El eco de los pasos de los atacantes al huir se desvaneció en la distancia, dejando tras de sí un silencio pesado. Audrey, aún con el pulso acelerado, giró hacia Sam, clavándole la mirada.
— Sam… —dijo con voz grave, más seria que nunca— ¿Qué demonios hiciste?
Sam se pasó la mano por el rostro, intentando calmarse, pero no había forma de ocultarlo ya. La verdad había salido a la luz frente a ella. Inspiró profundamente antes de responder:
— No lo sé… no sé cómo ni por qué pasó. —Hizo una pausa, como si las palabras le pesaran en la lengua— Antes de que mi padre muriera… descubrí que soy un sobrehumano. Puedo disparar ondas sónicas de distintas intensidades... de alguna manera.
Audrey lo observaba sin pestañear, procesando cada palabra.
— Un sobrehumano... como los que llevan apareciendo estos años... —confirmó Audrey en voz baja—
— Sí. —Sam asintió lentamente, su mirada cargada de resignación— No sé quiénes eran los que nos atacaron ni qué quieren de mí, pero… hace unos días me enfrenté a dos tipos distintos que vieron lo que podía hacer. Es posible que fueran parte de una banda criminal, y ahora me buscan.
Audrey apretó los labios, sorprendida pero sin apartarse de él.
— Jamás pensé que fueras ese tipo de persona… —admitió, con un dejo de desconcierto—
—Sam esbozó una sonrisa amarga, bajando la mirada— Ahora sí tienes una buena razón para no acercarte a mí. Ponte a salvo antes de que te relacionen conmigo, porque estoy seguro de que van a seguir viniendo más.
Pero Audrey lo interrumpió sin dejarle terminar, dando un paso adelante con firmeza.
— No digas tonterías, Sam. —Su tono era cortante, decidido— No pienso alejarme solo porque de repente resulta que eres especial. No me importa lo que tengas encima, ¿me oyes?
Sam la miró sorprendido. Una parte de él quería discutir, gritarle que no entendía el peligro en el que se estaba metiendo, pero otra parte se sintió aliviada, como si alguien hubiese quitado un peso de sus hombros.
Con la tensión todavía colgando en el aire, ambos decidieron ir a la comisaría más cercana. Relataron lo sucedido con lujo de detalles: la emboscada, los hombres armados, la pelea. Sin embargo, la respuesta de las autoridades fue un jarro de agua fría.
— Sin pistas concretas sobre su identidad, ubicación o motivos, poco podemos hacer, lo sentimos. —les dijo el oficial de turno, con expresión cansada—
Sam y Audrey salieron de la comisaría en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. La decepción era palpable: habían esperado apoyo, respuestas, algún tipo de protección, y lo único que habían recibido eran palabras vacías.
En la acera frente al edificio, Sam metió las manos en los bolsillos y suspiró.
— Lo sabía. Estamos solos en esto.
—Audrey lo miró de reojo, apretando la mandíbula— Entonces no nos queda otra más que estar preparados.
Sam la observó, sorprendido por la seguridad en sus palabras. Y por primera vez en mucho tiempo, aunque el miedo seguía ahí, no se sintió del todo solo.
La decepción en la comisaría aún pesaba en el aire, pero Sam no quiso hablar más del tema. Con un gesto cansado, se aseguró de acompañar a Audrey hasta la puerta de su casa, en la zona de las familias de clase media-alta de la ciudad. Caminó junto a ella en silencio, atento a cada esquina, a cada sombra, con los nervios a flor de piel.
— Gracias por traerme. —dijo Audrey finalmente, rompiendo el silencio, con un tono suave que contrastaba con lo que habían vivido—
—Sam le dedicó una ligera sonrisa cansada— No podía dejarte sola después de todo eso.
Ella lo miró por un instante, como si quisiera decir algo más, pero se contuvo. Al final, con un simple “hasta mañana”, entró en su hogar. Sam la observó cerrar la puerta, y solo entonces, con un suspiro profundo, emprendió el camino hacia su propia casa. La soledad de las calles lo envolvía otra vez, recordándole lo vulnerable que realmente era.
En otra parte de la ciudad, lejos del ruido cotidiano, en un refugio escondido bajo las sombras, los hombres que habían enfrentado a Sam se presentaron ante su líder. El lugar estaba mal iluminado, apenas sostenido por unas lámparas colgantes, y la atmósfera olía a humedad y tensión.
El jefe, jugando a los dardos en una pared sucia, escuchaba en silencio mientras los subordinados narraban lo sucedido: el combate, el fracaso y la inesperada resistencia del muchacho.
— No fue suficiente. —admitió uno de ellos, con voz temblorosa— Ese chico… no solo pelea. Tiene un poder que nosotros nunca vimos y parece manejarlo bien.
—El jefe lanzó el último dardo y se sentó, apoyando los codos en una mesa cercana. Su mirada era fría, calculadora— ¿Y lo dejaron escapar?
— Se defendió con la chica que lo acompañaba… no tuvimos opción. Si seguimos con lo mismo, será un desperdicio de recursos. Necesitaremos más que unos cuantos hombres para capturarlo.
El silencio se alargó por varios segundos, hasta que otro de los criminales, más osado, dio un paso adelante.
— Quizás… quizás tengamos que recurrir a “Él”.
El ambiente se tensó aún más. Mencionar a esa persona era casi un reto, un recurso al que solo acudían cuando todo lo demás había fallado o cuando el jefe estaba ansioso por cumplir sus objetivos.
El jefe cerró los ojos por un momento, como si meditara cada palabra antes de hablar. Finalmente, con una voz grave y firme, respondió:
— Tal vez tengas razón. Puede que haya llegado el momento de considerarlo. Hablaré con él personalmente.
Las miradas se cruzaron entre los hombres presentes, un nudo de miedo y expectación formándose en sus gargantas. Si “Él” entraba en juego, significaba que la situación era verdaderamente seria.
El jefe se recostó en su silla, con una media sonrisa de satisfacción, como si aquella idea oscura comenzara a darle forma a un nuevo plan.
— Si ese muchacho es realmente tan especial… necesitaremos a alguien que pueda quebrarlo.
Y así, en el silencio del refugio, las piezas comenzaron a moverse en la sombra.