Liam apoyó los codos sobre la mesa y dejó que la luz tenue de la lámpara dibujara sombras en su rostro. Por un instante pareció envejecer ante sus propios recuerdos; sus ojos se perdieron en un punto distante antes de volver a enfocar a Sam y a Audrey.
— Sospecho de alguien que está detrás de todo esto. —dijo al fin, con la voz baja— Se llama Andrew Cooper.
El nombre cayó en la habitación como una piedra lanzada a un estanque: ondulaciones de sorpresa y tensión se propagaron por el silencio. Audrey entrecerró los ojos, tratando de recordar si había oído ese nombre en alguna parte; Sam lo repitió apenas, como si pronunciarlo pudiese darle alguna pista sobre la verdad.
—Liam respiró hondo y comenzó a hablar, como quien abre una herida vieja para que deje de supurar en secreto— Lo conocí años atrás. Al principio parecía alguien decente, incluso un amigo. Pero detrás de esa fachada había algo podrido. Eventualmente descubrí su verdadera naturaleza: no era un aliado, sino un cazador de poder.
Sam lo escuchaba sin pestañear, atento a cada palabra que pudiera ayudar a entender lo que le ocurría. Liam continuó, con la voz quebrada por el recuerdo.
— Andrew quiso mi don. No con palabras… quiso arrancarlo. Hizo un ataque para destrozarme psicológica, emocional y mentalmente. Buscaba dejarme sin sostén, desangrar mi voluntad hasta que cediera.
Audrey tensó la mandíbula al imaginarlo, y Sam sintió que la piel se le erizaba: la idea de alguien capaz de quebrar a otro hasta arrebatarle lo más íntimo era aterradora. Liam cerró los ojos un segundo, como si recordara el olor de aquel tiempo.
— Pero no lo consiguió del todo. Hubo confrontación, hubo dolor, y conseguí escapar. Me refugié en la iglesia y aprendí a reconstruirme en silencio. Desde entonces he esperado el momento adecuado para enfrentar esa sombra.
Su mirada se endureció, y de ella surgió la condena más sincera que había pronunciado hasta entonces.
— Ese hombre es un monstruo sin la más mínima pizca de bondad, es un psicópata desquiciado cuyos impulsos lo terminan superando y que merece un castigo peor que el infierno. —Las palabras golpearon la habitación con la fuerza de una sentencia—
—Liam hizo una pausa y volvió a bajar el tono, más pragmático ahora— No te lo digo para asustarte, Sam, sino para que entiendas contra quién podrías estar luchando. Porque parece ser que Andrew ya no actúa solo: construyó una organización a la que mueve la ambición de poseer poderes como el nuestro. Si esos símbolos indican algo, es que ya tiene gente organizada y recursos.
—Sam apretó los puños, sintiendo la mezcla de ira y miedo— ¿Y qué quiere exactamente de mí? —preguntó, con la voz contenida—
— Tu poder. —respondió Liam— Poder que potencie sus planes. Y si no puede convencerte, intentará quitarte lo que llevas dentro por la fuerza o por estrategias mucho más crueles. Por eso debemos ser cautelosos. No es solo cazar a un chico con habilidades: es evitar que se formen piezas que alimenten un plan mayor.
Las palabras de Liam resonaron en la habitación como una sentencia. Sam y Audrey se quedaron boquiabiertos, procesando la imagen que acababan de escuchar: un hombre capaz de traicionar, destruir y buscar poder a cualquier precio. El silencio que siguió fue pesado, como si la oscuridad misma contuviera el aliento.
Audrey fue la primera en romperlo, con esa impaciencia que la caracterizaba y que ahora sonaba menos altanera y más urgente.
— ¿Y ahora qué hacemos? —preguntó, clavando la mirada en Liam— ¿Cuál es nuestro siguiente movimiento?
Sam se adelantó, con la voz más fría y protectora de lo que esperaba.
— Audrey, no puedes seguir metida en esto. —la miró con dureza que intentaba ser firme y no cruel— Es demasiado peligroso. No tienes poderes; no podemos arriesgar tu vida así.
—Liam apoyó su mano sobre la mesa, impregnando su réplica de la misma mesura que había mostrado toda la noche— Estoy de acuerdo con Sam. Te agradezco que vinieras, de verdad, y tu valentía no pasa desapercibida. Pero no podemos permitir que te quedes en la primera línea. Esa organización no dudará en presionar, manipular o hacer daño a cualquiera que se acerque a nosotros.
Audrey clavó los ojos en ambos; por un momento pareció dolida, pero en seguida la rabia y la determinación la llenaron.
— Eso no me excusa. —replicó con voz firme— Ya estoy dentro de esto. Anoche estuve ahí, vi cómo corriste, escuché los golpes… No voy a volver atrás ahora porque vosotros digáis que no debo. Además, no es solo por ti, Sam. Ese símbolo, esa gente… me hace hervir la sangre. Quiero ayudar a descubrir dónde se esconden. Dejadme colaborar, por favor, solo una vez más.
Sus palabras cayeron como un reto y, al mismo tiempo, como una súplica. Sam la miró, y por primera vez desde que la conocía, vio algo que no había visto antes: no solo orgullo herido, sino una convicción honesta. Aquello golpeó un punto sensible en él; la lealtad que le impulsó a proteger a su padre ahora lo empujaba a proteger a quien se ofrecía a ayudar.
Hubo un instante de vacilación en Liam. Lo que proponía Audrey no era imprudencia ingenua: era exposición. Sin embargo, también era verdad que la muchacha ya había demostrado que no retrocedía ante el peligro y que conocía el terreno universitario y ciertos círculos que podrían aportar datos. Liam meditó, pesando la integridad moral y la seguridad de todos.
— Si vas a involucrarte, —dijo finalmente con voz grave— lo harás con reglas. Ninguna acción por libre; ninguna confrontación directa sin mi autorización; y si en algún momento representas un riesgo mayor, te apartaremos sin discusión. Además, te asegurarás de mantener cobertura: no digas que eres amiga de Sam, y no dejes pistas de que te mueves por tu cuenta. ¿Lo entiendes?
—Audrey asintió con rapidez, la expresión firme— Lo entiendo. Y lo aceptaré. No os equivoquéis: no vengo por gloria. Quiero hacer que paguen por lo que hacen.
Sam respiró hondo, sintiendo cómo algo dentro suyo se suavizaba. La idea de dejarla fuera le resultaba dolorosa; la de arrastrarla a la oscuridad, intolerable. Miró a Liam y, con voz entrecortada, dijo.
— Está bien. Pero será la última vez que la pongamos en riesgo. Gracias, Audrey… por querer ayudar.
—Liam asintió y añadió, ya en tono de planificación— A partir de ahora vamos a trazar un plan con todo lo que sabemos. Empezaremos por listar lugares que podrían servir de refugio para una organización: almacenes, naves abandonadas, locales con reformas recientes.
La noche se cerró con una mezcla de alivio y tensión. La decisión estaba tomada: formarían una pequeña unidad improvisada, con reglas estrictas y una promesa de protegerse entre ellos. Y aunque todos sabían que el camino sería peligroso, también sintieron, por primera vez en mucho tiempo, que no estaban solos.