disparos no pasó desapercibido. Afuera, en la calle, una figura que aguardaba junto al auto policial levantó la mirada hacia el edificio. Su semblante reflejaba alerta y determinación: era Anne Miller, conocida popularmente como Aquaria: la Portadora de las Magnitudes de los litros, quien había acompañado a los agentes en la investigación. Sin pensarlo dos veces, comenzó a correr hacia la entrada del edificio, sabiendo que algo grave acababa de ocurrir en el interior.
Silver Slasher se limpió la sangre de sus guantes con la manga de su chaqueta, aun respirando con fuerza. Había recogido los papeles que le parecieron importantes y se disponía a salir del apartamento, cuando al abrir la puerta se topó a su lado con alguien que no esperaba.
Anne Miller, con su traje negro y azul marino, lo observaba con ojos fríos y tensos. Por un instante, ambos se quedaron inmóviles, estudiándose. Silver Slasher apenas alcanzó a notar el reflejo de su cinturón y el brillo sutil del agua acumulándose en las palmas de ella.
Sin pensarlo, retrocedió un paso. Anne levantó la mano, el líquido que había en el aire comenzó a condensarse en pequeñas esferas brillantes.
— ¡Alto ahí! —gritó—
Silver Slasher no respondió. Giró y corrió por el pasillo, escuchando los primeros impactos de agua estrellarse contra las paredes y el suelo, rompiendo los focos y haciendo saltar chispas. Las gotas, comprimidas y rápidas como proyectiles, silbaban cerca de su cabeza.
El pasillo estaba largo, lleno de puertas cerradas y ecos metálicos de sus propias pisadas. Silver Slasher se movía con agilidad, esquivando casi todos los disparos de agua que Anne lanzaba sin pausa. Una de las ráfagas impactó contra una lámpara, haciéndola estallar y llenando el pasillo de fragmentos incandescentes.
Anne aceleró, sin dejar que el rastro del enemigo se perdiera.
— ¡Detente o dispararé a tu cabeza! —advirtió—
Silver Slasher giró la cabeza un momento, sus ojos azules fulgurando con determinación.
— Inténtalo, ¡Vamos! —gritó a todo pulmón—
En lugar de girar hacia las escaleras, continuó directo hasta el final del pasillo y, con un impulso brutal, embistió la ventana. El cristal se hizo añicos mientras su cuerpo atravesaba el marco y caía varios metros hacia abajo. Aterrizó con torpeza sobre un tejado lateral, rodando antes de ponerse de pie. El golpe lo había aturdido, pero no lo detuvo.
Anne alcanzó la ventana rota, asomándose justo a tiempo para verlo perderse entre las sombras del callejón. Disparó una última ráfaga de agua, pero solo logró mojar el pavimento.
— ¡Maldición! —gruñó, saltando hacia la salida del edificio—
En la calle, las sirenas de los patrulleros se intensificaron. Varios agentes comenzaron a cerrar el perímetro, siguiendo las indicaciones de Anne. Silver Slasher, por su parte, se deslizó entre los autos y los escombros, moviéndose con rapidez entre los callejones hasta hallar una tapa de alcantarilla. La levantó sin esfuerzo y descendió al interior, desapareciendo en la oscuridad subterránea.
El ruido de su caída se perdió entre los ecos del drenaje, mientras el agua sucia corría bajo sus botas. Solo entonces se permitió respirar hondo, revisando los papeles que había tomado del apartamento, ahora empapados pero aún legibles.
Afuera, Anne observaba el agujero de la alcantarilla, frustrada. Sabía que había perdido a un asesino que estaba metido en la investigación, y no podía permitir que eso quedara así.
— ¡Revisad todo el perímetro! —ordenó con voz firme— ¡No quiero ni una sola alcantarilla sin registrar!
La lluvia empezaba a caer débilmente sobre la escena, y mientras los policías se dispersaban en busca del fugitivo, Anne apretaba los puños con impotencia. La ciudad parecía tragarse a Silver Slasher, una sombra más perdida en su laberinto de concreto y acero.